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| | Herramientas | Desplegado |
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| Vamos a ver, que este tema es delicado y tocó a unos conocidos míos. Yo sólo sé que estos conocidos compraban ese aceite de colza (manda cojones que siendo de Jaén, emigrados a Madrid, comprasen ese aceite, pero esa es otra historia). Y pienso, que si fuese por la distribución de unas verduras tratadas con determinados productos, no estaría tan focalizado en esa zona de Madrid, dónde curiosamente se distribuía ese aceite. Que luego se investigó y resultó ser aceite industrial (creo recordar que era para motores), que unos indeseables distribuyeron para consumo humano. En mi opinión, otra conspiranoia. |
| Estos usuarios dan las gracias a John Doe por su mensaje: | ||
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Vamos a ver, que este tema es delicado y tocó a unos conocidos míos. Porque en Catalunya casi no hubo afectados? uno de los principales imputados, Enric Salomo, era de aqui y tambien se vendia el aceite en Catalunya. Enric Salomo se ofrecio en el tribunal a ingerir aceite para demostrar que no era el causante, obviamente no se lo permitieron. Porque en unidades familiares donde todos consumian el mismo aceite, unos enfermaron y otros no? Tal y como reconoces, lo poco que sabes no es que sea muy correcto. Te animo a leer el articulo entero, la entrevista al Dr. Muro, que era el Director del Hospital del Rey y fue cesado fulminantemente. |
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| No hay pruebas a favor de esta hipotesis, en cambio hay muchas pruebas a favor de la hipotesis del Dr. Muro. |
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| E Síndrome Tóxico. Primeros artículos críticos Diario Ya. Domingo, 12 de mayo de 1981. Sanidad: Grave error de información. La neumonía atípica. En todo Estado democrático el poder ejecutivo debe informar a través de los departamentos correspondientes de toda situación de emergencia. Así viene sucediendo con la actitud del Ministerio de Agricultura ante los incendios forestales, pidiendo la colaboración ciudadana para ayudar a evitarlos, y cuando se producen, colaborar en su extinción, tratando de evitar pérdidas humanas y daños materiales. En los últimos días, con motivo de un ligero aumento en la incidencia de casos de neumonía atípica, especialmente grave en determinados pacientes, se ha producido lo que se puede llamar una intoxicación informativa protagonizada por el secretario de Estado para la sanidad, doctor Sánchez Harguindey. Quizá lo locuacidad informativa tenga un objeto positivo para la población del área de Madrid, pero creemos que el señor Sánchez Harguindey no ha valorado la faceta negativa, es decir, la creación de una situación de terror y psicosis de neumonía atípica, que repercute involuntariamente de modo negativo sobre el estado de ánimo de la población. Todos los medios de información han repetido machaconamente el asunto de la neumonía atípica. Primero tratando de identificarlo con los casos de la enfermedad de los legionarios, para finalmente aceptar que son simples casos de neumonía atípica primaria producida por el virus eaton, que se trata eficazmente coa el antibiótico eritromicina. La explicación de los casos más graves que han aparecido puede hacerse a través del concepto epidemiológico denominado «genio epidémico» o factor X. Porque todos los años en la primavera aumenta la incidencia de las enfermedades virales, entre ellas la neumonía atípica. La creación de una oficina de información permanente para que los ciudadanos consulten se ha bloqueado de inmediato. La afluencia masiva a los hospitales, algunos pacientes hasta dos veces en el día, cuando padecen cualquier proceso febril con malestar general, el miedo y terror se generalizan. Pero esta desmesurada locuacidad informativa también puede repercutir desfavorablemente sobre nuestra industria turística. Así lo aprovecharán más de una agencia de viajes extranjera. La psicosis se puede extender al resto del país. Toda esta actitud es una muestra de lo que desde el poder ejecutivo no debe hacerse nunca, menos aún cuando no hay bases reales para crear tal neurosis de pánico. Los casos que se han observado tienen preferentemente carácter familiar. Los fallecimientos no llegan a cinco de un total de 60 casos. Aunque ciertamente algunos han revestido una especial gravedad, de igual modo que continúan presentándose casos de meningitis meningocócicas mortales y otros se curan totalmente, o casos numerosísimos de hepatitis que curan en su mayoría, aunque algunos pueden tener una evolución desfavorable. Los síntomas de la enfermedad comienzan como un proceso infeccioso viral, con dolor de cabeza, dolores musculares, cierta obnubilación, síntomas gastrointestinales (vómitos y/o diarrea). A los pocos días de comenzar la enfermedad puede desaparecer todo el cuadro clínico espontáneamente, o por el contrario se agrava y aparecen unas lesiones en piel, predominantemente en tórax (recuerdan el exantema del sarampión), y a la vez comienzan los síntomas de dificultad respiratoria acompañado de cianosis (amoratamiento de labios y extremidades). Todo ello se desarrolla con rapidez. La neumonía afecta a, uno o los dos pulmones (preferentemente el tejido perialveolar o intersticial), se producen derrames pleurales, y el paciente puede fallecer en un cuadro gravísimo de «shock» infeccioso tóxico. Cuando el paciente evoluciona tan desfavorablemente es preciso su ingreso en una unidad de cuidados intensivos. En casi todos los casos tratados con eritromicina la mejoría se ha producido, a no ser que el enfermo llegase al médico en estado preterminal. Creemos que la Secretaría de Estado para la Sanidad tiene muchos más problemas pendientes, sin que con esta alegación pretendamos quitar la importancia que tiene el salvar aunque sea una sola vida. Que se dedique a ordenar, vigilar y controlar correctamente el deficiente funcionamiento de nuestra Sanidad, que tiene todavía mucho camino por recorrer y muchos entuertos que arreglar. Ya empiezan las madres a negarse a llevar a los niños al colegio, etc., por miedo, injustificado, producido desde la Secretaría de Estado. Esto no es serio. La campaña de intoxicación informativa acerca del problema médico de la ¿neumonía atipica? es, por lo menos, inoportuna, alarmista y de efectos negativos para el ciudadano, al que el ejecutivo debe gobernar en razón del voto mayoritario que le entregó, pero no le votó para emprender una campaña tan lamentable como la que está desarrollando. ¿Por qué no informa el señor Sánchez Harguindey de que al Insalud le han sobrado 17.000 millones de pesetas este año, que debían haberse aplicado a mejorar nuestra depauperada Sanidad en el primer año, según dicen, para la reforma sanitaria?. Eso sí es una información que interesa a todos los españoles, y no los casos de neumonía atípica de Madrid. Con el regreso del doctor Valenciano desde Ginebra esperamos que la desorbitada información sobre los casos de ¿neumonía atípica? vuelva a los cauces normales, según nos tiene acostumbrados el experto director general de Salud Pública, hundiéndose el castillo de naipes informativo que se ha montado desde un equivocado sensacionalismo sanitario, que igual que puede paralizar la actividad escolar pudiera paralizar las fábricas y Administración por el pánico, puesto que la