Para Brossat, la anestesia como mera técnica médica se emancipa en la modernidad hasta convertirse en un verdadero “paradigma de civilización” cuya expresión política sería, exactamente, la democracia moderna.
A través de Brossat se puede inteligir de qué modo la democracia –ese régimen político cuya apología finisecular repite incansablemente que su diferencia respecto de la dictadura, la monarquía o el totalitarismo consiste en respetar la singularidad del otro otorgándole garantías para su libertad– se vuelca sobre su contrario: la democracia inmunitaria es precisamente aquello que nos distancia del otro porque nos inmuniza de él, privándonos, pues, de su experiencia. De ahí que la democracia inmunitaria no sólo abogue una y otra vez por la no-violencia –con lo que deslegitima a la violencia como acción política– sino que defienda, ante todo, al consenso como modo anestésico del poder: se trata de evitar el dolor de la violencia a toda costa. Según Brossat, en ello residiría la aporía misma de la democracia: a mayor protección respecto del otro, menos experiencia hacemos de él; esto es, menos nos sentimos como grupo. A esta luz, Brossat advierte sobre el carácter “bífido” de nuestro mundo “democrático”:
Sin embargo, de lo que nosotros debemos dar cuenta, en un mundo en que ya no es el del pasado totalitario, sino de un equívoco presente democrático post-totalitario, es de ese movimiento mucho más global de una historia bífida en donde se anuda el doble lazo entre la inmunización creciente de unos y la exposición galopante de otros.
La democracia inmunitaria divide la vida social en un “doble lazo”: por un lado aquellos que yacen inmunizados frente a cualquier dolor y, por otro, aquellos que se presentan totalmente expuestos a él. Inmunización y exposición constituirían, entonces, los dos polos de esta democracia que Brossat llama “democracia-médico-pastoral”. El anestesiamiento o inmunización va de la mano con la radicalización de la exposición de los “muchos”: a mayor exterminio y desastre inminente del mundo, mayor la insensibilidad frente a él.
En suma, es la catástrofe la que, en nuestro tiempo, se nos aparece como un mero espectáculo, una mala película que en algún minuto, simplemente, concluirá. Así se vuelve posible que el homo democraticus contemple el desastre pero nunca se vea interpelado por él. Se ha transformado así, en un espectador del mundo cuya únicas experiencias pasan, en el fondo, por una anulación total de la experiencia....................................... .
El consenso como modo anestésico del poder, o, democracia médico-pastoral. | Demos