Bloqueo al escribir novelas: el guionista que no lee
Hay una paradoja que define a cierto tipo de escritor amateur: tiene la historia entera en la cabeza, sabe qué pasa en cada capítulo, y aun así se queda mirando el cursor parpadeando durante horas. El caso que ha centrado una discusión de más de cien respuestas lo describe sin anestesia: dos novelas a medio hacer, una de suspense surrealista y juvenil con tintes tragicómicos, otra negra con romance y crímenes, guiones «bien pensados» y, al llegar al desarrollo capítulo a capítulo, bloqueo. La causa que él mismo señala es más común de lo que parece:
visualiza las historias como una serie de televisión, no como un libro. En su cabeza hay diálogo, escenas, silencios visuales. En el papel, eso se convierte en paja que no sabe cómo hilar.
El problema no es la falta de ideas. Es el formato. «En las series hay montones de escenas que rellenan todo y explican todo solo con silencios visuales. En escrito siento que me enrollo describiendo cosas», resume. Y añade el dato que muchos callan: lleva años intentando escribir novelas
sin leer novelas. El resultado es un texto que se atasca justo donde la narrativa exige oficio: en las transiciones, en los conectores, en eso que él llama «gilipolleces intermedias conectoras».
Qué se le atraganta exactamente a quien escribe sin leer
La discusión deriva pronto hacia el diagnóstico técnico. Escribir una página clara, incisiva y concisa se le da bien; el problema aparece cuando hay que sostener 70 páginas en formato libro. La primera persona narrativa limita: no puedes hablar de otros personajes salvo cuando te cruzas con ellos. Y el relleno entre hechos importantes se convierte en un muro. «Una vez has explicado su vida, la puta…», se corta, y no hace falta que termine.
Hay quien apunta a la solución más obvia y más incómoda:
todos los buenos escritores son mejores lectores. Sin ese sustrato, el desarrollo se vuelve un ejercicio de invención constante que agota. Otros sugieren tirar de guion cinematográfico directamente, con la tesis de que antes de una década habrá herramientas capaces de convertir un guion en una serie o una película. La propuesta no es descabellada: si la cabeza ya funciona en modo audiovisual, quizá el formato equivocado sea la novela.
El propio autor se rebela contra las convenciones del género. Reivindica un formato más teatral, con el nombre del personaje delante de cada línea de diálogo, y arremete contra los verbos de atribución —«recalco, musito, ñiñiñeo»— que considera ridículos. «Parece que todo hay que hacerlo como los demás», se queja. La respuesta que recibe es igual de directa: si no te lo van a publicar de todos modos, escribe con tu propio estilo y deja de mirar lo que hacen otros.
El consejo que más se repite: vomita primero, ordena después
La recomendación más repetida en la conversación es la del boceto. Seguir el nudo de la historia tal cual viene a la cabeza, llegar al final y solo entonces repasar qué falta, qué sobra y qué se puede cambiar. Es el método que él mismo acaba asumiendo como propio. El riesgo que detecta es el efecto mariposa: un detalle pequeño al principio puede condicionar todo lo demás, y arrepentirse de él obliga a reescribir la historia entera.
Otra corriente propone dividir a los personajes en subtramas. Nada de historias de un solo protagonista: mínimo tres o cinco principales y entre ocho y doce de soporte. Hacer muchas versiones de una misma trama, como quien pule un dibujo empezando por la versión simplona, genera subtramas que enriquecen el conjunto. Y una advertencia sobre el tiempo narrativo: querer abarcar veinte años o un solo día y quedarse en un punto medio produce capítulos que duran escenas concretas mientras otros saltan años.
El bloqueo también tiene una dimensión material. Terminar un capítulo de quince páginas y quedarse en cuatro en el siguiente genera dudas sobre si dejarlos así y seguir. La tentación de releer y reescribir el primer capítulo un millón de veces aparece como el error a evitar. Y una pregunta práctica que revela hasta qué punto el autor está empezando: cuál es el tamaño de letra estándar.
Publicar, la segunda pared
El hilo no se queda en la técnica. La conversación deriva hacia el mercado editorial con el pesimismo habitual: «hoy día no te publica nada ni puto dios». Alguien describe con sorna el itinerario previsible —manuscrito de 548 páginas enviado en frío a 37 editoriales, cero respuestas, autopublicación en Amazon, cero ventas, presupuestos a 62 imprentas— y la respuesta del autor no se hace esperar. La acusación de que ciertos intermediarios son responsables de que el país sea un cagadero cierra el intercambio con más temperatura que argumentos.
Entre medias aparece una sugerencia que conecta con el problema inicial: las novelas visuales. Un formato interactivo, con ejemplos concretos de tramas construidas a base de personajes y subtramas, que el autor desconocía por completo. Para alguien que piensa en escenas y diálogos, la estructura de una novela visual —texto, elecciones, desarrollo por rutas— es menos un género que una solución técnica al bloqueo.
El inventario que cierra la discusión tiene algo de retrato generacional: diarios íntimos, esquemas narrativos, relatos cortos, ensayo a medio hacer, ópera prima póstuma, novela con seudónimo para editorial, saga sin terminar y testamento. Todo escritor que se precie tiene ese cajón. La pregunta que queda flotando es si el problema era el formato, la falta de lecturas o simplemente que nadie avisó de que escribir una novela es, sobre todo, un oficio de transiciones.