La 'secreta' según quienes se toparon con ella
Un policía de paisano agarra de la mochila a un viajero que corre para no perder el autobús en la estación. El viajero se gira, le insulta y le exige explicaciones. El agente responde que es de la secreta y le pide el DNI. El viajero, que estuvo a punto de pegarle porque pensaba que quería robarle, se lo da y sigue su camino. La escena, contada con todo lujo de detalles, resume lo que ocurre cuando el ciudadano de a pie se cruza con alguien que dice ser policía pero no lleva uniforme: nadie sabe quién es, nadie se fía y casi todos acaban enseñando la documentación por si acaso.
El asunto tiene su propia jerga. Durante décadas se llamó «la secreta» al Cuerpo Superior de Policía, que iba siempre de paisano, hasta que se unificó con el Cuerpo Nacional a principios de los ochenta. La expresión quedó pegada al lenguaje popular, y hoy se usa para cualquier agente que no quiera ser identificado a simple vista. El problema es que la etiqueta se ha estirado tanto que ya vale para todo: desde el que vigila una tienda hasta el que te para en un camino rural al anochecer.
Cómo se detecta a un policía de paisano
Hay quien asegura que los detecta al vuelo. La lista de rasgos que se repite es casi un retrato robot: mediana edad, complexión atlética, pelo corto y aseado, sin barbas raras, vaqueros, zapatillas deportivas, polo o camiseta y, si acaso, una sudadera por encima. A eso se añade un comportamiento que canta: ocupan sitios públicos sin sentido, como esperar frente a una tienda cerrada, apoyarse en la pared de un bar sin consumir o teclear en el móvil en una esquina durante media hora. Demasiado activos, mirando a los lados, moviéndose. El retrato tiene su gracia porque describe a medio país, pero quienes lo escriben juran que funciona.
La confianza en ese olfato, sin embargo, tiene fecha de caducidad. Con el tiempo, algunos admiten que los agentes se acomodan a los tiempos y acaban engañando a cualquiera. La comparación que se hace es con los servicios de inteligencia: cualquier persona que veas por la calle puede ser informante y seguirte el rastro sin que te enteres. La conclusión es incómoda: el ciudadano medio no está entrenado para distinguir a un policía de paisano de un vecino cualquiera, y cuando cree que lo ha hecho, probablemente sea casualidad.
La identificación: placa, pistola o nada
El momento clave de cualquier encuentro es la identificación. Y ahí los relatos se disparan. Hay quien pide la placa y recibe como respuesta una pistola. «Si, me identifico ahora mismo sin problema, mira», cuenta un participante que se quedó helado al ver un arma por primera vez. Otro pide la identificación y el agente responde que no hace falta, que ya se ha identificado, y cuando el ciudadano insiste, le amenaza con darle dos hostias. El ciudadano le anima, el agente hace el ademán de pegarle y acaba en el suelo de un puñetazo. El asunto terminó en juicio, con testigos y con el agente identificándose por fin.
No todos los encuentros acaban así. Un conductor que volvía del picadero con una chavala vio cómo un tipo se le ponía en medio del camino al anochecer. Le esquivó, el tipo golpeó el cristal, el conductor bajó del coche dispuesto a darle dos ostias y entonces apareció la placa. El agente le preguntó de dónde venía. «Vengo de follar y pensé que era un psicópata pajillero que quería violarnos a mi chavala y a mí», respondió. El policía se descojonó, le pidió la documentación y le dejó marchar. La anécdota, contada así, tiene más de comedia que de control policial.
Cuando el que se hace pasar por policía es el ciudadano
La cosa también funciona al revés. Un participante esperaba a su novia en una esquina, jugueteando con el móvil, cuando se le acercó un hombre con pinta de ir borracho, maloliente y con la ropa rota. Le preguntó qué hacía allí. El ciudadano respondió: «Soy de la secreta, sal de aquí cagando leches o te empapelo». Mentira absoluta, admite, porque odia a la policía. El hombre salió corriendo como si le persiguiera el mismísimo diablo. La escena demuestra que la autoridad percibida funciona en ambas direcciones: basta con decirlo con seguridad para que el otro se lo crea.
