Economía: Reflexiones desde el marxismo sobre el libro de Piketty

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Artículo de Rolando Astarita sobre el libro de Piketty, .., tan potente intelectualmente como siempre el argentino.

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Reflexiones desde el marxismo sobre el libro de Piketty (1) | Rolando Astarita [Blog]
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El libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty First Century, ha impactado a nivel mundial. Su planteo central es que la desigualdad de los ingresos y de la riqueza ha estado aumentando en los países capitalistas desde los años 1970, y hoy alcanza niveles similares a los que había a comienzos del siglo XX. Esto significa que no se verifica la hipótesis de Kuznets (formulada en los años 1950), según la cual la desigualdad aumentaba primero con el desarrollo del capitalismo, y luego disminuía. De hecho, ya antes de la publicación del libro de Piketty se ha estado documentando que la desigualdad ha seguido una forma de U. Pero el libro de Piketty, utilizando datos fiscales más que encuestas sobre la situación de los hogares, amplía el análisis y confirma el dramático incremento de la desigualdad en las últimas décadas en los países desarrollados. Por caso, en EEUU, desde 1980 a los 2000, la participación en los ingresos del decil más alto de la población pasó del 30-35 por ciento al 45-50 por ciento; y el uno por ciento más rico pasó de tener el 9 por ciento del ingreso en los 1970 a aproximadamente el 20 por ciento en los años 2000 – 2010. Entre 1977 y 2007 el 10 por ciento más rico se apropió las tres cuartas partes del total del incremento del ingreso en EEUU, y el uno por ciento más rico el 60 por ciento del mismo.

A la luz de estos datos, es comprensible que la vieja tesis de Marx, que dice que en el modo de producción capitalista hay una tendencia a la polarización, cobre nueva actualidad. En este respecto, Piketty sostiene que si bien no se cumplieron las previsiones catastrofistas de Marx (en su interpretación, Marx habría pronosticado el derrumbe del capitalismo por causas puramente económicas), sí se habría verificado su tesis de la creciente polarización de ingresos y riqueza.

Esta proximidad con una de las tesis de Marx ha suscitado interrogantes acerca de cuál es la relación que puede establecerse entre el libro de Piketty y El Capital; de hecho, varias personas me preguntaron qué valoración del Capital in the Twenty First Century podría hacerse desde el punto de vista marxista. En esa nota presento algunas reflexiones, referidas al aspecto teórico del asunto. Adelantando lo que desarrollo más abajo, mi posición es que, si bien Piketty pone el foco en una cuestión real y candente, que la economía del mainstream ha tratado de disimular en base a formulismos matemáticos y supuestos irrealistas, su planteo tiene poco que ver con la teoría de Marx. En particular, porque la idea marxiana de explotación –el trabajo es la única fuente de las ganancias del capital, y las ganancias del capital son fruto de la explotación del trabajo asalariado- desaparece por completo de su explicación. En su lugar, Piketty propone una explicación neoclásica ortodoxa, que pasa por lo “técnico” (productividad marginal, precios de factores, tecnología y similares). La idea del marxismo es que el fenómeno de la distribución no es “técnico”, ni se resuelve en “los precios de los factores”, ya que tiene por base las participaciones relativas del capital y el trabajo en el ingreso nacional, que es generado por el trabajo. Por eso, la teoría de la plusvalía de Marx llama a cuestionar subversivamente la sociedad. Su mensaje central es que la sociedad moderna se basa en la explotación del trabajo, y esto permanece al margen de que aumente, o no, la desigualdad del ingreso. Su eje es la teoría de la explotación; la tendencia al aumento de la brecha en las desigualdades es un efecto de esa explotación. Pero este aspecto de la cuestión está por completo ausente del trabajo de Piketty; como veremos en seguida, las categorías que utiliza son propias de las formas fetichistas bajo las que se disimulan las relaciones esenciales, incluso en su versión más ortodoxamente neoclásica.

El modelo teórico de Piketty

Aunque la mayor parte del libro de Piketty está dedicada a los resultados de sus investigaciones empíricas, la explicación del porqué de la evolución de la distribución del ingreso a lo largo de los últimos tres siglos está contenida en las relaciones entre unas pocas variables que considera fundamentales. Para eso, comienza vinculando el capital, K, con el flujo de beneficios, B, que va a la clase capitalista. El stock de capital incluye todas las formas de activos que rinden un retorno: viviendas, tierra, maquinaria, capital financiero (bonos, acciones, dinero), propiedad intelectual e incluso personas en la época de la esclavitud. Los ingresos del capital, que agrupa bajo el rubro beneficios, incluyen entonces ganancias de empresas, dividendos, interés, renta del suelo y toda otra forma de rendimientos producidos por K.

Piketty define entonces las relaciones básicas: la participación de los beneficios en el ingreso nacional, B/Y, relación que llama α; la tasa de rentabilidad, r, que podemos definir como beneficio sobre capital, esto es, B/K; y la relación capital producto, o capital ingreso, K/Y, que llama β. Con estos elementos, postula la “primera ley fundamental del capitalismo”, que dice que la participación de los beneficios en el ingreso depende del producto de β por r. O sea, α = r × β (también: B/Y = B/K × K/Y). Piketty admite que se trata de una simple unidad contable, pero agrega que puede ser aplicada a todos los períodos históricos. Precisa también que la ecuación no nos dice nada de cómo están determinadas las variables. En particular, no nos dice cómo se determina K/Y, que en cierto sentido es una medida de cuán intensiva en capital es una sociedad.

De ahí que postule la “segunda ley fundamental”: dice que β, esto es, la relación K/Y, es igual a la tasa de ahorro dividido la tasa de crecimiento del producto. O sea, β = s/g (la tasa de ahorro que se tiene en cuenta es neta de depreciación). Puede observarse, como lo señala el mismo Piketty, que se trata en última instancia de la ecuación del modelo de crecimiento de Solow. Según Piketty, la segunda ley representa un estado de equilibrio hacia el que tenderá la economía si la tasa de ahorro es s y la tasa de crecimiento es g.

En cualquier caso, la fórmula muestra que un país que ahorra mucho y crece poco acumula una enorme masa de capital en relación al ingreso, lo que a su vez puede tener un efecto significativo sobre la participación del beneficio en la estructura social y la distribución de la riqueza. Es que si aumenta K/Y significa que los propietarios del capital potencialmente controlan una parte más grande de los recursos, y esto es lo que habría ocurrido en los últimos 40 años. Los factores que explicarían el aumento de la relación β en las últimas décadas serían la alta tasa de ahorro, combinada con el crecimiento lento; las privatizaciones de grandes porciones de capital público (o estatal); y el aumento de los precios de las acciones y activos inmobiliarios desde sus niveles extremadamente bajos en 1950.

Piketty sostiene entonces que la evolución de la relación K/Y tiene forma de U en el largo plazo. Habría bajado durante las dos grandes guerras y la crisis del 30 -destrucción física y desvalorizaciones de los capitales- pero luego habría comenzado a aumentar nuevamente. Así, y siempre según los datos que proporciona Piketty, en Norteamérica y los países más desarrollados de Europa, y también en Japón, en el período 1910-1930, la β subió hasta el 600-700 por ciento, luego bajó hasta 200-300 en los 1950 y 1960 para volver a crecer hasta niveles cercanos a los 600-700 en los 1990 y 2000, y con la proyección de alcanzar los 700 por ciento en los próximos años.

