Muere Maricarmen: el símbolo que todos quieren reclamar
La muerte de Maricarmen, la anciana desahuciada que se convirtió en símbolo de la lucha por la vivienda, ha desatado una carrera por el relato.
No hay suficientes espacios para tantas interpretaciones. La noticia, confirmada en un mensaje escueto —«ha muerto maricarmen»—, ha provocado que cada cual quiera tener su propio espacio de opinión sobre el asunto. Unos ven
casualidad; otros, oportunidad. Y mientras, el cadáver de la señora se convierte en moneda de cambio electoral.
El fallecimiento que nadie vio venir
La noticia llegó sin previo aviso. «Ha muerto maricarmen», zanjaba el mensaje inicial. A partir de ahí, la reacción fue inmediata:
varios participantes reclamaron su propio espacio para opinar. «Voy abrir un hilo para que nos enteremos todos», anunció uno. Otro propuso que el espacio centralizara todas las discusiones. La fragmentación era tal que alguien llegó a pedir
dos espacios por persona, por si había más de una cosa que decir. El resultado: una carrera por ocupar el relato antes que el vecino.
¿Por qué se cuestiona el momento de la muerte?
El momento del fallecimiento no ha pasado desapercibido.
Hay quien sostiene que la muerte ha sido «casualidad» y que, para optimizar el resultado electoral, debería haberse producido más cerca de los comicios. La comparación con el 11M aparece en la conversación. «No ha sabido morirse a tiempo», resume una intervención. La tesis, discutible, es que el calendario electoral convierte cualquier desgracia en material de campaña. La realidad es que
la muerte ha llegado cuando ha llegado, y el debate sobre su oportunidad política dice más de quien lo plantea que de la fallecida.
El uso político del cadáver
La acusación más repetida es la de instrumentalización.
Una parte de los participantes sostiene que la izquierda utilizará el fallecimiento para rascar votos. «Está señora ha sido utilizada por la izquierda y ahora usarán su cadáver para sacar cuatro votos más», afirma una intervención. La respuesta no se hizo esperar:
quienes señalan la instrumentalización son acusados de entrar al trapo de la campaña. El círculo se cierra: todos acusan a todos de hacer política con la muerte, y nadie renuncia a hacerla.
La paradoja de los hilos infinitos
La multiplicación de espacios sobre un mismo tema tiene su propia lógica.
Un participante bromea con que falta un personaje público abriendo su propio espacio sobre la muerte de la señora. La ironía apunta a la sobrerrepresentación del duelo en la esfera pública.
La «superemocioncita» de hacer lo mismo que los demás se convierte en el diagnóstico más certero: todos quieren su cuota de protagonismo en el luto ajeno. Mientras, el asunto de fondo —la vivienda, los desahucios, la vulnerabilidad— queda enterrado bajo la disputa por el relato.
El dato que descoloca no es la muerte en sí, sino la reacción:
quince intervenciones para un fallecimiento que ni siquiera estaba confirmado por vías oficiales. La señora murió, pero lo que realmente ha muerto es la capacidad de guardar silencio.