El sistema de pensiones alemán, uno de los pilares del llamado «Estado del bienestar», está al borde del colapso. Así lo advierte un grupo de expertos que asesora al Gobierno en materia económica. En su último informe, lanzan una señal de alarma: ya no queda casi tiempo para reformar el sistema si se quiere evitar su quiebra a medio plazo.
Alemania envejece… y no hay suficientes jóvenes para sostener el sistema
El corazón del problema es demográfico. La población alemana envejece rápidamente, y el número de personas en edad de trabajar disminuye mientras crece el de jubilados. Según los datos, en 2023 la esperanza de vida en Alemania se situaba en 81,2 años. Si la edad de jubilación se mantiene en los 67 actuales, el sistema tendrá que pagar pensiones durante más de una década por persona, con menos cotizantes activos aportando al fondo común.
El sistema de reparto, en el que las pensiones actuales se pagan con las cotizaciones de los trabajadores en activo, se tambalea cuando la pirámide poblacional se invierte. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en Alemania, como también en otras economías europeas.
Una economía estancada que no ayuda
A este panorama se suma otro problema: la economía alemana lleva años estancada. El que fue durante décadas el motor económico de Europa ha perdido fuelle. Las exportaciones se han ralentizado, la industria atraviesa dificultades estructurales, y el crecimiento es insuficiente para generar los ingresos fiscales necesarios para sostener las pensiones públicas.
El consejo asesor ha sido tajante: si no se actúa ya, el sistema de pensiones será insostenible. Su propuesta: elevar progresivamente la edad de jubilación hasta los 73 años. Es decir, trabajar prácticamente hasta los 74 para poder cobrar una pensión completa.
Polémica en Berlín: ni 70 ni 73 convencen a nadie
La propuesta ha generado un auténtico terremoto político. No hace mucho, la ministra de Economía, Katharina Reiche, ya había sugerido elevar la edad de jubilación hasta los 70 años, lo que desató una oleada de críticas. Ahora, este nuevo planteamiento de llegar hasta los 73 ha sido recibido con aún más rechazo, tanto por parte de la oposición como por los sindicatos y buena parte de la ciudadanía.
Trabajar hasta los 73 no solo plantea dudas económicas, sino también sociales y humanas. ¿Cuántas personas llegan a esa edad en condiciones físicas y mentales adecuadas para seguir trabajando? ¿Qué pasa con quienes tienen empleos físicamente exigentes? ¿Y con quienes han cotizado toda su vida desde muy jóvenes?
¿Hay alternativas?
Algunos economistas sugieren un enfoque mixto: mejorar la productividad, fomentar la inmigración laboral cualificada y replantear el sistema de financiación de las pensiones, incluyendo un mayor componente de capitalización, como ya hacen países como Suecia o los Países Bajos.
Además, se debate la necesidad de incentivar planes privados de ahorro para la jubilación, aunque esto plantea desafíos de equidad: no todo el mundo puede permitirse ahorrar lo suficiente si los salarios no acompañan.
Mientras tanto, el debate continúa. Lo que está claro es que el sistema actual tiene los días contados si no se adoptan reformas profundas. Y como siempre en economía, cuanto más se tarde en actuar, más dolorosas serán las soluciones.
