Debate sobre el deterioro de París y otras ciudades francesas
¿Qué queda del París que se visitaba en los noventa? La pregunta recorre la conversación desde el primer mensaje, que abre con un titular sin matices: «Francia ya no es un país de primer mundo». La chispa son dos publicaciones en redes que muestran
disturbios nocturnos en la capital francesa, y a partir de ahí el análisis se desplaza de la anécdota al diagnóstico: qué ha cambiado en las ciudades europeas y cuánto de eso es tendencia importada.
La comparación generacional es el eje. Quien conoció la ciudad a principios de los noventa describe una capital «digna de ver» pese a la antipatía local; quien volvió hace un par de años habla de otra cosa. Y el diagnóstico se extiende a
Marsella, Cannes y Lyon, que se citan como ejemplos de un deterioro que ya no se limita a los suburbios.
¿Por qué se dice que Francia ya no es un país de primer mundo?
El argumento central no es estético. Se sostiene que los disturbios nocturnos, la conflictividad en barrios periféricos y la sensación de inseguridad han dejado de ser episodios puntuales para convertirse en rutina. Frente a eso, la objeción es igual de directa: en los noventa ya había población africana y ya había disturbios, y se cita
La Haine, estrenada en 1995, como prueba de que el fenómeno no es nuevo. La discusión, por tanto, no es si existe el problema, sino si es peor ahora o si simplemente se ve más.
Hay una tercera vía que gana peso: el problema no es Francia, es la ciudad. Se afirma que España ha masacrado el rural y que eso la deja sin red de repliegue, mientras otros países conservaron el campo como refugio de los autóctonos. La conclusión que se extrae es incómoda: los urbanitas tendrán que apechugar con lo que han construido.
La respuesta policial y el límite del Estado
El segundo foco es qué hacer. Una parte defiende que la policía debería intervenir con contundencia ante el uso de fuegos artificiales lanzados contra personas o ventanas, porque no hacerlo equivale a no proteger al ciudadano. Otra responde que ese marco es precisamente el que produce el problema. El desacuerdo no se resuelve: es la misma discusión sobre el monopolio de la violencia que recorre Europa desde hace décadas.
Al final, la pregunta inicial se queda sin respuesta cerrada. Si Francia ya no es primer mundo, alguien debería explicar qué país de la UE sigue siéndolo. Y ahí, el silencio es bastante elocuente.