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La sentencia y sus contradicciones

Cambio 16. 30 de marzo de 1987. Número 800.

Juicio de la colza.
Kafka en la Casa de Campo.

El 30 de marzo comienza el juicio de la colza. Durante unos cinco meses los implicados -40 procesados y 25.000 afectados- buscarán una salida en el laberinto de los 250.000 folios del sumario. Nadie se explica nada. Ni Gobierno, ni científicos, ni afectados. Como en los personajes del célebre autor checo, el esfuerzo parece inútil.
Sebastián Moreno.

Será el juicio del siglo. No se recuerda en los anales de la justicia española nada parecido. Cuando el día 30, en el auditorio de la Casa de Campo, de Madrid, se abra la vista de la causa por el síndrome tóxico, popularmente acuñado como «envenenamiento por aceite de colza», el recuento burocrático que se pone en marcha puede hundir a los espíritus más esperanzados.

Harán falta como mínimo cinco meses para desentrañar un sumario de 250.000 folios, repartidos en 662 tomos, y que implica a 40 procesados y 25.000 víctimas, de las que 650 fueron mortales, según el sumario -según las estadísticas oficiales, el número de muertes es sólo de 386-. Además, ante el tribunal desfilarán 2.500 testigos, con 38 abogados defensores y otros tantos acusadores, 208 peritos españoles y 42 extranjeros.

Por si faltaban guindas en el mastodonte judicial, se apunta la implicación de doce altos cargos, entre ellos el presidente del Gobierno, Felipe González, y el vicepresidente, Alfonso Guerra. La inversión del Estado en el asunto de la colza, hasta ahora, es de 27.000 millones de pesetas, en ayuda a los afectados y planes de investigación.

Pese a la grandeza estadística, los datos clave, necesarios para desenmarañar la madeja, son escasos y, en su mayoría, oscuros. A los seis años de detectarse el principio de la catástrofe -el fallecimiento del niño Jaime Vaquero García, en Torrejón de Ardoz, el 6 de mayo de 1981- no existen conclusiones científicas en torno a la causa de una sucesiva lista de muertes que ronda el millar de personas y que ha dejado a otras 25.000 sin solución clínica.

Oyendo a las partes implicadas da la sensación de que nadie puede hablar de autoridad. Ni científicos, ni médicos, ni afectados, ni políticos. Doscientos cincuenta mil papeles para esto. «Yo no sé nada. Cuando llegué, en agosto pasado, el síndrome tóxico estaba ya». Esta es la respuesta que ofrecía el ministro de Sanidad, García Vargas, a Cambio 16.

Por no saber, no sabe ni el presidente del Gobierno, quien a un requerimiento notarial de la Asociación de Afectados por el Síndrome Tóxico de Fuenlabrada (Madrid), responde: «Todos los datos que la administración sanitaria y la comisión de seguimiento del síndrome han ido recogiendo de las innumerables comisiones y estudios epidemiológicos realizados en España y en los más prestigiosos centros de investigación del mundo están en manos del tribunal de justicia que investiga el caso, y al que corresponde judicialmente determinar cuáles fueron las causas de la enfermedad y las responsabilidades penales y civiles. Ni el presidente del Gobierno ni cualquier organismo de la Administración tiene competencia jurídica para determinar cuál sea el causante verdadero de la enfermedad denominada síndrome tóxico».

Así las cosas, los afectados de la asociación de Fuenlabrada -unos 800-, que habían requerido a Felipe González con la desesperación de quien no sabe de qué está enfermo y con la amenaza de ingerir el aceite presuntamente tóxico, deciden hacer de cobayas. Toman el aceite, llaman a periodistas alemanes, que también lo toman. Y nada. Entonces empiezan a sospechar que el aceite no es la causa del envenenamiento.

Otros que deberían saber, los técnicos del Fondo de Investigaciones Sanitarias, organismo donde está integrado la parte científica del desaparecido Plan Nacional para el Síndrome Tóxico, tampoco lo tienen claro.

«Científicamente -dice el doctor Manuel Posada de la Paz, del Fondo de Investigaciones Sanitarias y ex miembro de la subcomisión clínica del Plan del Síndrome Tóxico-, los jueces no se pueden agarrar a ningún argumento de peso para culpar el aceite. No hay nadie que pueda decir cuál es el tóxico. A un tipo determinado de aceite vendido de una forma determinada si se le puede echar la culpa. Eso es lo que los estudios epidemiológicos demuestran. La composición de ese aceite se sabe; ahora bien, lo que no podemos decir es que la composición, por muy anómala que se presente, sea el tóxico. Ese es el paso que no hemos podido dar».

Así llevan seis años. Cientos de estudios. Y nada. Pero siempre en una dirección: el aceite es el presunto culpable, después de descartada la acelerada y célebre teoría del «bichito que se cae al suelo y se mata», obra de Jesús Sancho Rof, ministro de Sanidad de UCD cuando apareció el misterioso síndrome tóxico.

El agente sospechoso es aceite de colza mezclado con anilinas y anilidas, sustancias colorantes artificiales para uso industrial, que ingerido, según la teoría oficial, produce lo que se llama «neumonía atípica», una patología que se generaliza con un cuadro clínico muy variado: problemas pulmonares, musculares, nerviosos y digestivos, además de dolencias en los huesos y endurecimiento de la piel.

