vaaaaale LA CEREMONIA
Nunca podré olvidar aquella lluviosa mañana de octubre. El día había amanecido totalmente cubierto de nubes. Espesas y oscuras nubes preñadas de ingentes cantidades de agua que no respetaron por mucho tiempo las angustiadas oraciones de la novia a Santa Clara -a quien por supuesto le ofreció una cesta de huevos-, San Pancracio, San Lucas -patrón de los médicos-, e incluso algunos dicen que a Mariano Medina, que por pedir..., y que dieron a luz diluvios tan torrenciales que hasta al mismísimo Noé se le habrían rizado las barbas del acojone. Pobre novia, pensé, la primera en la frente.
Mientras descolgaba el traje de la percha, comencé a leer un breve folleto que hablaba de la historia de la ermita de San Max Quetiú de la villa. La verdad es que jamás había oído hablar antes de semejante ermita. Según explicaba el tríptico, su nombre se debía al padre Máximo Quetiú, para los fieles el padre Max. Por lo visto era un viejo sacerdote catalán que a principios de los años sesenta había creado un pequeño centro de meditación y recogimiento a unos pocos kilómetros de Madrid. Resultó entonces que la gente comenzó a visitar al padre Max para pedirle consejo, pues su reputación de hombre sabio corría de boca en boca por toda la capital, tanto en ambientes selectos como en los del pueblo llano. También circulaba el rumor de que el padre Max realizaba milagros. Y claro, por lo que deduje del folleto, la banda se vino arriba y empezó a visitar al sacerdote para pedirle no ya curas de complicadas enfermedades, salud para la abuela o que el Antoñito sacase la reválida, sino televisores con todas las letras pagadas, esposas tipo Sofía Loren o un catorce en la quiniela del domingo. Entonces el cura dijo ¡Hasta aquí hemos llegado, Perico!, y dejó de recibir a aquella egoísta feligresía que prefería los bienes materiales a los espirituales. Aunque como siempre pasa, hubo una excepción. Un caluroso domingo de junio, un rico empresario se presentó en casa del padre Max y le pidió ayuda para salvar una situación desesperada. Según parece, el honrado empresario estaba dando en esos momentos una fenomenal comilona con unos clientes muy pero que muy pudientes, en un chalet no muy alejado de la casa del sacerdote. Sus hijos, los de los clientes y otros amiguitos de padres bien situados, también disfrutaban de una agradable tarde en el jardín. Pero sin saber cómo, los criados habían olvidado comprar refrescos para los niños, al igual que algún que otro aperitivo de calidad para los mayores. Que alguien iba a ser despedido estaba más claro que el caldo de un asilo. Y como era domingo y todavía no existían los veinticuatro horas, ni corteingleses, ni demás establecimientos de tan leal competencia, el pobre empresario estaba en tris de decepcionar al personal y seguramente perder un negociete de muchos millones. El padre Max le dijo que de milagro nones, que les largase agua con limón a los niños y cortezas a los mayores. Discutieron durante más de media hora. Al final la cosa se resolvió con la promesa por escrito del empresario de la construcción; si conseguía un milagro de categoría, de una catedral; si era un milagro mediano, de una parroquia; si era un milagro de medio pelo, vamos, para salir del paso, de una pequeña ermita.
Hombre, tan de medio pelo no lo veo yo. El bueno del sacerdote se metió en la cocina y por arte de birlibirloque consiguió convertir siete garrafas de agua en siete garrafas de cocacola y fanta de naranja, cuatro litros de sifón en un excelente vino espumoso, e incluso convirtió tres fuentes de gusanitos en tres soberbias bandejas de langostinos. Vamos, que si hubiera conseguido convertir la pata de gallina que tenían para el caldo en un jamón serrano, el padre Max se hubiese partido la camisa -mejor dicho la sotana- allí mismo, delante de los invitados. Pero en fin, lo importante es que el empresario cumplió su promesa y construyó una ermita en aquel lugar apartado de la mano de Dios.