enfermedad afecta a todas las edades. Tal actitud más que de informar es desinformar. Seguro que no estamos ante una enfermedad desconocida. Los españoles sólo descubrimos América y muy poco más desde entonces. A la vista está. Una posibilidad que pudiera explicar estos casos sería la de una intoxicación por insecticida «spray», que al inhalarse afectarán primero al pulmón y luego al hígado y sangre. Estos cuadros clínicos tan localizados a familias enteras tendrían una mejor explicación que la de una simple infección viral (neumonía atípica). En las intoxicaciones por el fósforo orgánico si se recibe por vía de inhalación se pudiera explicar el cuadro clínico tan limitado a unas cuantas familias. La realidad es que los casos que han fallecido más impresión dan de una intoxicación. Que de una infección viral. Los estudios bioquímicos y anatomopatológicos serán definitivos para el esclarecimiento de los casos. Los virólogos y bacteriólogos aún no se han definido. Doctor A. Peralta Serrano. El País. Miércoles, 23 de septiembre de 1981. Una nueva hipótesis sobre el envenenamiento por aceite de colza adulterado. Fernando Montoro y Concepción Sáenz Laín. Hemos seguido por los medios de difusión los resultados de las investigaciones realizadas para averiguar la causa del envenenamiento masivo de la población española que se llamó, en un principio, neumonía atípica, y ahora, síndrome tóxico. Los adulterantes descritos hasta el momento han sido los siguientes: anilina, azobenceno, metilanilina, dimetilquinoleina, bromoanilina, bromoazobenceno, oleanilida y nitrobenceno. Todos estos compuestos químicos no pueden ser los causantes de tantas muertes en las cantidades que, suponemos, han sido ingeridos. Hay que tener en cuenta que el aceite de colza se desnaturaliza añadiendo sólo un 2% de anilina, que en el proceso de refino (lavado con ácidos) se elimina toda o su mayor parte y que muchos de los compuestos dados a conocer son procedentes de las impurezas propias de la anilina o de la descomposición de colorantes (no tóxicos a corto plazo) fabricados con ella. Grandes cantidades o proceso acumulativo. La toxicidad aguda de un producto químico se mide por lo que denominamos dosis letal 50 (DL50), que es la dosis expresada en mg/kg de peso del animal, a la cual mueren el 50% de los animales a los que se les ha administrado. La DL50 de todos los productos arriba mencionados varia entre 440 mg/kg para la anilina y 1.285 mg/kg para la n-metil-anilina, estando el resto en cifras de alrededor de los 1.000 mg/kg. Por tanto, para que se produjese una intoxicación de las características de la presente, sería necesario haber ingerido grandes cantidades, o tal vez pensar en un lento proceso acumulativo. La aparición brusca, hacia el mes de mayo, de la enfermedad, así como el que se haya producido en muchos casos por la ingestión de unos determinados alimentos cocinados con el supuestamente aceite tóxico, descarta, a nuestro juicio, el que los compuestos arriba mencionados sean los causantes exclusivos del síndrome tóxico. Hemos examinado los productos que se agregan a la colza antes de hacer la extracción del aceite. Entre los insecticidas empleados para la protección de la planta contra Ceuthorrhynchus assimilis y Dasyneura brassicae, se encuentran Phosalone (cuyo fabricante es Rhône Poulenc y cuya DL50 en ratas por vía oral es 120-175 mg/kg) y el Vamidothion (del que, por el momento, no hemos podido encontrar toxicidad). El fungicida más empleado para combatir la Leptosphaeria maculans, el patógeno más frecuente en la colza, es el Benomyl. Este producto se ha utilizado en veterinaria como antihelmíntico y tampoco es suficientemente tóxico. El herbicida más utilizado en las plantaciones de colza es el Devrinol, del que, por la urgencia, no hemos encontrado su toxicología. Sin embargo, en la bibliografía consultada es el que menor fitotoxicidad posee. Así pues, consideramos que tampoco ninguno de estos productos pueda ser el causante, a tan corto plazo, de las muertes acaecidas. Hay que tener en cuenta que las lluvias, lavados, etcétera, arrastrarían además parte de estos productos. La colza, planta crucífera de las especies Brassica napus L. y Brassica rapa L. (= B. campestris), contiene naturalmente una esencia parecida a la de la mostaza, que es tóxica para el ganado. Parasita la planta habitualmente un hongo, Leptosphaeria maculans (Desm.) Ces et de Not., en cuya fase asexuada es conocida como Phoma lingam Tode. Este hongo produce también una toxina: epipolitiodecetopeparazina. El aceite de colza se obtiene por prensado y extracción posterior de la torta obtenida con disolventes. La extracción puede hacerse en frío o en caliente. El aceite de colza extraído en frío se emplea como comestible, mientras que el extraído en caliente, si bien tiene un mayor rendimiento en aceite, no es comestible. Extracción en frío o en caliente. Las tortas, residuo de la extracción de las semillas de la colza, suelen emplearse como pienso, pero han causado accidentes mortales en algunos animales a los que se les había dado como alimento. En Inglaterra no se emplea para el ganado, sino que se utiliza como abono, ya que contiene entre un 5%-6% de nitrógeno. Las toxinas responsables de estos envenenamientos del ganado parecen ser aflatoxinas, glucosinolatos, tioglicósidos, isotiocianatos, oxazolidinetionas y nitrilos. Las aflatoxinas son unos productos metabólicos del hongo Aspergillus falvus, parásito de vegetales, que se descubrieron a raíz de un envenenamiento (aflatoxicosis) con cacahuetes en Estados Unidos y que también se han hallado en la colza (Natl. Acad. Sc., Lett. 3(1): 5-6, 1980). Para eliminar estos compuestos tóxicos y otros factores antinutritivos que contiene la colza y las tortas procedentes de su prensado y extracción (algunos producidos por hidrólisis enzimática de los glucosinolatos de la propia colza), el Institut National de la Recherche Agronomique ha desarrollado varias patentes (EE.UU. 3.803.328 y EE.UU. 3.969.338, de julio de 1976), en las que se emplean cultivos de Geotrichumm candidum Link ex Pers., haciendo a las tortas de la colza atóxicas y de alto poder nutritivo. Investigación de toxinas. En la descripción de estas patentes y del trabajo citado se explicita la aparición en la colza de las aflatoxinas de que hemos hablado, que, además de su toxicidad, inhiben la síntesis de los ácidos nucleicos y producen interacciones enzimáticas, formando ligandos con el DNA (ácido desoxirebonucleico) y modificando éste (véase Nature 209: 312, 1966). Estas aflatoxinas, con una elevada toxicidad (DL50 sobre 15 mg/kg), solubles en disolventes orgánicos, pasarían perfectamenta a la extracción en caliente que los franceses hacen para el uso industrial del aceite, y se disolverían bien después en las adulteraciones hechas en España al mezclar el aceite de colza importado para usos industriales con otros aceites comestibles. Puestas así las cosas, nos parece que debería, con toda rapidez, iniciarse una línea de investigación de todas estas toxinas en los aceites supuestamente tóxicos, puesto que, hasta la fecha no se han buscado más que compuestos químicos añadidos al aceite, habiéndose pasado por alto dos cosas: 1. los métodos de extracción utilizados en Francia para obtener el aceite destinado a usos industriales, y 2. la posibilidad de que las sustancias envenenadoras sean de origen biológico. Tenemos noticia de que