Los abogados defensores de los industriales acusados de mezclar y distribuir el aceite mortal se agarran a un clavo ardiendo para salvar a sus patrocinados, y el esfuerzo inútil de los científicos de la hipótesis oficial parece el mejor: se ha investigado en todo el mundo y no se ha encontrado la causa.

Los doctores José Manuel Ortega, catedrático de Anatomía Patológica, y Teresa de la Fuente, de la Universidad de Oviedo, cuyos trabajos de investigación con ratas y conejos, respectivamente, han sido recomendados por su brillantez a esta revista por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, tampoco pueden aportar contundencia para afirmar la toxicidad del aceite.

Pero, además de la carencia de pruebas bioquímicas para culpar al aceite, la defensa quiere poner en evidencia «las manipulaciones y falsedades de que fue objeto la investigación científica, esencialmente epidemiológica, para dar apoyo a la hipótesis oficial e impedir la apertura de líneas alternativas», según Juan Franco, defensor de los hermanos Bengoechea, propietarios de Rapsa.

Según el abogado Franco, la prisa por echarle la culpa a la colza no está clara. Era un argumento para descartar hipótesis del doctor Antonio Muro, hoy fallecido, a la sazón director del Hospital del Rey, de Madrid, que relacionaba la enfermedad con una intoxicación por vía digestiva a causa de los pesticidas Nemacur y Oftanol, producidos por una conocida multinacional. Según el doctor Muro, los dos pesticidas, al utilizarse conjuntamente -en este caso sobre una plantación de tomates en Roquetas de Mar (Almería)-, produjeron una reacción que envenenó a sus consumidores.

El doctor Luis Frontela Carreras, catedrático de Medicina Legal y director del Instituto de Ciencias Forenses de la Universidad de Sevilla, investigó en la línea del doctor Muro, quien, entre tanto, fue cesado y murió de cáncer con cierto desprestigio profesional.

Las pruebas del doctor Frontela con insecticidas organofosforados y otras sustancias similares utilizadas en la agricultura apuntan a un pesticida: «Las series de ratas intoxicadas directamente con Nemacur y con pimientos tratados con Nemacur dos semanas antes de la recolección -dice el informe del doctor Frontela, Cambio 16, número 681, diciembre de 1984- presentan similares lesiones microscópicas que las que se observan en los fallecidos por el síndrome o neumonía tóxica».

Esta es la gran baza de la defensa de los encausados. Si no fue el aceite, pudo ser un pesticida. Y, en cualquier caso, nadie lo sabe, porque las altas instancias de la sanidad mundial, la Organización Mundial de la Salud, también están divididas. Aunque siempre se ha acusado al doctor Frontela de falta de rigor en la investigación y de no someterse a los controles objetivos internacionales.

Pero la defensa también utiliza planteamientos similares: todo fue una chapuza, todo se manipuló por las instancias oficiales, en aquel tiempo dependientes del Gobierno de UCD. «Deliberadamente -dicen los abogados- han sido falseados los estudios de control de la enfermedad por sus autores. La documentación parcial, obtenida tras ímprobos esfuerzos a través del juzgado, ha puesto de manifiesto en cuatro de estos estudios que no existen encuestas o controles. Por tanto, no son estudios caso-control, y, no obstante, han sido calificados falsamente como tales».

El embrollo, las irregularidades, la corrupción, afloran continuamente como un nuevo síndrome del caso. El propio Tribunal de Cuentas observó el año pasado diversas irregularidades en el Plan Nacional para el Síndrome Tóxico referidas al descontrol sanitario y económico. Según la auditoría, las anomalías en términos contables pueden entrañar graves responsabilidades.

Y ahí es donde insiste con toda contumacia la asociación más critica de afectados del síndrome tóxico, el mencionado grupo de Fuenlabrada, cuyo presidente, Manuel Henares, asegura estar perseguido por el Gobierno al no aceptar las hipótesis oficiales del aceite.

En un escrito dirigido por la asociación de Fuenlabrada al Ministerio de Sanidad se plantean 43 preguntas en torno al síndrome tóxico, que las autoridades dicen haber contestado convenientemente. Pero a la asociación no ha llegado nada. Y de haberse aclarado las 43 preguntas, la vista del juicio sería coser y cantar.

Los afectados de Fuenlabrada quieren saber, entre otras cosas, qué intereses tiene el Gobierno para esconder la verdad; por qué la justicia no busca culpables dentro de la Administración anterior y posterior al síndrome; por qué se malgastan los presupuestos del plan; por qué no se investigó en la base de Torrejón de Ardoz, y hasta por qué el presidente González no ha traído de Pekín la medicina para curar a los enfermos, como prometió en alguna ocasión.

Los afectados, en general, no sólo están enfermos de un mal extraño, a muchos de los cuales les puede llevar a la muerte. La desesperación es el principal agobio. «Este Gobierno no ha tenido interés en que se sepa la causa del envenenamiento e incluso ha pasado del problema», acusa Manuel Henares.

En este sentido, Cambio16 tiene en su poder un acta del pleno de la subcomisión clínica del Plan para el Síndrome Tóxico del 17 de noviembre de 1983, en la que se recoge una afirmación que avala las críticas de los afectados.