Con el tiempo, la ciudad se expandió tanto que la solitaria ermita se vio rodeada de la noche a la mañana de todo tipo de construcciones. Y como pasa siempre, sus nuevos vecinos resultaron pertenecer a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. La ermita, cuando yo fui a la boda, se encontraba situada en medio del extrarradio de un suburbio. Seguro que tal situación no fue elegida al azar, conociendo a mi amigo. Apuesto que más de uno se rajó cuando supo donde se celebraba la misa. Hasta yo estuve tentado. Sobre todo cuando el taxista que me llevó a la ermita me contó que Charles Bronson quiso rodar Yo soy la justicia en la barriada a la que me dirigía. Pero por lo visto cuando iba a localizar exteriores con los técnicos vio a tal cantidad de tipos con cara de pocos amigos y ganas de decirle algunas cositas que incluso a un tipo tan duro como el bigotes se le pusieron de corbata. Tanto que acabó rodando la peli en Chicago, donde según cuentan dijo: "los psicópatas, asesinos, veteranos de Vietnam locos y demás fauna que puebla la ciudad son unos inocentes pandilleros de tercera comparado con lo que yo he visto en una barriada de Madrid". Vamos, que cuando yo me bajé del taxi y crucé los cincuenta metros que separaban la calzada de la ermita, con sólo imaginar que de un momento a otro apareciesen por detrás el Jaro, el Torete o el Chirri y me quitasen hasta los braslip azulitos que mi abuela me compra en el mercata, casi me hago caquita. Si el que de verdad parecía un delincuente era yo, solo que del siglo de oro, atravesando como una exhalación los escasos cincuenta metros que me separaban de la ermita para obtener la invulnerable protección de sagrado. Menos mal que el chaparrón que caía en ese momento me sirvió de coartada para justificar mi faceta oculta de sprinter.
Pero lo importante es que llegué. Aunque reconozco que durante unos segundos estuve dándole vueltas a la cabeza preguntándome qué coño hacía yo allí. Hasta me acordé de algún ascendiente cercano de mi buen amigo Pedro. Pero en fin, los naipes ya estaban repartidos y no había vuelta atrás. Así que allí estaba yo, a las ocho en punto como indicaba la invitación de marras. Coño, ni Willy Fogg.
Con la carrerita no me había dado cuenta de la cantidad de gente que había en la ermita. Quizá también sus reducidas dimensiones y el respetable número de personas lograban hacer creer que la cantidad de invitados era mucho mayor de la esperada. Aunque había que contar con que por lo menos la mitad de los presentes tenían plano falso, así que el número de comensales se reduciría mucho. Si bien, las expectativas del novio de un mayor numero de bajas por celebrar la misa en una especie de Fort Apache -más bien el fuerte Comansi- no se habían cumplido, no sabemos si porque la gente tenía un buen par de pelotas o porque tenía más hambre que el que se perdió en la isla. Lo cierto es que la peña se agrupaba en pandillitas mientras que el menda se situaba en una esquina, junto al confesionario, intentando disimular la colgaera que tenía. Menos mal que en ese momento entró la novia a la ermita y tuve que sentarme en un banco junto a otros invitados, sintiéndome por primera vez, durante el tiempo que duró la ceremonia, como parte de un grupo.
Y menudo grupo. Resultó que me había sentado al lado de los cuatro loros con más mala leche que jamás había visto en mi vida. Además de criticonas, feas, de esas que el médico nada más traerlas al mundo le dice a su madre que ha tenido una soltera. Vaya lenguas viperinas gastaban las muy brujas. Encima eran de la familia de Pedro. Toma ya, el enemigo en tu propia trinchera. Cuando apareció la novia con su padre, casi les sale humo de la boca de todo lo que estaban largando. Que si vaya vestido más horrendo y barato; que si Puri le había dicho que por lo visto los padres debían más que Alemania después de la guerra; que si vaya cara de guarra; que si olía a penalti en tiempo de descuento; que si menudas patillas gastaba la novia; que si cómo había podido entrar el padre por la puerta con los cuernos que tenía... Cuando sus ojos apuntaron hacia Pedro y su madre, tampoco se puede decir que los comentarios con que obsequiaron a madre e hijo fueran muy agradables. Que gorda se nos ha puesto Clarita; vaya pinta de escocido tiene el primo Pedro; que mal le sienta el chaqué a algunos; al final parece que la peineta se clavó bien... Esto último consiguió despertar mi curiosidad. Menos mal que uno de los loros -la única joven de las cuatro- no sabía la historia de la peineta y las otras tres se la contaron entre malévolas risas en voz baja. Según parece, doña Clarita, la madre de Pedro, no conseguía que le fijasen la peineta a la cabeza, a pesar de la abundante pelambrera de la dama. Por muchos alfileres que se le colocasen, siempre terminaba cayéndose. En un día tan especial, los nervios tardaron poco en estallar, dando lugar a que la madrina soltase tal cantidad de insultos contra la joven peluquera que la peinaba en casa, que dejaron a la pobre niña pálida, boquiabierta y con las manos más temblorosas que las de Michael J. Fox en Regreso al Futuro IV. Menos mal que llegó el abuelo Nicolás, un tipo de mucho carácter. Harto de tanto alboroto, analizó la situación durante unos segundos, y ¡Plasss! Cogió a dichosa peineta, dio un rodeo a su hija y se la clavó con fuerza en la cabeza, cual banderillero en Las Ventas. Y además al quiebro, pues la madre de Pedro lo vio venir y casi le endiña si no llega a estar rápido de reflejos. La peineta ya casi no se movía, pero Clarita seguía en sus trece de que sí. Cuando Nicolás -picapedrero asturiano jubilado- dijo que iba a por su martillo de currela para rematar la faena, a su hija casi le da un tabardillo. Una cosa eran las gotitas de sangre que asomaban por el cuello debidas a los arañazos que las púas de la peineta habían ocasionado tras el certero banderillazo, y otra muy distinta que el bestia de su padre la dejase clavada a la silla de un soberbio golpe de martillo. As¡ que nada, le dijo a su progenitor que el españolísimo adorno estaba más fijo que el puesto de un funcionata de correos y salió de casa echando mistos.
