La derecha falla en lo único que tenía que hacer bien
¿Cómo se pierde una ventaja que parecía regalada? Dejando que el adversario marque el terreno. Ese es el resumen de la lectura más repetida sobre el tramo final de la campaña: la oposición tenía un solo trabajo, no dar munición, y lo ha hecho todo al revés. El diagnóstico que circula es duro: en lugar de instalar su propio relato, ha entrado a discutir el del rival y ha acabado
asustando a los votantes mayores con amenazas de recorte en las pensiones, justo el grupo al que más necesita.
El punto de partida era sencillo. La muerte de una mujer de 87 años desahuciada se convirtió en símbolo y en material electoral a pocas semanas de las elecciones. La tesis dominante es que el bloque conservador tenía todos los datos para gestionar el asunto sin daño y regalar el relato al adversario. En vez de eso, según esta lectura,
se dejó meter de nuevo.
Qué se le reprocha a la campaña del PP
El reproche central no es de fondo, es de forma: haber convertido una ventaja en un problema. Se sostiene que el candidato popular salió a advertir de que las pensiones están en riesgo y de que hará falta un ajuste, un mensaje que en plena campaña suena a
recorte anunciado y que moviliza al votante mayor en dirección contraria.
A eso se suma el flanco sindical. La crítica apunta a que toda la legislatura se ha pasado llamando a los líderes sindicales con descalificaciones, lo que deja poco margen de negociación para un hipotético gobierno de coalición. El argumento es que quien insulta al interlocutor no puede luego pedirle un acuerdo.
Y el tercer frente es el fiscal. Se menciona una propuesta de bajada de impuestos y un alineamiento exterior que implicaría subir el gasto militar, una combinación que, según esta corriente, no cuadra con el discurso de ajuste. El resumen irónico que se hace:
a cambio de treinta euros al mes en un país de salarios bajos, se pide renunciar a derechos.
El adversario recupera aire
La otra cara de la moneda es el efecto que todo esto tiene sobre el gobierno. La lectura más extendida es que el ejecutivo ha recibido una
inyección revitalizante sin mover un dedo, y que la estrategia de asustar a los mayores con las pensiones es precisamente la que le funciona.
Hay quien va más allá y sostiene que la muerte de la anciana no cambia ningún voto: que el electorado de los bloques está consolidado y que lo que manda es el interés material de cada grupo. Empleados públicos, jubilados y perceptores de ayudas votarían igual pase lo que pase, según este análisis. Es una tesis cínica, pero explica por qué la campaña se centra en el miedo y no en el programa.
El relato importa más que el dato
El detalle incómodo es que nadie discute la cifra. La discusión es sobre quién controla la narración. Una parte de los análisis sostiene que los medios están mayoritariamente alineados con un lado y que el votante se deja manipular con un relato simplón; otra parte responde que culpar al votante de ser infantil es la coartada clásica de quien no sabe comunicar.
En medio queda el dato que descoloca: se habla de
veinte mil muertos en residencias durante la pandemia y de que de eso ya no se acuerda nadie. La conclusión amarga de esa corriente es que la memoria electoral es corta y selectiva, y que el símbolo de hoy será el olvido de mañana.
Al final, la pregunta que sobrevuela todo es si la derecha ha perdido por sus errores o si simplemente el electorado ya estaba decidido. Con estos mimbres, el cesto se lo lleva quien menos se equivoca. Y equivocarse, en campaña, es lo único que no se puede permitir.