«A continuación -recoge el acta- expuso (el doctor Manuel Posada de la Paz) la relación de trabajos que se van a enviar para ver si pueden ser subvencionados por la vía del convenio hispanoamericano. Dicho convenio está basado en un dinero que Estados Unidos paga al Gobierno español por las bases americanas, que se invierte en proyectos de investigación conjuntos para ambos países. Hace un año, el SAT (síndrome del aceite tóxico) era un tema prioritario para los dos países, pero en el momento actual no lo es para España, aunque los americanos siguen muy interesados».
Fulminados por la colza.

Escobar de Campos, en plena Tierra de Campos (León), es un pueblo que se muere. Sus casas de adobe, camufladas entre el ocre de los surcos, se caen ante los implacables vientos del norte. Y sus 123 habitantes se mueren de viejos. El año pasado sólo hubo un quinto en el pueblo. La gente joven se ha ido detrás del horizonte industrial de las ciudades. Sergio Cid, con treinta y dos años, debe ser principio y fin de la juventud actual.

Pero al deterioro demográfico que impone el paso inexorable del tiempo se ha unido un peligro mayor. La enfermedad de la colza está minando las fuerzas de sus habitantes. En Escobar el síndrome tóxico se cebó con tal virulencia que muchos creían al principio que el pueblo desaparecía del mapa.

«Murieron dos y casi treinta personas resultaron afectadas de consideración», dice Rafael Domínguez Lera, médico de la localidad, pero residente en Sahagún. Escobar tiene pocos servicios públicos. Sólo hay un teléfono.

«Aquí sólo hay tristeza», dice Crescencio Rueda Borge, labriego de sesenta y tres años, uno de los que se ufana de no haber sufrido la enfermedad «por mi afición a empinar el codo». «Yo siempre me decía que lo que me iba a ahorrar en ese aceite que traían los ambulantes me lo gastaba en el bar, así que no hice ni caso».

Murieron dos personas y algunas han quedado muy mal. «Las primeras semanas -dice Crescencio Rueda- estábamos acojonados todos; nadie sabía por qué pasaba aquello. Yo tenía en casa tres botellas de coñac y cayeron en seis días, por si acaso me tocaba».

El médico, compañero de estudios del polémico doctor Antonio Muro, impulsor de la teoría de los pesticidas, no tiene dudas de las causas del mal. «Fue el aceite, no tiene discusión. Yo mandé muchos enfermos a León y cuando les quitaba del consumo de aceite se salvaron. Los que volvieron y siguieron tomándolo, cayeron. Ni pájaros ni pesticidas. Está clarísimo».

Pero nadie se explica que en Grajal de Campos, a un tiro de piedra de Escobar, el aceite no hiciera efecto. No hubo ni un enfermo. Y los vendedores ambulantes visitaban los dos pueblos.

«Grajal se salvó porque estaban en fiestas y cuando los vendedores llevaron la partida de aceite la gente estaba distraída. Nadie compró».

Pese a todo, los ambulantes siguen llegando a Escobar. El señor Cuevas, de Boadilla de Rioseco (Palencia), es una institución de hace muchos años, que vende tomates y otras frutas.

Sebastián Moreno.
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«El Correo del Sol» de octubre de 1989, revista «Integral» n°. 118.

El pasado 20 de mayo se hizo pública la sentencia. Hasta dicho día, yo había aceptado la versión oficial: lo que provocó el Síndrome Tóxico (ST) fue el aceite de colza desnaturalizado con un 2% de anilinas, importado para uso industrial y posteriormente re-naturalizado y desviado al consumo humano. Naturalmente, había oído la hipótesis de los plaguicidas tóxicos y los rumores sobre la base norteamericana de Torrejón de Ardoz, pero consideraba la primera como una maniobra más de gente adinerada para librarse de sus responsabilidades, y los segundos, una nueva expresión de la afición popular a las explicaciones misteriosas.

Pero al escuchar la sentencia comprendí que la explicación oficial es falsa. Esquemáticamente, la sentencia puede resumirse así: tras reafirmar que la causa del ST fue el aceite de colza manipulado, deja prácticamente en libertad a los manipuladores, pese a que se pedía más de 100.000 años de cárcel para ellos. Muchas personas se han indignado por la débil condena. Pero para mí, la sentencia grita precisamente que no fue el aceite de colza -cosa que reconoce implícitamente al decir que «se desconoce el agente tóxico concreto que produjo la enfermedad», tras ocho años de investigación- y, por eso, deja a los acusados (casi) en libertad para que no sigan incordiando con su uso de la hipótesis alternativa, retiren las querellas presentadas y contribuyan con su silencio a que quede legitimada y aceptada masivamente la explicación oficial.

Conmocionado tras esta «revelación», busqué material diverso sobre el tema, incluida la propia sentencia «in extenso»... y que en realidad no lo es tanto. La llamada «sentencia de 1.500 páginas» -enunciado con el que, supongo, se pretendía realzar su minuciosidad y rigor, así como justificar los más de once meses transcurridos desde que acabó el juicio- tiene 1.357 páginas, de las que las 915 últimas son anexos (listas de peritos, testigos, afectados, etc.) y las 240 primeras antecedentes. La parte sustanciosa se reduce, pues, a «Hechos comprobados» (páginas 241 a 372) y «Fundamentos jurídicos y fallo» (páginas 373 a 442), permitiendo presuponer algo que su lectura confirma: ningún punto conflictivo es probado con minuciosidad y rigor, sino zanjado con frases tajantes.

