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| http://www.memorialibertaria.org/IMG...axbook-002.pdf Chispa : la edicion fue de 5000 ejemplares. Juan Garcia Oliver: Este no será un libro completo. Tampoco será una obra lograda. Sobre la CNT —CNT igual a anarcosindicalismo— se ha escrito bastante. Y se ha escrito por haberse revelado como la única fuerza capaz de hacer frente a los militares españoles sublevados contra el pueblo. Fue la CNT —los anarcosindicalistas— la que impidió, por primera vez en la historia, que un ejército de casta se apoderase de una nación mediante el golpe de Estado militar. Hasta entonces, y aún después, nadie se opuso a los militares cuando en la calle y al frente de sus soldados asestaban a su pueblo un golpe de Estado. La sublevación de julio de 1936 era de carácter fascista y al fascismo europeo, en la calle y frente a frente, ningún partido ni organización había osado enfrentarlo. La CNT —los anarcosindicalistas— no logró hacer escuela en las formaciones proletarias del mundo entero. Otros golpes de Estado han sido realizados después por militares. El de Chile, por ejemplo, frente a casi los mismos componentes que en España —socialistas, comunistas, marxistas—, pero sin anarcosindicalistas, fue para los militares un paseo. Tal como se está explicando lo ocurrido en Chile, la lección para los trabajadores será nula. Porque no fueron los militares quienes mataron a Allende, sino la soledad en que lo dejaron. Algo muy parecido le ocurrió al presidente de la Generalidad de Cataluña, Luis Companys, en el movimiento de octubre de 1934. Entonces, como ahora, predominaba en Europa una manifestación del comunismo, gritón, llorón, dado a difamar a cuantos no se doblegan al peso de sus consignas. Bueno, sí, para organizar desfiles aparatosos en Madrid, en Barcelona, en Santiago, en Berlín. Pero, al trepar al poder Hitler en Alemania, solamente el anarquista individualista holandés Van der Lubbe tuvo el arranque de pegarle fuego al Parlamento, desafiando las iras de quien se creía más poderoso que los dioses. Aquel fuego purificador alumbró la sordidez del mundo comunista, pagado de sus periódicos, de sus desfiles, de sus manifestaciones, pero que, carente de la chispa insurreccional de los anarcos, siempre dejó libre el paso a los enemigos de la libertad. No amando la libertad, no son aptos para defenderla. La CNT tuvo excelentes luchadores, hombres y mujeres capaces de llenar páginas de Historia. Pero careció de intelectuales capaces de describir y de teorizar nuestras gestas. Durante años he vivido en la duda de si debía eternizarse nuestras luchas en narraciones veraces. El final de Allende, asesinado por la soledad en que lo dejaron sus partidarios, me ha convencido de que convenía que el mundo obrero conociera lo que éramos colectivamente, y no solamente a través de la imagen de un hombre y de un nombre. La CNT dio vida a muchos héroes. En la medida de lo posible deben irse aportando ya los materiales de la verdadera historia del anarcosindicalismo en su aspecto humano, más importante que las manifestaciones burocráticas, que tanto se han prodigado. Solamente la veracidad puede dar la verdadera dimensión de lo que fuimos. La verdad, la bella verdad, sólo puede ser apreciada si, junto a ella, como parte de ella misma, está también la fea cara de la verdad.
__________________ “A través de una propaganda constante y astuta se puede hacer que la gente vea el paraíso como si fuera el infierno y viceversa, que considere la forma de vida más miserable como el propio cielo.” Adolf Hitler, “Mi lucha”. Descarga legal y gratis de cine,musica,etc...:http://www.burbuja.info/inmobiliaria...o-publico.html Última edición por chispa; 20-ene-2012 a las 21:34 |
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__________________ Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. |
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| Tiene buena pinta.
__________________ Ahora con la aurora de este romance Al principio de nuestro idilio Te voy a contar mi vida Quiero que te enteres de mis defectos Y los juzgues serenamente Ahora que estás a tiempo. - Rafaela Carmona, La Terremoto De Málaga |
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| Yo me leí el de Abel paz sobre durruti y me gustó bastante a pesar del tochaco que era. García Oliver, catalán, castellanohablante (y eso que era la cataluña antes de que "franco la llenase de inmigrantes castallanos para arrasar la cultura catalana") era un hombre de acción, valiente, un terrorista reconocido por el mismo. Supongo que hablará de cuando montaron la FAI en aquellos tiempos en los que tanto los de un bando como los de otro eran hombres y mujeres valientes que morían por la libertad, por su patria o por los ideales que tuviesen y no se dedicaban solo a despotricar en foros y hacer ataques DoS.
__________________ ...la acampada de Barcelona ... Ahora no lo llaman internacionalismo proletario sino revuelta global, pero resulta tan españolizador y provinciano como en 1977. |
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| Cuenta muchas cosas sobre la generalitat tambien,y sobre el golpe de estado,es un libro imprescindible para los que estudian la guerra civil.