Casi suelto una carcajada con la historia que contaron las cacatúas. La putada era que yo no me podía reír porque se suponía que estaba atento a lo que decía el cura y no había oído nada de lo que contaban aquellas cotorras. Y encima, la risa histérica de una de ellas contagiaba a cualquiera que estuviese en los bancos cercanos, tanto delante y detrás, como en los laterales. Dándose el caso de que en seis bancos de la parte final de la ermita la gente estuviese descojonándose sin saber porqué, con esa típica risa idiota que da en aquellos lugares en los que uno no puede reírse, tapándose la boca para no llamar la atención, mientras yo mantenía el tipo estóicamente, sin mirarlas a ellas, pero con dos lagrimones a punto de resbalar sobre mis mejillas, que más que aguantando la risa parecía que estaba viendo un espisodio de La casa de la pradera. Hasta que alguien -un coletas de poco aguante que había dos bancos detrás- estalló. El ¡Jua, jua, jua, jua, jua! retumbó en toda la ermita. Gracias a ello, todos aquellos que habíamos estado aguantando la risa estallamos al unísono tras escuchar al coletas. El estruendo que se formó dejó helados tanto a los novios y sus respectivos padres como a los invitados de las filas delanteras. Parecíamos el público de cualquier programa cutre de chistes. Aunque me esté mal decirlo, me lié a dar puñetazos en el banco en el que estaba sentado, supongo que para desahogarme del ataque de risa que tenía. Recuerdo que los cuatro loros se me quedaron mirando, sorprendidas a la par que mosqueadas por las carcajadas que estaba soltando, hecho que motivó que mis alocados gritos aumentasen de una manera directamente proporcional a su cara de asombro. Que mal rato. Aunque no lo parezca, resulta bastante angustioso no poder parar de reír cuando uno sabe que está obligado a hacerlo. Gracias a Dios, aquello tan sólo duró un par de minutos. Pero faltó poco para que el padre Marcelo me atizase con un cirio del doce y medio. Suerte que los monaguillos de la ermita estaban bastante cachas.
Una vez restablecido el orden, la ceremonia continuó. Yo me tapé la cara con las manos, mirando hacia el suelo, y no cambié de postura hasta que finalizó la misa. Sintiendo en todo momento los ojos de las culpables de mi ridículo clavándose en mi persona cual afilados cuchillos jamoneros. No me enteré ni de cuando los contrayentes dijeron el sí quiero, ni de cuando se dieron el cinematográfico piquito, ni de cuando se hicieron las fotos familiares en el altar. Una vez que me quedé solo en el banco tras marcharse mis hipócritas vecinas a felicitar a la -guapísima tocaba ahora- novia, me levanté disimuladamente, sin poder evitar ser reconocido por el coletas, quien se acercó hasta mi y me dio dos palmaditas en la espalda mientras soltaba ¡Qué grande eres! Menudo cabrón, como si él no hubiese tenido culpa alguna de la carcajada general. Anda que si en ese momento llego a tener unas tijeras...
Entre besos y felicitaciones se echó el tiempo encima. Para la misa de nueve tan sólo faltaban cuatro minutos, por lo que el padre Marcelo gritó por última vez que por favor abandonasen la ermita. Dos monaguillos le intentaban echar una mano en el desalojo, mientras que un tercero platicaba con un barbudo que solicitaba una fecha para la comunión de su hija. Parece ser que el barbudo estaba muy interesado en que le dieran una fecha, dando tanto calor al joven monaguillo que éste tuvo que comunicárselo al cura para ver si se lo quitaba de encima.
