Comparar a Bach con el reguetón es como comparar a Leonardo da Vinci con el grafiti urbano: no porque una de esas expresiones carezca necesariamente de valor, sino porque responden a contextos, propósitos y criterios artísticos radicalmente distintos.
Lo más cuestionable es que esta comparación proceda de alguien con formación académica y que, además, se recurra al argumento de las zonas cerebrales estimuladas. Aunque no se afirme de manera explícita que esa estimulación constituye un mérito artístico, la insinuación queda ahí, como si una determinada reacción neurológica bastara para establecer una equivalencia estética.
En el fondo, este planteamiento encaja en una tendencia muy posmoderna: considerar que toda música es equivalente, que todo arte posee el mismo valor y que cualquier jerarquía estética resulta sospechosa. No seré yo quien niegue el interés cultural, social o incluso artístico del reguetón, ni el de ningún otro género musical. Pero también sostengo que la obra de Bach ocupa un lugar excepcional: representa una de las expresiones más elevadas y complejas de la tradición cultural occidental.
Por eso, ciertos artículos no parecen limitarse a comparar músicas distintas, sino que terminan diluyendo esa excepcionalidad y reduciendo a Bach a una opción más dentro de un repertorio indiferenciado. El problema no es reconocer el valor de otras músicas, sino fingir que todas pueden juzgarse con los mismos criterios y que todas alcanzan la misma profundidad histórica, formal y estética.