Oztubre se acaba y el colapso que se anunciaba no llega
Octubre termina y la hecatombe sigue en la sala de espera. Ese es el resumen de una discusión que arrancó con una foto de gente en manga corta para desmontar el relato apocalíptico y terminó convertida en un inventario de incendios: Sudán y Etiopía, Yemen, Irán, Israel, Siria, Emiratos, Europa ardiendo de norte a sur. Todo a la vez. Y aun así, ni un solo indicador se ha dignificado a caer.
El calendario es el protagonista. Hay quien bautizó el mes como
oztubre y esperaba que fuera la fecha límite del desastre. No lo fue. La broma recurrente —«el oncemeeeeeeee»— resume la sensación de esperar un acontecimiento que siempre está a una semana vista. La misma semana que llevamos esperando desde septiembre.
La lista de crisis que no mueve el mercado
El inventario de focos bélicos y tensiones energéticas es largo: escasez de petróleo, inflación desbocada, alarmas nucleares. Cualquiera de esos frentes, por separado, bastaría para justificar un desplome. Juntos deberían ser el fin del mundo tal y como lo conocemos. El problema es que llevan tiempo ahí y la cotización no reacciona como dictaría el guion.
Ahí entra el dato que descoloca: las cotizaciones de los bancos europeos. Si el sistema financiero estuviera al borde del abismo, los primeros en notarlo serían ellos. Y no hay pánico en los balances. Hay quien lo interpreta como señal de que el mercado ya ha descontado el caos y quien sospecha que la calma es la anomalía previa al golpe.
El problema de las fechas proféticas
La discusión deja una lección incómoda sobre cómo funciona el agorero económico. Se lanza una fecha, se acumulan los indicios, se construye la narrativa. Cuando la fecha pasa sin sobresalto, no se revisa el diagnóstico: se traslada la fecha. Septiembre ya pasó sin que ocurriera nada y noviembre hará lo mismo, según el pronóstico más repetido. El pronóstico se vuelve infalsificable.
Eso no significa que no haya riesgo. Significa que el riesgo no tiene calendario. La inflación, la energía y los conflictos abiertos son reales; lo que no es real es la idea de que se materializarán en una fecha concreta porque alguien lo haya dicho. La economía no funciona por profecías.
Lo que se cuela en la conversación
Entre el catastrofismo y la burla asoma otro asunto: la política. Se mencionan elecciones anticipadas y disturbios en Barcelona, como si el desorden institucional fuera el verdadero detonante y no los tipos de interés. La política como termómetro del colapso, no como causa.
La pregunta que queda flotando es sencilla: si el colapso siempre está a la vuelta de la esquina, ¿cuántas esquinas más hay que doblar antes de admitir que quizá el colapso no viene, o que viene tan despacio que no se nota?