Abascal acepta el pulso de Broncano y Vox se juega el voto joven
La invitación está confirmada y el invitado también. Santiago Abascal será el entrevistado del programa de Broncano el lunes 9 de noviembre, según el anuncio del propio espacio, que mantiene abierta la puerta al resto de candidatos a la presidencia del Gobierno. La noticia no es tanto la entrevista como el marco: un líder de Vox sentado en un plató de
televisión pública que se financia con dinero de todos, en un formato que vive del chascarrillo y del cara a cara incómodo. El cálculo político, a la fecha de esta discusión, está por escribir.
Del «no es una buena idea» al «esa noche se sale de share»
El primer diagnóstico que circula es el de la encerrona. Ir a un programa donde se pregunta cuánto ganas y se bromea con la vida privada no parece el mejor escaparate para un candidato que necesita proyectar seriedad institucional. La desconfianza es explícita: se sostiene que el formato dejará penetrar sus discursos, reirá las gracias y esperará el momento exacto para lanzarle la pregunta trampa que lo deje en evidencia. El precedente que se cita no es halagüeño: un dirigente zarandeado en un acto público, con la imagen del pelele de amurrio flotando en el ambiente.
Frente a eso, el argumento de audiencia. Esa noche el programa puede salirse de share, y no por el público habitual: lo verá gente que no lo ve nunca. Solo por eso, dicen, vale la pena. La exposición es masiva y el margen de maniobra existe si Abascal lleva el terreno a lo que llaman sentido común cotidiano —temas de calle que la mayoría apoya— en lugar de dejarse arrastrar al cenagal de toros, folclore y olor a cerrao. La comparación con otros cuadros del partido es inevitable: se considera que otros dirigentes se habrían merendado el formato con patatas; este, no está claro.
El PSOE, de perdidos al río
La lectura más política apunta a una operación de mayor recorrido. Con el PSOE dando la cita por perdida, la hipótesis que se maneja es la del blanqueo acelerado: normalizar a Vox en prime time para virar hacia allí el voto indeciso o quemado de izquierdas de cara a la siguiente legislatura, mientras se erosiona al PP por la vía de la competencia en el flanco derecho. La duda es si dos semanas de plató bastan para blanquear lo que hasta ayer era, en palabras del propio debate, poco menos que la nueva Falange.
El contraargumento es demográfico y desmonta la premisa: el votante de izquierdas quemado no va a Vox ni de coña. Se irá a Frente Amplio, a los nacionalistas o, como mucho, al
Partido Popular. El nicho real sería otro: el voto joven no fanatizado, el que se abstiene, el que no tiene memoria de trinchera. Ahí sí hay margen. Y ahí es donde la entrevista deja de ser
televisión y se convierte en aritmética electoral.
Queda el elefante en la habitación: es la televisión pública. La crítica a que un medio financiado por el sudor de todos sirva de plataforma a un candidato no es nueva, pero cobra otra textura cuando el invitado es precisamente quien cuestiona el modelo. La predicción, con reservas: si Abascal convierte el show en un mitin de sentido común, gana exposición gratis; si acepta el papel de invitado graciosillo, pierde el frame institucional que necesita. El share decidirá quién tenía razón.