aisladamente se ha acometido ya en algún laboratorio español la detección de aflatoxinas en el aceite adulterado, con resultados no satisfactorios. Por ello es preciso advertir que para que las investigaciones sean significativas ha de hacerse un muestreo de aceites que comprobadamente procedan de familias en las que se han producido intoxicaciones, ya que se están recogiendo muchas muestras supuestamente sospechosas de tener algún tipo de adulteración, como anilinas, grasa de cerdo, etcétera, sustancias que, aun cuando no debieran estar en un aceite puro e incluso puedan causar algún otro tipo de enfermedad, no son las responsables de este síndrome tóxico. Finalizamos insistiendo en que el presente articulo es exclusivamente una hipótesis de trabajo, resultante de una revisión bibliográfica, y que debe ser confirmado o rechazado experimentalmente antes de poder alentar ninguna esperanza en la población afectada. Este es el motivo por el que nos decidimos a publicarlo ahora, para urgir a que las instituciones y organismos a quienes corresponde colaboren con sus medios humanos y técnicos en esta rápida lucha por el descubrimiento del tóxico y de su antídoto. Fernando Montoro y Concepción Sáenz Laín son doctores en Ciencias Químicas y Farmacia, respectivamente. Diario 16. Martes, 2 de octubre de 1984. Según los investigadores cesados en la comisión epidemiológica. «Es imposible que el aceite pueda ser la causa del síndrome tóxico». Los doctores Javier Martínez Ruiz y María Jesús Clavera Ortiz, que el pasado viernes recibieron una comunicación adelantando su cese en la Comisión Epidemiológica del Síndrome Tóxico, acudieron ayer a su despacho como todos los días porque, según manifestaron a Diario 16, quieren continuar la investigación que están realizando y que comenzaron en el verano de 1983. Los doctores, disidentes de la tesis oficial sobre el síndrome tóxico, afirman que es imposible que el aceite pueda ser la causa. Los doctores María Jesús Clavera y Javier Martínez. ![]() Madrid. Sobre su cese, ambos doctores son unánimes: «El tipo de investigación que realizamos era disidente de la tesis oficial. No es que pusiéramos en duda la versión del aceite tóxico y las tesis de la Organización Mundial de la Salud (OMS), es que afirmamos que es imposible que la causa del síndrome haya sido cualquier tipo de aceite, incluido el de colza». «Además, nosotros propugnamos que se abra en paralelo una nueva investigación sobre la hipótesis más verosímil, que es la del doctor Muro». Esta afirmación la apoyan ambos doctores en dos cosas, según explicaron: «El estudio sobre los casos control realizados en 1981 en que aparece el factor consumo de ensalada como elemento discriminatorio individual entre afectados y sanos, cosa que no ocurre nunca con el aceite cuya asociación es simplemente familiar». Sobre la hipótesis del doctor Muro, Javier Martínez y María Jesús Clavera explicaron que «nosotros hemos examinado preliminarmente las investigaciones epidemiológicas experimentales y terapéuticas realizadas por este doctor, y nos parecen extraordinariamente verosímiles y dignas de ser comprobadas a fondo». World Health Organization (WHO).Sobre la OMS. «En cuanto a las tres afirmaciones sobre las que se basó la OMS para inculpar al aceite, podemos decir que no son ciertas: Cuando dijeron que la curva general de incidencia de la enfermedad desciende a raíz del anuncio, por televisión, de que no se consuma aceite, no es así. La enfermedad desciende antes, como fenómeno independiente a este anuncio». «Los circuitos de distribución del aceite «sospechoso» no coinciden con la extensión geográfica de la epidemia, como dijo la OMS. Después de ocho meses de investigación podemos afirmar que es rotundamente falso. Y la última afirmación acerca de que el estudio sobre nueve casos control prueban la asociación familiar individual y la dosis-efecto, consecuencia del aceite, con la aparición de enfermos, es también falsa. Después de examinar seis casos control, que hemos podido conseguir, constatamos únicamente una asociación familiar no causal, eso hay que subrayarlo, y espúrea, (engañosa)». Añaden además los doctores que el resto de las comprobaciones que suelen realizarse, como los análisis toxicológicos y el bioensayo o experimentación animal, «han demostrado que no se establece la relación de toxicidad experimental con animales y, más aún, que no existe relación causal con la ingestión del aceite y la enfermedad». Frente a esto, según los dos investigadores: «La investigación del doctor Muro cumple con los anteriores puntos, con la relación espacio temporal e individual entre el hábito de consumir ensaladas y tomates y la aparición de la enfermedad. Y los experimentos animales preliminares realizados en Majadahonda y en el Instituto Toxicológico dan resultados muy correspondientes con la enfermedad». Razones del cese. El domingo 30 de septiembre de 1983 cesaba la directora de la citada comisión, Susana Sanz. Dos días antes se comunicaba su cese a Javier Martínez y María Jesús Clavera. Previamente habían presentado la renuncia o solicitado traslados los otros tres vocales de la comisión. Las razones del cese oficialmente son, según ambos científicos, que se desmantelaba la comisión al presentar su renuncia la directora. Lo que les notificó la presidente del Plan Nacional, Carmen Salanueva, es que «nos lo habíamos buscado, que era un cese arrastrado desde que en mayo presentamos nuestro informe a la Fiscalía y el Juzgado, a raíz de una citación. Que ella había parado otros intentos de cese y que el último no había sido posible detenerlo». Por su parte, los dos afectados mantienen que «somos los únicos efectivamente cesados, dado que el resto de vocales había dimitido o renunciado por asuntos propios, y consideramos nuestro deber continuar». «En estos momentos estábamos haciendo comentarios críticos de los estudios de caso control, instados por la OMS, para su discusión en la reunión de diciembre. Estos trabajos quedan interrumpidos, incumpliendo las recomendaciones de la OMS y sin pronunciamiento los peritajes judiciales pedidos a la directora de la comisión sobre la verosimilitud de la investigación del doctor Muro». Lo más grave es también, según los doctores, que «se apaga cualquier tipo de pluralismo científico». Los doctores realizan, asimismo, una serie de denuncias: «Se está intentando confundir a la opinión pública hablando de una asociación con el aceite y la enfermedad que nadie pone en duda, pero que el oyente interpreta como causal. Todas las declaraciones de los comités encargados de la investigación en la OMS inducen a error sobre esta base, porque hacen creer a la opinión pública y a los políticos que existe causalidad. Se utiliza el prestigio de esta institución para dar credibilidad a la hipótesis oficial y excluir las pertinentes hipótesis alternativas». Sobre lo que supone esta alternativa, los doctores afirman que «implica la intervención de una multinacional, de fuertes indemnizaciones. Implica el reordenamiento del control sanitario del sector agroquímico y de su sistema de experimentación, así como e1 apropiamiento innecesario como verdad oficial de una hipótesis científica provisional que ha involucrado el prestigio y la autoridad de instituciones administrativas, judiciales y científicas que inicialmente se pronunciaron y cuyo descrédito a estas alturas es transformado en un drama nacional». Aurora Moya/Diario 16. |
