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| Para la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de Euskal Herria las cosas nunca han sido de otra manera, pero quizás algunos de los más mayores recuerden la primera vez que vieron las siglas ETA escritas sobre una pared. Esta historia empieza en una época oscura, a finales de los años cincuenta, en mitad de una dictadura. Y comienza con una pintada, tres letras dibujadas con un trazo apresurado sobre un muro por un joven militante que, mientras realizaba su tarea, combinaba el temor a recibir un disparo por la espalda o a ser detenido con la sensación de estar alumbrando algo radicalmente nuevo que podía tener una importancia clave en el futuro de su país. Y la tuvo. Para bien o para mal nada volvió a ser igual. A las pintadas siguieron las acciones armadas y la espiral se desencadenó irrefrenable. Cinco décadas más tarde ETA continúa su lucha. Ha sido una larga singladura, que aún no ha llegado a su término, jalonada por un impresionante bagaje de producción ideológica, un ímprobo trabajo organizativo, un enorme esfuerzo militante y un durísimo balance de sufrimiento y vidas humanas perdidas, propias y ajenas. El hecho de que una organización de sus características, «una organización política que practica la lucha armada» según su propia autodefinición, haya pervivido durante tanto tiempo en el seno de una sociedad altamente desarrollada, encontrando de forma sostenida personas dispuestas a incorporarse a ella y a apoyar sus acciones, es un dato suficientemente significativo como para constatar las grandes dimensiones de las razones políticas que subyacen en este fenómeno. La sociedad vasca es hoy muy distinta a lo que era hace cincuenta años, pero, a pesar de los cambios políticos acaecidos en este tiempo, los caminos para la autodeterminación del Pueblo Vasco siguen cerrados y muchos piensan que la lucha armada es imprescindible para superar esta negación. Argüir que ETA es un residuo del franquismo, el producto de la irracionalidad colectiva de una parte de la población vasca o la consecuencia de la incapacidad de un sector político para aceptar las normas democráticas, proporciona una explicación oportuna a aquellos que quieren negar la existencia de un profundo conflicto de fondo, del que la acción de ETA es sólo la parte más espectacular, pero resulta simplista y especialmente insuficiente para encontrar cauces de resolución integrales a este conflicto. El hecho de que ETA incluyera la acción armada entre sus formas de lucha y de que con el tiempo esta cuestión se convirtiera en su principal seña de identidad, obliga a incorporar la perspectiva ética al análisis de su actividad. Aun para aquellos que comparten los objetivos de ETA, la decisión sobre la pertinencia de su actividad ha de tener en cuenta factores como la proporcionalidad entre medios y fines, la forma en la que los medios determinan los propios fines e incluso lo adecuado de los medios para los objetivos que se persiguen. En definitiva, resolver la cuestión de si en Euskal Herria se dan las circunstancias que hacen legítimo, necesario y conveniente el uso de la lucha armada. Este libro no se ha elaborado para responder a esta cuestión. Este trabajo está centrado en los hechos y, aunque en muchas ocasiones se realizan valoraciones de los acontecimientos, la tarea de sacar las conclusiones políticas queda en manos del lector o lectora. Pero, al margen de valoraciones calificativas, es obvio que la presencia de ETA ha sido el eje de la política vasca en el último medio siglo. A ello debe añadirse su excepcionalidad en el contexto político y geográfico más cercano. Son razones que hacen obligado el conocimiento de los aspectos fundamentales de la historia de ETA a la hora de abordar el análisis del complejo escenario político vasco, que, en no pocas ocasiones, ha sido calificado de laberíntico. Incluso buena parte de la política del Estado español, de sus debates públicos y de su propia estructuración territorial, todo ello en relación con el nunca resuelto problema de la organización democrática de su pluri-nacionalidad, pueden encontrar algunas aclaraciones partiendo de este repaso a la situación vasca. Esta es una historia aún inacabada, que tendrá que seguir siendo completada, cuando se podrá valorar con mayor precisión algunas de estas cuestiones. El más ferviente deseo es que cuando se escriban los próximos capítulos la parte dramática será sólo un recuerdo y que Euskal Herria haya dejado atrás la era de la violencia para abrazar la edad de la democracia y la palabra. ETA 1958-2008 Medio siglo de historia Iker Casanova Alonso
__________________ Algunos nos pasamos la vida meando fuera del tiesto para cuidar la planta. Estamos en desacuerdo y nos gusta decirlo. Nos reconocemos en la lejanía sin habernos visto jamás. Alzamos la voz y nos sentimos bien. Nadamos fuera del agua y no nos dejamos ahogar. |
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| Mazuste, te van a llamar de todo.
