Del mito de la triple vírica al negocio del diagnóstico
El hilo se parte en dos. Por un lado, los que sostienen que el aumento de diagnósticos es un negocio de psicólogas y centros privados. Por otro, los que defienden que el autismo siempre ha existido y que lo que ha cambiado es el umbral. Y en medio, un caso concreto: un niño de dos años con asma al que una directora de guardería le colgó la etiqueta de Asperger.
Qué se ha sabido
El tramo arranca con un enlace a
una página sobre el autismo y otro a
un hilo del foro donde, según un participante, se cuenta que metieron a una persona con síndrome de Down en un ayuntamiento. La discusión se anima con la edad de los progenitores: un forero cuenta que la mujer de un amigo, que trabaja con niños, atribuye el aumento a tener
hijos pasados los
35 o 40 años. Se enlazan entonces dos fuentes:
un análisis sobre la edad del padre y los trastornos genéticos y
un artículo sobre autismo y espermatozoides. La conversación deriva hacia el calendario de vacunación: un participante afirma que está vigente en España desde
1975 y que en los
90 había
cuatro autistas diagnosticados. También se menciona un artículo de ABC que recoge la alerta de una pionera del autismo sobre una ola de sobrediagnósticos. Y aparece el caso de la guardería: la directora acababa de abrir su propio centro de tratamiento y diagnosticó Asperger a un bebé de dos años que en realidad tenía asma.
Dónde está la bronca
La bronca se organiza en tres frentes. El primero es el negocio del diagnóstico. Varios participantes sostienen que hay psicólogas que, por un módico precio y un lote de sesiones, convierten rasgos normales —molestia ante los cambios, agotamiento social, aficiones absorbentes— en un autismo de grado 1. «Cuando ves a un autista, sabes que es autista», zanja uno. Otro añade que el certificado de discapacidad del
33% abre la puerta a derechos y ayudas, y que muchos buscan eso. Frente a esta tesis, un docente cuenta su experiencia: dos casos de TEA entre cientos de alumnos, uno con adaptación curricular significativa y otro que solo necesita ajuste metodológico. «Me parece exagerado», concluye. El segundo frente es la edad de los progenitores. Un participante defiende que las mujeres siempre han tenido hijos hasta el límite biológico, no solo a los veinte, y que lo anómalo no es ser madre a los cuarenta, sino ser madre primeriza a los cuarenta. Se rebate con que la edad influye independientemente de si es el primer hijo o no. El tercer frente es el sistema educativo: hay quien dice que el colegio convierte en autistas a niños que solo son movidos, y que la etiqueta les autoriza a interrumpir la clase con certificado médico. Un forero lo resume: «Una buena excusa del régimen para no decir que su plan educativo es una puta mierda». La discusión sobre la triple vírica aparece y se descarta: un participante recuerda que el calendario lleva vigente desde 1975 y que en los 90 había cuatro diagnosticados, lo que usa como argumento contra la tesis vacunal, no a favor.
Qué cambia respecto a antes
Lo que antes era una sospecha general sobre el sobrediagnóstico ahora se concreta en un caso con nombre y apellidos: el niño asmático de dos años al que una directora de guardería le puso la etiqueta de Asperger. Ese caso se convierte en el ejemplo central del tramo. También entra con fuerza el argumento de la edad parental, con enlaces a estudios, y se abre un frente nuevo: el de los padres que, según un participante, no aceptan que su hijo tenga capacidades limitadas y buscan un diagnóstico médico para justificarlo. La predicción que se lanza es que el fenómeno es multifactorial —
genética, edad, disruptores ambientales, incentivos económicos y ampliación del criterio clínico— y que nadie va a financiar el estudio que separe cada variable. El hilo termina con un comentario irónico sobre la cantidad de
funcionarios y otro que dice: «En España hasta el más tonto es autista».
El caso que lo resume
Una forera cuenta que a su amiga, que llevaba al hijo a una guardería, la directora le diagnosticó Asperger. El bebé tenía dos años. La directora acababa de abrir su propio centro de tratamiento de autismo. El niño no podía respirar, no dormía, no rendía como los demás. Lo que tenía era asma. Se trató y el chaval creció «como un roble». La etiqueta, en cambio, se quedó. Es el ejemplo que varios participantes usan para hablar de un circuito en el que el diagnóstico se convierte en un producto con clientes cautivos.