Jordi Wild y el voto a VOX: el mito del votante poco instruido
Un tuit viejo vuelve a la superficie y lo hace con la misma trampa de siempre. El creador de contenido Jordi Wild sostuvo que no todos los que votan a VOX son fascistas, pero que el partido «ha sabido vender mejor la moto» y atrapar «el voto populista y menos instruido que está enfadado con todo y por todo». La frase tiene ya su recorrido: el propio mensaje se data en 2019, y desde entonces el diagnóstico ha envejecido regular.
La primera objeción no es política, es de forma. Calificar de poco instruido al personal desde una cuenta con altavoz es el clásico «todos son idiotas menos yo», ese deporte nacional en el que el que reparte carnés de listo suele ser el primero de la lista. Y la segunda objeción es de fondo: un voto no te cualifica. Se vota según lo que aprieta el zapato, no según el BOE que uno haya leído.
El «voto populista» como cajón de sastre
El marco nació cojo porque comparaba el voto de VOX con el de Podemos para concluir que ambos eran populismo de cuñao, y de paso blanquear el propio. El problema es que el cajón se ha quedado sin fondo: hay quien sostiene que hoy VOX pesca más en barrios obreros que en despachos con título colgado en la pared, y que Podemos se ha reubicado en el nicho de la subvención y el máster. El votante que la etiqueta describía en 2019 ya no coincide, según estas voces, con el que la etiqueta señala en 2024.
Hay quien sostiene que el voto populista es el menos instruido porque te dice lo que quieres oír, y ahí meten a Podemos con su relato de la casta. El argumento tiene lógica circular: si te prometen lo que deseas, eres crédulo; si te prometen lo que no deseas, eres maduro. Nadie explica por qué la credulidad se mide por el sentido del voto y no por el currículum de quien lo emite.
De «pijos cayetanos» a «catetos»: la etiqueta que cambia según convenga
La evolución del insulto es el dato más revelador del asunto. Primero se dijo que los votantes de VOX eran pijos de colegio privado y universidad cara. Después, que eran justo lo contrario. Las dos descripciones no pueden ser ciertas a la vez, y sin embargo las dos circularon con la misma seguridad. La etiqueta no describe al votante: describe la incomodidad de quien la lanza.
El espejo funciona en las dos direcciones. También se ha señalado que el votante del PSOE puede ser un funcionario de ventanilla que jamás ha pisado una empresa: instrucción formal, cero calle. Y que la demigrancia no distingue de siglas. La conclusión es incómoda para todos: el sesgo educativo no es patrimonio de ninguna papeleta.
Qué dice el dato y qué no
Lo único verificable es que el tuit tiene fecha de 2019 y que su autor no ha vuelto a repetir el diagnóstico con la misma rotundidad. Si cambió de opinión o simplemente dejó de pronunciarse es algo que el mensaje no aclara. La etiqueta de «menos instruido» sigue viva en la conversación pública, pero ha perdido el consenso que la sostenía.
Queda una predicción con reservas: mientras el debate se plantee en términos de quién es más listo, el análisis no avanzará un centímetro. El día que se mida el voto por lo que aprieta el zapato y no por el título del votante, alguien tendrá que explicar por qué las urnas no se comportan como los despachos.