La reelaboración de este material diverso me ha permitido recapitular las siguientes razones generales que muestran que no fue el aceite de colza:

1. Durante todo el período en que el Gobierno insistió en la vía respiratoria (es decir, 40 días si se cuenta hasta el 10 de junio, y 60 si hasta el inicio del canje), precisamente en el que cada día había cientos de nuevos casos, la persona enferma era trasladada al hospital, mientras sus familiares sanos permanecían en casa y continuaban consumiendo el aceite que presuntamente había ocasionado la enfermedad del ingresado, sin que ello se tradujese en nuevos casos. Lo que sí se dio a menudo fue el reingreso del previamente afectado, pero obviamente no se debía al aceite que todos seguían consumiendo, sino al tóxico ya ingerido, que entraba en una nueva fase en el interior del enfermo.

2. La enorme discriminación intrafamiliar -en el 49,6% de los casos sólo un miembro de la familia cae enfermo, y en 25,5%, dos- no la explica el aceite, que, crudo o cocinado, entra en la dieta de todos.

3. Lo mismo ocurre con la enorme discriminación interfamiliar, ya que en muchos casos el repartidor del aceite lo entrega a todas las familias de un mismo bloque, pero sólo algún miembro de una familia concreta resulta afectado por el ST... o nadie.

4. Grandes concentraciones humanas consumieron los aceites presuntamente tóxicos sin que hubiese ni un solo enfermo: hospitales (Primero de Octubre), cuarteles (en Carabanchel, Campamento, Aluche, Colmenar Viejo), universidades (comedor de la Facultad de Económicas de Somosaguas), asilos (Residencia de Ancianos de Palencia), hoteles, fábricas... Se ha demostrado que los cuatro conventos esgrimidos en un momento crucial para respaldar la tesis oficial, fueron relacionados tramposamente con el consumo de aceite.

5. La curva real de evolución de la enfermedad -hecha contando los nuevos casos a partir de los primeros síntomas, y no a partir de la fecha de ingreso, como hacía la curva oficial, que también incluía las rehospitalizaciones- independiza el descenso de la epidemia respecto del anuncio de la supuesta responsabilidad de los aceites. Así, en Madrid, la provincia con más casos, la epidemia empieza a retroceder once días antes de la información en TVE y, por lo tanto, 31 días antes del inicio del canje.

6. Los aceites implicados que se recogieron de las familias afectadas son de una enorme heterogeneidad de composición y procedencia, incluyendo 32 marcas legalmente reconocidas. El aceite de colza aparece en menos del 50% de ellos, lo que significa que más del 50% de los afectados no consumieron aceite de colza.

7. No hay ningún tramo o estación común en las vías de entrada, re-naturalización (en los pocos casos en los que tiene lugar), distribución y venta de los aceites implicados, que permitiese aproximar un supuesto tóxico ni siquiera a los lugares geográficos y a los enfermos oficialmente establecidos.

World Health Organization (WHO).8. La determinación oficial de las zonas y personas afectadas se configuró de manera que «confirmase» la hipótesis del aceite. Así, no se aceptaron los casos habidos en el este y sur (por ejemplo, en Sevilla no se reconoce a ninguno de los por lo menos 83 afectados, pero la sentencia sigue mencionando tres casos de familiares de dos trabajadores de ITH, empresa en la que se realizó un proceso de refinamiento, a pesar de que se ha demostrado que nunca consumieron este aceite; estos tres casos fueron usados, con los conventos antes citados, para manipular la reunión de marzo de 1983 del Working Group de la OMS en favor de la tesis oficial), y durante mucho tiempo no fueron inscritos quienes no afirmaban haber consumido aceites sospechosos.

9. A pesar de ello, resulta que en Catalunya se comercializaron, sin que se registrase ni un solo enfermo, 350.000 kilos del mismo aceite fraudulento que, distribuido en Castilla, se pretende que produjo numerosos afectados.

10. A pesar de ello, decenas de afectados mantienen, aun corriendo el riesgo de que les sean retiradas las ayudas económicas, que nunca consumieron aceites sospechosos. Por lo menos ocho de ellos lo reafirmaron durante el Juicio Oral. Hay casos de familias con diabéticos, que sólo consumían aceites especiales de marcas dietéticas.

11. A pesar de esta tendenciosidad, la sentencia sólo relaciona a 106 afectados con los aceites incriminados, incluyendo a los tres de Sevilla y a diecinueve de uno de los conventos, ambos casos manipulados.

12. En el Hospital de la Paz se detectó el ST en un bebé de veinte días, que sólo se había alimentado con leche de su madre, afectada; poco después murió la criatura. El Dr. Tabuenca, creador de la solución-colza, hizo circular que la madre daba cucharaditas de aceite contra el estreñimiento. Analizada la leche de la madre, aparecieron en ella niveles altos de organofosforados, pero no se dio importancia al hecho porque se buscaba exclusivamente óleoanilidas o derivados suyos, de las que no se encontró traza alguna.