Si volvemos ahora a la primera ecuación, α = r ×β, se trata de explicar cómo interactúan los crecimientos de r y β para dar como resultado final la tendencia al aumento de α. Es que en el largo plazo Piketty encuentra que la evolución de α tiene una forma de U similar a la de β, aunque menos pronunciada. Esto indicaría que r parece haber atenuado la evolución de β. La explicación del fenómeno discurre por los carriles de la ortodoxia neoclásica (solo de pasada hace una alusión “al poder de negociación de las partes involucradas”, p.153 de la versión online). Efectivamente, Piketty explica la tasa de ganancia por el principio de la productividad marginal decreciente: en lo esencial, está determinada por la tecnología y la cantidad de capital. Por lo tanto, demasiado capital deprime la tasa de rentabilidad r. Sin embargo, continúa el razonamiento, la caída de r a medida que aumenta la relación K/Y no alcanza a anular el efecto alcista sobre α, esto es, sobre la participación de los beneficios en el ingreso. La causa de esto reside en la elasticidad de sustitución de los “factores” capital y trabajo. Recordemos que esta elasticidad dice en qué medida varía la relación capital trabajo (K/L) a medida que se modifica la relación entre los precios del capital y el trabajo, esto es, r/w (w es salario; en esta parte altero un poco el argumento de Piketty para adaptarlo a las presentaciones más habituales de los cursos de Microeconomía mainstream).

El hecho es que si la elasticidad de sustitución es mayor a uno, significa que una caída de la relación r/w provoca una suba más que proporcional de la relación K/L. Si tenemos en cuenta que las participaciones relativas del capital y el trabajo (siempre en el esquema neoclásico) es rK/wL, una elasticidad de sustitución superior a uno provocará que un aumento de la intensidad capitalista del proceso (esto es, aumento de K/L) dará lugar a una disminución proporcionalmente menor de r, de manera que aumentará la relación B/W (esto es, rK/wL); en otras palabras, aumentará B/Y (teniendo en cuenta que Y = W + B). Dado que Piketty sostiene que la elasticidad sustitución tiende a ser mayor que uno, el aumento de β habría provocado el aumento de α, aunque atenuado por la caída de r.

En un sentido más general e histórico, Piketty parece reducir la causa del aumento de la desigualdad a que r > g. Sostiene que se trata de un hecho histórico comprobado, que explicaría el crecimiento de la desigualdad en las sociedades agrarias tradicionales. La idea es que si r > g, la riqueza acumulada es recapitalizada mucho más rápido de lo que crece la economía. Por ejemplo, si g = 1% y r = 5%, el ahorro de un quinto del ingreso proveniente del capital ya asegura que el capital heredado de las generaciones previas crece a la misma tasa que lo hace la economía. La tasa de rentabilidad del capital la atribuye a un factor psicológico; r refleja la impaciencia promedio de las personas y su actitud ante el futuro (el argumento sería válido para las sociedades agrarias, precapitalistas o capitalistas). Que por otra parte coincide con la productividad marginal del capital.

El capital como “cosa que rinde ganancia”

Tal vez el primer aspecto, y central, en el que los enfoques de Marx y Piketty son opuestos, es la noción misma de capital. Es que Piketty escribe todo un libro sobre “el capital en el siglo XXI” a partir de una concepción del capital ahistórica y asocial. En su visión -como en toda la economía neoclásica- capital son “cosas” tales como máquinas, tierra, activos financieros, dinero, yacimientos mineros, y similares. “Cosas”, agrupadas bajo “K”, que rinden ganancias, rentas, intereses, dividendos e ingresos en las más diversas formas. En este enfoque, los ingresos derivados de “K” son abstraídos de toda relación con el trabajo y su explotación. El capital tiene rendimientos porque es productivo, y su tasa de rentabilidad viene a coincidir con su productividad marginal (que a su vez coincide con las preferencias intertemporales de los consumidores). Desde este punto de vista, el hacha de piedra del hombre primitivo ya era “capital” con rendimientos iguales a su productividad marginal. Incluso Piketty no distingue entre tierra y capital (distinción que encontramos en los clásicos y en Marx, entre otros); la tierra es parte de “K”, y rinde bajo el mismo principio que cualquier otro activo. Por eso “K” es concebido por Piketty como una fuente autónoma de plusvalías; es “algo” que genera valor y ganancia al margen del trabajo y con independencia de este. Una idea muy alejada de la de Marx, que concebía el capital como relación social, de explotación del trabajo (para este concepto, ver aquí). Y como también señalaba Marx, el capital alcanza su forma más enajenada y fetichista en el dinero que devenga interés, forma que Piketty amontona sin distinción conceptual con otras formas de capital, o con la tierra. Tengamos presente que en el caso del capital productivo hay por lo menos una referencia al proceso de trabajo, lugar último de generación del valor y el plusvalor. Pero en el capital a interés se pierde cualquier vestigio de relación social. Aquí estamos ante un fetiche automático, dinero que da dinero, donde “la relación social se halla consumada como relación de una cosa, del dinero, consigo misma” (Marx, t. 3 p. 500, El Capital).

Naturalmente, el agrupamiento bajo el nombre de capital de estas diversas formas, contribuye a quitarle todo contenido histórico, y acarrea consecuencias para el análisis del largo plazo. En particular, al considerar “K” como un conjunto de “cosas que rinden ingresos”, como hace Piketty, es imposible comprender las especificidades asociadas a las relaciones históricas y sociales concretas, que han evolucionado desde el Antiguo Régimen a la moderna sociedad capitalista. Por ejemplo, cuesta encontrar la continuidad explicativa entre lo que podía ocurrir con la renta agraria y los ingresos campesinos en la Francia del siglo XVIII, y los ingresos del capital y los asalariados en la Francia del siglo XX; o entre el usurero precapitalista y el moderno capital dinerario. La misma idea de Piketty de que su primera “ley fundamental del capitalismo” se aplica a toda época histórica encierra una llamativa naturalización del capitalismo. Y si se pierden de vista las diferencias entre las formas histórico-sociales, el análisis se hace abstracto. De ahí que el punto más interesante del análisis empírico de Piketty sea la evolución de las diferencias de ingresos y riquezas desde fines del siglo XIX a la actualidad, cuando podemos hablar de un modo de producción capitalista predominante.

Pero cuando entramos en el análisis de la dinámica capitalista, las razones de por qué crecen las desigualdades sociales se oscurecen debido a la endeblez de los fundamentos teóricos. Es que los problemas derivados de la falta de concepto histórico y social del capital se manifiestan en el agrupamiento de Piketty del stock de los medios de producción, concebidos en términos físicos (porque la productividad marginal se asocia al capital como stock físico), del “valor” de la tierra (que en sentido marxista tiene precio, pero no valor) y del capital financiero, que es más amplio que el capital productivo o mercantil realmente invertido. Es por esto que en relaciones que Piketty concibe “de causa a efecto” -en especial, K rinde B, y por lo tanto r depende de esa relación causal- de hecho se esconden relaciones circulares. Por ejemplo, si el precio de la tierra depende de la renta, como sucede en la realidad, entonces es imposible considerar la parte de K correspondiente a la tierra como una fuente autónoma de la renta, ya que el “valor” (precio) de la primera depende también de la segunda.

