
El Banco de España ha publicado un estudio que desmonta cualquier relato optimista sobre el mercado de la vivienda. Según el organismo, el 85% de los hogares que actualmente alquilan no tienen capacidad económica para adquirir una vivienda. La cifra no solo afecta a jóvenes o trabajadores precarios: el análisis señala que el problema se ha extendido a las clases acomodadas, que empiezan a encontrar barreras incluso con ingresos elevados.
Las cifras que explican el colapso
El diagnóstico oficial llega en un contexto donde los datos cantan por sí solos. La construcción de vivienda nueva ha caído a 100.000 unidades al año, frente a las 700.000 de 2007. Al mismo tiempo, la llegada de población inmigrante se sitúa en 500.000 personas anuales, concentradas en los grandes núcleos urbanos. El resultado es una presión demográfica que dispara la demanda mientras la oferta se estrangula. A esto se suma una burocracia que exige hasta 20 años para recalificar suelo rústico a residencial, y una Ley de Vivienda que, según sus críticos, ha reducido la seguridad jurídica del propietario y frenado la oferta de alquiler.
La especulación institucional y el efecto expulsión
Más allá de los grandes flujos migratorios, el debate apunta a un actor que a menudo queda fuera del foco: la inversión institucional en vivienda. Se han señalado casos como la promoción de un edificio para uso turístico en el centro de Valencia promovido por el hijo del expresidente Aznar, que ilustra cómo la compra de fincas urbanas por parte de grandes patrimonios encarece el suelo y expulsa a los compradores hacia la periferia, y de la periferia a los pueblos. Este fenómeno, conocido como efecto expulsión, se reproduce en todas las ciudades tensionadas. La cultura del pelotazo, además, hace que incluso casas ruinosas en municipios del interior se vendan a precios de vivienda habitable, cargando al comprador con los costes de demolición.
Herencia, jubilados y el conflicto generacional
Otro eje del debate es el papel de la herencia. En un contexto donde los sueldos moda se acercan al salario mínimo interprofesional, heredar una vivienda se ha convertido en la única vía de acceso para muchos. Quienes no tienen ese colchón familiar quedan automáticamente fuera del mercado. La generación de jubilados que compró vivienda en los años 80 y 90, a menudo con costes muy inferiores a los actuales, es vista por los más jóvenes como un grupo que no empatiza con su situación, pero también hay quien recuerda que muchos de esos mayores trabajaron y ahorraron durante décadas para comprar a sus hijos lo que estos no pueden permitirse. El impuesto de sucesiones y la fiscalidad de las plusvalías —que no actualiza el coste de adquisición por inflación— cierran la pinza: muchos propietarios mayores optan por no vender para no tributar por incrementos patrimoniales que en términos reales son casi inexistentes.
La radiografía del Banco de España confirma que el mercado de la vivienda ya no es solo un problema de los que ganan poco: el malestar se extiende hacia arriba en la escala de rentas. Con 500.000 llegadas anuales frente a 100.000 viviendas nuevas, la aritmética no engaña. ¿Cuánto tiempo puede mantenerse este desequilibrio sin que estalle en forma de crisis social abierta?