13. Se calcula que la tasa afectados/expuestos fue del tres por mil, lo que significa que más de ocho millones de personas consumieron aceites supuestamente tóxicos sin resultar afectadas. En el mismo volumen de fantasía tóxica se sitúa el dato de que fueron canjeados más de cinco millones de litros de aceites sospechosos.

14. Aunque se han usado muestras de los aceites supuestamente tóxicos en numerosos laboratorios de todo el mundo para hacer experimentos con más de diez especies distintas de animales, ha sido imposible reproducir en ellos síntoma alguno del ST.

15. El tribunal rechazó el ofrecimiento del industrial Salomó de beberse el aceite sospechoso, con el argumento de que no podía permitir -«por razones éticas»- la experimentación con seres humanos. Pero ignoró que, poco antes de iniciarse el Juicio Oral, un grupo de afectados realizó una huelga de hambre en la que sólo ingirieron agua azucarada y cinco centímetros cúbicos diarios de aceites «tóxicos» durante doce días, sin que su salud empeorase lo más mínimo. Sólo Ya publicó una nota sobre este «experimento».

16. El nombre de la Organización Mundial de la Salud ha sido repetidamente utilizado para avalar la tesis oficial. Pero la OMS contestó a un requerimiento de la Sala para que manifestase su opinión sobre la causa del ST, negando haber «formulado declaración oficial o emitido opinión sobre la naturaleza de la toxina o sobre el agente contaminante causante del Síndrome Tóxico español». Además, afirmó «carecer de competencia para expresar opiniones» de esta naturaleza, «a menos que el Estado en cuestión solicite una opinión oficial». Así, de manera velada denunciaba que mientras que el Gobierno ha recurrido desde el principio a expertos de la OMS y ha manipulado sus siglas frecuentemente, nunca había solicitado una opinión oficial. También negaba haber designado oficialmente la epidemia española como Síndrome del Aceite Tóxico. Además, la OMS se opuso a que sus expertos compareciesen en el Juicio como funcionarios suyos, permitiéndolo únicamente «a título particular», por lo que la inmensa mayoría de ellos buscó la manera de no hacer acto de presencia.

Centro Superior de Investigación de la Defensa (CESID).17. Durante casi un año, un equipo al mando de dos oficiales del CESID (Centro Superior de Investigación de la Defensa) investigó sobre el ST, elevando finalmente a su jefe máximo, el general Manglano, un informe de siete páginas en el que se afirmaba que la tesis del aceite es insostenible. Este importante informe se ha mantenido en secreto hasta la fecha, y se sabe de él por el periodista Rafael Cid, que participó en su elaboración.

18. La sentencia no busca los responsables en aduanas, abastos, sanidad, transportes, etc., sin cuya colaboración no hubiese sido posible el contrabando, adulteración, fraude, que -según la propia sentencia- permitió que el supuesto tóxico actuase. La explicación de esta incongruencia puede radicar en que averiguaciones de este tipo implicarían a numerosas personas que a su vez se defenderían, ayudando a mostrar que no fueron los aceites los culpables.

19. Desde hacía años se practicaba lo que ahora se pretende que provocó la catástrofe. La propia sentencia explica que la importación de aceite de colza desnaturalizado para uso industrial estaba autorizada con aceite de ricino como agente desnaturalizador desde 1970, y desde 1974 con ácido náftico, azul de Ceres o anilinas al 2%. También recoge tres métodos distintos, aunque parecidos, de renaturalización usados en tres refinerías distantes; estos métodos no se pueden improvisar de la noche al día, y menos para los pocos procesos concretos que reseña la sentencia.

20. La rapidez y virulencia con que se desencadena la epidemia indica que se trató de un tóxico muy agresivo, capaz de provocar, en pequeña cantidad, e incluso con una sola ingestión, una toxicidad muy aguda. También esto descalifica al aceite por el carácter uniforme y reiterado de su consumo.

21. Aunque la sentencia reconoce ignorar el agente tóxico concreto, no por ello deja de referirse repetidas veces a las anilinas y de usar frases como «el carácter venenoso de las anilinas, de conocimiento general entre empresarios y técnicos introducidos en la rama de los aceites, se transmitía al de colza» (página 245), con lo cual, además de adoptar cierto aire científico, apunta, contradiciéndose, que las anilinas fueron el tóxico. Pues bien, este «conocimiento general del carácter tóxico de las anilinas» es tan reciente que en mayo de 1981 hubo que improvisar métodos químicofísicos para poderlas detectar y, posteriormente, cuantificar. Más tarde se ha situado su DL 50 (Dosis Letal 50: la cantidad por kilo que hay que suministrar a los animales en experimentación para que la mitad de ellos muera rápidamente; está internacionalmente aceptada como inocua una sustancia cuya DL 50 sea superior a 5 g/kg) en 440 mg/kg, lo cual significaría, dadas las dosis mínimas encontradas -y no en todas las muestras-, tras la re-naturalización, beber varios litros diarios del aceite que las contenga. Pero, para sarcasmo de la versión oficial, los síntomas que ocasiona no tienen nada que ver con los del ST.

