La IA que escribe artículos ya inquieta a los redactores de Fiverr
La promesa suena a reclamo de vendedor de crecepelo: generar contenido con
inteligencia artificial y cobrar por ello casi sin despeinarse. Quien abrió el asunto lo contó sin adornos. Tras producir artículos para un nicho pequeño y colocar enlaces de afiliación, los textos «dan el pego bastante bien», y hay gente posicionando esos mismos artículos en los resultados de búsqueda. El remate: los redactores de
Fiverr «ya están temblando».
Lo llamativo no es la herramienta, sino la velocidad: conviven generadores de texto, creadores de imagen como DALL-E y una lista creciente de programas que recibe mejoras cada pocas semanas. La diferencia con otras fiebres del dinero fácil es que el cuello de botella se ha movido: ya no es producir, es producir bien. El truco se ha abaratado. El criterio, no.
De los artículos de afiliado a los canales de YouTube automatizados
El primer frente es la redacción. La técnica consiste en fabricar textos para micro nichos y colocar enlaces de afiliación: el lector busca una recomendación de producto, lee un artículo que parece razonable y pincha. No hace falta experiencia previa en el sector. Lo que sí hace falta es volumen, porque la mayoría de esos artículos no rankean; unos pocos lo hacen y sostienen la operación entera.
El segundo frente, más ambicioso, es el vídeo. Se están documentando canales que explican paso a paso cómo montar un canal de YouTube completo con herramientas de IA, gratuitas unas y de pago otras. La cadena incluye guion, imágenes generadas y voz sintética. Quien dice haberlo probado lo resume así: «con un par de herramientas y muy pocas horas, consigues hacer vídeos de estos temáticos para YouTube como churros». Otro probó con un vídeo sobre sistemas de aislamiento de fachadas y quedó sorprendido del resultado. La barrera de entrada, en fin, se mide en tardes, no en meses.
El método PAA+AI: cientos de artículos y la factura por token
La versión industrial de esto tiene nombre y origen. El enfoque se conoce como
PAA+AI y lleva más de un año documentándose en círculos de posicionamiento web. La idea es levantar sitios con cientos de artículos generados automáticamente, apuntando a las preguntas relacionadas que Google enseña en cada búsqueda. El contenido deja de escribirse uno a uno: se produce en tanda.
La parte técnica se resuelve conectando una herramienta de IA por
API. La más citada es OpenAI, con varios modelos según precio —los nombres que circulan van de los más baratos, Ada y Babbage, a un Davinci descrito como el más caro y el mejor valorado—. El cobro se hace por tokens generados, y como referencia mil tokens equivalen a unas 750 palabras. Hay alternativas de terceros, como AI21 Labs, y quien quiera afinar el estilo puede recurrir a scripts propios en Python para hacer ajustes finos.
Aquí aparece la primera grieta del relato. Automatizar cuesta poco; acertar, no. El cálculo optimista da artículos casi gratuitos. El escenario realista incluye horas de prueba, ajustes de formato y una tasa de fracaso considerable que nadie pone en el titular.
¿Se indexa el contenido hecho con IA? Lo que dicen las primeras pruebas
Sí, al menos por ahora. Es la conclusión de quien revisó sus propios artículos después de escuchar que el contenido generado con ChatGPT no se posiciona bien. Repasó las palabras clave de cada texto. El tráfico había subido, sobre todo en dos de sus webs. Varias de las búsquedas que consideraba difíciles estaban en la
primera página de Google. Todos los artículos estaban indexados.
Conviene tomarlo con pinzas. Son observaciones individuales, no un estudio, y Google no ha aclarado su postura con cifras. Pero desmonta, de momento, la idea de que basta con oler el texto de una máquina para hundirlo. Lo que hunde, históricamente, es el contenido malo.
El problema legal que casi nadie mira: ¿de quién es lo que genera la máquina?
Una duda recurrente entre quienes quieren monetizar esto es si se pueden usar libremente las imágenes generadas por programas como Canva o Midjourney. El caso típico: alguien escribe un libro infantil y quiere que la IA le haga las 40 ilustraciones sin pagar a un ilustrador. La respuesta que se da en el hilo es que no debería haber problema siempre que no se recurra a personajes con marca registrada —nada de
Disney ni
Star Wars—, porque ahí el copyright protege igual aunque la imagen la haya pintado una máquina.
Pero el asunto tiene una segunda cara, más incómoda, la que apuntó otro forero: si el texto lo ha parido ChatGPT y la ilustración la ha pintado Midjourney, el autor no es exactamente dueño de nada, y alguien con menos escrúpulos puede copiar el libro, cambiarle el nombre y venderlo. La ausencia de autoría clara es, a la vez, la ventaja y el talón de Aquiles del negocio.
La letra pequeña: treinta horas para aprender lo que el tutorial promete en diez minutos
La imagen de la IA como botón que escupe dinero se rompe contra la curva de aprendizaje. Un programa como
Stable Diffusion no funciona con poner una frase y esperar. Hay que entender qué hace cada botón, cómo se compone una imagen, qué son los prompts y los embeddings, y sobre todo el entrenamiento, «con mucha diferencia» lo más complicado del proceso. El cálculo que se maneja es que hacen falta entre 30 y 40 horas para hacer algo medio decente.
De ahí nace una vía de negocio que casi nadie menciona: dar cursos. Si el software es complejo, alguien tendrá que enseñarlo. Ya existen cursos de Photoshop; los de Stable Diffusion son mucho más escasos. Y no es solo formación: el
hardware también filtra. Hay quien ha aparcado el aprendizaje porque duda de que su tarjeta gráfica soporte el programa.
El dinero, al final, no está donde lo prometían. No brota de un botón mágico, sino de saber qué pedirle a la máquina, cuánto cuesta cada palabra y qué se puede firmar sin que venga alguien a reclamar la autoría. Con ese panorama, la pregunta ya no es si la IA permite ganar dinero, sino cuánto tarda el resto en darse cuenta de que el atajo no existe.