los esfurzos inútiles
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Lo peor de la ley antidescargas no es que sea una norma impuesta bajo amenaza por EEUU ni tampoco que se utilice un procedimiento exprés para aprobarla en el Congreso. ¡Como si no tuviésemos ya suficientes evidencias sobre el nuevo significado de la palabra “soberanía”! Ni siquiera es lo más grave esa puerta de atrás que se abre en la Justicia y que permitiría a un Berlusconi español cerrar webs por la vía rápida. Lo más estúpido de esta desacertada ley es que, además, no servirá de nada.
Tumbar esas doscientas páginas de enlaces a las que la industria cultural culpa de la piratería en España sólo valdrá para que nazcan otras alternativas, y esto no es una opinión: es un dato refrendado por diez años de victorias legales y judiciales hasta la derrota final. En una palabra: Napster. O Audiogalaxy. O Kazaa. O Emule. O ahora Megavideo. En una eterna pelea del ratón y el gato, cada vez que la industria cultural bloquea en los juzgados o en los parlamentos una tecnología de descargas, nace otra, aún más difícil de frenar.
¿Cómo acabar con la piratería? Muy fácil: ofreciendo alternativas en Internet legales y fáciles de usar a precios razonables, como lo está logrando Spotify con la música. ¿Es razonable que sea más lento y complicado comprar legalmente un ebook que piratearlo? Tampoco lo es querer cobrar en Internet el mismo precio que se pagaba antes, cuando –además de la canción, la película o el libro– había que costear la producción del soporte físico y la carísima distribución de ese objeto por tienda y por camión. La ley antidescargas es un esfuerzo inútil que provocará algo peor que la melancolía. Sólo sirve para otra cosa más: para dar falsas esperanzas a una industria moribunda que se niega a tomar su medicina, que resiste a cambiar.