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| índice 1. El anarcosindicalismo en la calle 9 Fragua de rebeldía 11 La muerte de Pedro 12 Contabilidad de la miseria 14 1909 15 La huelga 16 Trabajo y esperanza 19 Pascua sangrienta 28 La guerra civil de siempre 54 La precaria paz social 66 Guerra social 74 Vuelta en redondo 99 La República del 13 de abril 103 Recuperación de fuerzas 114 El Congreso de Zaragoza 137 Apéndices 140 El fascismo y las dictaduras 140 El avance fascista en España 141 Por los fueros de la verdad 143 Desde la línea de fuego 146 La posición de la CNT 147 Los enemigos del proletariado catalán 148 La baraja sin fin 151 2. El anarcosindicalismo en el Comité de Milicias 153 Palabras y gestos 155 ¡ No se puede con el ejército! 171 Maquiavelos en chancletas 177 La derrota 183 La prueba de fuerza 191 Frente de Aragón 194 Derecho de gentes 199 La incógnita valenciana 202 Industrias de guerra y socializaciones 204 Consejos de Obreros y Soldados 209 Las dos caras de la CNT 212 El éxito de la Escuela de Guerra 220 El fracaso de la Escuela de Militantes 223 Justicia revolucionaria 228 Las «pintorescas» columnas anarquistas 331 El Comité de Acción Marroquí 233 Brigadas internacionales 237 La expedición a Mallorca 238 Sociedad de Naciones 246 El oro de España 249 Los que huían de la FAI 250 Protección a las minorías 253 Dos columnas sin suerte 257 Unidad de mando en Aragón 265 La pólvora sin humo Cuesta abajo Todo tiene un término El anarcosindicalismo en el gobierno 295 ¿Nos hundimos? ¡Irremisiblemente! 297 Seguir adelante 308 Madrid sin gobierno 319 ¿Queréis matar a Durruti? 328 20 de noviembre 335 ¡A ritmo de guerra y de revolución! 343 Visitas 349 ¡ Año nuevo! 355 Justicia a la antigua 377 Bombardeos sospechosos 381 Postales a colores 389 Asturias y Málaga 400 Claroscuros 405 A plena luz 428 Perdido cuando iba por la calle 431 La crisis... y la tristeza 435 Balance 441 De espaldas a la pared 443 ¿Tan malos éramos? 464 «Los Cambónos» 476 Me quedo sin cartas 489 En la recta final 503 4. El anarcosindicalismo en el exilio 513 En la resaca 515 Exilado en Suecia 530 Salir de Suecia 537 A través de la Unión Soviética 542 En Estados Unidos, camino de México 549 Los políticos exilados 554 La, Ponencia 561 El Primer Congreso Antifascista 565 Los manifiestos del Comité nacional de la CNT en el exilio 568 Mi conferencia en el Palacio de Bellas Artes de México 583 Hacia el final de la guerra mundial 591 Salida del aislamiento mejicano 597 El gobierno Giral 600 Defecciones y abandonos 604 Refugiados y gachupines 606 A Seguí daba gusto oírle hablar 610 Los hombres de acción de la CNT 612 El Panteón español en México 618 Materia de historia 621 Cuando se ajustició a Dato 625 Cuando asesinaron al «Noi del Sucre» 627 El oaso de los días 636
__________________ “A través de una propaganda constante y astuta se puede hacer que la gente vea el paraíso como si fuera el infierno y viceversa, que considere la forma de vida más miserable como el propio cielo.” Adolf Hitler, “Mi lucha”. Descarga legal y gratis de cine,musica,etc...:http://www.burbuja.info/inmobiliaria...o-publico.html |
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| Por ejemplo (págs. 250 a 253): Los que huían de la FAI
__________________ Ahora con la aurora de este romance Al principio de nuestro idilio Te voy a contar mi vida Quiero que te enteres de mis defectos Y los juzgues serenamente Ahora que estás a tiempo. - Rafaela Carmona, La Terremoto De Málaga Última edición por ralph; 21-ene-2012 a las 17:13 |
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| Otras paginas: La guerra civil de siempre Si te sometes, vivirás en paz. Si no te sometes, tendrás que guerrear. Así lo vi yo, que desde mucho antes de yo nacer, España vivió en permanente estado de guerra civil. Nuestra permanente guerra civil solamente tuvo como perdedores, hasta entonces, a los de abajo. Desde que la CNT se lanzó a luchar por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, los de enfrente, los que eternamente habían vivido bien a costa de la mansedumbre de los obreros, se declararon en guerra contra los Sindicatos Únicos. Y no se conformaban con guerrear contra unas aspiraciones abstractas, sino que llevaron sus ataques hasta la eliminación física de los hombres del sindicalismo. La parcialidad de los gobernantes era evidente. Caían acribillados a balazos patronos y pistoleros del Libre. Pero caían asesinados muchos sindicalistas. Lo lógico habría sido que las cárceles fueran ocupadas por burgueses, pistoleros líbrenos y sindicalistas y anarquistas. Pero no era así. A las cárceles solamente iban a parar los sindicalistas y anarquistas. Por decenas primero. Por centenares después. Pero ni un solo burgués. Cuando descendí del tren en la estación de Reus, procedente de Madrid, lo primero que vi fue a Padilla y a su grupo de policías, junto al empleado que recogía los billetes caducados; parecían una trailla de perros dispuestos a lanzarse sobre su presa. La presa era yo. Pero no lo hicieron. Pasé cerca de ellos, impasible. El jefe del gobierno y su subsecretario podían atestiguar que yo estaba en Madrid cuando en Reus fue abatido a tiros el requeté Navarro, presidente del Sindicato Libre. Me dejaron pasar. Pero sus miradas decían claramente que no me fiase, que se echarían encima de mí al primer descuido que tuviese. Llegué a mi casa. Mi padre y mis dos hermanos mayores acababan de irse a la fábrica. La pequeña, Antonia, se preparaba para ir a la escuela. Mi madre me recibió como siempre, cariñosa y azorada. Según ella, nuestra calle estaba siendo muy paseada por sujetos de mal aspecto, policías o quién sabe qué. Me enteró de que habían