Otra historia va de una señora de metro y medio que iba a entrar al metro cuando notó que un tipo se le pegaba a la espalda para colarse. Le empujó y le preguntó qué cojones estaba haciendo. El hombre, muy serio, dijo que se lo iba a explicar mientras sacaba una identificación de la cartera. Ella le gritó que la dejara en paz y se fue, dejándole con un palmo de narices. «Ese imbécil no pasó por mis cojones», resume. En Nuevos Ministerios, sin un solo segurata a la vista. Muy raro todo.
El taxi, el perro y la bolsa de ropa sucia
Hay encuentros que rozan el absurdo. Un viajero cogió un taxi al salir de la estación y, a mitad de trayecto, el taxista recibió una llamada que se oyó entera porque no puso el manos libres. Era la secreta, y le estaban echando la bronca por haberse confundido de persona. Al parecer, el viajero se parecía al objetivo que debían seguir. El taxista se disculpó, se identificó, le pidió el DNI y le hizo bajar del coche. Estaba a cinco minutos andando del hotel y el viaje le salió gratis. Cara de circunstancias y a pie.
Otro relato cuenta cómo un pasajero fue bajado de su propio autobús y metido en un cuartito de la estación para registrarle la mochila. Dentro llevaba de todo: flyers, envoltorios, apuntes arrugados, bolis gastados y una bolsa de ropa sucia que apestaba. Como no había nada ilegal, el protagonista se dedicó a disfrutar viendo al perro policía hurgar en su basura, oliendo su sudor revenido y limpiándole la mochila de porquería. «Nada, eso tíralo, no lo andes mirando», le decía al agente. El registro acabó siendo una limpieza gratis.
La secreta también vigila a los suyos
No todo son encuentros con ciudadanos despistados. En el lugar de trabajo de un participante suelen apostarse agentes de paisano junto a la puerta para seguir a chorizos. Algunos fingen creíblemente estar hablando por el móvil, despistados. Otros se ponen a mirar afuera descaradamente, con un auricular muy visible en una oreja, y comentan el seguimiento en voz alta con el micrófono. El canteo, dice, produce vergüenza ajena. Alguno se le identifica al cabo de unos minutos: «Hola, soy mosso / urbano», mientras enseña la plaquita intentando disimular. La motivación, añade, no parece mucha.
También hay quien ha visto a la secreta trabajando con confidentes. Un participante pasó por una zona apartada cerca del río, vio un coche de los Mossos hablando con un hombre y se fue a hacer sus necesidades entre las cañas. Al salir, dos agentes de paisano le registraron. Supone que pensaban que estaba espiando una conversación con un confidente. La escena, contada sin dramatismo, deja claro que la secreta no solo persigue delitos: también protege sus fuentes, aunque sea a base de cachear a quien pasaba por allí.
El negocio de la placa falsa
La desconfianza ciudadana tiene su lógica. Un participante cuenta que, cuando alguien con pintas se le acerca y le pide la documentación, lo primero que piensa es que puede ser un delincuente haciéndose pasar por policía con una placa comprada en una tienda de baratijas. Pidió al agente que se identificara y el agente le enseñó la pistola. El ciudadano se cagó, pidió perdón y enseñó su documentación. La anécdota ilustra un problema real: sin un protocolo claro de identificación, el ciudadano no tiene forma de saber si quien le para es un agente o un impostor, y la placa falsa es un negocio que existe.
La cuestión de fondo es que la frontera entre policía y delincuente se difumina cuando el primero no lleva uniforme. Un agente de paisano que te agarra de la mochila en una estación de autobuses es indistinguible de un ladrón. Un tipo que se te pone en medio del camino al anochecer es indistinguible de un psicópata. Y un ciudadano que dice ser de la secreta para espantar a un borracho es indistinguible de un policía. La confusión no es un accidente: es el método.
La cifra que descoloca no está en los registros oficiales, sino en la memoria de quienes vivieron aquellos años. La secreta unificó su nombre con el del Cuerpo Nacional a principios de los ochenta, pero la etiqueta sigue viva en el lenguaje popular cuatro décadas después. Nadie ha medido cuántos encuentros de este tipo ocurren al año, cuántas identificaciones acaban en denuncia ni cuántas placas falsas se incautan. La estadística no existe. Solo existen las anécdotas, y todas coinciden en lo mismo: nadie sabe nunca quién es el que le para.