
La voracidad de Hacienda no tiene límite en nuestro país. En 2024 la recaudación llegó a 294.734 millones de euros, un 8,4 % más, y el mordisco sobre el sueldo se nota en el bolsillo mucho antes de llegar a fin de mes. Inflación, IRPF sin deflactar y un reguero de subidas de impuestos y cotizaciones han hecho el resto.
Cuando se calcula lo que paga un trabajador contando todo lo que hay detrás del sueldo —retenciones, cotizaciones y el IVA que aflora al consumir— la factura se dispara. Distintos cálculos sitúan el esfuerzo total cerca del 48 % del salario completo; si se añaden figuras que recaen indirectamente sobre el empleo o que se difieren vía déficit y deuda, la cuenta ronda el 54,7 %. Traducido a castellano llano: para que un empleado pueda gastar 100 euros en una compra, su empresa debe soportar un coste de 191,57 euros. ¿Cómo no va a encogerse la nómina neta?
El Gobierno insiste en que la “presión fiscal” de España aún está por debajo de la media europea —38 % frente a 41 %— y que habría margen para seguir apretando. El problema es que ese indicador compara recaudación con PIB y no dice nada de quién paga y cómo. En un país con el paro más alto de la UE y una economía sumergida notable, la foto sale desenfocada. Cuando se mira el diseño concreto de los tributos, España empeora: entre 2019 y 2024 el índice que mide la dureza normativa del sistema subió nueve puntos hasta 117, un 17 % por encima de la media de la UE y un 16,3 % más que el promedio de la OCDE (100,7). No es precisamente un cartel de “pase y monte su empresa”.
La cuña fiscal —la diferencia entre lo que cuesta un trabajador y lo que le llega al bolsillo— ronda en España el 40 % de media, pero para sueldos altos escala hasta el 59,5 %, frente al 47 % de la OCDE. El gran tapado aquí son las cotizaciones sociales. El Ejecutivo evita llamarlas impuestos, aunque actúan como tal: encarecen el empleo y distorsionan cualquier comparación internacional. Países nórdicos como Dinamarca no cargan cotizaciones a la manera española y canalizan la recaudación por el IRPF, lo que permite nóminas más limpias pese a tipos marginales altos.
La comparación danesa retrata el problema. Allí el trabajador medio cobra en torno a un 80 % más que el español y, aun así, su cuña fiscal es cuatro puntos inferior. ¿Magia? No. Más empleo (casi 12 puntos más de tasa de ocupación) y una estructura que grava la renta personal en vez de castigar el coste de contratar. El IRPF lo pagan asalariados, pensionistas y rentas del capital; las cotizaciones, solo los activos. Resultado: en España la carga recae sobre menos hombros y se nota más.
Todo esto no se queda en un gráfico. Pasa en la cuenta corriente de una familia con hipoteca variable referenciada al Euríbor. Con el Euríbor en niveles altos durante 2023 y parte de 2024, muchas cuotas subieron entre 150 y 300 euros al mes. Si a eso se añade un IRPF congelado que no recoge la inflación y un IVA que se paga cada vez que llenas la nevera o echas gasolina, el margen desaparece. La misma familia que en 2021 ahorraba 200 euros al mes hoy puede estar tirando de tarjeta a mitad de mes, no porque gaste más lujo, sino porque cada euro rinde menos y el Estado se queda con más antes y después de cobrar.
En el mercado laboral, el efecto se traduce en sueldos que tardan en subir y contratos que no llegan. Una empresa que quiere pagar 1.500 euros netos al mes se encuentra con un coste total que supera con holgura los 2.500. Entre cuotas, retenciones y el IVA que pagará ese trabajador al consumir, la rueda fiscal no deja mucho espacio para invertir o mejorar salarios. Luego nos sorprende que la productividad no arranque.
La cesta de la compra tampoco perdona. Con la inflación acumulada de los últimos años, cada visita al súper se parece más a una negociación. Las rebajas temporales del IVA alimentario han servido de parche, pero el grueso de la presión viene de un sistema que recauda más cuando los precios suben y que no ajusta tramos del IRPF a tiempo. Si suben los precios y los sueldos apenas acompañan, el fisco muerde en la nómina y vuelve a morder en el ticket.
Mientras, el discurso oficial presume de récords de recaudación como si fueran una medalla al mérito. ¿Medalla para quién? Para la caja del Estado seguro. Para el asalariado medio, el diploma es otro mes apretando. Y para el autónomo, otro trimestre cuadrando números con la calculadora en una mano y las cuotas en la otra.
