Un Mercadona recrimina a tres clientas en shorts y tapapezones
¿Se puede entrar a un supermercado en bikini o en shorts? La respuesta depende de a quién se pregunte y de en qué línea de caja te toque. Un vídeo difundido en redes muestra a una empleada de un
Mercadona recriminando a tres clientas su vestimenta de playa, y el episodio ha reabierto el clásico pulso entre el derecho de admisión del
comercio y la libertad de vestir como a cada uno le plazca. La escena, según quienes la comentan, no ocurre en un chiringuito de la costa sino en un establecimiento con políticas comunes para toda la cadena.
El detalle que enciende el asunto no es el short. Es el
tapapezones. Varias voces señalan que un bikini convencional habría pasado sin aspavientos, pero que el conjunto lucido por las clientas —con prendas que dejan poco a la imaginación— cruzó la raya de lo que un supermercado considera aceptable. La empleada actuó como si existiera una norma escrita. Nadie la ha citado todavía.
¿Hay una norma que prohíba entrar en bikini a un supermercado?
No consta en el material disponible. La recriminación se apoya en la política interna del establecimiento, que la cadena aplica por igual en un supermercado de la costa que en uno de interior. Quien defiende la actuación argumenta que un comercio es un espacio privado de acceso público y puede fijar sus condiciones de indumentaria. Quien la critica responde que esa potestad no ampara el trato despectivo ni la exhibición de criterios arbitrarios.
La escena tiene precedentes. En el imaginario colectivo del foro pesa el recuerdo de la clienta extranjera que, hace unos años, se dejó una prenda íntima en la panera. Ese tipo de episodios ha ido endureciendo la tolerancia de las plantillas, que cargan con la parte incómoda del conflicto: son ellas quienes tienen que decirle a una clienta que se tape.
El bikini en la playa y el bikini en la línea de caja
La distinción geográfica vertebra buena parte del desacuerdo. Los supermercados de zonas turísticas suelen hacer la vista gorda con la indumentaria de playa; los que comparten política con el resto de la cadena, no. Hay quien sostiene que la excepción debería depender del contexto y no del código postal. En contra pesa el argumento de la igualdad de trato: si la norma es la misma, se aplica igual en todas partes.
La conversación deriva pronto hacia el terreno de la oferta y la demanda. Se especula con que un supermercado nudista, con cajeras atendiendo sin ropa, sería un negocio redondo. Es la forma más socarrona de decir que el pudor ajeno también tiene precio.
El queso de Hacendado y la tetilla permitida
La ironía se impone cuando el asunto se agota. La única tetilla que un Mercadona tolera a la vista, se bromea, es la del queso de Hacendado. También se apunta a la posibilidad de que el vídeo esté preparado, una sospecha recurrente en cualquier polémica viral: alguien busca notoriedad y el comercio carga con la fama.
Y aparece la geografía como coartada. Se sugiere que un episodio así no podría ocurrir en
Cataluña, tierra de supuesta tolerancia, y que debe de ser de otro sitio. La comunidad autónoma, en cualquier caso, no aparece confirmada en el material.
Al final, la pregunta sigue sin respuesta: ¿quién decide dónde acaba el decoro y empieza el derecho de admisión? Por ahora, la cajera.