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| Está claro que todo texto que habla de Euskal Herría tiene más carga política que el que habla de las Vascongadas. Sólo los nacionalistas vascos lo niegan. Los autodenominados nacionalistas vascos de izquierdas dicen que el término Vascongadas es franquista. Lo es sólo por apropiación indebida, como otras tantas cosas. Por el contrario, sonrojantes resultan sus esfuerzos de probar que términos como Euskadi o Euskal Herría, además de ser tan ajenos al castellano como Lleida o Girona (por muchos boletines de un Estado que los hayan erigido como oficiales) no están fuertemente teñidos de una carga política; que sólo quienes la respiran a diario pueden negar (precisamente esta misma mañana hablaba con la hija de mi esposa, diciéndole que ya sabemos que nuestra casa apesta: nos basta con salir y volver al cabo de un rato. Pero también que cuando vivimos en ella y no salimos, no nos damos cuenta). Sin embargo, la inversión lingüística que durante estos años se ha fomentado desde los nacionalismos, al igual que el papanatismo de los imbéciles que desde Madriz-me-mata han creído que congraciándose con ellos iban a conseguir atraerlos, ha logrado el fenómeno opuesto. Hoy en día, quien escribe en buen castellano es tildado de franquista, mientras que quien emplea los topónimos locales (en algunos casos, neologismos) es el progresista. Esta inversión no se limita a la toponimia. Muchos conceptos políticos la han sufrido igualmente. Voy, por cierto, a traer un enlace. De derechas: muy de derechas para mi gusto. Demasiado tosco como para que pueda atribuírsele carácter de humorístico y que, sobre todo, hace una comparación inaceptable e injusta... pero que cumple, con todo, una función: la de convertir la realiad en disparate para obligarnos a verla de otra forma. Historias de España: La Historia de Europa, según Kofi Annan (et alia) que puede completarse con otro, mucho más interesante en mi opinión, sobre freedom-for-Catalonia: Historias de España: Sobre Cataluña
__________________ "No podrás escapar de mi. Las balas no me hieren. Nada me hiere. Pero sé del dolor. Lo conozco. A veces lo comparto con alguien como tú" http://www.spaghettiwesterns.com.ar/...aArgentino.jpg |
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| La organización Euskadi Ta Askatasuna, ETA, nace en diciembre de 1958 tras una reunión en la localidad guipuzcoana de Deba. ETA surge con el doble objetivo de conseguir la independencia del País Vasco y de construir en él un modelo de sociedad más justo que más adelante denominará socialismo. Sus fundadores son un grupo de jóvenes que años atrás habían constituido un foro de estudio y promoción de la identidad nacional vasca denominado Ekin. Tras intentar infructuosamente conseguir una unidad de acción con el Partido Nacionalista Vasco, decidirán crear un nuevo proyecto a través del cual organizar su lucha. El nacimiento de ETA enlaza con unas circunstancias históricas y políticas que favorecerán el temprano y profundo arraigo de la organización en la sociedad vasca. Y es que al crear ETA, sus fundadores, más que a una organización, estaban dando cuerpo a un nuevo espacio político en Euskal Herria, aquel que aunaba la lucha por la liberación nacional y la liberación social: la izquierda abertzale. Para entender este acontecimiento hay que fijarse en la evolución que la lucha por la defensa de la Nación vasca había sufrido en los últimos tiempos, y en especial en la primera mitad del siglo XX, e incluso remontarse algo más para comprender la cuestión en su perspectiva histórica. Entre los siglos XIII y XVI los territorios vascos peninsulares habían sido incorporados mediante conquista o maniobras políticas a la corona castellano-española. En todos los casos y para aliviar la pérdida de la independencia en unas provincias de fuerte personalidad diferenciada, la monarquía española había respetado los llamados Fueros, unos códigos legales que otorgaban a los territorios vascos una serie de importantes derechos: exención del servicio militar, independencia fiscal, derecho civil propio... Los Fueros suponían un significativo nivel de autonomía en unos siglos en los que la idea de la independencia de un pequeño país situado geográficamente entre dos de las mayores potencias de la época era casi extemporánea. Pero el siglo XIX fue escenario de un importante cambio de la situación. En toda Europa se estaban enfrentando los movimientos liberales, que seguían la estela de ¡a Revolución Francesa, con los defensores del Antiguo Régimen aristocrático. En el