detenido al viejo Carbonell y a otros compañeros, y de que se habían quedado solamente con Carbonell, al que trasladaron al castillo de Pilatos, en Tarragona. Restablecí mi vida normal de trabajador en bares y restaurantes. Informé al Comité del Sindicato Fabril y al Comité comarcal del resultado de nuestras gestiones en Madrid. Me informaron los compañeros de las novedades más importantes: la muerte a tiros del requeté Navarro; la detención y traslado a Tarragona del compañero Carbonell; la desaparición del compañero Rafael Blanco inmediatamente después de la muerte del requeté. Por lo que me contó el compañero Batlle Salvat —y solamente él estaba enterado—, se fue a Barcelona. Le dio la dirección de Pestaña, donde podría entrar en contacto con el grupo de Cusi Cañellas, oriundo de Reus y de armas tomar. La ciudad vivía momentos de angustia. La Guardia civil patrullaba y sometía a riguroso cacheo a los que vestían de obreros. La policía entraba y salía por bares y cafés, deteniendo a quien le placía. Las molestias a que la policía sometía a los patronos de los establecimientos en que yo trabajaba mis días de extra, me ponían en situación de tener que cesar en mi trabajo. Estábamos en plena guerra civil, en cuyo dispositivo nosotros ocupábamos las peores posiciones. De pronto, la situación se agravó. Dos grupos de pistoleros libreños irrumpieron en la parte más céntrica de la ciudad y, pistola en mano, repartieron por bares, cafés y plazas un manifiesto en octavillas impresas en el que se afirmaba que matarían a tiros donde los encontrasen a los sindicalistas más significados de Reus, cuyos nombres, en número de diez, insertaban en el manifiesto. Mi nombre iba a la cabeza. El mismo día del reparto de las hojas, un grupo de aquellos asesinos se asomó a nuestro local social, que ocupaba la planta baja de una esquina de la calle San Pablo. Era la hora del atardecer, cuando acudían los obreros a pagar sus cuotas, a relacionarse entre ellos. Los pistoleros dispararon sus armas,dándose a la fuga rápidamente hacia la calle del Padró. Alguien, de piernas ágiles y larga zancada, salió del local, tomando la dirección opuesta a la seguida por los pistoleros, y al llegar a la calle Camino de Aleixar, doblando a
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| la izquierda, se dirigió a la plaza del Rey, donde se enfrentaría a los pistoleros, bastante desprevenidos por aquella táctica sorpresiva. El perseguidor de los pistoleros era Batista, miembro de la sección de Peones. Tendría unos treinta años, bastante alto, algo rubio, de cara pecosa y mirar de zorro. Era tenido por el cazador furtivo más audaz de la comarca. Llegó a la Fuente del Rey cuando tres de los pistoleros se cruzaban con él. Pero Batista, sacando de la faja un revólver de tambor, les gritó: «¡En, vosotros tres!», lo que hizo que se volviesen e intentaran sacar las pistolas. No les dio tiempo: uno cayó muerto, otro herido en un hombro, que emprendió la fuga con el tercero, que iba ileso. Batista era muy conocido. No huyó. Fue detenido y procesado. El.debut en Reus de los pistoleros fue nocivo para ellos. Se iban a desquitar pronto. La ocasión se la ofrecieron dos compañeros, Morey y Sugrañes. Morey procedía de los jóvenes bárbaros lerrouxistas, y Sugrañes, al unirse a nosotros, acababa de abandonar el requeté. Con ellos ingresaron otros ex jóvenes bárbaros y requetés. Tal fenómeno se daba no sólo en Reus sino también en toda Cataluña y gran parte de España, por lo menos allí donde la CNT organizaba sindicatos. Al darse cuenta la patronal de que las prisiones y asesinatos no acababan con el ímpetu proletario, exigió más del gobierno de Eduardo Dato. Aspiraba a que se dieran plenos poderes a los gobernadores civiles y facultades excepcionales a los generales Martínez Anido y Arlegui. Dato, amablemente, accedió a ello, pronunciando el histórico: «¡Sus, y a ellos!». Estábamos a fines de noviembre de 1921. En toda Cataluña fueron clausurados por orden gubernativa los sindicatos de la CNT y declarados ilegales los pagos de las cuotas obreras a sus respectivos sindicatos. Se llenaron las cárceles de presos gubernativos. En Barcelona, los compañeros más significados, entre ellos Salvador Seguí, fueron trasladados a la fortaleza de La Mola, en Mahón. Al salir de su casa, el ilustre abogado Francisco Layret, defensor de los sindicalistas ante los tribunales, fue asesinado por pistoleros patronales. Layret estaba físicamente inválido. Su caída fue como la de un trágico muñeco. Me dirigí a Tarragona. Lo poco que quedaba del Comité provincial estaba sin noticias. Se acordó que fuese yo a Barcelona. Para no caer en manos de la policía en la estación del ferrocarril, en tartana me fui a Vendrell, donde tomé el tren. En Barcelona no pude dar con el Comité regional. En el antiguo domicilio que yo conocía de la barriada de Pueblo Seco, la señal convenida —un tiesto en el centro del balcón— me indicó que no debía intentar llamar a la puerta. Feliu me recomendó un número y un piso —el tercero de una casa del Ensanche. Me recibieron la suegra y la esposa de Martí Barrera, administrador de Solidaridad Obrera. Por ir recomendado por Feliu me dejaron entrar las dos mujeres. Después de muchos cuchicheos, salió un compañero que dijo ser Evelio Boal, secretario del Comité nacional. Detrás de él apareció Martí Barrera, quien me conocía por haber ido yo alguna vez a la redacción de Solidaridad Obrera, y garantizó a Boal mi condición de militante. Boal me dijo, después de leer mi credencial del Comité provincial de Tarragona: —Debes regresar inmediatamente a Tarragona. El Comité nacional acaba de lanzar la orden de huelga general revolucionaria a