Gabriela Spanic vota a Trump y destapa la doble moral de la progresía
¿Qué tiene de escandaloso que una actriz venezolana exiliada en Miami vote a Donald
Trump? A juzgar por la reacción de ciertos sectores de la izquierda española y latinoamericana, todo. La protagonista de 'La usurpadora', que vivió en carne propia el chavismo, se ha convertido en el blanco de la indignación selectiva por haber ejercido su derecho al voto en contra de la opción que marca la cartilla progresista.
La actriz, según el relato de sus seguidores, habría sufrido las consecuencias del desabastecimiento y la inseguridad en Venezuela. Para ella, el voto a Trump no es una contradicción: es la conclusión natural de haber visto el chavismo desde dentro. Pero sus críticos prefieren no verlo así. El problema, sostienen algunos análisis, no es que politice, sino que lo haga fuera del guion aprobado.
La misma vara de medir que no llega al PSOE
Quienes se rasgan las vestiduras por el apoyo de Spanic a Trump son los mismos que defienden a Maduro sin haber pisado Caracas y perdonan al PSOE leyes como la mordaza o la amnistía. Es el síndrome del "progre de salón": cero tolerancia con el que se desmarca de la agenda y manga ancha con el poder amigo. La coherencia no es su fuerte; el bando, sí.
Las redes de seguidores de telenovelas, convertidas en tribunas políticas, exigen a los actores callar o adherirse al boicot. La tolerancia infinita para la opinión propia y cero para la ajena. Al final, Maduro les sirve para aparentar y Trump para desahogar.
Puede que la actriz se equivoque, pero al menos ha decidido con su cabeza. Mucho más de lo que puede decirse de quienes la condenan por decidir con la suya.