Estado español los liberales identificaron los Fueros con privilegios de la época feudal y demandaron su derogación. Este hecho motivó que cuando el enfrentamiento entre liberales y conservadores se convirtió en confrontación armada (las llamadas guerras carlistas) la mayoría de la población vasca se alineara con los conservadores carlistas que defendían el mantenimiento del sistema foral. En el marco de este conflicto a lo largo del siglo XIX se producen dos grandes guerras y varios enfrentamientos menores, que se saldan en todos los casos con la derrota de las fuerzas carlistas, que tenían su mayor apoyo en tierras vascas. La prensa madrileña bautizó a este duradero estado de agitación con el nombre de La guerra del Norte. Tras la última derrota carlista en 1876, la práctica totalidad de los Fueros quedará abolida. En esa misma época se está produciendo en Euskal Herria, Fundamentalmente en Bizkaia, un fuerte proceso de industrialización, que conlleva la llegada de una gran cantidad de trabajadores españoles. Esta inmigración masiva, unida a la pérdida de los Fueros, va a provocar que en amplios sectores de la población vasca se tema por la supervivencia de la conciencia nacional, lo que desembocará a finales de siglo en el nacimiento del moderno nacionalismo vasco, con la creación del Partido Nacionalista Vasco, fundado por Sabino Arana en 1895. Este nacionalismo es socialmente muy conservador. Identificará a España, encarnada en los inmigrantes, con todos los males y situará en el mantenimiento de la pureza racial vasca la expectativa de supervivencia de la nación. Al mismo tiempo heredará del carlismo un fuerte confesionalismo que le llevará a identificar nacionalidad vasca y religión. ( Esta concepción se resume en el lema del partido, el acrónimo JEL: Jaingoikoa Eta Legezarra (Dios y Ley Antigua), del que se deriva el nombre del PNV en euskera: EAJ, Eusko Alderdl Jeltzalea (Partido Vasco defensor del JEL y el calificativo jelkide (partícipe del JEL| para referirse a los miembros del PNV.) Mientras tanto, principalmente entre los trabajadores inmigrantes, tomará cuerpo la ideología socialista, que se estructurará en el Partido Socialista Obrero Español. Esta formación hará gala de un abierto desprecio hacia la identidad vasca que parte de un inconfesado sentimiento nacionalista español, aunque encuentra en los excesos ideológicos del PNV (clericalismo, racismo...] una fácil justificación. Durante las primeras décadas del siglo XX ambos partidos serán las fuerzas más dinámicas de la política vasca, en competencia, cuando no enfrentamiento abierto, tanto entre ellos como con las fuerzas conservadoras españolas. Dentro del PNV, partido que ha crecido de forma considerable y que de alguna manera ha conseguido frenar la amenaza de desintegración de la conciencia vasca, aparecerán dos líneas de debate, en cierta medida entremezcladas. Por un lado, aquellos que desean conseguir de España alguna forma de autonomía política y los que aspiran a la plena independencia. Éste es el origen de la división en 1921 de! partido en dos grupos, Aberri y Comunión Nacionalista, reunificados en 1930, o de la salida de Jagi-lagi en 1934. Por otro lado, los defensores de la herencia ideológica de Arana y los partidarios de una modernización que elimine los aspectos más retrógrados de la misma, siendo el nacimiento en 1930 de Acción Nacionalista Vasca, partido que se define como progresista y aconfesional, la consecuencia más significativa de este debate. El Estado español padecía un secular atraso social que había generado una situación explosiva. En 1931 las fuerzas progresistas consiguieron instaurar una República que parecía que iba a dar cauce a las imprescindibles transformaciones que trajeran un mínimo de justicia social al país. En ese contexto, los ayuntamientos del sur de Euskal Herria aprueban en el verano de 1931 un proyecto de Estatuto para los cuatro territorios, el Estatuto de Estella, que es rechazado en las Cortes españolas. Al año siguiente las manipulaciones de la derecha navarra lograrán desgajar a este herrialde (territorio) de un nuevo proyecto de Estatuto, que en todo caso sería igualmente frenado en Madrid. La guerra de I936 pondrá fin de forma dramática a estas cuestiones. La poderosa derecha española, firmemente apoyada por la omnipotente Iglesia católica, truncó el movimiento reformista con la sublevación militar de julio de 1936, l¡derada por el general Franco. En el Estado español los bandos estaban delimitados claramente ya que las grandes alianzas políticas que agrupaban a izquierda y derecha