
Izquierda Unida ya no esconde su decepción. En su último balance político, la formación sentencia que Sumar ha fracasado en su intento de aglutinar a las fuerzas necesarias para frenar a la derecha. El texto refleja la urgencia de IU por armar un frente electoral propio para las autonómicas, cansados de esperar a una plataforma que no arranca. Yolanda Díaz, en un intento desesperado por recomponer los platos rotos, trató de seducir de nuevo a Podemos, pero se encontró con un muro: los morados no piensan volver al redil mientras ella siga moviendo los hilos. No es un caso aislado; el resto de partidos de la coalición ya no bajan la cabeza ante la ministra de Trabajo.
La realidad es que el «efecto Yolanda» se ha evaporado. Aquel fervor de hace dos años ha dado paso a un escenario de sálvese quien pueda. La trayectoria de la vicepresidenta empieza a verse como una constante: partido que toca, partido que termina desdibujado o roto. De la supuesta unidad fraterna se ha pasado a una guerra de guerrillas donde cada sigla lucha por su supervivencia, conscientes de que el liderazgo de Díaz, lejos de sumar, está atomizando el espacio que prometió unir.
