John Gwynne, el heredero de Tolkien que divide a los lectores
John Gwynne no va a suceder a Tolkien. O al menos no por unanimidad. El escritor de fantasía épica, nacido en Singapur en 1968, desembarcó en el Festival Celsius de Avilés con la etiqueta de heredero, escoltado por una barba frondosa y tatuajes de guerrero sajón. La lectura de su saga «Hermanos de Sangre» deja a los críticos en dos trincheras: la riqueza del universo nórdico, con dioses que adoptan forma de dragón, lobo o serpiente, frente a una prosa que un sector considera pobre. Compararlo con Tolkien es absurdo, se argumenta.
El asunto no es nuevo. La fantasía contemporánea busca nombre grande desde que Tolkien lo ocupó, y para muchos el trono lo pelean Patrick Rothfuss, Joe Abercrombie o incluso Tad Williams. Rothfuss tiene el estilo, dicen, pero lleva años sin publicar. Abercrombie trajo el grimdark, y Tolkien, con sus enanitos cantores y el parón del Tom Bombadil —80 páginas que frenan la narración—, queda para la arqueología. Gwynne, mientras tanto, ofrece mundo y ambición, pero la prosa se le resiste. Se llega incluso a sostener que su escritura «gana con la traducción», lo que no es precisamente un elogio.
La etiqueta de «sucesor» huele a titular. Esa es la lectura más escéptica: se le compara con el autor de la Tierra Media no por méritos reales, sino porque el mercado necesita un nombre vendible. Y en las redes aflora la pregunta inevitable: ¿es Gwynne 'woke'? La respuesta no queda clara, pero la sospecha ya está ahí. Mientras tanto, el autor sigue recogiendo lectores, y la industria editorial le empuja al trono como empujaba a otras falsas promesas.
Si Gwynne quiere el trono, tendrá que demostrar que la épica no está solo en los mundos que construye, sino en cada frase. A día de hoy, la coronación sigue pendiente del veredicto de las próximas páginas.