De la misma manera, si se habla de capital en sentido físico, su agregación como “cantidad de capital” solo puede realizarse a través de los precios de los medios de producción involucrados, que dependen -como lo demostró la crítica de Cambridge- de la tasa de interés. Pero entonces la misma cantidad física de capital tendrá distintos valores (esto es, variará “K”) según varíe la tasa de interés, que en principio debía explicarse por la cantidad del capital. Por lo tanto, no tiene sentido afirmar que la rentabilidad del capital depende de la cantidad del capital. Como también pierde sentido toda la problemática de la elasticidad de sustitución una vez que se acepta la realidad del “retorno de las técnicas” (esto es, que a una tasa alta de interés una técnica menos intensiva de capital es rentable, a una tasa menor es más rentable una técnica más intensiva, pero a una tasa más baja vuelve a ser rentable la primera técnica). Tengamos presente que la explicación de Piketty del porqué de la evolución de la distribución del ingreso y la riqueza en el siglo XX y hasta el presente, depende de la hipótesis de elasticidad de sustitución. Por eso era de esperar alguna discusión en profundidad del principio, pero la misma brilla por su ausencia. Piketty se limita a adoptar teoría mainstream, eludiendo las dificultades planteadas, ya hace más de un siglo, por los críticos de Cambridge (su única referencia al asunto se refiere al modelo de Harrod-Domar, al que opone el de Solow).

Sin embargo, los problemas no se solucionan ignorándolos. En las dificultades para medir el capital haciendo abstracción de las variables distributivas (interés y salarios) subyace la abstracción de considerar al capital como “un factor de producción”. Y desde ese supuesto carente de contenido social, no es posible elaborar una teoría correcta de la distribución. De hecho, la economía mainstream que sigue Piketty disuelve la cuestión de la distribución en los “precios de los factores”, pero estos no pueden fundarse en la productividad marginal ni en la función de producción. Por eso fracasa el intento mainstream de eludir la problemática del conflicto de clases, inherente a la economía política, y medular en la distribución del ingreso, para transformarla en una cuestión técnica de Economics. Por otra parte, desde el enfoque marxista, la distribución se vincula orgánicamente con el sistema de explotación, que se constituye entonces en un eje ordenador del análisis: solo cuando se ha establecido la tasa de plusvalía -el reparto básico del valor agregado por el trabajo- es posible establecer el sistema de precios y las tasas de rentabilidad del capital. En cambio, la mera enumeración de identidades contables, como las presenta Piketty, no tiene poder explicativo alguno. Por supuesto, son importantes los datos que presenta sobre la evolución de la distribución del ingreso, ya que ponen en evidencia que la hipótesis de Kuznets sobre su forma de U invertida en el largo plazo, es equivocada. En este respecto, el trabajo de Piketty es valioso. Pero además del dato, hay que presentar razones, y hay que ir al fondo del asunto. Es necesario encontrar la lógica de las categorías económicas; y esa lógica, en la sociedad dividida en clases, depende de las relaciones sociales. Más en particular, en la sociedad capitalista, depende de la relación entre el capital y el trabajo asalariado.

Como no podía ser de otra manera, las dificultades encerradas en lo abarcado por “K” se extienden, en el trabajo de Piketty, al capital financiero. Por un lado, porque en la realidad los precios de los activos financieros dependen de la tasa de interés, de manera que puede existir inflación de precios por motivos puramente especulativos, que poco tienen que ver con la rentabilidad real del capital productivo (una cuestión que incide en cómo opera la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de Marx). A su vez, la posibilidad de inflaciones de precios puramente especulativas da lugar, en Marx, a la noción de capital ficticio; es lo que ocurre, por ejemplo, cuando los precios de las acciones se elevan por encima de los “fundamentos” relacionados con la generación y realización de plusvalía. El tema se profundiza incluso cuando hablamos de bonos gubernamentales, que dan derecho a recibir una parte de la plusvalía -recaudada bajo la forma de impuestos- pero ya no expresan ninguna forma de capital real (sobre capital ficticio, aquí). Todas estas cuestiones se revelan decisivas a la hora de explicar las razones de por qué en el sistema capitalista operan tendencias hacia la polarización social, tendencias que tienen poco que ver con la idea del capital como “una cosa K que rinde B”.
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---------- Post added 25-may-2014 at 13:50 ----------

Reflexiones desde el marxismo sobre el libro de Piketty (2) | Rolando Astarita [Blog]

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Presento la segunda parte de la nota iniciada aquí; se complementa con una tercera nota, a publicarse.

Distinguir modos de producción

Para avanzar en el examen de la dinámica de la desigualdad en el sistema capitalista es necesario enfatizar la importancia de distinguir entre modos de producción. Entre otras razones porque es la forma de responder la objeción que se ha hecho a los resultados de Piketty, que dice que hoy hay menos desigualdad a nivel mundial porque en los países en desarrollo se redujo la pobreza (para presentar solo un dato significativo: a comienzos de los años 1950 la esperanza de vida en el Tercer Mundo era de 42 años; en 2010 era de 68 años). The Great Escape: Health, Wealth and the Origins of Inequality, de Angus Deaton es citado con frecuencia para desmentir la idea de la desigualdad creciente. Por eso también, algunos hablan de la contraposición Piketty – Deaton. La reducción de la desigualdad a nivel de la población mundial asimismo es presentada como prueba de que la teoría de Marx, sobre la polarización creciente en el capitalismo, es equivocada (como han hecho algunos en los “comentarios” de este blog).

El problema aquí es que se ponen en la misma bolsa sistemas económicos distintos. Los datos presentados por Piketty son relevantes en lo que respecta a la dinámica del sistema capitalista, y en este respecto concuerdan con la tesis de Marx. Pero el marxismo también afirma que el modo de producción capitalista desarrolla de las fuerzas productivas muy por encima de los modos precapitalistas, lo cual da lugar al aumento del ingreso promedio mundial, y por lo tanto puede producirse el achicamiento de las diferencias de ingresos cuando se toman en conjunto países capitalistas y países que están transitando al capitalismo. Que es lo que registran los datos de Deaton. Por ejemplo, si en China millones de campesinos ser dirigen a las ciudades, donde reciben salarios que superan sus muy bajos ingresos de las aldeas –un fenómeno típico de cualquier proceso de industrialización capitalista- el ingreso promedio aumentará, lo cual no impide que aumente la desigualdad de riqueza y de ingresos en el sistema capitalista.

Lo explicamos con un ejemplo sencillo. Supongamos una economía mundial en la que existe una región capitalista en la que hay un capitalista que obtiene un beneficio de $100 y 9 trabajadores que reciben un salario de $10 cada uno. La diferencia de ingresos es entonces de 1:10. Por otra parte existe una vasta región con una economía familiar campesina, tecnológicamente atrasada, en la que hay 90 productores, cada uno de los cuales recibe $0,5. En este caso, el 90% de la población de este pequeño “sistema mundial” (región capitalista más región precapitalista) recibe el 19,1% del ingreso, y el 10% restante el 80,9%. Supongamos ahora que el modo de producción capitalista se extiende a todo el mundo, y que la diferencia de ingresos entre trabajadores y capitalistas se eleva a 15 veces; supongamos que en la nueva situación hay 10 capitalistas (9 provienen del antiguo modo de producción campesino) que reciben ingresos por $150, y 90 trabajadores asalariados (81 eran campesinos) que reciben $10. La diferencia de ingresos a nivel mundial se ha reducido, ya que ahora el 90% recibe el 37,5% del total. Pero esto no niega que aumentó la diferencia de ingresos al interior del modo de producción capitalista. El propio Deaton reconoce que las diferencias de ingresos y riquezas están en China y otras economías atrasadas, en las que se está desarrollando el capitalismo. Por eso sus datos no desmienten la tesis de que en el sistema capitalista existe una tendencia a la polarización social creciente.