22. Otro componente que se utilizó durante años como fetiche envenenador, y que el fiscal aún esgrimió en sus conclusiones, fueron las anilidas de ácidos grasos. Aunque la sentencia ya no habla de ellas, no deja de ser clarificador sobre las dificultades científicas de la tesis oficial señalar que a) el cuerpo humano las elimina rápidamente, por lo que no podrían tener efecto acumulativo; b) se ha fijado su DL 50 en nada menos que 12 g/kg; c) no sólo son inocuas, sino que se han usado y siguen usando para curar: el manual «Hager: Tratado de medicina práctica» (Labor, 1942) afirma que «por su acción medicamentosa se recomiendan, hasta para niños de un año, de 0,1 a 0,2 gramos. Para adultos en general, uno a tres gramos diarios»; y la Sumitomo Chemical Company tiene la patente de un fármaco para la eliminación del colesterol, cuyo principio activo básico son precisamente las anilidas de ácidos grasos.

Los datos brutos, de base, de las encuestas utilizadas por el Dr. Tabuenca para justificar su tesis, son incontrastables. Por un lado, no se siguió la recomendación del Working Group de la OMS, de marzo de 1983, de que fuesen rápidamente preparados para su publicación científica internacional, cosa que nunca se hizo. Además, están secuestrados en el CDC (Centers of Disease Control, Atlanta, Georgia, USA), que no los ha entregado al Tribunal, pese al requerimiento formal que éste realizó.

24. Finalmente, ni el Gobierno ni la investigación oficial han dedicado grandes medios propios a demostrar científicamente su tesis... quizá porque sabían de antemano que no es demostrable. Aunque el Plan Nacional del Síndrome Tóxico ha gastado más de 30.000 millones de pesetas, sólo algunos cientos (a precisar) se destinaron a laboratorios e investigaciones, lo que hace que algunos que siguen confiando en la tesis oficial afirmen -suponemos que de buena fe- que no se ha podido confirmar aún por escasez de medios. En cualquier caso, el Tribunal de Cuentas, tras hacer una auditoría al PNST lamentaba que «no se han respetado las propias normas para el reconocimiento y concesión de ayudas para proyectos de investigación. Los contratos concedidos no se ajustan a los principios de la Ley de Contratos del Estado. Se han efectuado pagos sin atenerse a las normas legales e internas. Faltan justificantes de entregas y en bastantes casos no hay constancia de que los receptores de Ayudas a la Investigación hayan entregado los informes o resultados que condicionaron su concesión. La falta de control en este aspecto fue casi general». Pero hay otros muchos ejemplos de esta desidia oficial: en un informe del 17 de noviembre de 1983 se afirma que el ST sigue siendo para el Gobierno norteamericano un tema prioritario, pero para el español ya no lo era; no se siguió otra recomendación de la OMS de clasificar minuciosamente 60.000 muestras de aceite sospechoso; no se analizaron los aceites de casos presuntamente muy significativos, como los conventos ya citados, etc.

Resumiendo: la explicación oficial es absolutamente indefendible: se eligió un subsector débil, que actuaba en parte ilegalmente y cuya denuncia no significaba un riesgo para las exportaciones agrícolas españolas, sobre todo de aceite de oliva, ya que ni siquiera traficaba con aceite producido en el interior, sino importado, como «cabeza de turco» sobre la que cargar la culpabilidad de la catástrofe. Además, este oportuno chivo expiatorio permitió reglamentar y reestructurar todo el sector aceitero, arruinando a unos... y enriqueciendo a otros.

Sin duda, algunos de los que se sentaron en el banquillo de los acusados tienen responsabilidades de las que responder: adulteración alimentaria, estafa comercial, engaño al consumidor, etc. Otros, ni siquiera eso. La lectura de los «Hechos comprobados» da la impresión de que bastantes fueron incluidos en el sumario simplemente para hincharlo.

Pero lo seguro es que no son culpables de la masacre ocurrida. Y es lógico que su defensa se basase en la hipótesis alternativa... aunque ello no haya favorecido (mi actitud es un ejemplo) a sus genuinos impulsores. ¿Cuál fue, entonces, la causa del ST?.

Desde el primer momento el Gobierno y la Administración se opusieron con fuerza a toda vía de investigación distinta a la marcada, de forma inmediata, por el Ministerio de Sanidad. Cambiando brusca y repentinamente de la vía respiratoria a la digestiva, mantuvieron a capa y espada la (totalmente indemostrada) hipótesis del aceite de colza frente a la alternativa, que apunta a productos organofosforados o a combinaciones o variantes de ellos.

Intencionadamente no llamo a esta segunda línea explicativa «la tesis del Dr. Muro», para quitar base a las demagógicas y malintencionadas descalificaciones hechas a su figura y, a través suyo, a la hipótesis alternativa. Aunque el Dr. Antonio Muro Fernández-Cavada es el más conocido y, probablemente, el que más esfuerzos realizó en dicha vía (méritos que espero sean pronto reconocidos), no fue el primero (el Dr. Peralta apuntó a los organofosforados en un artículo aparecido en Ya el 12 de mayo de 1981) ni, afortunadamente, el único. Junto a él, o por caminos distintos, han defendido (con posibles matices) la vía alternativa, además del citado Dr. Peralta, por lo menos los Dres. Sánchez-Monge, Sanz, Granero, Montoro, Báguena, de la Morena, Bolaños, Martínez Ruiz, Clavera, Frontela, Martín Ramos, Corralero, Estellés, López Ágreda, Antonio y Alberto Muro Aceña y Wassermann (de Kiel, Alemania). También han sostenido esta línea otros médicos y sanadores alejados de la medicina oficial.