llevaban años enfrentándose electoral y socialmente. En Euskal Herria la gran incógnita sería la posición del PNV. Este partido, que en lo social estaba más cercano a las fuerzas de la derecha, tuvo importantes dudas, pero la clara beligerancia del bando de Franco hacia las reivindicaciones vascas terminó por empujarle al lado republicano, donde existía una mayor sensibilidad hacia el reconocímiento de las naciones del Estado. Araba y Nafarroa cayeron desde el principio en el lado de los insurrectos y en esta última provincia tuvo lugar una limpieza política contra abertzales e izquierdistas que se tradujo en el fusilamiento del I % de su población. La guerra trajo la concesión apresurada de un Estatuto de autonomía para tres provincias vascas. Bajo ese Estatuto se constituyó un Gobierno Vasco, que organizó su propio ejército y dirigió todos los aspectos relacionados con la contienda y ía organización de la vida civil durante este período. El Ejército vasco trató de contener el avance de las tropas fascistas pero la inferioridad en hombres y material era tan abrumadora que en unos meses las tropas de Franco habían tomado toda la Euskal Herria peninsular. En 1939 caía definitivamente el Gobierno de la República y el Estado español se convertía en una dictadura fascista. Cientos de miles de personas murieron en la guerra y tras la misma la represión causó la muerte de miles de republicanos más. Muchos tuvieron que partir al exilio. La izquierda española quedó humanamente desecha. El franquismo victorioso había hecho gala desde el principio de su intención de erradicar todo rasgo de identidad vasco o signo de progresismo. El dirigente fascista Areilza ya lo había dejado claro en el discurso pronunciado para festejar la caída de Bilbao en manos franquistas: "Ha habido, vaya que ha habido, vencedores y vencidos. Ha triunfado la España Una, Grande y Libre; es decir la España de la Falange Tradicionalista. Ha caído vencida para siempre esa horrible pesadilla siniestra que se llama Euskadi."2 (José Maria Areilza en el discurso pronunciado en el teatro Amaga con motivo de la celebración de la conquista de Bilbao en junió de 1937.) La política franquista para Euskal Herria estaría en clara consonancia con esa filosofía y se propondría hacer desaparecer la nación vasca a través del genocidio cultural, de la prohibición de todos sus elementos esenciales, desde el folklore hasta la lengua. Estas intenciones no encontraron inicialmente una oposición organizada. Tras la derrota en la Guerra Civil el nacionalismo vasco había visto morir o partir al exilio a muchos de sus más valiosos cuadros políticos. La mayoría de los que quedaban en Euskal Herria fueron víctimas de cárcel, represalias o cuando menos, de un férreo seguimiento dentro del estado policial que el fascismo había construido. Igual suerte padecieron el resto de organizaciones políticas que habían militado en el bando republicano. Tras el final de la guerra del 36 el PNV centró su actividad política en torno a dos ejes. Por un lado, en el mantenimiento del Gobierno Vasco de la República como referente político básico para Euskal Herria (aunque excluyera a Nafarroa). Y por otro, depositando sus esperanzas para el fin de la dictadura en la intervención de los aliados tras la derrota de los nazi-fascistas en la Segunda Guerra mundial. Con este objetivo, el PNV dirigió sus esfuerzos diplomáticos a convencerá estadounidenses y británicos, principalmente, de la necesidad de derrocar al régimen franquista, dada su obvia relación con las dictaduras de Hitler y Mussolini y como continuación natural de la derrota de éstas. Para este fin no dudó en prestar una total colaboración a los servicios secretos de estos países durante la Segunda Guerra mundial y la posguerra. Sin embargo, el escenario surgido de la conflagración conllevaría una redefinición de la política de alianzas y una vez conjurado el peligro nazi las democracias liberales occidentales encontraron en la Unión Soviética y su entorno el nuevo adversario. Desde esta nueva perspectiva, a partir de 1945, el régimen de Franco pasa de ser un potencial enemigo a ser un codiciado aliado estratégico en la Guerra Fría, y las esperanzas de una intervención militar o diplomática para reinstaurar la República en España se desvanecen por completo. En 1951 el Gobierno Vasco en el exilio es expulsado de su sede parisina por el Gobierno francés, que entrega dicho edificio al Estado español que instala allí su embajada. ETA 1958-2008 Medio siglo de historia Iker Casanova Alonso
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