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| Diario 16. Año IX. Número 2.708. Madrid, domingo 2 diciembre 1984. Portada. Descubrimiento del doctor Frontela. Nuevas investigaciones señalan a un insecticida como verdadero causante del síndrome tóxico. Sevilla. El profesor Luís Frontela ha logrado reproducir, en su laboratorio de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla, los síntomas del síndrome tóxico alimentando ratas y cobayas con hortalizas que previamente habían sido tratadas con plagicidas. ![]() Luís Frontela Carreras. Estas nuevas investigaciones, que señalan a un insecticida como el causante del envenenamiento masivo, que ha costado la vida a más de trescientas personas en España, y no el aceite de colza, serán presentadas en un informe por el doctor Frontela dentro de unas semanas al Ministerio de Sanidad y Consumo, según declara a Diario 16. De los animales tratados con un determinado nematicida, según el doctor Frontela, han muerto entre un 1 y un 20 por 100, el resto ha reproducido las principales lesiones del síndrome tóxico. «E1 producto está presente en varios nematicidas, pero sobre todo en un nematicida-insecticida cuyo nombre fue adelantado en su día por el doctor Muro», dice el catedrático sevillano. ![]() Antonio Muro Fernández Cavada. Según el profesor Frontela, «a nosotros la Administración nos ha tratado francamente mal, tal vez porque desde el primer momento no estábamos de acuerdo con la teoría del aceite adulterado. Por lo menos debieron escucharnos». Diario 16. Domingo, 2 diciembre de 1984. Declaraciones en exclusiva del catedrático Luís Frontela. «Tengo la esperanza de aislar el agente del síndrome tóxico». Dentro de unas semanas, Luís Frontela, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla, elevará a las autoridades sanitarias un informe. Si todo sale como se espera, en él se demostrará que el forense sevillano ha logrado reproducir en su laboratorio -sin ninguna ayuda oficial- los síntomas del síndrome tóxico. Ha alimentado a sus ratones con pimientos y tomates que previamente habían sido tratados con un determinado nematicida. Entre un 1 y un 20 por 100 de los animales así alimentados han muerto. El resto reproducen las principales lesiones del síndrome. En cambio los ratones a los que se les ha suministrado aceite «tóxico» lo único que han hecho es engordar. Gloria Díez. Diario 16. Enviada especial. Sevilla. En el sevillano barrio de La Macarena, donde aún quedan gitanillas descalzas, unas ratas blancas están reproduciendo en sus pequeños cuerpos los síntomas del envenenamiento masivo que ha costado la vida a más de trescientas personas en este país. Los hechos ocurren en la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla a cuyo frente está Luís Frontela. Desde hace algo más de un año, y sin ninguna ayuda oficial, el doctor Frontela se ha dedicado a investigar sobre un grupo de sustancias capaces de formar en el organismo esterasas neurotóxicas. La línea de investigación se adopta tras analizar la sintomatología de los pacientes afectados por el denominado «síndrome tóxico» y que en opinión del Doctor Frontela, en ningún caso parecía achacable a las anilinas y anilidas presentes en el aceite de colza adulterado. Primero, investigar los metales. «Nuestras primeras investigaciones -señala el doctor Frontela- hace de esto tres años, se orientaron hacia los metales. No era ninguna tontería. En el Código Alimentario de los Estados Unidos, que se aplica sin ir más lejos en la base de Rota, se prohibe el uso de recipientes cadmio-plateados, de plomo y de otros compuestos metálicos si es que han de estar en contacto con los alimentos. Y no es la primera vez que se describen intoxicaciones producidas por jarras de cadmio en contacto con ácidos fríos. ¿Por qué no podía ocurrir con el aceite desnaturalizado?». Una vez abandonada esta línea de investigación y en vista de la evolución de los enfermos, que comienzan a generar nuevos síntomas, el doctor Frontela y su equipo comienzan la investigación animal tratando de reproducir los síntomas. Por un lado, se investigó la teoría oficial del aceite y por otro, un grupo amplio de pesticidas. Pronto estuvo claro que el aceite de colza «desnaturalizado» no era capaz de originar los síntomas de los enfermos, de modo que dentro de los pesticidas se empezó a trabajar sobre dos grandes campos, uno el de los compuestos organofosforados, otro el formado por determinados nematicidas-insecticidas, cuyas cadenas químicas guardan cierto parentesco con las de los compuestos organofosforados. Alimentados con pimientos. Se comienza a alimentar entonces a animales de laboratorio (fundamentalmente ratas y cobayas) con tomates y pimientos que habían sido tratados con los compuestos de referencia. Los plaguicidas se empleaban sucesivamente un mes, tres semanas, quince días o bien ocho antes de la recolección del producto. Los resultados no se hicieron esperar. Por un lado, se detectó que la toxicidad aumentaba a medida que la utilización del pesticida se acercaba al momento de la recolección. Y por otro, se llegaba a aislar el producto químico cuyo suministro reproducía con mayor exactitud los síntomas presentados por los enfermos del síndrome: el O-etil-O-(3metil-4-metiltiofenil) isopropilamido fosfato. «E1 producto, dice el doctor Frontela, está presente en varios nematicidas, pero sobre todo en un nematicida-insecticida cuyo nombre fue adelantado en su día por el doctor Muro». Índice de muertes. Los animales sometidos a este tratamiento arrojan un índice de mortalidad que va desde el l al 20 por 100. Los que eran sacrificados reproducían las lesiones pulmonares, vasculitis, y lesiones renales características de los enfermos del síndrome. Sin embargo, de confirmarse esta teoría, no se trataría tanto de un problema de la multinacional fabricante del nematicida, como de una mala utilización del mismo por parte del agricultor, dado que en el envase se advierte sobre su toxicidad y sobre los tiempos límites de su utilización. «El tema del síndrome es muy delicado, y como científicos debemos ser muy prudentes. Yo tengo que decir -señala Frontela-, que la investigación no está agotada, pero que hasta ahora no hay contradicciones y que tengo la esperanza de aislar el agente del síndrome. Dentro de unas semanas tendremos datos más consistentes. Con ellos elaboraré un informe que será elevado al Ministerio de Sanidad». El doctor Frontela, tiene previsto igualmente una vez terminada esta fase de la experimentación, el contrastar tos datos del estudio realizado con toda una serie de científicos para discutir los resultados obtenidos. Es consciente el doctor Frontela de la transcendencia que tendría la localización del agente del síndrome. No sólo hay un voluminoso sumario de personas acusadas de manipular el aceite, sino que aún existen cientos de afectados que esperan un diagnóstico exacto y, por tanto, un tratamiento adecuado. Al tiempo se están poniendo en marcha nuevos juicios para determinar las resposabilidades de las autoridades sanitarias. El gran error. «A nosotros la Administración nos ha tratado francamente mal -señala Frontela-, tal vez porque desde el primer momento no estábamos de acuerdo con la teoría del aceite adulterado. Por lo menos, debieron escucharnos. El gran error de quien corresponda es no haber dado las mismas oportunidades a la investigación del aceite y a la de otras