Desarrollo: el orgullo de haber terminado una carrera es un lujo que solo se permite quien no tiene que preocuparse por el fin de mes. En el mundo real, el mercado laboral no te premia por tu perseverancia académica. Te premia por lo que sabes hacer, por los contactos que tienes o por la suerte de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado.
El que terminó una ingeniería con matrícula y se come los mocos en un trabajo precario, tiene el orgullo de saber que fue el primero de su promoción. Pero la hipoteca no se paga con un certificado de notas, sino con euros contantes y sonantes. Mientras, el que dejó la carrera a los dos años, montó un negocio de reformas y vive desahogado, tiene la tranquilidad de no tener que explicar por qué no terminó.
El orgullo de haber terminado es un lastre emocional que te impide ver la realidad. Te ancla a la idea de que el esfuerzo merece recompensa automática, cuando la economía no funciona así. Te hace sentir que tienes derecho a un puesto, y cuando no llega, la frustración te corroe.
La alternativa: renunciar a ese orgullo, asumir que el título es un papel que no vale lo que te hicieron creer, y centrarse en lo que realmente funciona. Que no es bonito, ni digno, ni académico. Pero paga las facturas. Y al final, de eso se trata.