El trasvase Tajo-Segura se rompe y nadie paga el mantenimiento
¿Cuánto cuesta mantener en pie la infraestructura que riega media España? Aparentemente, nada: nadie lo paga. La discusión sobre el estado del trasvase Tajo-Segura, que se da por colapsado, no tarda en derivar hacia el patrón que se repite en cada obra pública del país: primero se construye, luego se inaugura con foto y después se deja morir de abandono mientras el presupuesto se va a otra parte.
El diagnóstico que se impone es el de la
falta de mantenimiento como causa de la degradación. La comparación que se hace es histórica y no precisamente halagüeña: el Imperio romano también se fue descomponiendo por el deterioro de sus infraestructuras, según el relato que se cita. La diferencia es que aquí no hay invasiones bárbaras, solo
presupuestos.
Del acueducto romano al trasvase: el mismo fallo
El argumento central es sencillo: las obras grandes aguantan si alguien las cuida. Cuando el dinero se desvía a otras partidas, el hormigón se agrieta, los cauces se llenan de maleza y las vías se deforman. Lo que se discute no es si el trasvase funciona, sino cuánto tiempo más puede hacerlo sin que se le meta mano.
Sobre la mesa hay una acusación política directa: los últimos años de gestión habrían priorizado el gasto clientelar sobre el mantenimiento de infraestructuras críticas. La formulación es dura y va con nombres propios de partidos, pero el fondo es el de siempre:
mantener no da votos. Gastar en una ayuda directa, sí. Y ahí está el incentivo perverso que nadie corrige.
¿Por qué no se construyen desaladoras?
La pregunta aparece y no tiene respuesta fácil. Si el trasvase no da abasto, la alternativa tecnológica existe: las desaladoras. El coste energético es alto, pero la sequía estructural del sureste no se resuelve con buenas intenciones. La crítica que se lanza es que en España nadie apuesta por la desalación mientras la red eléctrica sigue colgando de centrales nucleares veteranas y de infraestructuras heredadas de décadas atrás.
La paradoja es fina: se discute el trasvase como si fuera intocable, cuando buena parte del sistema hidráulico y energético se diseñó hace medio siglo.
La dependencia del pasado no es solo del Tajo-Segura.
La factura política del abandono
El trasfondo del asunto es la gestión. Hay quien sostiene que el ciclo de gobiernos socialistas ha vaciado las arcas de mantenimiento mientras inflaba el gasto asistencial y las estructuras afines; enfrente, la lectura opuesta es que el deterioro es estructural y viene de mucho antes, y que achacarlo todo a un color político es hacer trampa. Lo que ambas partes comparten, aunque no lo digan, es que
nadie ha puesto el dinero necesario en la última década.
El resultado es el de siempre: la infraestructura se degrada, el riesgo crece y la factura llega cuando ya no hay margen. Y entonces se discute de culpables en lugar de presupuestos.
Mientras tanto, el trasvase sigue ahí, aguantando. Como el acueducto.
Solo que sin romanos que lo arreglen.