pobres causas. La obcecación con el aceite». En cuanto a los enfermos, naturalmente es más fácil tratar una enfermedad conocida, pero en este caso, de confirmarse la teoría del nematicida, el tiempo juega en contra. Según el doctor Frontela, el tratamiento es, desgraciadamente, tanto más eficaz cuanto más precoz. Claro que, una vez aislado el agente del síndrome, se podría crear una comisión interdisciplinar en la que se investigara en la búsqueda de un tratamiento eficaz para una sustancia tóxica que ya ha sufrido un proceso de «envejecimiento» en el organismo de los afectados. Un experto en grandes misterios. La Cátedra de Medicina Legal en la Universidad de Sevilla es una pequeña fortaleza de muy difícil acceso. No en vano Luís Frontela es uno de los forenses que, hoy por hoy, guarda algunos de los secretos más buscados por la Prensa y la opinión pública del país. En sus manos está el informe sobre la autopsia del niño Francisco Javier Reyes Moreno, asesinado en muy extrañas circunstancias. Como consecuencia de la muerte del niño fueron detenidos tres jesuitas que posteriormente fueron puestos en libertad. El juez responsable del caso ha decretado un silencio total sobre el asunto. Pero el doctor Frontela podría decir mucho sobre el tema. En sus manos está el informe solicitado por el juez que investiga el incendio que ocasionó graves quemaduras a Salvador Dalí. El informe ha sido declarado secreto y dentro de unos días será elevado a la autoridad correspondiente. También aquí se podrían producir sorpresas. Por último, además de otros casos menores, en manos del doctor Frontela está nada menos que las exhumaciones del famoso crimen de Los Galindos. Frontela es también en esto extremadamente cauto, pero con una media sonrisa afirma: «Sobre este asunto sabemos, a estas alturas, mucho más de lo que algunos creen». Ahora sólo falta que se levanten los secretos, se eliminen los misterios y para todos -opinión pública incluida- se haga la luz. El doctor Muro fue el primero, y ello le costó el cargo de director del Hospital del Rey. Cada vez más científicos afirman que el síndrome tóxico no fue causado por el aceite de colza. La publicación ayer por Diario 16, de una entrevista exclusiva con el profesor Luís Frontela obliga a reflexionar una vez más sobre las causas de la enfermedad del síndrome tóxico. Son ya 352 las víctimas mortales y más de 24.000 los enfermos, de los que actualmente permanecen hospitalizados 19: uno está en la UVI y la mayoría necesita vigilancia médica. Aún hoy, tres años y medio después de detectado el primer caso, se desconocen los motivos de la enfermedad y todavía se discute cual fue el vehículo causante del envenenamiento. Gustavo Catalán./Diario 16. Madrid. El catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla comenzó unas investigaciones a petición de un abogado, y está a punto de lograr aislar en su laboratorio y sin ninguna ayuda el agente del síndrome tóxico. Sus estudios le han llevado a la misma conclusión que hace años mantiene el doctor Muro y que le costó el cese de su cargo como director del Hospital del Rey. Ambos, sin ponerse de acuerdo y por líneas de investigación distintas y lejanas en el tiempo, afirman que la causa del envenenamiento masivo no vino por consumo del aceite de colza y las diferentes mezclas que contenía y sí, sin embargo, de la aplicación descontrolada por parte de algún agricultor del Nemacur, un insecticida muy tóxico. El Nemacur, comercializado en muchos países, incluido España, es un insecticida clasificado por la propia Administración en el grupo C (gran toxicidad). El insecticida es muy caro y eficaz. Hace sólo unos años se puso a la venta en España, coincidiendo en el tiempo con la aparición de la enfermedad. Está indicado en la lucha contra los insectos y los nematodos del suelo, y sus instrucciones advierten que debe ser utilizado meses antes de cultivar la tierra. El Nemacur es de venta libre, aunque tiendas especializadas en las que se comercializan estos productos están obligadas a llevar un libro ofìcial del movimiento de ventas del insecticida. El doctor Antonio Muro llegó a su conclusión sembrando unos tomates una semana después de usar el insecticida. El profesor Luís Frontela ha llegado a la misma conclusión usando el insecticida en unos pimientos, antes de proceder a su recolección. Unas cobayas inyectadas con alimentos procedentes de los pimientos han reproducido casi exactamente los síntomas del síndrome tóxico, muriendo y enfermando muchas de ellas. Otros coinciden. Pero no sólo estos dos investigadores han llegado a la misma conclusión. El doctor José Baguena, jefe del departamento de medicina interna de la Ciudad Sanitaria La Fe, de Valencia, afirmaba hace unos meses que el causante de la enfermedad era también un insecticida que se llama Parakual, que según él, se debió mezclar con el aceite de colza en algún tanque, o en algún transporte, envenenado a los afectados. Llegaba a esta conclusión después de investigar durante tres años y recopilar 200 coincidencias clínicas, analíticas, morfológicas y evolutivas entre el síndrome tóxico y la intoxicación con Parakual detectada entre agricultores valencianos, lugar donde apenas tuvo incidencia la enfermedad del síndrome tóxico. Incluso, dentro del Plan Nacional del Síndrome Tóxico, comisión oficial investigadora sobre las causas del envenenamiento masivo, se han producido a lo largo del tiempo numerosas disidencias, que han determinado o la dimisión de importantes científicos o el cese de otros. Hace unos meses nada más, con ocasión de las reuniones que mantuvieron en Madrid los responsables de esta comisión con científicos de la Organización Mundial de la Salud, dos altos responsables dimitieron porque consideraban que se les había negado información sobre determinadas pruebas con aceites minerales. Pero aún más significativo es que los investigadores Javier Martínez Ruiz y María Jesús Clavera Ortiz fueran cesados de la comisión investigadora del Plan Nacional del Síndrome Tóxico, por mantener la tesis de que el envenenamiento no tenía su origen en el consumo de aceite, coincidente con las tesis del doctor Muro y de Luis Frontela. Cesados. Javier Martínez y María Jesús Clavera no llegaron a la conclusión de que fuera un insecticida la causa, porque simplemente su disensión primaria, no coincidente con la oficial, les lleva a ser apartados de la investigación, que comenzaron el verano de 1983. Lo curioso del tema es que todos los investigadores que se han atrevido a no mantener las tesis oficiales y que su trabajo dependía de la Administración han sido cesados o apartados por las altas instancias, sin haber podido continuar sus investigaciones. World Health Organization (WHO).Mientras, el Plan Nacional del Síndrome Tóxico y la OMS siguen en su línea de investigación, basando sus tesis en que el envenenamiento se produjo por algún agente tóxico distribuido a través del aceite. La realidad es que tres años y medio después de lo ocurrido todavía no han conseguido saber cuál ha sido la causa real del envenenamiento y, por ende, no saben las medicinas o los medios que hay que utilizar para sacar de su calvario a los miles de enfermos que aún colean por el país. Pero hay más. El enorme sumario abierto a raíz del síndrome tóxico contiene más de cien mil folios capaces de sepultar entre papeles al propio juez de la causa, Alfonso Barcala y, por supuesto, a los empresarios procesados y que todavía se encuentran en la cárcel inculpados, en mayor o menor medida, de ser los responsables del envenenamiento. El propio doctor Muro, disidente desde el principio de la teoría del aceite, afirma que las personas que hay en la cárcel son inocentes y de que ya va siendo hora de que la comisión oficial investigadora cambie de línea o al menos también investigue sobre lo que él y otros afirman. Sólo un cambio de actitud por parte del Plan Nacional del Sindrome Tóxico llevará a resultados más esperanzadores de los hasta el momento conseguidos. La propia Carmen Salanueva, directora del Plan Nacional del Síndrome, afirmaba en mayo que los epidemiólogos se encuentran divididos sobre el origen de la enfermedad y que, «si no ha sido el aceite, se dirá». Cambio 16. Número 681. 