
La vicepresidenta Yolanda Díaz acudió al Teatro Real con su hija y estrenó un jersey de 225 € de una firma francesa. Nada que objetar a los gustos, pero el precio canta cuando la misma dirigente pide “consumo responsable” y arrinconar la moda barata. ¿Austeridad para el ciudadano y lazo dorado para la tribuna?
El plan familiar fue el sábado, ballet y alfombra roja. El vestuario: punto fino azul marino con lazos dorados, falda con vuelo a juego, salones negros y bolso negro. La prenda estrella cuesta 225 €, disponible en varios colores y también en grandes almacenes. Para rematar, la hija llevó un bolso “Tote” de marca de lujo valorado en torno a 550 €. Un total que supera con facilidad los 700 € para una tarde de teatro. ¿Cuánto es eso en cesta de la compra o en recibos de la luz?
Díaz ha hecho bandera de “consumir menos y mejor” y ha señalado a la moda rápida como villana de la película. Perfecto. Pero entonces, ¿qué mensaje se manda con un jersey de 225 € y un bolso juvenil de 550 € en primera fila? La coherencia política no exige vestir barato, exige explicar por qué lo que recomiendas para los demás no se parece a lo que practicas. Y aquí el silencio pesa más que los lazos dorados.
El problema no es la prenda, es la desconexión con la realidad cotidiana. A quien se le dispara el alquiler un 10% en un año le suena a chiste que le hablen de “reaprovechar ropa” desde un palco de lujo. A quien le revisan la hipoteca y le baja 30 o 40 euros la cuota tras dos años de mordisco, el cuarto lazo del jersey no le parece un avance social. Y a quien paga la luz a 0,28 €/kWh en hora punta le da igual la etiqueta: solo quiere llegar a fin de mes sin hacer malabares.
Nadie pide a los ministros uniforme de mercadillo. Sí se les pide una vida compatible con su relato público. Si lo que se pretende es educar al consumidor, empiece por dar ejemplo: reparar, repetir modelito, fomentar talleres locales y marcas con coste razonable. Si se mantiene la elección de lujo, al menos cuente por qué es compatible con un discurso que demoniza la compra impulsiva de precios bajos. Hoy, no hay explicación convincente.
Mientras tanto, el ciudadano hace números: alquiler que no afloja, cesta que no cede y un recibo que depende del reloj. La factura emocional de la incoherencia la paga siempre el mismo. Y no va en dorado.
