El falso dilema entre comunismo y miseria
El capitalismo no te da a elegir entre
comunismo y miseria. Te da a elegir entre miseria y miseria, y encima te cobra por la ilusión de elegir. Eso es lo que sostiene el planteamiento que abrió este asunto: que el sistema ha diseñado tres arquetipos —el que confía en el mercado y vive de alquiler, el emprendedor que depende de que mamá le pague el hosting, y el que cobra el ingreso mínimo vital y se queja de los impuestos— para que se odien entre ellos mientras el dueño del banco, la inmobiliaria y la tele se forra con la división. La tesis es vieja: dividir para reinar. Lo nuevo es que ahora los tres perfiles tienen nombre y se insultan a diario.
El diagnóstico: tres arquetipos y un mismo banco
El planteamiento inicial no se anda con paños calientes: el liberaloide cree que el mercado le dará de comer solo con su esfuerzo, pero vive de alquiler y no llega a fin de mes. El emprendedor montó una marca de camisetas estampadas y ya se cree un magnate, aunque su cuenta de resultados depende de que su madre le pague el hosting. El tercero ni estudia ni trabaja, cobra el ingreso mínimo vital y se queja de los impuestos mientras se compra el último iPhone. Tres perfiles, tres rencores cruzados, y un beneficiario común: el dueño del banco, la inmobiliaria y la tele.
La salida que propone es el comunismo: socialización de los medios de producción, extinción de la propiedad privada parasitaria y planificación central. Con eso, dice, el liberaloide curra ocho horas y se acaba el estrés; el emprendedor se dedica al arte sin miedo a la quiebra; y el tercero tendrá que currar también, pero dignamente. El problema es que la palabra comunismo lleva décadas funcionando como un botón rojo: la gente lo pulsa sin leer la etiqueta.
La respuesta: miseria, pero sin comunismo
La reacción mayoritaria no se hizo esperar. «Elijo miseria, aunque sospecho que me vendrás con que da igual, eso también es comunismo», resume una postura. Otra lo dice más claro: «Prefiero la miseria sin comunismo que con él». Y una tercera sentencia: «Comunismo o miseria... valga la redundancia». El patrón es siempre el mismo: se rechaza el dilema, pero no por falta de información, sino por hastío. La palabra comunismo ya no designa un proyecto político, designa un cansancio.
Hay quien va más allá y lo llama falso dilema. «Ya tengo muchos años para timarme con el comunismo. Eso sólo cuela con hijos de familias acomodadas que nunca han trabajado duro», sostiene un participante. La crítica no es económica, es generacional: el comunismo se percibe como un juego de niños ricos, no como una alternativa para quien madruga.
El argumento económico: el Estado creó el capitalismo
La objeción más elaborada no viene del insulto, sino del análisis. «El Estado creó el capitalismo», se afirma. «El marxismo quería depurar el capitalismo de sus imperfecciones, para crear el hipercapitalismo. Cuando se quiere reformar algo es porque se quiere conservar ese algo. Reformar es reforzar». Es una tesis provocadora: el marxismo no sería anticapitalista, sino una fase superior del capitalismo. Y el progresismo, su versión contemporánea.
El corolario es igual de incómodo: «El comunismo (en la teoría) no es estatólfilo... pero contiene errores insalvables que lo llevan a la estatolatría». El error principal, según esta línea, es creer que asaltando el Estado para mejorar el capitalismo el resultado es la desaparición del Estado y del capitalismo. «Si asaltas el Estado, es para quedarte en él, no para derrocarlo. Eso es lo que siempre sucede». La conclusión es que el comunismo no falla por maldad, sino por física institucional: el que asalta el poder se queda en él.
La deriva: de la economía al insulto
A partir de cierto punto, el asunto deja de ser un debate económico y se convierte en otra cosa. Aparecen tuits sobre himnos que «más asesinatos han causado en el mundo», listas de países que prohíben el comunismo, y un intercambio que deriva en descalificaciones personales y referencias familiares que no merecen reproducción. La conversación se rompe. Lo que empezó como una provocación sobre modelos económicos termina como un ring de insultos donde nadie escucha a nadie.
Es la prueba involuntaria de la tesis inicial: el sistema ha conseguido que el que vive de alquiler, el que emprende y el que cobra una ayuda se odien entre sí en lugar de mirar arriba. La división no es un efecto secundario del capitalismo; es su producto más rentable.
El cierre: la predicción con reservas
Si algo deja claro este asunto es que el dilema «comunismo o miseria» no se resuelve con argumentos, porque nunca fue un dilema real. Fue una provocación, y funcionó: generó respuestas, indignación y tráfico. La predicción, con todas las reservas del mundo, es que la próxima vez que alguien plantee la misma elección, el resultado será idéntico. Los tres perfiles seguirán odiándose, el dueño del banco seguirá forrándose, y el único que habrá cambiado será el modelo de iPhone.