17-24 de diciembre de 1984. Tres años y medio después de que se iniciara la tragedia atribuida al aceite de colza adulterado, que causó la muerte a 352 personas y ha producido lesiones irreversibles a otras 24.000, los resultados de nuevas investigaciones científicas sostienen que no fue el aceite el culpable. El «Nemacur», un producto de la firma Bayer que se usa en agricultura para matar gusanos, aparece en estos informes como desencadenante del llamado «síndrome tóxico». ![]() Según nuevas investigaciones científicas Un producto Bayer envenenó España. El 9 de noviembre pasado, Luís Frontela Carreras, catedrático de Medicina Legal y director del Instituto de Ciencias Forenses de la Universidad de Sevilla, en un informe reservado, afirmaba: «No existe la más mínima base científica para atribuir al consumo de aceite de colza desnaturalizado mediante anilinas la causa directa del "síndrome tóxico"». El documento de Frontela, producto de dos años de trabajo, en el que participó todo su equipo de colaboradores de la Universidad de Sevilla, echaba por tierra las tesis oficiales elaboradas durante el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo, que atribuían al aceite de colza adulterado la causa del envenenamiento masivo sufrido en varias provincias del país durante la primavera y el verano de 1981. Frontela Carreras, uno de los más prestigiosos médicos del país, famoso por sus investigaciones forenses sobre el crimen de Los Galindos, no sólo descarta que la colza fuera el agente desencadenante de la epidemia que vistió de luto a 352 familias españolas, sino que afirma tajantemente que las anilinas, unas sustancias colorantes utilizadas para desnaturalizar el aceite, no provocan el cuadro clínico observado en los afectados por la «neumonía atípica». «En consecuencia -advierte el doctor Frontela en su trabajo-, estimamos que los tóxicos fundamentales que ocasionaron el "síndrome tóxico" no son las anilinas, sino otras sustancias, que pudieron no ser detectadas en los análisis efectuados por los organismos oficiales encargados de invesrtigar el caso». El doctor Frontela efectuó su trabajo científico utilizando técnicas matemáticas y estadísticas, y experimentos de laboratorio, a petición del abogado José Merino Ruiz, cuya esposa, María Concepción Navarro Hernández, había fallecido en Madrid durante el verano de 1981, presentando un cuadro clínico similar al de los supuestos envenenados por el aceite de colza. A pesar de que esta mujer había contraído la enfermedad meses antes de que se detectara el primer fallecimiento atribuido a la «neumonia atípica», Frontela sentencia: «Los hallazgos macroscópicos de autopsia y los análisis de vísceras de María Concepción Navarro Hernández son coincidentes con los de otros fallecidos por el llamado "síndrome tóxico"». Este descubrimiento, junto con la sintomatología que presentaban los enfermos de la «neumonía atípica», lleva al doctor Frontela a sospechar que el causante del enevenenamiento que llevó a la tumba a 352 personas, según las estadísticas oficiales -más de 500, según otras fuentes-, y produjo lesiones graves e irreversibles en otros 24.000 individuos, no era el aceite de colza. Nemacur.Frontela probó entonces a investigar con insecticidas organofosforados y sustancias similares, habitualmente utilizados como plaguicidas por los agricultores, logrando un sorprendente descubrimiento: el Nemacur, un producto químico fabricado por la Bayer para matar los parásitos que se fijan a las raíces de las plantas, podría ser el origen de la desconocida enfermedad. Este nematicida, que se fabrica en la planta que la multinacional Bayer tiene en Quart de Poblet, a pocos kilómetros de Valencia, al ser absorbido por las plantas en determinado periodo de crecimiento, podría dejar residuos tóxicos en los frutos y provocar el envenenamiento de cuantos individuos consumieran el producto, sostiene el informe del doctor Frontela. «Las series de ratas intoxicadas directamente con Nemacur y con pimientos tratados con Nemacur dos semanas antes de la recolección -afirma concluyentemente el forense sevillano en su informe- presentan similares lesiones microscópicas que las que se observan en los fallecidos por el síndrome o neumonía tóxica». Bayer.A similares conclusiones había llegado dos años antes el doctor Antonio Muro Fernández Cavada, ex director del hospital del Rey, de Madrid, quien, en un voluminoso trabajo de investigación epidemiológica, establece que la epidemia detectada en España el 1 de mayo de 1981, cuando en Torrejon de Ardoz moría el niño ****** Vaquero, de ocho años de edad, víctima de una desconocida neumonía pulmonar, estaba provocada por una partida de tomates que habían sido tratados con el nematicida fabricado por la Bayer en Quart de Poblet (Valencia). El doctor Muro, un «médico maldito» por haberse enfrentado a las tesis oficiales que relacionaban el aceite de colza desnaturalizado a la extraña enfermedad, acabó apartado de la comisión gubernamental que investigaba las causas de la «neumonía atípica». Rodeado de un estrecho grupo de colaboradores, Muro se lanzó a investigar por su cuenta. Entrevistó personalmente a más de 4.000 afectados por la enfermedad, viajó de una a otra punta del país y, seis meses después, tenía elaborado el mapa de la enfermedad en todo el territorio estatal. De esta manera, el médico heterodoxo y su equipo lograban obtener un primer descubrimiento: gran parte de los afectados por el llamado «síndrome tóxico» no habían consumido aceite de colza desnaturalizado y, por el contrario, todos ellos incluían en su dieta alimenticia una determinada variedad de tomate que sólo se cultiva en escasas zonas del Estado español. Con estos datos, el doctor Muro se dedica a visitar mercados, se entrevista con asentores de frutas y verduras, con transportistas e intermediarios y semanas más tarde consigue averiguar que el tomate sospechoso procede de una huerta de la localidad almeriense de Roquetas del Mar. ![]() Invernadero de Roquetas de Mar, sospechoso de causar el «síndrome». Sus investigaciones le permiten determinar, incluso, la cantidad de tomate que pudo haber producido el envenenamiento masivo conocido como «síndrome tóxico»: una partida de unos ochenta y cinco mil kilos cosechada durante los meses de abril, mayo y junio de 1981 y dedicada al consumo interior por su escasa calidad. «Este tomate, de la variedad Lucy -señala a CAMBIO16 Antonio Muro-, se consumió principalmente en los cinturones periféricos de las grandes ciudades, lo que coincide con el perfil sociológico de los afectados, todos ellos personas pertenecientes a