Observemos también que en nuestro pequeño ejemplo de economía mundial, si una parte (supongamos el 5%) de la población del país atrasado permanece en la situación precapitalista, la distancia entre el 10% más rico y el 5% más pobre se habrá acrecentado. Pero esto se debe a que crece la distancia entre el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas y las del modo de producción no capitalista, y no por diferencia creciente al interior del capitalismo. Al no distinguir estas cuestiones, se cae en discusiones irresolubles. Por eso tampoco tiene sentido explicar las causas de la desigualdad aplicando, como hace Piketty, las mismas leyes económicas a formaciones económico-sociales diferentes. También es necesario subrayar que Marx jamás sostuvo que el desarrollo del capitalismo generaba, tendencialmente, miseria absoluta (y menos creciente) de los trabajadores. Tal idea sería incluso incompatible con su concepción del valor de la fuerza de trabajo, ya que la canasta salarial se modifica con la evolución de la sociedad y el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas. Lo que sí plantea Marx es que en el capitalismo opera una tendencia a la polarización de la riqueza y los ingresos. La cuestión es explicar por qué.

Reproducción ampliada y desigualdad

a) Sin capital constante

Partiendo ahora de la teoría marxista del capital y la plusvalía, se puede demostrar que el crecimiento de la desigualdad deriva de la mecánica misma de la reproducción ampliada del capital. Esto es, de la reinversión de plusvalía para generar capital, que a su vez genera más plusvalía que genera más capital. Lo cual ocurre al margen de si la tasa de plusvalía (o la relación B/Y, para utilizar la notación de Piketty) aumenta o permanece constante. Marx lo señala en el capítulo 22 del tomo 1 de El Capital, dedicado a la acumulación ampliada. Sin apoyarse en ningún supuesto particular sobre la evolución de la tasa de plusvalía (ni de la rentabilidad), explica que gracias a la reinversión constante de plusvalía para ampliar la producción “la riqueza social deviene, en medida cada vez mayor, la propiedad de aquellos que están en condiciones de volver siempre a apropiarse del trabajo impago de otros” (p. 725; énfasis añadido).

De nuevo lo ilustramos con un pequeño ejemplo teórico. Supongamos una economía en la que hay 2 capitalistas, cada uno de los cuales emplea 5 obreros; el salario es $2 y la tasa de plusvalía del 100%. De manera que la masa salarial, W, es $20; la masa de plusvalía, (o beneficio B, a fin de mantener la coherencia con el texto de Piketty) es $20 y B/Y = 50%. Por lo tanto, los 2 capitalistas, que representan el 16,7% de la población, se apropian del 50% del ingreso, en tanto los 10 obreros, el 83,3% de la población, reciben el otro 50%. Supongamos ahora que luego de varias rotaciones de capital, los capitalistas tienen el dinero para contratar, cada uno, 4 nuevos obreros. A fin de que la evolución de la distribución corresponda a una economía capitalista “pura”, suponemos que los nuevos obreros provienen de un modo de producción precapitalista (por ejemplo, economía campesina familiar); el salario y la tasa de plusvalía no varían. De manera que ahora W = $36, B = $36, B/Y = 50%. Se observa que el 10% de la población, los 2 capitalistas, recibe el 50% del ingreso. Esto es, hubo concentración por el solo hecho de que hay reproducción ampliada del capital. La razón es que en la sociedad capitalista se reproducen de forma ampliada no solo los medios materiales necesarios para sostener la sociedad (medios de producción y de consumo), sino también la relación social capitalista: se reproduce en escala creciente la fuerza de trabajo, desprovista de medios de producción, y la propiedad privada de los medios de producción, que permite explotar a esa fuerza de trabajo. Los obreros salen del proceso de producción de la misma manera que entraron, como propietarios de su fuerza de trabajo, en tanto los capitalistas salen acrecentando su capital, sinónimo de poder para contratar mano de obra. Nunca debe olvidarse que el capital es, en esencia, “la posibilidad de disponer de trabajo impago” (Marx). La reproducción ampliada significa entonces la ampliación de esta posibilidad.

Piketty -como también antes Kuznets- roza la cuestión cuando afirma que la propiedad de “K” permite a su propietario poseer en cantidad creciente ingresos y riqueza. Pero esto sucede al margen de supuestos sobre el crecimiento del ingreso (en nuestro ejemplo anterior hemos visto que el ingreso aumentó el 80%) y de la tasa de rentabilidad, ya que es la relación de explotación la que habilita esta concentración. Se trata de una cuestión social, no técnica.

b) Con capital constante y tasa de beneficio

Veamos ahora qué sucede si introducimos capital constante y tasa de beneficio. En el primer estadio los 2 capitalistas emplean 5 obreros cada uno, con un salario de $2 y tasa de plusvalía del 100%; y el capital constante fijo por obrero es $24. La relación K/Y (de nuevo conservamos la variable de Piketty, esto es, K = capital fijo) es 240/40 = 6. B/Y es 50%, como antes. La tasa de ganancia, r = B/K (también la calculamos “a lo Piketty”) es 8,3%.

Supongamos luego que en un segundo estadio aumenta la contratación de obreros, por reinversión de plusvalía acumulada. Cada capitalista contrata 2 nuevos obreros, el salario sigue en $2, y el capital constante por obrero en $24. De manera que ahora los 14 obreros producen un valor agregado de $56, y reciben un salario de $28. La relación K/Y, 336/56, sigue siendo 6; B/Y sigue en 50%; y r en 8,3%. Puede verse que el producto (o el ingreso total) creció un 40%; r, en cambio, permaneció constante, así como la partición del ingreso. En el esquema de Piketty debería disminuir la concentración del ingreso; sin embargo, aumentó la concentración. Antes de la contratación de los 4 obreros nuevos el 16,7% de la población (los 2 capitalistas), tenía el 50% del ingreso; luego de la contratación, el 12,5% (de nuevo, los 2 capitalistas) tiene el 50%. La propiedad del capital, por supuesto, sigue en manos de los capitalistas, y de forma cada vez más concentrada. Subrayo, esto ha sucedido a pesar de mantenerse constantes las variables claves de Piketty, r, α y ß, y haber crecido significativamente el ingreso. El resultado se explica por la centralidad que tiene la tasa de explotación, una variable más fundamental que la tasa de ganancia (ver más abajo). La cuestión se ve aun con más claridad si variamos la tasa de plusvalía.

c) Con aumento de la tasa de plusvalía

Supongamos ahora que los capitalistas del ejemplo anterior al momento de contratar los 4 nuevos trabajadores han logrado bajar el salario a $1,9. La baja puede deberse, por ejemplo, a la mayor oferta de mano de obra desocupada proveniente de la formación precapitalista; o a que un cambio tecnológico haya abaratado el costo de reproducción de la fuerza de trabajo (aumenta la plusvalía relativa, en términos de Marx). Debido a la baja del salario, la tasa de plusvalía es 110,5%; B/Y es ahora 52,5%; y la tasa de ganancia sube al 8,75%. Lógicamente, el proceso de concentración de los ingresos se acentuó con respecto al escenario anterior, cuando B/Y permanecía constante. Pero esto ocurrió, de nuevo, al margen de que haya crecido de manera importante el ingreso.

La conexión interna de las variables

A partir de lo anterior puede advertirse la relevancia que tiene establecer una correcta vinculación entre las variables, fundada en la naturaleza de la plusvalía, y el rol del trabajo humano. “La base, el punto de partida para la fisiología del sistema burgués -para la comprensión de su coherencia interna y sus procesos vitales- es la determinación del valor por el tiempo de trabajo”, dice Marx en Teorías de la plusvalía (t. 2, p. 141). Inevitablemente por eso, dependiendo de la explicación fundamental –el origen de las plusvalías, o beneficios del capital- las secuencias causales se pueden alterar completamente. Por ejemplo, en la perspectiva de Piketty, la tasa de ganancia depende de la productividad marginal y la escasez del capital, pero en una explicación poskeynesiana “a lo Kaldor” -bajo la idea de que “los empresarios ganan lo que gastan”- la tasa de rentabilidad depende positivamente de la tasa de crecimiento del ingreso, y tiene poco que ver con la productividad marginal o la escasez relativa del capital. Estas cuestiones teóricas no se pueden eludir a la hora de explicar la distribución del ingreso y su dinámica. Por eso también tienen consecuencias en el análisis de las diferencias entre el enfoque de Marx y Piketty.

