La pasarela mutualista: un rescate que unos ven como injusticia y otros como justicia tardía
La decisión del Gobierno de absorber a los profesionales que cotizaban en mutualidades —abogados, médicos, arquitectos— en el Régimen General de la Seguridad Social ha reabierto un debate que enfrenta a dos realidades. Por un lado, los que siempre estuvieron en el RETA, pagando cuotas más altas y soportando la rigidez del sistema, ven cómo quienes optaron por la mutualidad —con aportaciones sensiblemente menores— acabarán teniendo derechos similares. Por otro, los mutualistas actuales arguyen que muchos de ellos no tuvieron elección durante décadas y que el estereotipo del profesional acomodado no se corresponde con la realidad.
El privilegio de pagar menos
Los datos del debate apuntan a que las cuotas en las mutualidades eran, en muchos casos, la mitad que las del RETA. Ese ahorro permitía a algunos mutualistas destinar la diferencia a inversiones —inmuebles, bolsa— o simplemente a un mayor nivel de vida. Pero también hay quien sostiene que esa opción no fue fruto de una elección libre: durante años, los abogados, por ejemplo, no podían cotizar a la Seguridad Social; la mutualidad era obligatoria. Y muchos de ellos, lejos de vivir desahogados, sobreviven mes a mes con ingresosdel turno de oficio, sin propiedades ni ahorros.
Un coste irrisorio para el sistema
Hay quien minimiza el impacto económico de la medida. Según algunas estimaciones, el coste extra que supondrá absorber a los mutualistas es pequeño comparado con otras partidas del gasto público. El argumento es que, a largo plazo, todos los pensionistas —mutualistas o no— terminarán con prestaciones de subsistencia, por lo que el debate actual es más emocional que material.
Colectivos cautivos y el futuro de las pensiones
La situación plantea una paradoja: quienes durante décadas pagaron menos, ahora recibirán una pensión similar a la de los autónomos que cotizaron más. La nueva ley, según se discute, obliga a equiparar las cuotas de las mutualidades a las de la Seguridad Social, cerrando la brecha de aportaciones. Pero la decisión de quedarse en la mutualidad o migrar al RETA sigue siendo estrategia personal. Para los más jóvenes, la confianza en el sistema público es baja; muchos prefieren invertir la diferencia por su cuenta. El escepticismo sobre la viabilidad futura de las pensiones públicas planea sobre toda la discusión.
La pasarela está aprobada. La percepción de abuso, para unos, o de alivio, para otros, seguirá dividiendo a los profesionales. Al final, el sistema caminará hacia una homogeneización que todos intuyen, pero que nadie sabe cuándo llegará ni cómo se financiará.