Cabrera y la sustancia de the ONE: el plató como confesionario
Un programa donde se consume cierta sustancia y el propio presentador reconoce que uno de sus invitados iba bajo sus efectos. Ese es el nudo del asunto que se discute estos días: el doctor Cabrera habría admitido que the ONE estaba influido por alguna sustancia durante la emisión, y la reacción no ha sido preguntar cuál, sino encogerse de hombros. La sustancia circula, el titular se gasta y nadie firma el albarán.
Qué se sabe del programa y de la sustancia
El material disponible es escaso y conviene decirlo: no hay análisis toxicológico, no hay comunicado oficial y no hay nombre comercial de nada. Lo que hay es una afirmación del propio doctor sobre el estado de un participante y una sospecha compartida de que el formato no es ajeno a cierto consumo recreativo. Cabrera, además, ha salido a negar un detalle concreto del episodio —que el beso fuera con lengua—, lo que tiene su gracia: se discute la mecánica del gesto mientras el fondo del asunto, la sustancia, queda en penumbra.
Hay quien sostiene que el presentador es un personaje excéntrico pero culto, y que desde una pérdida personal ha perdido el filtro. Otros ven en él a un tipo lúcido al que el formato le queda grande. Ninguna de las dos lecturas resuelve la pregunta incómoda: si en ese plató se consume, ¿quién controla, quién paga y quién responde?
La sustancia gratis y el erario
El asunto deriva rápido hacia lo económico. Exigir sustancia gratuita suena a broma hasta que se recuerda que quien la pide la quiere pagada con presupuesto ajeno. Ahí el chiste se agria: si el contribuyente financia el programa, también financia lo que ocurre dentro. La trazabilidad de la cadena —de dónde sale, quién la corta, con qué se corta— es el punto que casi nadie quiere mirar. Por cada mano que pasa el producto se añade algo, y no precisamente inerte.
El contraste con el discurso oficial es el de siempre: tolerancia cero en el titular, manga ancha en el backstage. Los mismos que firman campañas contra el consumo son los que miran a otro lado cuando el consumo ocurre en un set de televisión con cámara y catering.
El control de calidad que nadie exige
La objeción más sensata que aparece en la conversación no es moral, es sanitaria: si algo se consume, que pase controles, que se etiquete el porcentaje y que se sepa qué lleva. Eso choca de frente con la realidad del mercado negro, donde el único estándar es el margen del intermediario. La dopamina natural, producida por estímulos reales, sale mejor de precio y de riesgo, aunque no genere titular.
Y aquí está el dato que descoloca: mientras se discute si el beso fue con lengua, la pregunta sobre quién firmó el programa, quién pagó la sustancia y quién autorizó el formato sigue sin respuesta. El plató se juzga a sí mismo y se absuelve por falta de pruebas.