toda España. No puedo decirte dónde encontrar al Comité regional de Cataluña, del que recibiréis la correspondiente comunicación. Pero puedes asegurar a los compañeros que yo te he dado la orden de huelga general revolucionaria, de quemarlo y destruirlo todo, de acabar de una vez con la porquería de burgueses y gobernantes. ¡Este es el acuerdo, quemar y destruirlo todo! O era muy nervioso Boal, o estaba muy agitado. En realidad, tenía por qué estarlo. Su vida pendía de un hilo tenue. De ser detenido por la policía, sería seguramente asesinado. En el primer tren salí para Tarragona. Ya en la estación, descendí por la parte trasera a los andenes, algo lejos de la ciudad, lo que me permitió penetrar en ella y escabullirme hasta la casa de Plaja. Poco después, a lo que quedaba del Comité provincial —Rodríguez Salas y Alaiz, más la presencia de Maurín, que ostentaba la representación de la Federación provincial de Lérida— les expuse lo que había logrado saber en Barcelona. Maurín expresó su opinión sobre la validez orgánica de la comunicación verbal de Boal; no estando escrita, firmada y sellada, carecía de toda validez. Rodríguez Salas no opinó de idéntica manera; Alaiz se abstuvo de opinar. Estábamos en un punto muerto. Me indignaron los razonamientos de Maurín, que me sonaban a puro legalismo reformista. Así se lo dije. Y afirmé lo que tres años más tarde sería el nudo de mi posición para acabar con la acción de las pistolas, con el terrorismo: «Cuando una Organización no puede defender la vida de sus militantes en el plano individual, debe hacerlo en la acción colectiva, en la revolución». Ni hubo revolución ni se llevó a cabo la huelga general revolucionaria. Rodríguez Salas y yo tratamos de promover una insurrección en el Alto Priorato. No pasamos de Falset-Marsá. El resultado fue el fracaso más rotundo. Apenas si quisieron escucharnos los compañeros. —Lo mejor —dijeron— es que nos vayamos a dormir. Tenían razón. Y la tenía Plaja cuando nos advirtió, hacía tiempo, de que la organización que estábamos creando en los pueblos de la provincia no serviría para la revolución proletaria a que aspirábamos, porque entre el campesino de alta montaña, bracero y pequeño propietario al mismo tiempo, y el proletariado de las ciudades mediaba un mundo de diferencias. Silenciosamente regresamos a Tarragona. En Barcelona hubo sus más y sus menos. Explotaron algunas bombas. Fueron asesinados, directamente o por la «ley de fugas», algunos compañeros. Y fueron tantos los sindicalistas detenidos, que no cabiendo ya en la cárcel Modelo, el gobierno de Dato dispuso que en cuerdas de cien y doscientos detenidos fuesen deportados a pie a La Coruña. Para aminorar el mal efecto, se llamó a ese castigo «conducción ordinaria», es decir, a pie, bajo lluvia, bajo el sol, con nieves, polvo, vientos, atados a una larga cuerda, custodiados por guardias civiles a caballo. Cuando llegaban los presos a un pueblo, de paso o para pernoctar tirados en alguna cuadra, las mujeres llamaban a sus rapaces, los arrastraban a las casas y cerraban las puertas a cal y canto. Los guardias civiles se encargaban de explicar a las gentes: «Son malhechores». En tales circunstancias, el gobierno convocó elecciones a diputados. El gobierno era conservador, con una oposición blandengue de liberales. Si ganaban los liberales, la oposición la hacían los conservadores, pero con más dureza en este caso. A los sindicalistas nos tenían sin cuidado las elecciones parlamentarias. De los gobiernos, conservadores o liberales, sólo esperábamos palos, tiros, Guardia civil y prisiones. En aquellos momentos, con los sindicatos clausurados, prohibidas las cotizaciones, con muchos presos que atender, con la necesidad de mantener clandestinamente la lucha y la Organización, teníamos mucho en que meditar. No nos rendiríamos; seguiríamos luchando, pasase lo que pasase, cayese quien cayese. Como la lucha sería violenta, lo primero era pensar en cómo adquirir pistolas. Necesitaríamos dinero y carecíamos con que poder comer. «Bueno —nos dijimos—, ya que no podemos trabajar, ni sostener a los presos, ni pagar los alquileres de los locales sociales, y nos prohiben el cobro de las cuotas sindicales, que paguen los patronos la cuota mensual que les fijemos». Tal fue el acuerdo que había que llevar a la práctica. Y que se cumplió, dando lugar a no pocos incidentes, algunos de gran violencia. Me preparaba a regresar a Reus, para restablecer el ritmo de mi trabajo de camarero, cuando en la secretaría del Comité provincial —una simple habitación cerca del puerto— se nos presentó un extraño personaje, ilustre autor que escribía poéticamente, y de quien me gustaba mucho leer su Glosari. Era Eugenio d'Ors, conocido por «Xenius». Alto y de robusta complexión, bien vestido y de elegantes maneras, algo grises sus cabellos, ocultos por un sombrero gris claro. Venía acompañado de Segarra, que trabajaba en la imprenta de la Organización. Temiendo Rodríguez Salas que se tratase de un polizonte, me pidió que le recibiese yo solo. —Soy Xenius —dijo presentándose—. Creo que usted y el Comité deben saber quién soy. —Sí. He leído bastantes de sus crónicas. Siempre me han gustado. —Me trae aquí un asunto político, digamos electoral. Ya estarán enterados de que próximamente se realizarán elecciones a diputados a Cortes. He pensado presentarme, precisamente por la circunscripción de Tarragona. Lo haría si pudiese contar con el sostén de los sindicatos que controlan ustedes. Me quedé como viendo visiones. ¿No sería una alucinación mía? Xenius en plan de electorero, cuando Layret acababa de morir vilmente asesinado, la flor de la militancia sindicalista estaba deportada en el castillo de