Hoy mismo hemos conocido que el gasto en pensiones sube en julio, hasta la cifra récord de 10.202,29 millones, con lo que nuestros mayores parece que seguirán con una pensión digna. El problema lo tendrán nuestros jóvenes, la Generación Z, que además de recibir como herencia una deuda pública récord también se tendrán que hacer cargo del pago de las pensiones. En este entorno parece que lo tienen claro «Nos moriremos de hambre», dice. Probablemente sea exagerado pero sí que parece claro que vivirán bastante peor que sus padres.
El carrusel de datos que ilustran las condiciones de esta generación habla por sí solo. La tasa de paro de los jóvenes de entre 15 y 24 años es del 41% –la más alta de toda la UE– frente a la media del 14% de la OCDE. Se calcula que 244.000 jóvenes de esta edad han perdido el empleo por la pandemia, la franja más afectada de toda la sociedad. Nueve de cada diez de sus contratos ya eran temporales antes del coronavirus. El 95% de ellos vive con sus padres y no sabe cuándo se podrá independizar.
Sobrevuela encima de la mayoría de estos jóvenes una máxima que parece inapelable: vivirán peor que sus padres. Todo será más difícil, peor pagado y menos sólido. Todo requerirá un esfuerzo aún mayor, especialmente tras la pandemia. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) la crisis del coronavirus «creará más obstáculos» para los jóvenes en el mercado de trabajo. «La falta de puestos vacantes conducirá a unas transiciones más largas de la escuela al trabajo», señala la entidad en un reciente informe.
Por eso son la generación Z. Ya estaban las cuentas hechas.
Muertos de hambre y sin futuro, si, pero con perspectiva de génera, LGTBIQDHJFHinclusive, antifascista, animalista y vegana.
