El uso político de los muertos: acusaciones cruzadas de necrofilia electoral
Un accidente ferroviario con decenas de fallecidos. Un temporal con víctimas. Y, de fondo, una precampaña que se rompe. La conversación política española ha entrado en un terreno donde cada bloque acusa al rival de rentabilizar el dolor ajeno, mientras el propio bloque hace exactamente lo que denuncia. La discusión sobre quién empezó a usar los muertos como arma electoral está servida.
La acusación central es que
el uso político de las víctimas se ha convertido en costumbre nacional. Se sostiene que la práctica viene de lejos y que ahora se ha normalizado hasta el punto de que nadie se sonroja al hacerlo. La respuesta inmediata: si lo hace uno, queda justificado que lo haga el otro. Ese «y tú más» es el resumen de todo.
¿Quién empezó a utilizar los muertos en campaña?
El intercambio de acusaciones es simétrico. Un bloque sostiene que la izquierda abrió la veda hace años, con episodios que se rememoran como precedente. El otro responde que la derecha hace lo mismo con cada catástrofe, y que la supuesta novedad es solo una excusa.
Ninguno de los dos bandos renuncia al recurso; ambos se limitan a señalar el dedo al contrario mientras lo practican.
La discusión deriva rápidamente hacia el terreno de los agravios comparados. Se cita el temporal como ejemplo de gestión fallida que se quiere ocultar, y se cita el accidente ferroviario como ejemplo de infraestructura deteriorada. Cada catástrofe se convierte en munición.
La necrofilia electoral, como se la bautiza en tono burlón, deja de ser una anomalía y pasa a ser el método.
La precampaña que se rompe y el rédito del dolor
Hay quien sostiene que el accidente ha servido para congelar una precampaña que iba mal para unos y peor para otros. La tesis es que
el dolor amortigua el desgaste político y que quien está en el Gobierno se beneficia del paréntesis. Frente a eso, pesa el argumento de que la gestión de la infraestructura es responsabilidad del Ejecutivo y que el paréntesis no borra los fallos.
El cálculo más pesimista para el oficialismo parte de que la opinión pública acaba asociando catástrofe con dejadez. El más optimista asume que el luto desactiva la crítica durante semanas. Entre ambos, un dato que descoloca:
ninguno de los bandos quiere debatir los problemas capitales, y ambos prefieren el terreno de las víctimas porque ahí el rival siempre parece peor.
El «y tú más» como única respuesta
La conversación termina donde empezó: en la acusación cruzada. Unos llaman carroñeros a los otros; los otros devuelven el calificativo.
La simetría del reproche es perfecta y, por eso mismo, estéril. Nadie reconoce que su bando hace lo que critica en el contrario, y todos exigen al rival una renuncia que no están dispuestos a firmar.
El resultado es un debate que no produce propuestas, solo reproches. La necrofilia electoral no se combate: se intercambia. Y mientras tanto, el dato que descoloca es que
la única regla aceptada por todos es que el otro empezó.