El Supremo, la ley de nietos y el censo: lo que se debate en el foro
¿Puede suspenderse una convocatoria electoral por un problema en el censo? La pregunta ha dejado de ser teórica. La
ley de nietos —la vía que ha permitido nacionalizarse a cientos de miles de descendientes de españoles— está bajo la lupa del Tribunal Supremo, según los participantes del debate, y hay quien sostiene que la suspensión cautelar es imposible de aplicar con las cámaras disueltas y las elecciones ya convocadas. El resultado, según ellos, es un limbo administrativo que nadie sabe cómo cerrar.
Qué se dice sobre suspender la ley de nietos
El argumento que se repite en el hilo es que no hay margen material. Con el adelanto electoral, según los intervinientes, el Supremo no puede paralizar los efectos de una ley que ya está en fase de aplicación masiva. Traducido: los expedientes siguen su curso y las nacionalidades concedidas por esa vía no se tocan.
Hay quien sostiene que el Supremo podría haber hilar más fino y que la supervivencia institucional depende de su criterio. Enfrente pesa un dato tozudo, según otro participante: revocar una nacionalidad es un acto administrativo mucho más complejo y lento que concederla. Cualquiera que haya lidiado con la administración lo sabe.
Cuántos votos están en juego por el censo electoral
La cifra que sobrevuela toda la discusión es **400.000**. Ese es el volumen de votantes potenciales que podrían incorporarse al censo por la vía de la ley de nietos, según el material del debate. La pregunta es cuántos de esos votos acabarán en las urnas y a quién benefician.
El cálculo más pesimista para la derecha, expuesto por un usuario, sostiene que **400.000 votos bien colocados en las circunscripciones ajustadas pueden mover entre 10 y 20 escaños**. Si PP y Vox partían de un rango de 190-200 escaños, el escenario con esos votos dentro les dejaría en 170-180. Es decir, podrían no sumar. La aritmética es implacable: en provincias donde el último escaño se decide por unos miles de papeletas, cualquier bolsa nueva de votantes desequilibra la balanza.
En el lado opuesto, hay quien rebaja el impacto: la manipulación real del CERA —el censo de residentes ausentes— no daría para dar la vuelta a unas elecciones, sino para **3 o 4 escaños**. Corrupción nauseabunda, sí, pero no un vuelco. Desde esa lectura, el adelanto electoral habría sido un error de cálculo del Gobierno, que se habría encontrado con un frente judicial que no esperaba.
Por qué no se puede simplemente revisar el censo antes de votar
La propuesta más repetida es dejar fuera del censo a todo el que haya obtenido la nacionalidad por la ley de nietos hasta que se aclare su situación. Suena simple. No lo es.
Verificar las altas del CERA de los últimos tiempos puede llevar **años de trabajo**: revisar uno a uno los cientos de miles de expedientes de nacionalidad, comprobar que cumplen la ley, más los que aún están en trámite. Y hacerlo antes de una cita electoral es materialmente imposible. Quien defiende la exclusión preventiva argumenta que si no se puede distinguir a los que cumplen de los que no, no debería votar ninguno. Quien defiende el derecho al voto recuerda que eso conculca la Ley Electoral y, si me apuran, la Constitución.
El precedente de Hacienda se cita a menudo: si el fisco puede cruzar millones de datos, ¿por qué no se puede verificar un censo? La respuesta es que Hacienda no revoca derechos políticos. Y que una nacionalidad concedida es un acto reglado: una vez otorgada, tumbarla exige un procedimiento contencioso que puede durar años.
Qué puede pasar con las elecciones si el censo no está validado
Hay dos salidas teóricas. La primera, excluir a los votantes no validados: es la situación actual. La segunda, aplazar las elecciones hasta tener el censo definitivo. La segunda opción, sobre el papel, es la más limpia. En la práctica, abre un escenario que nadie quiere nombrar: un Gobierno con las cámaras disueltas y capacidad de legislar por decreto durante un periodo indeterminado.
Ahí está el verdadero nervio del asunto. No es la ley de nietos. Es qué ocurre si el Supremo paraliza el proceso y el Ejecutivo se queda gobernando sin Parlamento. La oposición ya avisa de que cualquier modificación constitucional en ese limbo sería un golpe. El Supremo tiene la pelota. Y los 400.000 votos, de momento, siguen en el aire.
Al final, la democracia depende de que un tribunal sepa contar hasta 400.000 sin equivocarse. Tranquilizador, ¿verdad?