un estrato social medio-bajo». Mientras la comisión gubernamental del «síndrome tóxico» seguía manteniendo la teoría del aceite de colza desnaturalizado como el vehículo propagador de la epidemia, Muro centra su trabajo en los insecticidas utilizados por los agricultores para combatir las plagas y descubre que un producto de la Bayer, el Nemacur, produce en las cobayas similares efectos a los detectados en los pacientes afectados por la «neumonía atípica». Cuando se administra oralmente Nemacur 10 a las cobayas -afirma el doctor Muro en el folio OJ 6342507 vuelto del sumario de la colza-, éstas mueren al sexto día. Si, en cambio, se les alimenta con un pedazo pequeño de pimiento tratado con este nematicida, la cobaya muere al segundo día, de donde se desprende que, al ser asimilado por la planta, el Nemacur 10 se convierte en un tóxico más potente que en su preparación original». Frente a las teorías de los doctores Muro y Frontela, el resto de la comunidad científica -el Centro de Nutrición y Alimentación de Majalahonda, el Instituto Nacional de Toxicología y un sector del Consejo Superior de Investigaciones Científicas- sigue considerando que el envenenamiento masivo que afectó a 14 provincias españolas a comienzos del verano de 1981 se debió a un tóxico que se encontraba en una partida de aceite de colza desnaturalizado. ![]() La tesis del aceite de colza, cada vez más débil. La del Nemacur gana terreno. Los investigadores oficiales fundamentan su hipótesis en que el 97 por 100 de los enfermos del llamado «síndrome tóxico» habían consumido aceite de colza adulterado y vendido clandestinamente y en el hecho de que a partir del 30 de junio de 1981, fecha en que el Gobierno procedió a retirar masivamente este aceite, la curva de afectados descendió vertiginosamente. Sin embargo, los intentos de reproducir en laboratorio los efectos del síndrome inoculando el supuesto aceite envenenado a todo tipo de cobayas, han resultado vanos hasta la fecha. «En los laboratorios de la Fundación Jiménez Díaz -cuenta a CAMBIO16 un biólogo- hicimos pruebas con grupos de diez ratas de quinientos gramos cada una, a las que les dábamos tres miligramos de aceite de colza de todas las formas imaginables (frito, en ensalada, crudo, etcétera), y ninguna de las cobayas reprodujo el síndrome. Simplemente, engordaban». En el Instituto Nacional de Toxicología y en el Centro de Nutrición y Alimentación de Majalahonda, dos de las instituciones científicas de mayor prestigio del país, los experimentos dieron parecidos resultados. «La administración de muchas muestras de aceite a babuinos, monos, cobayas y hamsters han dado resultados negativos», concluye la Organización Mundial de la Salud en un informe elaborado en 1983 y dado a conocer este año. La OMS, que desde que se descubrió el «síndrome tóxico» hasta la fecha ha enviado a 14 equipos científicos internacionales a nuestro país para estudiar la sintomatología y los orígenes del envenenamiento masivo, en un informe de 96 páginas, reconoce la impotencia de la comunidad científica internacional para determinar las verdaderas causas de la epidemia. «Las pruebas de que las anilidas de ácidos grasos fueron la causa de la enfermedad siguen siendo poco convincentes -asegura en su informe la OMS- (...) Mientras la toxina exacta del aceite siga sin identificarse, todas las pruebas de aceite confiscadas deberían conmservarse almacenadas, ya que mientras siga sin descubrirse la causa precisa, no puede tenerse la seguridad de que esta enfermedad no volverá a presentarse en España u en otros países». La ausencia de datos concluyentes en las investigaciones de laboratorio sobre muestras de aceite de colza desnaturalizado ha hecho que muchos científicos españoles y extrangeros estén en la actualidad utilizando otras hipótesis de trabajo y que la propia Organización Mundial de la Salud, en un informe confidencial remitido al Gobierno español, recomienda no descartar ninguna otra posibilidad de investigación que pueda arrojar luz sobre el origen del agente tóxico. Es el caso de los doctores Francisco Javier Martínez Ruíz y María Jesús Clavera Ortiz, antiguos miembros de la Comisión Epidemiológica del Síndrome Tóxico, quienes han llegado a la conclusión de que el agente causante del envenenamiento masivo que produjo las «neumonías atípicas» del verano del año 1981 no estaban en el aceite de colza desnaturalizado, sino, por el contrario, en las ensaladas. «Tras muchos meses de trabajo en el Plan Nacional del Síndrome Tóxico -dice Francisco Javier Martínez a CAMBIO16- hemos podido comprobar que el tóxico no fue el aceite, ya que sólo tres de cada mil personas que consumieron la colza supuestamente envenenada han resultado afectados. Además, no es excato que la epidemia cesara el treinta de junio de mil novecientos ochenta y uno, cuando se mandó retirar el aceite. En contra de la versión oficial, está estadísticamente comprobado que el llamado "síndrome tóxico" había comenzado a remitir dos semanas antes». Por otras parte, el personal científico del Laboratorio Central de Aduanas, que dirige el doctor Bolaños, que fue el primer centro investigador del país que aisló las anilinas de los aceites de colza desnaturalizados, tienen serias dudas acerca de que este tóxico fuera el único causante de la epidemia. «Después de haber estudiado detenidamente la sintomatología de los enfermos -señaló un alto cargo del organismo a CAMBIO16-, estamos convencidos de que entre las sustancias que provocaron las "neumonías atípicas" tenía que haber obligatoriamente compuestos fosforados». A esta misma conclusión llegaba, en el verano de 1981, el médico militar Luis Sánchez Monge, una de las personas que más años ha dedicado al estudio de la acción de los gases tóxicos. El doctor Sánchez Monge, experto en armas químicas y bacteriológicas, en un informe reservado hecho llegar a las autoridades sanitarias del país, aseguraba la coincidencia entre los efectos del «síndrome tóxico» descubiertos en los afectados y determinadas fases de la guerra química, donde suelen emplearse compuestos fosforados en estado gaseoso. En uno y otro caso, el cuadro clínico era similar: insuficiencias respiratorias graves con disnea y tos, náuseas y vómitos, dolores musculares, dolores de cabeza, diarrea y exantema pruriginoso. Todas estas experiencias apoyan los descubrimientos de los doctores Muro y Frontela, quienes, trabajando cada uno por su lado, llegaron a la conclusión de que el posible tóxico determinante de la epidemia era el Nemacur, un nematicida que se elabora en la planta de Cuart de Poblet, en Valencia, por la multinacional alemana Bayer. El Nemacur se emplea como plaguicida desde 1972 en el Estado español y lleva fósforo en su composición. «Según mis investigaciones y las de mi equipo de colaboradores -asegura el doctor Luis Frontela Carreras a CAMBIO16-, el Nemacur es con mucha probabilidad el agente causante del envenenamiento masivo conocido como "síndrome tóxico"». |