La Mola, la Modelo estaba llena de compañeros y las carreteras eran holladas por las cuerdas de quienes bajo las estrellas iban conducidos a Galicia. ¡Pensar en elecciones cuando en el Clínico de Barcelona se amontonaban los cuerpos de compañeros asesinados por los pistoleros y por la aplicación de la «ley de fugas!». —Quisiera saber hablar sin herirle. Pero no creo que lo logre. Soy sindicalista, anarquista y revolucionario. Quienquiera que le haya dicho otra cosa, lo engañó. —Me doy cuenta de que usted está poseído por la generosa obcecación de los que afrontan la muerte y las persecuciones. Pensé poder ser el diputado de ustedes, pero ahora veo que es imposible. Le aseguro que, sea cual sea el rumbo de mi vida en lo sucesivo, jamás se me ocurrirá presentarme otra vez a diputado. ¡Adiós! Regresé a Reus. A la hora de haberlo hecho, recibí la visita del cabo y de la pareja de la Guardia civil. Traían orden de detenerme y de registrar minuciosamente mi domicilio. Para ello se hicieron acompañar de un vecino nuestro, José Magrané, que tenía un negocio de venta de paja al lado de donde vivíamos. —Este señor es testigo obligado, porque en nombre de la ley se lo hemos requerido —dijo el cabo. Nada dejaron por registrar. Del tiempo de la huelga de camareros de Barcelona tenía yo un papelito con unas recetas químicas para provocar incendios, que me había dado «David Rey», comisionado por la Federación local de Barcelona para orientarnos en sabotajes. Ni me acordaba del papelito. Pues lo encontró la Guardia civil. Y bastó para que me esposasen y me hiciesen ir entre ellos al tren, camino de Tarragona. De la estación me llevaron al castillo de Pilatos. Ya en la sala de presos sociales, me encontré con viejos conocidos. Allí estaba Carbonell, detenido hacía algún tiempo, con intención de incriminarlo en el proceso por la muerte del presidente del Libre de Reus. Estaba Plaja, que también llevaba ya algún tiempo preso en tanto que director de Fructidor. Estuve poco tiempo preso con ellos. La Guardia civil, ante la imposibilidad de implicarme en un proceso por terrorismo incendiario, se tuvo que conformar con dejarme en situación de preso gubernativo. Ello no excluía el peligro de una larga permanencia en la prisión, que podía durar hasta que fueran restablecidas las garantías constitucionales. Algo ocurrido en Reus hizo que el gobernador civil dispusiese mi libertad. Fue la presencia de los pistoleros del Libre, que andaban bastante desmandados por la ciudad. Reus fue siempre ciudad liberal y sufría la imposición de tener que aguantar a un alcalde de Real Orden, es decir, designado por el ministro de la Gobernación. Cuando la situación creada por los pistoleros del Libre se hizo intolerable, un concejal republicano radical, Bofarull, excelente abogado, querido por su prestancia de mosquetero, se levantó a criticar acerbamente al alcalde, a quien hacía responsable de la presencia de los pistoleros. En un arrebato, Simón Bofarull dijo: —¡Salvat! Me consta que eres el responsable de lo que está pasando. Sé de buena fuente que tú otorgaste el permiso para que esos pistoleros fueran traídos aquí. Y mira lo que te digo: Si no los echas de Reus, y pronto, alguien te ha de matar, y ese alguien seré yo. Dos días después de la memorable sesión del ayuntamiento, el alcalde Salvat caía cosido a tiros. No se supo quién lo mató. Pero Simón Bofarull fue detenido. A las setenta y dos horas de su detención, el juez instructor de la causa por la muerte del alcalde, no poseyendo pruebas de la participación directa o intelectual de Bofarull en los hechos, dispuso su libertad. Pero la autoridad gubernativa ordenó su destierro a Valladolid. Y unos días después, para calmar los ánimos de mis conciudadanos, fueron retirados de Reus los pistoleros y a mí me dejaron en libertad. Reanudé mi trabajo de camarero, haciéndolo hasta los sábados y domingos, por estar totalmente paralizada la actividad propagandística y organizativa. Los sindicatos de Reus continuaban clausurados. Las gestiones ante el gobernador civil para que permitiera reanudar la actividad sindical no tuvieron resultado positivo. El gobernador se escudaba en la suspensión de garantías constitucionales. En Reus y Tarragona, no obstante, se cobraban cuotas para atender a lo más elemental de la Organización y a los presos y perseguidos. Estas cuotas las pagaban algunos burgueses, casi siempre a regañadientes. Un día, el recadero entre Reus y Barcelona me trajo un cesto de frutas, con una nota que decía: «De parte de Emilia». Comprendí. El Comité regional requería mi presencia. Siempre fui desconfiado. La vida clandestina desarrolla la desconfianza hasta convertirla en un sentido. Procuré darle un aspecto inocuo a mi ida a Barcelona. A mi familia y a los compañeros del Comité comarcal —clandestino— les dije que me iba a Barcelona para buscar trabajo. Si teníamos infiltraciones de confidentes, eso podría servirme de comprobante de lo que pensaba declarar si me detenían en Barcelona. Sólo previne a Batlle Salvat, quien me había sido enviado por el Comité regional para estos casos. Convinimos que partiríamos en el mismo tren de la tarde, pero por separado. Cerca de Bará, me di cuenta de que la pareja de la Guardia civil que subió en Reus oteaba el compartimento donde yo me encontraba. —No se mueva. Levante los brazos —me conminó uno de ellos. ¿Con que ya lo dejaron en libertad, eh? Pues ahora verá. Levanté los brazos, pero no les contesté. Me cachearon, registraron el pa quetito que llevaba, con jabón, brocha y maquinilla de afeitar, el cepillo de dientes y algo de pasta en un tubo. Cuando hubieron terminado, ocurrió lo de siempre: me esposaron —¡malditos!