El Solitario, un tipo a la baja
Lo peor de atracadores como el Solitario es su clasicismo, ese afán antiguo por la transparencia. Una barba postiza, un bisoñé, y el discurso de siempre: «Arriba las manos. Esto es un atraco». Con ese lenguaje tan conservador, era imposible que se convirtiera en un ladrón de prestigio. Le sobró simpleza en los métodos, y le faltó originalidad en la forma, un verbo audaz, un sustantivo poderoso.
Al Solitario se le entendía todo, y no están los tiempos para tanta claridad. Se ve que su ingenio no daba para más, porque cuando lo detuvieron, volvió a incurrir en el lugar común: que quería liberar al pueblo español. Menudo topicazo.
Es un hombre sin suerte, todo hay que decirlo, porque ha caído su discurso en plena crisis hipotecaria y financiera, y el contraste ha resultado descarnado. Su retórica transparente ha palidecido al lado del refinamiento de esos hombres sutiles que jamás dirían frases tan trilladas como «esto es un atraco». Ellos, que si contratas una subprime o te abren un fondo sicav y, ya metidos en harina, que si lo prefieres Oddo Court Terme Dynamique o Parvest Dynamic ABS. Así da gusto. Con la sofisticación terminológica del broker entrega uno los ahorros sin oponer resistencia, porque sabe que está en manos de profesionales, y con ellos sobran las palabras.
El Solitario quedó anclado en el pasado, y se montó un personaje que no es verosímil, de tan vista como tenemos ya la película. Y mira que ha tenido lectores entre el público español el pillo, el pícaro y el ladrón honrado, desde el Lazarillo hasta el Lute pasando por el Buscón. Pero corren otros tiempos, esos tipos cotizan hoy a la baja. Tal vez fuera el Dioni el último en gozar del privilegio de tener canción. No es lo mismo que si te escribe un libro Quevedo, pero es más de lo que da una piedra.
La gloria del Solitario duró quince minutos exactos, y eso lo hace cualquiera. Para mantener activa la fama y la caja registradora es necesario haber sido víctima de una hazaña realmente morbosa, algo así como ocho años de secuestro en un zulo de Viena, que acaben en huida y suicidio del captor arrojándose a la vía del tren. Si además alguien graba el picadillo en el móvil, miel sobre hojuelas. Ése es el principio de un carrerón.
El Solitario, en cambio, no tiene currículum; lo que ha hecho en la vida es de una vulgaridad insufrible: robar. Bah. Su única posibilidad de éxito pasaba por no ponerse tan pesado con lo de «esto es un atraco, esto es un atraco». Pero no innovó y por eso le han birlado su lugar en la historia del bandolerismo los que sí han sabido dejar la huella indeleble de sus códigos. Ahora los jóvenes han adoptado su jerga para el lenguaje amoroso, y los hombres se declaran diciendo: ¿quieres hipotecarte conmigo, para el principal y los intereses, en el mibor y en el euribor, y serme fiel en todas las amortizaciones de tu vida hasta que la insolvencia nos separe? A lo que ellas, arrebatadas e inocentes, contestan: sí, hazme una subprime. Ahí se ve quién marca tendencias. Siempre ha sido así: el que vale vale; y el que no, a la cárcel.
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