Don Marcelo estaba tan ocupado gritando como un poseso para que la gente se marchara y dejase que los fieles de la misa de nueve pudiesen entrar tranquilamente, que no hizo ni puto caso a los comentarios del pobre monaguillo.
-Don Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Hagan el favor de salir de la ermita de una vez!
La gente seguía dándole abrazos y besos a los novios y a los familiares.
-Don Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Que hay misa de nueve! ¿No pueden felicitarse en la calle?
Allí no se movía ni el gato. Mientras, el barbas seguía presionando al monaguillo erre que erre.
-Don Marcelo, que aquí hay un hombre que se llama Iván Romero que dice que cuándo puede hacer la comunión su hija.
-¡Que llamo a la guardia civil!
Hasta que al monaguillo se le inflaron las pelotas y cogió el micrófono y gritó:
-¡Don Marcelooooo! Que aquí hay un tal Iván que dice que...
No pudo ni terminar la frase. Un silencio sepulcral se apoderó de repente de la ermita. Duró poco porque cuando la peña miró al barbas soltó un estridente ¡Aaaaaaaahhhhhhhh!, seguido de ¡Un talibán!, ¡Un talibán! Los que segundos antes no se movían ni a la de tres, cogieron las de Villadiego a una velocidad vertiginosa. Era curioso ver a enjoyadas viejas pellejas y a orondas rubias de bote saltar cual gacelas los nada bajos bancos de la ermita. Parecía una cruenta carga de hooligans atiborrados de cerveza. Don Marcelo no se quedó atrás, gritando constantemente ¡Los curas primero! ¡Los curas primero!, mientras corría como una liebre en dirección a la puerta. Hubo pisotones, patadas, gritos. Recuerdo sobre todo el de un asturiano, tío-abuelo de Pedro, que cuando estaba a punto de llegar a la puerta de la ermita se cayó al suelo, y justo en ése momento una gorda que venía detrás le pisó las partes nobles con su afilado tacón de aguja. El pobre lanzó agudísimo ¡Aaayyyyy, muéromeeee! que me puso los pelos de punta.
Yo, gracias a Dios, debido a la verguenza que había pasado minutos antes, me encontraba fuera de la ermita cuando a la gente le dió por arrasarla al intentar escapar de allí como alma que lleva el diablo. Lo que más me impresionó fue la triste pinta con la que acabaron los novios. La pobre novia que una hora antes parecía Sissí emperatriz, ahora resultaba clavadita a Alaska en su época de Los Pegamoides. El pelo se le había quedado alborotado, incluso de punta en algunos lados gracias a los restos de laca. El vestido, que antaño presumía de una nada despreciable cola, había acabado convertido poco menos que en la andrajosa minifalda que gastaba Jane, la concubina de Tarzán. Y las medias, bueno, por llamarlas de alguna manera, estaban más rajadas que el gañote de un tragasables hindú. El novio tampoco es que hubiese quedado mucho mejor. Las mangas del chaqué junto con las de la camisa se habían evaporado, dejándole un aspecto de boys de despedida de soltera más que de novio. En el pantalón, un par de rajas a la altura de las rodillas y los falsillos totalmente descosidos. Tenía un zapato sí y otro no. Lo gracioso es que la gomina a prueba de bombas -Patrico, de gordo- que se había puesto, no dejó que se le moviese un pelo en la refriega. Vamos, que sólo le faltaba el paquete de Ducados colocado en el hombro de su chaqué sin mangas para convertirse en el modelo a imitar por todos los macarras de barrio bajo con intenciones casaderas.
Triste fue también la paliza con que obsequiaron al pobre Iván Romero. La pequeña colonia asturiana invitada a la boda se abalanzó en tromba hacia él mientras se encomendaba a don Pelayo para que les protegiera en su arriesgada acción guerrera. Al pobre hombre lo agasajaron con un peculiar banquete. En el aperitivo lo sorprendieron con una improvisada caponea general; de primero se desmarcaron con un soberbio revuelto de hostias; para el segundo plato se recurrió al clásico puentepalo; y de postre, qué mejor para una buena digestión y mejor siesta que un buen gancho de derecha. Y qué derecha. Ni más ni menos que la de Ramonín, un tiparraco con el brazo más desarrollado que el de un pajillero de quince años. Cuando al fin se aclaró todo y don Marcelo, algo magullado, preguntó qué es lo que quería aquel buen hombre, éste no pudo pronunciar ninguna frase coherente, más que nada porque ya no tenía dientes, y tuvo que ser su mujer, que había llegado en el momento final de la trifulca, la que gritó entre sollozos:
-Que ¿qué quería? Pues casi nada. Venía a por la solicitud de fecha para la comunión de nuestra Desi y se va a ir con la de extremaunción para él. Desde luego que si sale de ésta no me extrañaría nada que echase el curriculum a los talibanes. Y todo gracias a ustedes.
