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Durante años nos han repetido que muchos ganadores de la lotería acaban peor que antes. Suele sonar a leyenda urbana… hasta que alguien pone nombre, apellidos y cifras. Es lo que ocurrió con la historia de Tamara Guevara, que ha contado cómo a su familia le llovieron 800.000 euros con el Gordo de Navidad de 2010… y cómo se esfumaron en apenas cinco años.
La ilusión, las obras en casa, los bares y los viajes duraron muy poco. Las deudas, en cambio, siguen ahí más de una década después.
Tamara tenía 15 años aquel 22 de diciembre. Estaba en casa con su abuelo cuando escuchó los gritos desde el salón: que si números, que si pesetas, que si “¡nos ha tocado!”. Salió corriendo hacia el bar donde había caído el premio y se encontró la típica estampa de cada 22 de diciembre: la calle a rebosar, cámaras de televisión, abrazos, botellas descorchadas. Todo el barrio celebrando como si el dinero no se fuera a acabar nunca.
Entre su padre y su abuelo sumaron 800.000 euros. Suficiente, en teoría, para respirar tranquilos durante años, reforzar el colchón de ahorro y plantearse un futuro distinto. Pero una cosa es lo que uno sueña con una lluvia de millones y otra muy distinta lo que pasa cuando el dinero llega, sin educación financiera, sin asesoramiento y con muchas ganas de cumplir deseos atrasados.
Lo primero fue la casa familiar. Decidieron reformarla por completo. Obra total, como se diría en la jerga: tirar tabiques, cambiar instalaciones, dejarlo todo “como nuevo”. Después, el padre de Tamara, albañil de oficio, decidió montar un bar. No tenía experiencia en gestionar un negocio de hostelería, pero era su ilusión y el dinero del Gordo parecía dar permiso para probar. El local estaba destrozado y se dejaron una buena parte del premio en arreglarlo y decorarlo para que quedara impecable.
Llegaron también los viajes, la furgoneta nueva para el padre y, más tarde, un segundo bar. Este último cerró relativamente pronto y, al menos ahí, la pérdida fue menor. El gran agujero estaba en el primer bar, el que habían levantado a golpe de talonario y sin cuentas claras a largo plazo. Costes altos, alquiler, cuotas, proveedores… y la caja cada vez más justa.
Aguantaron el negocio hasta 2016. Hubo momentos en los que el bar se llenaba y parecía que la apuesta tenía sentido. Pero la realidad económica fue apretando. La gente del barrio empezó a recortar en cañas, tapas y comidas fuera. Con los sueldos congelados, la crisis aún coleando y los recibos subiendo, el gasto en ocio es de lo primero que cae. Esa es la otra cara de estas historias: el premio de unos depende, al final, del bolsillo del resto.
La situación llegó a tal punto que Tamara tuvo que quedarse sola desde primera hora en el bar para que su padre pudiese volver a trabajar como albañil. Es decir, el negocio que se montó gracias al Gordo necesitaba que su dueño volviera a su trabajo de siempre para intentar sostenerlo. Una escena bastante habitual en muchos pequeños negocios que nacen con mucha ilusión y poca cuenta fría de números.
El resultado final está muy lejos de la imagen idílica del anuncio de la Lotería de Navidad. Más de diez años después, la familia arrastra deudas ligadas a aquella etapa. Tamara reconoce que aún debe alrededor de 1.000 euros de cuotas de autónomos, y calcula que su padre puede rondar los 20.000 euros pendientes. De los 800.000 euros iniciales solo queda el recuerdo, las facturas por pagar y una lección que nadie te explica cuando compras el décimo en la administración del barrio.
La historia encaja con algo que muchos economistas repiten: recibir una suma grande de dinero de golpe no te convierte, por arte de magia, en alguien que sabe administrarlo. A falta de cultura financiera y con un sistema que te anima a consumir, gastar y “mover la economía”, es fácil confundir premio con carta blanca para asumir riesgos que, en otras circunstancias, nunca habrías tomado. Y cuando la fiesta se acaba, lo que permanece no son las imágenes del champán en la tele, sino las cartas del banco y de Hacienda.
