Sol: acampada, comercios vacíos y tensión en el centro de Madrid
Un paseo por Gran Vía y aledaños el Día de la Hispanidad se convirtió, según el relato de una forera, en un recorrido por el esperpento:
lonas azules, cadenas humanas y un ambiente intimidatorio a escasos metros de la Puerta del Sol. El relato de quien lo vivió —una mujer que entró a comprar una napolitana en La Mallorquina y la atendieron nada más entrar— apunta a un impacto comercial que hasta ahora se negaba.
«Para pedir un bollo hay poco menos que pelear», resume. La escena no es aislada: en dos tiendas de ropa de dos plantas había
dos personas en una y seis o siete en otra, cifras que quien frecuenta la zona califica de insólitas para esa franja horaria.
El olor, los toldos y la cadena humana
Bajando por Callao, el testimonio describe
regueros de orín en el suelo y un olor a meados a pocos metros de la plaza. Ya en Sol, lonas azules cubren buena parte del espacio y una cadena de personas —con tatuajes, piercings y pañuelos palestinos— vigila los accesos.
«Un ciudadano común no puede pisar esa zona», sostiene la autora del relato, que describe cómo la acampada se organiza en «tiendas base» con latas y recipientes acumulados. Entre los presentes, añade, hay ultras embozados y extranjeros de turismo, y quienes portaban algún detalle con la bandera de España recibían comentarios.
«Fuera fascistas de nuestros barrios» o «no pasarán» son algunas de las consignas que escuchó. Cuatro agentes antidisturbios separaban a los dos grupos.
¿Se están viendo afectados los comercios de Sol?
Sí, según el testimonio recogido. La Mallorquina, habitualmente con colas para comprar un bollo, atendió a la clienta nada más entrar. En dos tiendas de ropa cercanas, de dos plantas cada una, la afluencia era mínima.
«Jamás he visto esos comercios tan flojos en esa franja de horas», insiste. La afirmación contradice a quienes sostienen que la acampada no tiene efecto sobre el negocio. Hay quien apunta, en cambio, que el centro de Madrid arrastra problemas de suciedad desde hace años por la presión turística y las personas sin hogar, y que la Plaza Mayor es
«una guarrada premium» desde mucho antes de esta acampada.
El kiosco tapiado y la estampida en Preciados
Entre los toldos, un cartón a modo de cartel indicaba
«Estanco» en la entrada de una de las calles improvisadas: era el kiosco de la plaza, prácticamente invisible. Al subir Preciados, la autora sintió gente corriendo, se metió en una tienda y el vigilante bajó la persiana metálica por seguridad. Poco después bajaban dos furgones de policía. El episodio ilustra la tensión entre quienes defienden la acampada como protesta legítima y quienes ven en ella un foco de inseguridad y suciedad que expulsa al visitante. Sobre el origen del fenómeno, hay quien sostiene que responde a un contexto más amplio de presión sobre la vivienda y los alquileres en el centro.
Quién paga la fiesta
El coste del dispositivo policial y de la limpieza recae en las arcas públicas, y hay quien apunta a subvenciones municipales a colectivos vinculados a la acampada. La discusión sobre si estas ayudas se justifican o si deberían condicionarse sigue abierta. Lo que no se discute es el calendario: con la campaña navideña a la vuelta de la esquina, los comerciantes de la zona miran al reloj. Si la acampada sigue, el pulso entre negocio y protesta está servido.