Por ejemplo, en la primera ecuación de Piketty, las variables independientes son r y β (recordamos que la ecuación es α = r ×β). Es que dado que Piketty hace depender la tasa de beneficio de la productividad marginal y la cantidad de capital, r es, en principio, independiente de la distribución del ingreso. Esta se resuelve en el problema técnico de las productividades de los factores y las elasticidades de sustitución, como hemos visto. Aunque Piketty también, por otra parte, hace intervenir factores culturales y políticos; pero los mismos no logran articularse con el análisis económico, de manera que terminan operando como “período de excepción” (véase más abajo).

En cambio, si se adopta el enfoque de Marx, surge que la partición entre tiempo de trabajo excedente y tiempo de trabajo necesario -esto es, la tasa de plusvalía- constituye una relación más esencial que la tasa de beneficio. No se puede entender la segunda sin la primera. Además, en la realidad del capitalismo, la tasa de beneficio depende de la tasa de plusvalía, y no al revés. Por eso, en procura de aumentar su tasa de beneficio, los capitalistas intentan aumentar la tasa de plusvalía (o B/Y), afectando por esta vía la distribución del ingreso. En consecuencia, la primera ecuación de Piketty, expresada -con licencias- “a lo Marx”, pasa a ser r = α/β. Por otra parte, también se ha demostrado (véase los casos analizados más arriba) que sin suponer evolución alguna de la tasa de beneficio, puede darse la creciente concentración del capital y de los ingresos, solo a partir de la relación capitalista de explotación. Puede verse, además, que en este enfoque el conflicto social -y por lo tanto, la economía política- es inherente a la naturaleza del beneficio, y de la participación relativa del capital y el trabajo en el ingreso, o en la riqueza. Esta es la base también para articular en el análisis la dimensión económico-social con el análisis político del conflicto; una cuestión que en Piketty queda desarticulada (véase más abajo).

Algo similar se puede decir de la segunda ecuación fundamental de Piketti, β = s/g. Se trata de una relación mecánica que explica muy poco; de hecho, en ese modelo no existe siquiera una función de inversión (el ahorro fluye de manera tranquila y constante a la inversión), los mercados funcionan de manera perfecta, y el conflicto social está desaparecido. Pero en la realidad, las variaciones de la acumulación inciden en las relaciones entre las clases sociales, y la forma en que se distribuye el ingreso.

La articulación de lo político con las leyes económicas

Uno de los problemas centrales del trabajo de Piketty es que en su análisis se superponen las leyes económicas de raigambre neoclásica, que en principio explicarían la creciente desigualdad partiendo de los principios de la productividad marginal, pago de factores y elasticidades sustitución, con los factores políticos o incluso culturales, que discurren por un canal completamente distinto de lo económico. Este último ámbito parece obedecer a una lógica mecánicamente determinista que, como vimos, carece en última instancia de fundamento científico; y a su lado, aparecen fuerzas políticas y sociales, que acuden como caídas del cielo para llenar los vacíos de la explicación. La cuestión se puede ver con meridiana claridad en la remuneración de los CEO de las grandes corporaciones. Piketty admite que no son pagados según su productividad marginal, sino por el poder de que disponen para establecer sus remuneraciones. Pero, ¿por qué y en dónde se fundamenta ese poder? ¿Cómo encaja, además, con la idea de que los altos ingresos de la minoría más rica proviene de la simple propiedad de K, que da un rendimiento B, a una tasa r? No parece haber respuestas a estas preguntas.

En la teoría de Marx, en cambio, las remuneraciones de los altos ejecutivos no tienen que ver con la productividad marginal, ni con el carácter productivo de su trabajo, sino con su rol social en tanto encarnan el capital en funciones, el capital en tanto relación de explotación. Por eso los CEO son acreedores a una parte de la plusvalía, de la misma manera que los accionistas o prestamistas, en tanto propietarios del capital, son acreedores a otra parte. Las diversas proporciones en que se dividen el botín de la explotación no alteran, por supuesto, la relación básica B/Y, que es objeto del estudio de Piketty. Más en general, la cuestión se entiende si se deja de lado la idea de que “K” rinde un beneficio por el simple hecho de que es “capital”. A pesar de los consejos de Vautrin a Rastignac, que cita Piketty de Père Gorriot -le dice que la riqueza heredada es más rentable que el trabajo-, el acrecentamiento del capital no puede ser obra mecánica de la riqueza heredada: hay que organizar la explotación, y este es el rol del capitalista empresario. Por esta razón el poder de los CEO tiene un fundamento social, que establece los marcos en que se desenvuelven los conflictos con los accionistas.

De la misma manera, Piketty considera que el mercado laboral es una construcción social con sus reglas y compromisos específicos; pero esto no se compagina con su hipótesis de que la elasticidad de sustitución de los factores explicaría lo esencial de la evolución de la distribución del ingreso. Por eso, y de nuevo, puede verse la distancia que separa ese análisis del marxismo. En el enfoque de El Capital la determinación, del salario (del valor de la fuerza de trabajo) incluye un componente histórico y social, ya que los que venden su fuerza de trabajo son seres humanos, esto es, seres socialmente condicionados. De ahí que, dentro de la tendencia hacia la creciente desigualdad y polarización social, haya sin embargo un margen relativamente grande para la modificación de la tasa de plusvalía y del valor de la fuerza de trabajo. En otros términos, el nivel salarial, o la relación B/Y, no es el mero resultado de fuerzas mecánicas, ya que el conflicto entre clases es inherente a la misma relación capitalista. Por eso los resultados en cuanto a la participación de los beneficios y salarios en el ingreso pueden ser variados, ya que son múltiples los factores que inciden en la determinación de la tasa de plusvalía .

A pesar de su importancia, este análisis que opera con múltiples determinaciones orgánicamente conectadas, parece ausente en Piketty. Al no establecer un nexo interno entre la tesis de que el ingreso se determina según las leyes neoclásicas y la idea de que el mercado laboral es una construcción social con reglas y compromisos “específicos” (¿cuáles?), se desemboca en una explicación dicotómica. El problema aparece de forma diáfana cuando Piketty aborda la “Gran Compresión”, esto es, el achicamiento de las desigualdades a mediados del siglo XX y hasta los 1970. En este punto de la historia, lo político-cultural irrumpe en el texto sin conexión coherente con las “dos leyes fundamentales” del capitalismo. Es que en esos años de excepción habría operado, siempre según Piketty, una lógica política y cultural muy distinta de la mecánica económica “autónoma” que habría prevalecido durante los siglos XVIII y XIX, y hasta comienzos del siglo XX, y que volvería a regir ahora. Por eso, en este marco teórico, la instancia política y económica explica la “excepción”, pero nada más; en tanto que lo económico mecánico explica todo el resto de la historia, pero parece interrumpirse en la excepción. En otras palabras, la explicación está desarticulada. La dificultad surge porque el análisis económico de la distribución del ingreso se aborda desde un enfoque neoclásico que por definición es asocial y ahistórico. Por esta vía no hay forma de vincular orgánicamente el conflicto social ni la evolución histórica con las categorías económicas. Por eso, muchas de los valiosos datos y observaciones que presenta Piketty deberían leerse en un contexto distinto, capaz de integrar ambos aspectos, ya que lo económico es social, y por lo tanto inescindible del conflicto de clases.


