Creer no es tener fe: la diferencia que separa al sabio del siervo
Hay una escena que resume el problema mejor que mil tratados. Un espíritu que adivina el futuro, un ángel caído según la lectura que se hace en el debate, reconoce en voz alta a unos predicadores callejeros: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os proclaman el camino de salvación». Sabe quiénes son. Lo proclama durante días. Y sin embargo sigue siendo lo que es. La pregunta que abre el asunto es incómoda: si sabe, si incluso confiesa, ¿por qué está perdido?
La respuesta que se construye a lo largo de la conversación es que
creer y tener fe no son lo mismo, y que confundirlos es el error de base de casi todo el catecismo moderno. Los demonios creen. Saben, de hecho, más que cualquier mortal. Pero no tienen fe. Y esa distinción, que parece un matiz de sacristía, tiene consecuencias que llegan hasta Lutero.
Qué significa exactamente tener fe
El punto de partida es etimológico. En hebreo, la palabra que traducimos por fe es
emuná, y no significa «aceptar sin pruebas», sino «fidelidad constante basada en la confiabilidad de Dios». Es un término bidireccional: Dios es confiable, nosotros somos fieles. Si Dios no fuera confiable, nadie sería fiel. La traducción al griego y luego al latín habría ido diluyendo esa carga hasta dejarla en una vaga adhesión intelectual.
Paralelamente, el verbo «creer» en hebreo,
aman, tampoco es lo que entendemos hoy. Significa «estar firme», «apoyarse», «confiar», «tener certeza». Implica compromiso pleno, no simple opinión. En español, ambos conceptos se han desfigurado hasta casi solaparse, y de ahí viene la confusión.
La tesis que se sostiene es que
la fe implica la creencia, pero la creencia no implica la fe. Se puede recitar el credo entero, conocer la teología de la A a la Z y no moverse un milímetro hacia el servicio. La fe, en cambio, arrastra: quien la tiene, sirve. Quien solo cree, contempla.
El caso de los demonios: saben más y sirven menos
El ejemplo bíblico se trae a colación precisamente para eso. El espíritu de adivinación que sigue a Pablo no se burla, no grita improperios, no induce a la muchacha a hacer cosas raras. Al contrario: desvela quiénes son los predicadores y qué anuncian. Es un ángel caído que dice la verdad. ¿Por qué es caído entonces?
Porque sabe, pero no sirve.
Non serviam. Esa es la clave. La sabiduría no es una virtud teologal, y por eso no salva. Los que se mantuvieron firmes no fueron los más instruidos, sino los que tuvieron fe. La fe tiene que ver con la confianza y la obediencia leal, con el abandono de los criterios propios a favor de una fuerza cuyos bienes son remotos y cuyas pautas no se comprenden del todo.
De ahí el corolario luterano que se extrae: la salvación es solo por la fe, sí, pero
la fe sin obras no es fe, es creencia. Y la salvación no es por la creencia. A los caídos, que creen y saben, nos remitimos. Recitar el credo es recitar la creencia. ¿Qué aprovecha el credo si no se hace la voluntad de Dios? Lo que impele a hacerla es la fe. Cuanta más fe, mayor servicio.
El don que plantea un problema teológico
La tradición católica añade una capa: la fe es un don, una gracia. No nace de la voluntad de creer, viene dada. Y eso abre un problema serio, porque dibujaría a un Dios que reparte el privilegio según le convenga, lo que arruina la idea de un Dios compasivo y misericordioso. Si el que tiene fe no se comporta como un elegido frente a los descartados, algo no cuadra en el relato.
La fe entendida como gracia adquiere entonces una bidireccionalidad que no es horizontal: detrás está el don, y detrás del don, una lógica que no se termina de explicar. El que dice tener fe y desprecia al que no la tiene está, quizá, demostrando que no la tiene.
La objeción que cierra el círculo
La lectura más incómoda es la que señala que, definida así, la fe es obediencia ciega. Y en ese caso, sí, es más fuerte que la creencia. Pero conviene distinguir: no es obediencia a un sistema de principios que se incorpora intelectualmente, eso es credulidad o sapiencia. La fe es otra cosa. Es confianza, es lealtad, es
serviam.
El problema, y aquí el asunto se queda abierto, es que esa definición deja la fe casi indistinguible de la sumisión. Quien obedece sin comprender puede estar sirviendo a Dios o a cualquier otra cosa que se le presente con autoridad suficiente. El criterio para distinguirlo no lo da el conocimiento, que los demonios tienen de sobra. Y si no lo da el conocimiento, ¿qué lo da?