Cañas de río y barro: la casa que se hace sin pedir permiso
Los mayores de 90 años lo cuentan como si fuera ayer: suelo de tierra, paredes de cañas y barro y a vivir. El auge del preparacionismo ha rescatado una técnica que parecía olvidada: la vivienda de cañas de río, la misma que retrató Blasco Ibáñez en La Albufera, vuelve como opción para un techo sin hipoteca ni burocracia. Y el método tiene más ciencia de la que parece.
Estructura de cañas: el tablero que aguanta
La fórmula es sencilla, aunque exige mano de obra: una caña arriba, otra abajo y entre 20 y 40 cañas perpendiculares bien juntitas forman una especie de tablero. Dos de ellos apoyados en triángulo bastan para tener un chamizo donde resguardarse. El revestimiento no admite improvisación: barro arcilloso o mortero de cal, y el agua ya no entra.
No es solo cosa de refugios remotos. En las casas de piedra de las zonas rurales, los tabiques interiores se dividían con adobe, cañizos o madera, enfoscados con cal. La memoria oral sitúa estas viviendas hace más de un siglo, sin permisos y con el suelo sin pavimentar. La novela «Cañas y barro» de Blasco Ibáñez quedó como acta notarial de aquella arquitectura.
Del recuerdo a la autoconstrucción moderna
Hay dos maneras de leer esta técnica: como refugio rápido de campamento o como vivienda con aspiraciones, usando piedra y bóveda para ir más lejos. Quienes la ven desde la distancia la comparan con los hábitats de Arrakis o Tatooine; otros recuerdan que, con pocos materiales y mucha paciencia, aquí se levantaron casas que aguantaron generaciones.
La pregunta incómoda es otra: ¿cuánto hay de refugio de emergencia y cuánto de alternativa real a la vivienda cara? La técnica es de sobra conocida. Solo falta que alguien se decida a vivir en ello. Y eso, como siempre, es lo más difícil.