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Dicen que la Moncloa es una trituradora de personas, pero en los últimos meses, el espejo parece haberse convertido en el peor enemigo de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno, que hizo de su «Manual de Resistencia» una marca personal y cuya imagen atlética y jovial fue durante años uno de sus mayores activos políticos, muestra hoy signos inequívocos de un desgaste acelerado que ha trascendido el comentario de pasillo para instalarse en la opinión pública.
Las últimas apariciones de Sánchez, especialmente a lo largo de 2025, han revelado un cambio físico notable. La pérdida de peso es evidente; su rostro se ha afilado, perdiendo volumen en las mejillas y acentuando unas líneas de expresión que ahora surcan la cara con mayor profundidad. Pero lo que más llama la atención de analistas y ciudadanos no son las canas —inevitables en el cargo— sino la mirada. Las ojeras marcadas y una expresión de fatiga crónica han sustituido a aquella sonrisa de confianza inquebrantable que solía lucir incluso en las peores noches electorales.
Este deterioro no es casual. Coincide con una de las etapas más convulsas de su mandato, marcada por una sucesión de escándalos que han cercado su círculo más íntimo y político. La presión acumulada por las investigaciones judiciales a su entorno familiar, sumada a las tramas de corrupción que han salpicado a antiguos colaboradores de confianza, parece haber perforado finalmente la armadura del líder socialista.
Expertos en comunicación no verbal sugieren que esta «erosión estética» es el reflejo somático de un estrés sostenido. El presidente sigue resistiendo, sí, pero su cuerpo ha comenzado a contar la historia que sus discursos intentan omitir: que la resistencia tiene un precio, y que la factura, esta vez, se está pagando en carne propia. La duda que planea ahora es si este desgaste físico es solo una etapa transitoria o el presagio visible de un agotamiento político irreversible.

Para desgaste; el que sufrimos nosotros con este mafioso.