Emprender y tocar fondo: el ecosistema responde con un chiste
Cuando alguien llega a una comunidad de personas emprendedoras con un mensaje tan directo como «estoy pensando en suicidarme», lo esperable es una derivación a recursos de ayuda. La realidad observada fue otra: hubo quien respondió con una broma sobre el funeral, quien espetó que a nadie le importaba la vida del autor y quien, en un giro digno del mejor pitch, interpretó la confesión como la oportunidad de montar un negocio de cabinas de suicidio al estilo de «Futurama».
La confusión no es casual. En el ecosistema emprendedor, el término «emprender» se ha desgastado hasta quedar pegado a la creación de empresas. Cualquier expresión metafórica sobre la vida acaba convirtiéndose en un supuesto modelo de negocio. Nadie preguntó cómo se encontraba aquella persona. La urgencia de lanzar un proyecto se tragó la urgencia de cuidar una vida.
Hay un trasfondo socioeconómico en esta sordera colectiva. Quien emprende suele afrontar la incertidumbre financiera en soledad, sin red, sin salario fijo y con la presión de sostener una idea. La conversación pública sobre salud mental laboral se ha centrado en el empleado por cuenta ajena, mientras el autónomo y el fundador de una startup siguen sin protocolos reales de apoyo.
Quizá el detalle más crudo del episodio es la respuesta que reduce el sufrimiento a una cuestión de rentas: «si tienes paguita, es una tontería suicidarte». Con ese razonamiento, el que no tiene prestación no merecería apoyo. La precariedad económica se convierte así en un agravante silencioso de la depresión. El suicidio sigue siendo, también en la economía, una variable incómoda que nadie quiere modelar.