Ante tremenda metedura de pata, no crean que los autores de la paliza se disculparon, que vá, sino que comenzaron a recoger los bancos y mientras aparentaban contemplar los frescos de la ermita o silbaban como si allí no hubiese pasado nada se escaqueaban disimuladamente para librarse de los merecidos reproches con que los obsequiaba la mujer del supuesto talibán.
El resto de los presentes, una vez puestas las cosas en orden, ayudaron como pudieron a adecentar la ermita. De entre los bancos se llegó a sacar a más de un infeliz, víctima de la marea humana que durante breves momentos había asolado el santo lugar. Yo también eché una mano en lo que pude. Ayudé a levantarse a las señoras mayores, barnicé de mercromina -prácticamente por completo- al desgraciado de Iván Romero, bajé a todos los invitados que habían quedado enganchados en los hierros de alguna de las lámparas de poca altura que abundaban por la ermita... Bueno, no a todos. Cuando me acerqué a uno que se había quedado enredado en la lámpara por los pelos, pese a que no soy un tipo rencoroso, al llegar a su altura -más bien a la de su cintura- no pude evitar darle dos palmaditas en la espalda y decirle ¡Qué grande eres, coletas! Y me largué de allí, dejando al pobre chaval rebuznado como un descosido para que lo bajasen de la lámpara. Si, ya sé, eso es de cabrones pero... y lo a gusto que me quedé.
En la puerta de la ermita ya estaban los primeros taxis que los invitados habían pedido para salir de allí a toda pastilla. Hubo algunos que dudaron entre pedir un taxi o una ambulancia. Los novios y sus padres correspondientes se montaron en la seat trans en la que había venido Laura, y según contaban se dirigirían primero a sus casas para cambiarse de ropa antes de verse de nuevo las caras con los invitados en el asador castellano. La pobre novia iba hecha un mar de lágrimas. La madrina, contenta porque entre tanto rifirafe la mantilla no se hubiese movido ni un sólo milímetro. El padrino, dolorido, pues a pesar de no formar parte del clan de los asturianos, se metió e incluso se vino arriba en la caponea que éstos le dieron al bueno de Iván, pagando ahora su excesivo ímpetu con una inflamación amoratada en el nudillo de su dedo corazón. Y Pedro, como no podía ser de otra manera, haciendo cálculos mentales de las personas que se quitaría de en medio cuando le mostrasen al taxista el plano con la dirección falsa.
Mi taxi llegó justo en el momento en que los primeros elementos del lugar comenzaban a peinar la zona. Entré de milagro, pues cuando me disponía a meterme por la puerta de atrás, se colaron en el mismo tres personas más. Un tipo pequeñajo se situó delante, y un tío pelirrojo y una de las rubias de bote gordas que saltaban los bancos cual gacelillas se pusieron detrás. Cuando cerré la puerta, la primera frase que se oyó fue ¡Vámonos de aquí cagando leches!, soltada por el enano que iba junto al taxista. Parecía la típica secuencia en la que los malos están a punto de pillar a los protagonistas de la peli. Con decirles que gastamos más goma al arrancar que la furgoneta del equipo A... Durante el trayecto me gané la amistad del enano y del pelirrojo al descubrirles la estrategia de Pedro sobre los dos tipos de planos. La única que no se lo creyó fue la gorda, quien curiosamente tenía uno de los buenos. Ni siquiera cuando le enseñamos nuestros planos con las direcciones equivocadas. Bueno, dijimos todos, que le den a la gorda.
Lo que nunca podré olvidar fue la cara de extrañeza que pusieron los ocupantes de los dos taxis que circulaban detrás del nuestro cuando al rodear la glorieta, nosotros seguimos por un camino y ellos por otro. Seguramente pensarían que estábamos equivocados y que el suyo era el correcto. Inocentes. Lástima que en uno de ellos tuvo que ir el coletas -salvo que nadie le ayudase a bajar de la lámpara- porque no lo volví a ver en toda la noche.
__________________ "Uno de los problemas de la energía nuclear es que nos lanzamos alegremente a su generación, pero nadie pensó en sus consecuencias posteriores. Peor aún, pensaron que se resolvería el problema sin dificultad en el futuro" Julio Gutiérrez, Catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear |