¿Cómo se explica que la bolsa española suba mientras el país pierde empleo a doble dígito? Esa contradicción —el Ibex recuperando terreno con más de cuatro millones de parados en las estadísticas— define marzo de 2010. El mes arrancó con el índice rondando los 10.400 puntos, después de un febrero de bandazos, y lo cerró atacando el nivel de los 11.000 con Grecia y Portugal como ruido de fondo. En esos mismos días en que se conocía el dato del paro, Australia subía tipos. El mundo tiraba hacia un lado y España hacia otro.
El trasfondo macro: paro al 19% y tipos al alza fuera
El telón de fondo era incómodo. El Ministerio de Trabajo confirmó que el paro registrado subió en febrero en
82.132 personas, un 2% mensual, hasta los 4.130.625 desempleados. En términos interanuales el repunte era del 19%, leve mejora frente al 22% de enero. La lectura oficial hablaba de «desaceleración en el crecimiento del paro». La no oficial, la que se cocía entre pantallas, era otra: el mercado laboral seguía sangrando y la bolsa, de momento, lo ignoraba.
Al otro lado del mundo, el Reserve Bank of Australia elevaba el tipo de referencia del 3,75% al 4%, 25 puntos básicos, en línea con lo que esperaban los analistas. Su gobernador, Glen Stevens, dejaba caer que lo «apropiado» era acercar el precio del dinero a la media, unos 75 puntos más arriba. No era un detalle menor: alguien en el planeta se sentía lo bastante fuerte para endurecer. En la zona euro, los pedidos industriales cayeron un 2% en enero y el índice de confianza de la Universidad de Michigan se quedó en 73,6, sin cambios y por encima de la previsión de 73.
La tensión se leía mejor en el mercado de divisas que en los titulares. El
euro/dólar rondaba los 1,337 tras haberse despeñado desde los 1,35 con los que había cerrado la sesión americana. Un euro más débil abarata las exportaciones y maquilla el balance de las multinacionales, pero también avisa de que la desconfianza sobre la eurozona no era solo griega.
Grecia, Portugal y el goteo de rebajas de rating
El asunto griego funcionó todo el mes como una montaña rusa emocional. Su financiación subía y subía, según se seguía en las pantallas, y sin embargo hubo jornadas en que el mercado subía precisamente porque
los griegos decían que no necesitarían ayuda. Hay quien resumió la paradoja con una frase que se repite cada vez que Europa estornuda: esto es un casino. Y no le faltaba razón.
Portugal entró en el foco cuando Fitch rebajó su calificación, aunque el mercado tardó en reaccionar. Lo llamativo —y hubo quien lo subrayó con datos— es que la caída del Ibex no arrancó a las 11:00, cuando se publicó el dato de pedidos industriales, sino dos minutos más tarde.
La causa se atribuyó al país vecino, no al dato macro. Fitch matizaba además que el plan de consolidación portugués era «ampliamente creíble», lo que estrechaba el diferencial entre su deuda y la alemana hasta los 122 puntos básicos.
En el hilo circuló además el rumor, no confirmado, de que Moody's había degradado la calificación de Deutsche Bank. Y el DAX alemán se plantó en un nivel que había sido soporte y resistencia durante los doce años anteriores, con el mantra de «en abril, aguas mil» circulando por todas las mesas. El Ibex, mientras, peleaba el 11.000 como si de una frontera se tratara.
La trinchera del intradía: robasta, preapertura y grandes manos
Ahí donde el inversor de a pie se jugaba el dinero, la conversación era otra. La preapertura amanecía con bandazos de casi un punto porcentual en cuestión de segundos: un índice que empezaba en -0,90% y poco después cotizaba en +0,74%. Una de las explicaciones que se apuntaban en el hilo hablaba de
posiciones falsas que se colocan en subasta para marear al personal antes de que abra el mercado de verdad. El cierre, la llamada subasta, funcionaba con la misma lógica de trampa gacelística: movimientos bruscos en el último minuto que dejaban al intradía con la posición al revés.
Un participante con años de pantalla ofrecía su lectura del volumen de los grandes operadores, sesión a sesión: «Hasta un rato antes de las 10 han mareado al personal, principalmente compras; entre ese momento y las 10 han vendido; a partir de ahí han comprado». El detalle fino —horarios, paquetes vendidos en subasta, compras de última hora— no cabía en ningún informe de broker. Es el tipo de material que solo existe en las tripas del mercado.
Había también quien se tomaba el asunto con humor:
tres o cuatro tipos con puros y copas en sus war rooms diciendo «venga, ahora, tíralo». La teoría de la manipulación tenía defensores y escépticos. No siempre ganaban los mismos.
Apalancarse o no: la lección que nadie aprende
El mes dejó confesiones incómodas. Un inversor resumía su propia curva de aprendizaje: al principio operaba sin apalancamiento, compraba en recortes y vendía en subidas, con horizontes de quince días a tres meses, y ganaba dinero de forma sistemática. Cuando se lió con los derivados, los cortos y los largos simultáneos, su resultado se volvió errático: «Me he cepillado los beneficios anteriores e incluso he perdido algo de capital». La conclusión no era suya, era de manual: el apalancamiento no crea habilidad, la amplifica.
Frente a eso, la defensa clásica del estudio paciente. Se citaba a Gann —diez años estudiando, cuarenta quiebras antes de ganar dinero de verdad— para justificar la idea de que esto no es llegar y besar el santo. La réplica llegó con retranca: quien no puede permitirse arruinarse cuarenta veces, mejor se queda quieto, recupera lo perdido y se marcha. En el mismo tono aparecía otra advertencia más prosaica:
un depósito a un año al 4% había captado miles de millones para una entidad concreta, señal de que muchos ahorradores preferían el sofá a la montaña rusa.
El otro gran pozo de quejas fueron los valores convertidos en trampa lenta: Gamesa y su lateral interminable, que hubo quien describió como una vía para darte dinero a cambio de morir de aburrimiento. Las compras repetidas de los mismos títulos, una orden a 10,53 que se escapa, la sensación de que el mercado conspira contra la posición propia. Nada nuevo bajo el sol.
El horizonte de mayo y el último que apague la luz
A lo largo del mes se consolidó una tesis que ganó adeptos: la subida continuaría hasta mayo. Desde finales de 2009 se venía sosteniendo que se revisitarían máximos anuales, y aunque enero y febrero hicieron dudar, la primavera daba la razón a los alcistas. La lectura más matizada distinguía entre momentum y fundamentales: «Las subidas se están haciendo con poco volumen, no parece un movimiento de acumulación importante, puede que simplemente estén distorsionando el mercado». La contraparte optimista señalaba la proyección del HCH invertido y apuntaba a los 1.200 del S&P.
En paralelo, un aviso técnico que pocos atendieron: los grandes especuladores aparecían
cortos en el mini S&P, algo que no ocurría desde el inicio de la crisis. La interpretación mayoritaria era que se bajaban del tren en marcha tras forrarse en los mínimos. La alternativa, menos cómoda, es que vieran algo que los demás no.
El mes se cerró por todo lo alto, con fin de trimestre, vencimiento de futuros y una sesión de últimas horas en la que alguien decidió darle la vuelta al marcador comprando a contrarreloj. El Ibex encaraba abril con el paro por las nubes, la eurozona en tensión y una legión de operadores convencida de que la fiesta duraba hasta mayo. Para entonces, muchos ya habían aprendido que la bolsa no mide la salud de un país, sino la de quienes la juegan. Que no es lo mismo.