Subo también este otro artículo de Juan Ramón Rallo;

Piketty destroza a Marx y a Keynes | Juan Ramón Rallo

( Click para ver )
Una de las ideas más generalizadas en la literatura anticapitalista es que las economías de libre mercado padecen la maldición de la “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”: a saber, que conforme el capital va acumulándose, su tasa de retorno va reduciéndose (pues se asumen rendimientos decrecientes de la inversión en capital), de manera que finalmente ésta terminaría desapareciendo y todo incentivo para la nueva inversión se extinguiría.
El sofisma adquirió especial relevancia a partir de Marx, quien le dedicó la parte III del tomo 3 de El Capital. Según el alemán: “Es una necesidad lógica de la naturaleza del modo capitalista de producción que, conforme vaya desarrollándose, la tasa de plusvalía media del conjunto de la economía se exprese en una tasa de ganancia decreciente”. Para Marx, la acumulación de capital en forma de medios de producción modifica la “composición orgánica del capital”, haciendo que la masa de plusvalor creada a través de la explotación del trabajo se vaya volviendo relativamente más pequeña con respecto al capital total. Esto, a su vez, provocaría la incapacidad del sistema económico para reabsorber todas las mercancías producidas (debido al insuficiente poder adquisitivo de los trabajadores) y, por tanto, la incapacidad del capital para seguir reproduciéndose y acumulándose: es decir, las crisis serían consecuencia de las “contradicciones internas” del capitalismo.
Décadas más tarde, esta misma teoría fue reavivada John Maynard Keynes, para quien la acumulación de capital provocaba una inexorable tendencia hacia la reducción de la “eficiencia marginal del capital”. De acuerdo con el inglés, la acumulación de nuevos bienes de capital reduce la rentabilidad de los existentes (más competencia para vender unos productos llevan a menos márgenes de beneficio). Para Keynes, si la tasa de ganancia no había desaparecido por completo ya en su época es porque el atesoramiento de dinero frenaba el proceso de acumulación de capital cuando éste se volvería demasiado poco rentable para los capitalistas. Es decir, el atesoramiento permitía volver el capital disponible artificialmente escaso: “Estoy convencido de que la demanda de capital se halla terminantemente limitada en el sentido de que no sería difícil incrementar el stock de capital hasta un punto en que su eficiencia marginal disminuyera hasta un guarismo muy reducido (…) Lo anterior significaría la eutanasia del rentista y, consiguientemente, la eutanasia de ese poder de opresión acumulativo del que goza el capitalista al explotar el valor de un capital artificialmente escaso”. Era justamente la caída y la volatilidad de la tasa de retorno del capital por debajo del tipo de interés del dinero (ocasionada tanto por la constante acumulación de capital como por las expectativas fluctuantes) lo que, en opinión de Keynes, provocaba las crisis capitalistas por infrainversión.
Pero, ¿realmente el capitalismo adolece de una tasa de ganancia decreciente? Nada mejor que consultar al economista de moda: Thomas Piketty y su libro Capital en el siglo XXI.
El sorprendente rescate del capitalismo a manos de Piketty
Como ya he comentado en otras ocasiones, la mejor parte del libro de Piketty es, con mucha diferencia, la diversidad y riqueza de datos históricos que proporciona. Su interpretación de los mismos es mucho más discutible, pero esa es otra cuestión a tratar en otro momento. Pues bien, a este respecto, el magnum opus de este economista francés arroja dos series de datos que nos servirán para responder a la pregunta anterior.
Primero, ¿cuánto ha aumentado la acumulación de capital en los últimos dos siglos? Combinando a Angus Maddison con Piketty, es fácil calcular que el capital total de Inglaterra (descontando inflación) se ha multiplicado en 115 veces desde 1700 y en 35 desde 1820. Una tendencia similar se observa en Francia: 68 veces desde 1700 y 37 desde 1820. Semejante explosión de capital debería haber hundido las tasas de retorno del capital según Marx y Keynes, ¿no? Pues no.
Justamente, y en segundo lugar, Piketty también nos ofrece una estimación de la tasa media de ganancia en Inglaterra y Francia desde finales del s. XIX y finales del s. XIX y, lejos de observase una tendencia a la reducción de la tasa de ganancia, lo que se aprecia es una marcada estabilidad de la misma en un rango que oscila entre el 4% y el 5% en Inglaterra y el 4% y el 6% en Francia.
tasadeganancia
Es verdad que Piketty admite que la tasa de ganancia podría haber decrecido muy “ligeramente” en el siglo XX con respecto al siglo XIX, pero lo cierto es que el motivo de esta caída no se debe a la menor rentabilidad de las empresas, sino a que el mix de composición del stock agregado de capital ha variado en los últimos dos siglos. Durante el s. XIX, cuando se aprecia una tasa de ganancia ligeramente superior a la actual (en torno al 5% en Inglaterra y al 6% en Francia), el stock de capital de Inglaterra estaba compuesto por capitales empresariales en un porcentaje de entre el 60% y el 70% (en Francia, de entre el 30% y el 40%), por tierras de labranza entre un 30% y un 20% (en Francia, entre un 60% y un 45%), y por viviendas en un 10% (en Francia, entre 10% y 15%): es decir, el 85%-90% del capital nacional era capital productivo. En la actualidad, en ambos países el capital nacional está constituido en más de un 50% por el capital inmobiliario en forma de viviendas familiares, cuyo retorno y riesgo son inferiores al del capital productivo (ya sea empresarial o agrario). El mix de capital cambia y su tasa de retorno mediatambién.
Por consiguiente, en realidad no ha habido ninguna reducción real de la tasa de ganancias pese a la gigantesca acumulación de capital que se ha producido desde entonces (no en vano, todo el libro de Piketty se articula en torno a esa idea: que la tasa de retorno del capital tiende a mantenerse por encima de la tasa de crecimiento natural de la economía). La evidencia empírica ilustra que Marx y Keynes se equivocaban pero, ¿por qué lo hacían?
La tasa de ganancia no decrece en el capitalismo
La idea de que la tasa de ganancias decrece se basa en una premisa equivocada: a saber, que la tasa de ganancias depende de la productividad marginal del capital y que los retornos del capital son marginalmente decrecientes (Piketty, de hecho, sigue siendo rehén de este error a pesar de mostrar empíricamente su inconsistencia). A este respecto, le debemos a la Escuela de Cambridge (neorricardianos y postkeynesianos) haber colocado académicamente contra las cuerdas a los defensores de la idea de que la tasa de ganancia depende de la productividad marginal del capital (Samuelson y Solow, especialmente). Su argumento fue muy sencillo: el capital no es un factor productivo, sino el valor monetario de un factor productivo (o de una combinación de factores productivos), de manera que, como sabe cualquier estudiante de finanzas, para calcular el valor monetario de ese factor productivo será menester descontar sus rentas futuras esperadas al tipo de interés de mercado. ¿Cómo puedes, pues, el capital determinar el tipo de interés (que en equilibrio coincide con la tasa de ganancia) cuando el capital está determinado por ese tipo de interés?
En efecto, la teoría de la productividad marginal del interés cae en un cul-de-sac, pues la definición de capital requiere de un tipo de interés determinado exógenamente al sistema productivo o, como mucho, codeterminado (ese es uno de los puntos que acertadamente James Galbraith le reprocha a Piketty: no haber entendido las implicaciones de la Controversia del Capital). Ante esta situación existen dos alternativas: o seguir a la Escuela de Cambridge en su concepción pre-moderna del interés (el llamado surplus approach) o admitir que el interés es un fenómeno derivado de las preferencias subjetivas y marginales de los agentes económicos a propósito del tiempo, el riesgo y la liquidez. Este último enfoque es el que adopta la Escuela Austriaca.
Así las cosas, el valor del capital de una economía es, simplemente, el valor presente de las rentas netas futuras de sus factores productivos (es decir, el valor que resulta de descontar esas rentas por la preferencia temporal y la aversión al riesgo de los ahorradores marginales). Eso implica que, salvo cambios bruscos en la impaciencia y en la cobardía de los ahorradores, la tasa media de retorno sufrirá escasas variaciones (y, a su vez, ello implica que la relación entre el valor del capital y el PIB dependerá de la contribución relativa del factor trabajo a la generación del PIB: lo cual, por cierto, resuelve todo el acertijo pikettyano). Por ejemplo, si el valor de la producción a un año de un factor productivo es 100 y el tipo de descuento del 10%, su valor actual será 90,9; si fuera 200, su valor actual sería de 181,8; si fuera 50, sería de 45,5. Es decir, sea cual sea su producción física (y el valor monetario de esa producción), el valor actual del factor productivo es un 10% inferior al su producción dentro de un año y, por tanto, su tasa de retorno se mantiene constante en el 10% haya mucho capital o muy poco capital.
Claro que quizá entonces la cuestión pase a ser: ¿la creación mediante inversión de nuevos factores productivos reduce su productividad marginal física? Y la respuesta es que no necesariamente: recordemos que la ley de los rendimientos marginales decrecientes se refiere a que incrementando el uso de un factor productivo, manteniendo los restantes constantes, la productividad de ese factor se va reduciendo. Pero, a menos que veamos todo bien de capital como sustitutivo de otro bien de capital (y no, no son homogéneos: 1.000 cafeteras no son una locomotora), no existe constancia de factores en la creación de nuevos bienes de capital y, por tanto, no hay necesidad de retornos decrecientes. Esto es algo que entendió muy bien el economista austriaco Ludwig Lachmann en su esencial obra Capital and its Structure: el valor de los bienes de capital depende de las estructuras que conformen, de manera que la creación de estructuras sinérgicas más complejas de bienes de capital puede incrementar la productividad de todos los bienes de capital aun cuando la tecnología no mejore. Por ejemplo, construir una central eléctrica para abastecer a una empresa no sale a cuenta: construir una central eléctrica una vez se hayan creado miles de empresas, sí sale a cuenta. La acumulación de bienes de capital tiende a generar nuevas oportunidades para acumular nuevos bienes de capital complementarios.
En definitiva, valiéndonos de la teoría económica, ya podíamos señalar desde hacía décadas que Marx y Keynes estaban completamente errados. Piketty nos ha proporcionado las evidencias para constatar su error desde un punto de vista histórico. Y eso, claro, siempre habrá que agradecérselo al economista francés.