— muy fuertemente las muñecas. En el apeadero del Paseo de Gracia, Batlle cruzó por el pasillo para hacerme ver que se daba por enterado. El descendió y nosotros continuamos hasta la estación de Francia. Me llevaron a la Inspección de vigilancia de la estación, pretendiendo entregarme en el cuerpo de guardia. —Se trata de un anarquista peligroso. Lo hemos detenido en el tren. Se lo dejamos para que se encarguen de él. —No, no puede ser. ¿Hizo algo delictivo en el tren? Porque si no ha hecho nada y no traen ustedes mandamiento, tendrán que soltarlo o llevárselo ustedes a la Jefatura superior de Policía. Optaron por llevarme a la Jefatura de Policía, entonces cerca del puerto. Me encerraron en un calabozo pequeño. Como a las ocho de la noche, el sargento bigotudo que me había encerrado, me hizo subir, diciéndome que mi novia había venido a verme. Era una de las Cuadrado, familia de buenos compañeros. Me traía algo de comida en un paquetito. Me preguntó: —¿Qué te ocurrió? —Ni yo lo sé. Es cosa de la Guardia civil de Reus. Una pareja de ellos me detuvo en el tren y sin mandamiento de arresto me trajeron aquí. —¿Te han interrogado? —No, nadie. Al día siguiente, el sargento de guardia apareció de nuevo. —Sube, que arriba tienes otra novia que viene a visitarte. En efecto, era otra novia, María, la compañera de Ángel Pestaña. Me traía también algo de comer, y me susurró: «Vendremos todos los días, para que vean que no estás abandonado». En aquellos tiempos en que se aplicaba todas las noches la «ley de fugas» a los sindicalistas barceloneses, venir a visitarme cada día no dejaba de ser una excelente táctica. Batlle se dio prisa en correr la voz de alarma. Ya de noche, me hicieron subir a declarar ante un comisario. Me hizo sentar y fue tomando notas. —Eres de Reus, ¿verdad? •—Sí, soy de Reus. —¿Qué hiciste en Reus, que la Guardia civil no te puede ver? —No hice nada, pero parece que la tienen tomada conmigo. —¿Esta es la primera vez que la Guardia civil te detiene por su cuenta? —Ño. Ya lo hicieron otra vez. —¿Tuviste algo que ver con la muerte del presidente del Sindicato Libre? —Nada, en absoluto. —¿Qué estabas haciendo cuando ocurrió el atentado? —Estaba en Madrid, de visita al jefe del gobierno. —¿No te burlas, verdad? —No. Formaba parte de la comisión textil que negoció con la patronal la creación del Comité Algodonero. —Bueno, lo verificaré. Pero puede ser que la Guardia civil crea que tuviste que ver con la muerte del alcalde, señor Salvat. —Pues la Guardia civil es testigo de que no pude hacerlo, porque me encontraba preso en Tarragona. —Bueno, también podemos comprobarlo. Si es cierto lo que has dicho, por esta vez no irás a la cárcel. Debió aprovecharme la rivalidad entre policías y guardias de Seguridad y
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| Guardia civil. No fui a la cárcel. A mediodía, antes de que viniesen a visitarme, apareció el sargento bigotudo. —Recoge lo tuyo y vete —me dijo. La compañera de Pestaña me había informado, de parte de Batlle, por si salía en libertad, que él iba a comer y cenar al bar Las Euras, y que allí lo podía encontrar. Paseo de Colón adelante, pude observar que no me seguía ningún policía. Al pasar frente al café Español, penetré rápidamente, cruzando con ligereza su gran sala, más la sala de billares, que daba a la calle opuesta al Paralelo, por donde yo había penetrado, y, seguro ya de haber despistado a quien pudiera haberme seguido, me dirigí a la Ronda de San Pablo, para encontrarme con Batlle. Allí estaba, comiendo con su porroncito de vino blanco al alcance de la mano. Me senté. Pedí arroz con conejo y pescadilla frita. También un porroncito de vino blanco. Batlle me fue hablando quedamente: —Al Comité regional le contrarió mucho tu detención. Tienen mucho interés en hablar contigo. Me lo ha dicho el Moreno de Gracia. Cena todas las noches en una taberna de la calle del Tigre, cerca del local de Lampareros. Encontramos al Moreno de Gracia comiendo su plato de habichuelas cocidas. Nos sentamos y cada cual comió lo que le gustaba. —Con que tú eres... —Sí, soy yo. Y convendría que arreglases pronto mi entrevista con los compañeros. —No creo que veas a todos. Nadie sabe dónde y cuándo se reúnen. Veré a Minguet, que es el que tiene el encargo de hablar contigo. ¿Puedes estar en Barcelona todo el día de mañana? —Sí. —Pues mañana a mediodía nos encontraremos los tres aquí mismo y te diré lo que haya. Nos separamos del Moreno de Gracia. Batlle se fue a dormir a casa de un compañero, un metalúrgico llamado Saborit, un tipo bien plantado, con cara muy seria, que vivía en el Paralelo. Yo fui a dormir a casa de los Cuadrado, allí cerca, en la Ronda de San Pablo. Acudí a la cita que me preparó el Moreno de Gracia con Genaro Minguet, a las ocho de la noche, en la farola que había frente al Wonder Bar, junto a la Brecha de San Pablo. De pie, a la sombra que quedaba más allá del círculo de luz que irradiaba la farola, tuvo lugar la entrevista que tendría como resultado una gran mejoría de la situación general del movimiento sindicalista de Barcelona y de Cataluña. Al día siguiente, de acuerdo con Batlle, nos dirigimos en tren a Tarragona. Para poder dar cumplimiento a lo tratado con el Comité regional, necesitaba alguna colaboración, pero convenía que no fuese de compañeros de Reus. La ayuda económica debíamos pedirla a alguien que tuviese mucho dinero y que no nos hiciese correr el riesgo de un enfrentamiento peligroso, que traería aparejado el fracaso del plan del Comité regional. Se me antojó que nadie sería más adecuado que el millonario Evaristo Fábregas, muy republicano, muy liberal y asociado en grandes negocios al socialista Recasens. Pero