Maricarmen, el 29N y la sospecha del montaje
El 29 de noviembre no es un día cualquiera. Es el día 333 del año y, si se descompone la fecha, 2+9=11 del mes 11. La coincidencia, sumada a una sucesión de hechos que se encadenan con precisión de guion, ha llevado a una parte de la conversación pública a preguntarse si el adelanto electoral y el caso Maricarmen responden a una coreografía. La mujer de 87 años desahuciada en septiembre se convirtió en símbolo, su hospitalización coincidió con el momento de un supuesto desahucio y su fallecimiento llegó con las cámaras ya apuntando al Congreso.
Qué hechos se acumulan en el relato
La lista que circula es larga: un adelanto electoral, dos reales decretos votados cuando no se vota ninguno, una hospitalización justo en el momento de un supuesto desahucio, votos en el Congreso, acampadas, horas y horas en los telediarios en primera audiencia desde el minuto uno y una huelga general después de 14 años. Cada pieza encaja con la siguiente. Demasiado bien.
Hay quien sostiene que el calendario ya estaba decidido con antelación y que el sujeto a sacrificar también. La coincidencia numérica del 29N —día 333 del año— se cita como prueba de diseño, aunque la aritmética de fechas admite lecturas menos esotéricas. Lo que no admite lectura inocente, argumentan, es la sincronía entre la muerte de la mujer y la campaña más abyecta que se recuerda.
La hipótesis del guion y sus agujeros
La sospecha dominante apunta a un aprovechamiento deliberado. Se dice que el desahucio se difundió con una rapidez impropia de un trámite administrativo, que la enfermedad terminal de la mujer pudo ser conocida de antemano y que el resultado final buscado era poder decir que la derecha la había matado. Todo huele a podrido, resume la versión más extendida.
En contra pesa un argumento simple: los guionistas van con prisas. La acumulación de casualidades puede ser incompetencia, no conspiración. España no llega al nivel de las series que se le atribuyen, y a veces el desorden explica más que el plan. La pieza del ático de Ayuso, que también aparece en la conversación, encaja igual de bien en la teoría del montaje que en la del caos.
El ruido de fondo: Francia, Rusia y el estrecho
Mientras se discute el calendario español, al otro lado de los Pirineos se calienta la guerra contra Rusia. Estudiantes de la Universidad de Nantes corean consignas revolucionarias y la pregunta es si alguien se cree ese show. El estrecho de Ormuz y Ceuta aparecen en la misma frase. La sensación de que todo se mueve a la vez —campaña, acampadas, huelga, tensión internacional— refuerza la tesis del decorado.
La reacción de portavoces como Rufián e Irene Montero tras la muerte de la mujer añade combustible. Sus mensajes se leen como parte del guion, no como reacción espontánea. La propuesta de que Ada Colau encabece una lista por Barcelona se interpreta en la misma clave: piezas que se colocan en el tablero antes de que el público note el movimiento.
Quién se lo cree y por qué importa
La respuesta más repetida es que más de media España se ha tragado la operación. Millones de mujeres y millones de hombres, se argumenta, creen el relato sin fisuras. La sociedad, moldeada al vaivén de emociones de adolescente mental, reacciona antes de analizar. El país más crédulo del mundo, sentencian.
Otros invierten el razonamiento: si todo el mundo lo cree, quizá el problema no sea el montaje sino la credulidad. La discusión deriva entonces hacia el diagnóstico político —una nación psoeizada hasta las trancas, sin fuerza que haga frente— más que hacia la verificación de los hechos. Y ahí se pierde el hilo de lo comprobable.
¿Cuántas coincidencias hacen falta para que una casualidad deje de serlo?