Con esto se puede empezar un buen debate sobre lo que nos rodea, con las visiones keynesiana, austriaca y marxista.

Esta vez si, .., con datos en la mano porque después de muchas décadas parece que un economista se ha molestado en recopilarlos antes de escribir.

Última edición por Carlx; 28-may-2014 a las 14:37


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Necesitamos un nuevo Marx, no un neokeynesiano intentando revivir el Estado de Bienestar.

Necesitamos mas científicos sociales como Marx y menos ideología si.

El libro de Piketty tiene el valor de todos los datos que aporta, y sobre esos datos habría que hacer los debates independientemente de la ideología del francés, que es lo de menos.


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Algunas ideas sobre Piketty de David Harvey. (Las posteó Denyuri en otro hilo pero no lo encuentro).


Algunas ideas sobre Piketty

Thomas Piketty ha escrito un libro llamado El Capital en el Siglo XXI que ha causado un cierto revuelo. Defiende los impuestos progresivos y un impuesto global sobre la riqueza como la única forma de contrarrestar las tendencias hacia la creación de una forma de capitalismo “patrimonial” marcada por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”. A su vez, documenta de una forma minuciosa y difícil de refutar, cómo la desigualdad social tanto en riqueza como en renta ha evolucionado a lo largo de dos siglos, con un énfasis particular en el rol de la riqueza. Destruye la idea ampliamente extendida de que el capitalismo de libre mercado extiende la riqueza y que el mayor bastión en la defensa de libertades individuales. El capitalismo de libre mercado, cuando se hayan ausentes las intervenciones redistributivas del Estado produce olgarquías antidemocráticas, tal y como demuestra Piketty. Esta demostración ha dado alas a la indignación liberal mientras que ha enfurecido al Wall Street Journal.

El libro se ha presentado a veces como el sustituto del siglo XXI a la obra del XIX de mismo título de Karl Marx. Piketty ha negado que ésta sea su intención, lo cual parece justo dado que su libro no trata en absoluto del capital. No nos explica por qué se produjo el crash de 2008, ni por qué está le está costando tanto tiempo salir a la gente del mismo bajo la carga doble del desempleo prolongado y los millones de hogares desahuciados. No nos ayuda a entender por qué el crecimiento se halla ahora mismo ralentizado en los EEUU en comparación con China, ni por qué Europa se halla atrapada entre las políticas de austeridad y el estancamiento económico. Lo que piketty nos muestra mediante estadísticas (y ciertamente estamos en deuda con él y sus colegas por ello) es que el capital ha tendido a crear, a lo largo de su historia, niveles cada vez mayores de desigualdad. Esto, para mucho de nosotros, no es ninguna noticia. Era exactamente la conclusión teórica de Marx en el Volumen Primero de su versión del Capital. Piketty no resalta esto, lo cual no es ninguna sorpresa, ya que para defenderse de varias acusaciones de la prensa de derechas de que se trata de un criptomarxista, ya ha señalado en varias entrevistas que no ha leído el Capital de Marx.

Piketty recoge muchos datos para apoyar sus argumentos. Su explicación de las diferencias entre renta y riqueza es útil y convincente. Y desarrolla una defensa razonable de los impuestos sobre sucesiones, la tributación progresiva y un impuesto global a la riqueza como un posible antídoto (aunque con toda seguridad, inviable políticamente) a la creciente concentración de riqueza y poder.
Pero ¿por qué se produce esta tendencia a una mayor desigualdad a medida que pasa el tiempo? A partir de sus datos (condimentados con algunas interesantes alusiones literarias a Jaune Austen y Balzac) deriva una ley matemática para explicar lo que pasa: la incesante acumulación de riqueza por parte del famoso uno por ciento (un término popularizado gracias al movimiento “Occupy”, por supuesto) es debido al simple hecho de que la tasa de retornos del capital (r) siempre supera a la tasa de crecimiento de renta (g). Piketty dice que ésta es y ha sido siempre la “contradicción central” del capital.

Pero una periodicidad estadística de este tipo difícilmente puede constituir una explicación adecuada, y mucho menos una ley. Así que ¿qué fuerzas producen y mantienen dicha contradicción? Piketty no nos lo dice. La ley es la ley y punto. Marx obviamente habría atribuido la existencia de dicha ley al desequilibrio de poder entre capital y trabajo. Y esa explicación todavía se sostiene. El declive constante en la participación del trabajo en la renta nacional desde los años 70 se deriva del poder político y económico en decadencia del trabajo mientras que el capital movilizaba tecnología, desempleo, deslocalizaciones y políticas anti-trabajo (como las de Margaret Thatcher y Ronald Reagan) para aplastar a su oposición. Como Alan Budd, un asesor de Margaret Thatcher, confesó en un descuido, las políticas contra la inflación de los años 80 resultaron ser una “muy buena forma de aumentar el desempleo, y aumentar el desempleo fue una forma extremadamente atractiva de reducir la fuerza de la clase trabajadora… lo que se diseño allí fue, en términos marxistas, una crisis del capitalismo que recreaba un ejército de reserva del trabajo y que ha permitido a los capitalistas generar grandes beneficios desde entonces”. La diferencia en remuneración entre un trabajador promedio y un alto directivo estaba alrededor de 30:1 en 1970. Hoy en día se halla fácilmente sobre los 300:1 y en el caso de McDonald’s, sobre los 1.200:1.