me tendría que rodear de vigilancia, para evitar sorpresas desagradables. Y ésa era la ayuda que necesitaba y que dadas las circunstancias sólo podía aportarme Rodríguez Salas, «El Manco», del Comité provincial de Tarragona. Todo se realizó como habíamos planeado. Volvimos a Barcelona Batlle y yo A la hora fijada, una semana después del primer encuentro, en la misma farola, le hice entrega a Genaro Minguet de lo convenido.1 Regresamos a Tarragona, esta vez para permanecer poco tiempo en liber tad. Nos sorprendió la policía a Batlle y a mí en el distrito del puerto. De la comisaría general nos llevaron al castillo de Pilatos. Cuando aparecimos en la sala del tercer piso, destinada a los presos sociales y políticos, la encontré algo cambiada por lo que se refería al personal alojado. Quien continuaba allí era el viejo Carbonell, el anarquista más bonda doso que he conocido. También estaban tres compañeros del Sindicato de Oficios Varios de Tivisa, acusados de haber tomado parte en el atentado que le costó la vida a un personaje enemigo de la Organización. El más joven tendría unos cuarenta años, y era el secretario del sindicato; otro, que pasaba de los cincuenta años, pertenecía a la junta directiva; el más viejo, de unos sesenta años, ni siquiera era de la junta. Lo prendieron por ser el padre de Daniel .Rebull, «David Rey», militante muy significado en el sindicalismo barcelonés. Se decían inocentes y es posible que lo fuesen. Según ellos, la muerte del personaje aquel se debía a causas oscuras de la política del pueblo; pero la Guardia civil aprovechó la ocasión para reprimir a los miembros del Sindicato. También se encontraban presos otras víctimas del caciquismo pueblerino. Creo recordar a cinco ciudadanos de Bot, del partido judicial de Gandesa, acusados de motín sedicioso por una escandalera que se armó contra el alcalde del pueblo —también de Real Orden. Su proceso era llevado por el fuero castrense, temiéndose que el consejo de guerra les impusiera fuertes condenas. Continuaba preso una especie de vagabundo, medio pescador de los que tiran del art y, si apretaba el hambre, se enrolaba en una barca del bou para la pesca al palangre. Le llamaban «El Chato». Creo que su presencia en la sala se debía a que le seguía proceso la jurisdicción de Marina, fuero que era más lento en sus procedimientos. Pero, en realidad, pensábamos que estaba en la sala de sociales como chivato de la dirección de la cárcel. Toda autoridad organizada necesita de la chivatería. Era cosa de no fiarse del Chato. Si bien nadie podía pensar seriamente en la fuga de aquella prisión, había que reservar los asuntos secretos de la Organización. La sala, que se encontraba a unos cuarenta metros del suelo, correspondía a la parte más alta de aquella mole de enormes sillares que los romanos levantaron para palacio fortaleza de su pretor. Al llegar a la sala de presos sociales, los muros tenían de dos a tres metros de grueso y estaban construidos con enormes bloques. Las rejas empotradas en ellos eran de hierros cuadrados de unos cuatro centímetros. Para lo único que servían las tres angostas ventanas era como miradores hacia el paseo de Santa Clara y hacia el mar. Trepar a las ventanas era peligroso, pues la guardia exterior de soldados solía disparar los fusiles en cuanto le parecía ver algún preso en la ventana. Desde la ventana que daba al Mediterráneo se divisaban los cambiantes espectáculos de aquel maravilloso mar. De día brotaban, hasta llegar a cegar los ojos, como chispas los rayos del sol. De noche, plácido a veces, fuertemente agitado otras, reflejando en su superficie la luz lunar como una ancha carretera de azogue que se iniciaba en la playa y terminaba en un punto del horizonte. Las barcas de pesca lo surcaban, de día, con sus velas latinas, en dirección de Barcelona o hacia Salou, Cambrils y Amposta, o trazando amplios círculos para dejar encerrados a los peces dentro de la red que arrastraban entre dos de ellas. 1. [NDE]. Véanse las páginas 51 y siguientes; 625 y siguientes. Todo lo que tenía de aburrido la contemplación de los tejados de la ciudad, lo tenía de estimulante asomarse a la ventana de cara al mar. En la calle se acentuaba la represión de las autoridades sobre nuestros compañeros. Los patronos, aprovechando la clausura de los sindicatos y la persecución de los sindicalistas, hacían cuanto podían por anular las mejoras que habían tenido que conceder a los trabajadores. Los militantes que quedaban en libertad, escondidos o huidos, mantenían en cuanto les era posible el prestigio de la Organización. Ante la persistencia de la prohibición de cobro de cuotas, los compañeros en libertad mantuvieron en vigor la táctica de cobrar a los burgueses ricos las multas de castigo que les imponían los Comités clandestinos. A veces se producían choques lamentablemente trágicos. Eso es lo que ocurrió en Reus, estando yo preso en el castillo de Pilatos. Corrió la versión de los hechos sangrientos que tuvieron lugar en el negocio de aceites al por mayor del acaudalado Félix Gasull, llamado «Feliu de l'Oli». Gasull era de los que se enriquecieron durante la guerra europea, y también de los que se decía que habían perdido enormes cantidades de dinero especulando con marcos alemanes. Pero continuaba siendo el más importante comerciante en aceites de Tarragona, a cuyos gigantescos depósitos iban a parar los aceites de la mayoría de los molinos de la provincia. Lo que pasó a Feliu de l'Oli se contaba como si se tratase del «Crimen de Cuenca». Decíase que se comprometió a pagar cinco mil pesetas que en visita que le hicieron en su negocio de aceites de la calle de San Juan le pidieron suavemente. No disponiendo