Bayer.Pese a que la investigación alternativa ha tenido que sufragarse de manera casi exclusiva con sus propios medios, ha obtenido resultados suficientes para afirmar que este camino permite aproximarse a la explicación del ST. Una concreción de esta vía -los compuestos organofosforados contenidos en los productos Nemacur y Oftanol de la casa Bayer, usados por uno o varios (entre once) agricultores de la zona de Roquetas de Mar (Almería) en el cultivo de tomate tempranero clase Lucy- parece poder explicar la mayoría de casos ocurridos a fines de abril, mayo e inicios de junio de 1981.

Sin embargo, aún quedan importantes cuestiones por aclarar, por lo que es urgente completar y complejizar las investigaciones realizadas.

El montaje del síndrome tóxico.Pacto de silencio.
Nuevas investigaciones con una difusión amplia, requieren numerosos medios, tanto humanos como materiales. Para reunirlos es necesario romper el muro de silencio que la tesis oficial ha levantado en torno a la alternativa. Cualquier persona o asociación puede contribuir aumentando su información y formándose su propia opinión. Ya existe material importante: además de en el artículo aparecido en Integral n°. 107, en las conclusiones del abogado defensor D. Jesús Castrillo y en la propia sentencia, me he basado en los libros «Pacto de silencio», de Andreas Faber-Kaiser, y «El montaje del Síndrome Tóxico», de Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht (ambos distribuidos por Prólogo). Y se pueden socializar los elementos adquiridos, mediante charlas, debates e iniciativas que amplíen su difusión e interés. El tema se lo merece.

Revitalizarlo podría tener una inmediata positiva consecuencia: mejorar la salud de los afectados. En efecto, la información tendenciosa que ha rodeado al ST ha ocultado algo muy importante: varios tratamientos curaron enfermos. Y, lo que es más actual, aun podrían resultar eficaces, aunque en un grado imposible de precisar por adelantado.

La incorrecta identificación de la causa de la epidemia implicó un tratamiento a su vez incorrecto, incluso contraindicado. La abnegación de la medicina asistencial permitió, sin duda, salvar muchas vidas en aquellas semanas en las que los nuevos casos se contaban por millares. Pero el resto de la medicina oficial falló porque se encarriló por vericuetos ajenos a las verdaderas causas.

La única excepción de la que se tiene constancia es el Dr. Luis Sánchez-Monge Montero, que consiguió curar a varios afectados, sobre todo niños. Quizá no sea casual su cargo de teniente coronel del Ejército, y haya que buscar en sus concimientos sobre la guerra química la información que le permitió intuir una intoxicación por organofosforados. El Dr. Sánchez Monge hizo llegar un informe con su tratamiento y los buenos resultados obtenidos -en él constan datos de siete pacientes que había curado hasta enero de 1982- a sus superiores jerárquicos, a la Dirección del Hospital «Niño Jesús», al INSALUD y al Gobierno, publicando en el n°. 937 de la revista «Tribuna Médica», aparecida el 19 de marzo de 1982, y bajo la rúbrica «Síndrome Tóxico», el artículo «Tratamiento con fosfato disódico y acetato de betametasona. Mi experiencia personal». Un silencio total fue la única reacción ante sus iniciativas. Pero en abril de 1987 el Dr. Sánchez-Monge aún afirmaba: «Estoy convencido de que hay gente que todavía se puede curar».

También otras curaciones encontraron la callada por respuesta, pese a ser más numerosas. Puede parecer lógico, dado el corporativismo de la medicina oficial y de la mayoría de sus practicantes ante las medicinas alternativas, pero resulta inaceptable si se pretende la curación de enfermos. Un mínimo -a la espera de nuevas informaciones- de cuatro equipos de medicinas alternativas consiguieron sanar a numerosos afectados: dos equipos (uno de Madrid y otro de Barcelona) con homeopatía, otro con acupuntura y un cuarto combinando macrobiótica, presopuntura e hidroterapia.

En nombre de este último equipo, el profesor Rallo editó en 1983 el libro «El síndrome tóxico, un reto a la medicina». De él extraigo las siguientes escenas... con la esperanza de que su difusión ayude a cambiar el escenario.

* Tras repetidos ofrecimientos de sus métodos y resultados, el Ministerio de Sanidad accede a entrevistarse con representantes del equipo del profesor Rallo. Tras brindarse éstos a llevar la lista de todos los afectados que había curado, se les respondió que bastaba con sesenta. En la entrevista, realizada en noviembre de 1981 y que calificaron como fría, forzada y sin que las autoridades mostrasen no ya entusiasmo, sino interés alguno, entregaron la lista con los datos personales y clínicos de los sesenta curados. La única reacción consistió en que una voz, que no se identificaba, telefoneó a los primeros componentes de la lista y, tras controlarlos como afectados, les preguntó si habían sido tratados por el equipo Rallo y cuál era su situación actual; al responder explicando lo positivo de su evolución, el anónimo «comunicante» colgaba. La ronda no llegó a completarse.
* El ST afectó, sobre todo, a personas de economía débil, pero también a algunas familias bien situadas. Entre éstas se encontraban los hijos y nietos de Emilio Romero. Un periodista me comentó, extrañado, que pese a estar directamente implicado, su eminente colega no había escrito ni un artículo sobre el tema. Sus razones tendrá, y sería sin duda interesante conocerlas. En cualquier caso, el libro de Rallo proporciona elementos sobre el caso, pues narra cómo recibió una llamada de Emilio Romero quien, al ver que la medicina oficial no mejoraba a sus seres queridos, le solicitó que los tratase su equipo. Así se hizo y, al parecer, con tan convincentes resultados que no hizo falta escribir sobre ellos...