Pero en el Volumen Segundo del Capital (el cual Piketty no ha leído, a pesar de que alegremente lo deseche) Marx señaló que la tendencia del capital a la depresión salarial en algún momento llega a restringir la capacidad del mercado de absorber el producto del propio capital. Henry Ford reconoció este dilema hace tiempo, cuando instituyó los 5 dólares por día para sus trabajadores para, según decía, aumentar la demanda de los consumidores. Muchos pensaron que la falta de demanda efectiva era lo que se hallaba tras la Gran Depresión de los años 30. Esto es lo que inspiró las políticas expansivas keynesianas después de la Segunda Guerra Mundial y produjo como resultado cierta reducción en las desigualdades de renta (aunque no tanto en las de riqueza) junto a un crecimiento estimulado por una intensa demanda. Pero esta solución descansaba en el empoderamiento relativo del trabajo y la construcción de un “estado social” (según el término que usa Piketty) financiado por una tributación progresiva. “Y así “ escribe “durante el periodo 1932-1980, casi medio siglo, el mayor impuesto federal sobre la renta en los Estados Unidos era como promedio del 81 por ciento”. Y esto no limitaba de ninguna forma el crecimiento (otra de las pruebas que Piketty aporta para refutar ideas de la derecha).

Hacia el final de los años 60, estaba claro para muchos capitalistas que necesitaban hacer algo acerca del poder excesivo del trabajo. Y así, la retirada de Keynes del panteón de economistas respetables, la transición al pensamiento de Milton Friedman, la cruzada para estabilizar cuando no reducir los impuestos, para desmontar el estado social y para castigar a las fuerzas del trabajo. Después de 1980, los tipos impositivos máximos descendieron y las ganancias de capital – una de las mayores fuentes de renta de los ultra-ricos - tributaban a un índice mucho inferior en los Estados Unidos, canalizando de el flujo de riqueza de forma intensa hacia el uno por ciento. Pero el impacto en el crecimiento, según muestra Piketty, fue negligible. Así que el “goteo” [trickle down] [1] de los beneficios desde los ricos al resto (otra de las creencias favoritas de la derecha) no funciona. Nada de esto fue el resultado de una ley matemática. Todo era política.

Pero entonces, la ruleta dio una vuelta entera y la pregunta se convirtió en: ¿dónde está la demanda? Piketty ignora de forma sistemática esta pregunta. En los años 90, la respuesta fue escamoteada gracias a una enorme expansión del crédito, incluyendo la extensión de las financas hipotecarias a los mercados sub-prime. Pero la burbuja resultante estaba condenada a estallar, tal y como hizo entre el 2007-2008, llevándose consigo a Lehman Brothers y al sistema de crédito. Sin embargo, los índices de beneficios y la concentración aún mayor de riqueza privada se recuperaron muy rápidamente después de 2009, mientras el resto del mundo aún lo seguía pasando mal. Los índices de beneficios empresariales están ahora tan altos como siempre en los Estados Unidos. Las empresas están sentadas sobre montones de billetes, y se niegan a gastarlos porque las condiciones del mercado no son sólidas.

La formulación que hace Piketty de la ley matemática esconde más de lo que revela acerca de las políticas de clase que están en juego. Tal y como Warren Buffet señaló: “por supuesto que hay una lucha de clases, y es mi clase, la de los ricos, los que la están librando, y vamos ganando”. Una de las formas clave de medir esta victoria son las desigualdades de riqueza y renta crecientes del uno por ciento respecto al resto del mundo.

Hay, con ello, un problema central al argumento de Piketty. Y éste descansa en la definición errónea que hace del capital. El capital es un proceso, no una cosa. Es un proceso de circulación en el cual el dinero se utiliza para crear más dinero a menudo, pero no exclusivamente, a través de la explotación de la fuerza de trabajo. Piketty define el capital como el stock de todos los valores que son propiedad privada de los individuos, corporaciones y gobiernos, y que pueden servir para el comercio en el mercado, sin importar si estos valores están siendo utilizados o no. Esto incluye los terrenos, la propiedad inmobiliaria y los derechos de propiedad intelectuales, así como también mi colección de obras de arte y joyería. El cómo determinar el valor de todas estas cosas es un problema técnico difícil al que todavía no se ha dado una solución satisfactoria. A fin de calcular una tasa de retorno, r, tenemos que disponer primero de una forma de otorgar valor al capital inicial. Por desgracia, no hay forma de valorarlo independientemente del valor de los bienes y servicios que se usa para producir, o de por cuánto se puede vender en el mercado. El conjunto de la escuela neoclásica de economía (que es la base de las ideas de Piketty) está basado en una tautología. La tasa de retorno del capital depende de forma crucial en el índice de crecimiento porque el capital se valora en base a lo que produce y no según lo que se ha utilizado para su producción. Su valor está altamente influenciado por las condiciones especulativas y puede verse distorsionado por la famosa “exuberancia irracional” que Greenspan supo detectar como característica de los mercados de acciones y vivienda. Si quitamos las casas y la propiedad inmobiliaria – y eso sin hablar del valor de las colecciones de arte de los hedge funders – de la definición de capital (y la razón para incluirlas es bastante floja) entonces la explicación de Piketty para las desigualdades crecientes en riqueza y renta se desmorona, incluso aunque su descripción del estado de las desigualdades en el pasado y el presente todavía permanezca en pie.

El dinero, los terrenos, la propiedad inmobiliaria, las fábricas y las máquinas que no se utilizan de forma productiva no son capital. Si la tasa de retorno del capital que se utiliza es alta, es porque una parte del capital se retira de la circulación y a efectos prácticos, está de huelga. Restringir el suministro de capital a las inversiones nuevas (un fenómeno que podemos observar que ocurre ahora mismo) garantiza una alta tasa de retorno en el capital que sí que está en circulación. La creación de esta escasez artificial no es algo que sólo hagan las compañías petroleras para garantizar sus altas tasas de retorno: es lo que hace todo capital cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Esto es lo que se halla tras la tendencia para que la tasa de retorno del capital (no importa cómo se defina o mida) siempre supere la tasa de crecimiento de renta. Es así como el capital garantiza su propia reproducción, sin que le importen las desafortunadas consecuencias que pueda tener para el resto de nosotros. Y es así como vive la clase capitalista.

Hay muchas cosas valiosas en los datos ofrecidos por Piketty. Pero su explicación de por qué las desigualdades y las tendencias oligárquicas aumentan incurre en un error de bulto. Sus propuestas para remediar dichas desigualdades son inocentes, si no utópicas. Y ciertamente, no ha ideado un modelo que explique el capital del siglo XXI. Para ello, todavía necesitamos a un Marx, o a su equivalente actual.

[1] “Trickle down economics” es un término utilizado en los Estados Unidos para referirse, en sentido peyorativo, a las políticas económicas que sostienen que, beneficiando a los miembros más ricos de la sociedad, en particular mediante la eliminación de impuestos, su riqueza “goteará” o “calará” hacia las capas más bajas de la sociedad (por ejemplo, porque supuestamente un empresario con un alto nivel de ingresos se sentirá más cómodo llevando a cabo iniciativas económicas, contratando, etc.). A menudo suelen asociarse con las ideas que se engloban en el término amplio de “Reaganomics” o políticas económicas iniciadas en la época Reagan (N. del T.).


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