de dicha cantidad, citó al demandante para el día siguiente. A dicha hora, al recaudador le dijeron que Feliu no estaba y que volviera más tarde. Al salir, un hijo de Feliu, apostado tras un tonel metálico de aceite, disparó su fusil contra el joven delegado, pasándole de parte a parte. Este joven, que al parecer no llevaba ninguna arma, al traspasar la puertecita se agarró a la pared, donde un compañero suyo, joven también, lo sostuvo cuanto le fue posible y, tomando la calle de San Juan, llegaron al solar del viejo velódromo, por donde desaparecieron en dirección a la barriada del Bassot. Días después, estando ya Feliu en su oficina tranquilo y sentado en una butaca, apareció el joven que acompañó al otro muchacho, con una pistola en cada mano y disparando con una en dirección del almacén donde los hijos de Feliu se agazapaban tras los bidones para responder con sus fusiles. Con la otra pistola hizo fuego sobre Feliu de l'Oli, que cayó sobre su escritorio. El joven salió tranquilamente a la calle y por el mismo camino que había recorrido con su compañero herido desapareció. Las gentes de Reus, se lamentaban o se encrespaban, exclamando: «¿Por qué lo hiciste, Feliu? ¡Feliu, Feliu, que quien a hierro mata a hierro muere! ¡Bien merecido lo tenías! Feliu, Feliu de l'Oli, Feliu del Somatén, que Déu eí lliuri deis pecats!» Todo había ocurrido a pleno día. Quienes vieron lo ocurrido proporcionaron detalles del joven, vestido de azul mecánico, que anduvo por la calle empuñando las dos pistolas. Días después, fue cercado por los policías y detenido. Era el que llamábamos «Nanu de Tarrasa». Con tales sucesos, no era de esperar que mejorásemos de situación los presos. Y vino a parar a la sala de sociales el compañero Torres Tribó, que firmaba sus escritos con el seudónimo «Sol de la Vida». Era muy joven y escribía magníficas poesías y admirables artículos. Había sido autor de algunas de las letras anarquistas que se cantaban con la música de canciones popularmente celebradas. Era poeta por encima de todo y durante el tiempo que estuvo preso sólo escribió poesías. Y compuso una letra para el cuplé de la Verbena de la Paloma, a la manera protestataria, que empezaba: «¿Dónde vas con papeles y listas, que deprisa te veo correr? Al congreso de los anarquistas, para hablar y hacerme entender. Torres Tribó era un producto de la buena época de Felipe Alaiz, cuando en Zaragoza se dedicó a enseñar literatura revolucionaria a estudiantes como Torres Tribó, de los Ríos y otros que iniciaban el camino de la protesta. Fue la gran época creadora de Alaiz. A Batlle y a mí nos llamaron para comunicarnos que cargásemos con todo lo nuestro, pues estábamos libres. Pero, traspasado el último rastrillo, tuvimos la sorpresa de encontrarnos en la puerta con dos guardias de Seguridad que nos esperaban para trasladarnos a Barcelona. Llegando a Barcelona, a los calabozos de la Jefatura superior de Policía; al día siguiente, a la cárcel Modelo. Una celda para cada uno y, al día siguiente, a comprar al economato un cuarto de litro de alcohol industrial para rociarlo a las junturas metálicas del camastro y prenderle fuego, única manera de terminar con las chinches de que estaban plagadas las camas. Por las mañanas y por las tardes, media hora de paseo en los «galápagos», reducidos espacios al aire libre. Entrar en galería de gubernativos suponía disfrutar de menor rigidez disciplinaria. Sin embargo, era temido permanecer en ella por el peligro de ser llamados a ir en conducción ordinaria a Galicia. Todos los presos gubernativos lo primero que hacían era prepararse para la conducción, procurándose un gran pañuelo rameado para liar el macuto, con una manta, una toalla, una muda de ropa interior, jabón, brocha y máquina de afeitar. Los presos sociales nos comunicábamos unos con otros, durante el paseo, en el economato, por las ventanas exteriores y por los excusados, vaciándolos del pequeño depósito de agua que contienen, para transmitir la voz a las celdas de abajo, de arriba y de los lados. La celda carcelaria es absorbente. Si uno se deja llevar de la soledad, queda aniquilado. Luchar contra los efectos corrosivos de la soledad sólo se lograba distribuyendo el tiempo de manera que no quedase una hora sin nada que hacer. Toque de diana: levantarse de la cama, arreglar el jergón y colgar el camastro; barrer la celda; media hora de gimnasia; ducha fría; recogida del agua de la ducha; lectura; desayuno y salida a paseo; lectura hasta la comida; paseo y comida de la tarde; lectura hasta la hora de acostarse; toque de silencio; dormir hasta la hora de diana. El tiempo que se pasaba en la cárcel era como un curso intensivo de buenas y sanas costumbres: los jóvenes sindicalistas y anarquistas catalanes resultaban ser la juventud mejor preparada de toda España. Empero, se producían pérdidas de militantes. Eran los que no soportaban estar presos. Salían en libertad y eran militantes perdidos para la Organización. Continuaban siendo buenos obreros sindicados, pagaban puntualmente las cotizaciones, pero procuraban no ser señalados para no volver a la celda. Otros, entraban, salían y volvían a entrar, siempre por lo mismo: por ser activistas en el sindicato, por formar parte de los Comités, por pagar las cotizaciones aun estando prohibidas, por asistir a reuniones clandestinas los sábados y domingos, en playas recoletas o en las calvas de los bosques de Las Planas y Vallvidrera, y por repartir manifiestos y pegar pasquines. A veces, se les presentaba el dilema de continuar o retirarse. Dilema difícil de resolver, porque meses a pan y rancho —las cestas de comida de la taberna
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