Para aclaraciones, información complementaria, bibliografía, críticas, etc., así como para organizar debates o considerar otras propuestas e inciativas escribir a: Lluís Botinas. Centro Orientativo de Bio-Regeneración Aplicada (C.O.B.R.A.).

Artículo publicado en «El Correo del Sol» de octubre de 1989, revista «Integral» n°. 118.
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Iniciado por Harold Alexander Ver Mensaje
Usemos la navaja de Occam:

1) Faber Kaiser murió a causa de una enfermedad por aquel entonces fatal, seguramente por realizar prácticas sexuales sin la debida protección.

2) Faber Kaiser murió a causa de una enfermedad por aquel entonces fatal, inoculada de un modo que ignoramos por un agente del que no sabemos nada que estaba al servicio de unos poderes no identificados porque les molestaba un libro de Faber Kaiser... en lugar de pegarle un tiro, envenenarlo o ponerle zapatos de plomo, métodos todos ellos que tienen la ventaja de que, sobre efecto instantáneo, impiden que la víctima escriba ni dé conferencias.

Ya, pèro tienen un pequeño fallo, atraen mucho la atención sobre las opiniones y obras del "liquidado".

En cuanto al sida... en este mismo subforo hay un hilo muy interesante sobre esa supuesta enfermedad, a lo mejor si lo lees sacas algunas conclusiones.
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"¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? "
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Una cosa, esta claro que esto del aceite de colza es una enorme mierda como muchas otras que nos intentan colar "y vale ya", tipo gripe aviar, etc,...pero...leyendo el articulo no me ha quedado claro quien se beneficia ocultando la verdad, quiero decir, al gobierno que mas le daba decir que era por el pesticida o no?

Respuesta:
Se jugaba mucho el gobierno. La salida a la opinión pública europea de que los productos agrarios de los invernaderos estaban cargados de fosfatos (causantes de la intoxicación) hubiera arruinado las expòrtaciones españolas.
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  #36 (permalink)  
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Impresionante el asunto de los fitosanitarios (nemacur, etc.) Me acabo de caer del guindo con este escándalo que bien recuerdo de mi infancia.
Gracias "la vida es como perdidos" por colgar la extensa información. La he leído entera y ha merecido la pena la media hora larga de lectura.
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  #37 (permalink)  
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Impresionante el asunto de los fitosanitarios (nemacur, etc.) Me acabo de caer del guindo con este escándalo que bien recuerdo de mi infancia.
Gracias "la vida es como perdidos" por colgar la extensa información. La he leído entera y ha merecido la pena la media hora larga de lectura.

Bien que valio!!
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  #38 (permalink)  
Antiguo 19-jul-2010, 23:37
Avatar de AYN RANDiano2
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Iniciado por allseeyingeye Ver Mensaje
"¡Fue el aceite

....y vale ya!"

Fina ironía la tuya. Te burlas (justamente) de la fiscal del "¡fue goma-2 y vale ya!". Te doy mi primer thanks.

Cuando -allá por 1981- salió esto del "aceite de colza" mi padre (que es químico) comentó directamente al oir el TeleDiario "¡eso es mentira!".

En concreto dijo:
Si trazas de anilinas han hecho enfermar a esa gente, yo ya tendría que estar muerto y enterrado hace años. Mirad mis manos...
...mi padre estuvo (entonces) muchos meses/años con las manos violetas porque trabajaban con anilinas en el laboratorio. Los químicos son (o eran entonces) sumamente promíscuos con los productos que manejan: Tocan, huelen y hasta "catan" de todo en el laboratorio. Mi padre nos dijo que si alguien se bebía un litro de anilinas puras, le entraría un "cagalera", pero que las anilinas eran incapaces de matar a nadie, porque si no estarían ya todos muertos en el laboratorio en el que trabajaba.

Mi padre sigue vivo y con buena salud. Siempre ha dicho que lo de la "colza" jamás pudo ser por la colza ni por las anilinas. Que la versió oficial es un embuste.

Igual -añado yo- que la versión oficial sobre el SIDA. Googleen ustedes "Peter Duesberg SIDA" y entren en el mundo de la pastilla roja.
__________________

Pulse aquí para ver mis hilos (seguro que aprende usted con ellos algo nuevo, útil e interesante)

Pulse aquí para VER de forma gráfica (imágenes) si usted es buen material espiritual para hacerse Objetivista.

Última edición por AYN RANDiano2; 19-jul-2010 a las 23:56
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  #39 (permalink)  
Antiguo 19-jul-2010, 23:38
Avatar de dragon33
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Gracias por colgar esta información, esto afianza mi certeza de que estamos gobernados por h.d.p.s.
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Antiguo 21-jul-2010, 16:58
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Es bueno saber hasta donde son capaces de llegar.
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