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| El doctor Frontela, que recibió a esta revista en su domicilio de Sevilla, en la avenida de la República Argentina, asegura también que su trabajo no son especulaciones gratuitas. «Un equipo interdisciplinario de quince personas llevamos dos años investigando en el tema, hemos hecho centenares de ensayos con todo tipo de plaguicidas y todos los datos señalan que la epidemia pudo producirse por una incorrecta utilización de este organofosforado». Según el Servicio de Defensa contra Plagas e Inspección Fitopatológica del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, el Nemacur cuando se emplea en su versión líquida, que posee una alta concentración de organofosforados, es un producto altamente tóxico, letal para las personas, los animales terrestres y la fauna acuícola, por lo que debe administrarse a las plantas entre sesenta y noventa días antes de la recolección, para dar tiempo a la planta a eliminar los posibles residuos de veneno que puedan acumularse en tallo, hojas y frutos. «Yo utilicé el Nemacur -se ratifica Frontela ante CAMBIO16- en plantaciones de pimientos dos semanas antes de la recolección. Administrados a lotes de ratas, reproducían fielmente la sintomatología de los afectados por las "neumonías atípicas" de mayo-junio de mil novecientos ochenta y uno, y morían a los pocos días». Informes confidenciales de los servicios secretos, a los que ha tenido acceso CAMBIO16, señalan que F.M., el agricultor de Roquetas de Mar, empleó Nemacur -varios bidones de cinco litros de Nemacur en su versión líquida, es decir, la más tóxica- para exterminar una plaga de fusario -un hongo que afecta a las raíces- que estaba a punto de arruinar su cosecha de tomates. «Fue una mala cosecha -cuenta F.M. a CAMBIO16, confirmando los datos en poder de los servicios de inteligencia-. En un invernadero de dos hectáreas sólo logré salvar ochenta y un mil quilos de tomates, de la variedad Lucy, que vendí entre doce y dos pesetas el kilo y quese destinaron en su integridad al mercado nacional». El descubrimiento de este agricultor, que confiesa haber recolectado su cosecha semanas antes de que se detectara los primeros casos atribuidos a un tóxico desconocido, parece confirmar las hipótesis del doctor Antonio Muro y su equipo de colaboradores que, a través de un amplio estudio sociológico, cuya documentación ocupa varios armarios de su antiguo despacho del Hospital del Rey, determinó en 1981 que los supuestos tomates a los que él achacaba el origen de la epidemia se habían producido en la provincia de Almería. Sin embargo, la empresa fabricante del producto plagicida, la multinacional Bayer, la primera empresa química del mundo que creó una sección destinada a la conservación de la naturaleza, rechaza cualquier posible vinculación del Nemacur con el envenenamiento masivo de mayo-junio de 1981. «Incluso en caso de una mala aplicación del Nemacur, en un plazo breve por descuido o intencionadamente, no se presentaría ningún tipo de enfermedad del tipo de "síndrome tóxico", ya que está demostrado que nuestro producto no es neurotóxico y, en cambio, los afectados por la "neumonía atípica" han padecido en su mayoría procesos neurotóxicos», manifestó el jefe de la división fitosanitaria de Bayer en el Estado español, J. Costa (véase apartado). Estos argumentos no convencen al catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla, Luis Frontela Carreras, quien afirma a esta revista que existen efectos poco conocidos, pero altamente peligrosos, en los nematicidas. «Estos efectos -asegura- se producen a largo plazo e incluso en personas que no han consumido grandes cantidades de tóxico y no vienen indicados en los folletos de los plaguicidas normalmente, por lo que se suele escapar al conocimiento de los especialistas e incluso de un sector de la comunidad científica». Pero no es sólo la Bayer quien pone en duda los informes de los doctores Muro y Frontela. «Si son rigurosamente serios -asegura Carmen Salanueva, coordinadora deñ Plan Nacional del Síndrome Tóxico- que vengan y los expongan, que aquí a nadie se le cierran las puertas». Por otra parte, el Gobierno, que sigue con evidente preocupación las investigaciones de Antonio Muro y Luis Frontela, por el temor de que una mala utilización del tema puede perjudicar al sector agrícola español en un momento clave de nuestra integración en la Comunidad Económica Europea, va a invitar a ambos científicos a que expongan sus teorías ante los foros científicos estatales e interestatales, para evitar, de una vez por todas, que se siga especulando con un tema que afecta dolorosamente a numerosas familias del país. Independientemente de las declaraciones del Gobierno y de los responsables a nivel asistencial de los afectados por el «síndrome tóxico», el catedrático de Medicina Legal de Sevilla, Luis Frontela, está convencido de que su trabajo está en el buen camino. «Dentro de dos semanas, cuando hayamos concluido los últimos ensayos, la verdad se abrirá paso por sí sola». El síndrome de la muerte. El síndrome tóxico, también llamado «neumonía atípica», fue detectado en la localidad madrileña de Torrejón de Ardoz el 1 de mayo de 1981, al morir por insuficiencia pulmonar aguda el niño de ocho años ****** Vaquero. Posteriormente, seis de los ocho miembros de su familia contraerían la extraña enfermedad. En pocos días, la epidemia alcanzó a otras trece provincias españolas, todas ellas situadas en el noroeste de la Península, salvo Galicia y Cantabria, y afectó sobre todo a personas de clase media-baja residentes en las zonas periféricas de las ciudades. La epidemia alcanzó su punto máximo a mediados de junio, fecha en que se nregistraron hasta 600 ingresos en los hospitales de todo el país, y se atendía a más de cuatro mil enfermos. Durante este periodo se realizaron los primeros estudios epidemiológicos, que permitieron establecer que la enfremedad no afectaba a lactantes y que la epidemia incidia más en la población femenina. El primer dato permitió establecer que la «neumonía atípica» tiene su origen en un envenenamiento masivo por ingestión de alimentos. Encuestas posteriores demostraron que la mayoría de los afectados habían consumido aceite de colza desnaturalizado con anilinas. A pesar de que la mayoría de los afectados habían consumido también tomates y otros alimentos de consumo generalizado, el hallazgo de las anilinas en el aceite de colza y las circunstancias políticas que vivía el partido del Gobierno, la Unión de Centro Democrático, hizo que toda la investigación oficial se centrara en «la colza». Datos oficiales estiman que unas sesenta mil personas estuvieron sometidas a los efectos del tóxico, de las cuales resultaron directamente afectadas 24.000 y murieron 352. Sin embargo, datos extraoficiales sigieren que la población expuesta al veneno fue muy superior y que el número de muertos asciende en la actualidad a más de quinientas personas, 150 de las cuales no son reconocidas oficialmente, por haber contraído el «envenenamiento» antes o después de que estuviera en circulación la partida de aceite de colza a que se atribuye la intoxicación. Un insecticida altamente tóxico. El Nemacur es un compuesto químico que se emplea por los agricultores como nematicida, para combatir las plagas que afectan a las raíces de las plantas. Fabricado y patentado por la multinacional alemana Bayer, se sintetizó por primera vez en 1963 y se viene comercializando en el Estado español desde 1972. Su materia activa son los Fenamifos (etil-p-metiltio-m-tolil-isopropil fosforoamidato), un producto fosforado que actúa como plaguicida por contacto y es soluble en las grasas. Se vende libremente en 19 países, especialmente en los tropicales, y en el Estado español se comercializa en dos versiones: una, líquida, y otra, granulada. El producto líquido, conocido por Nemacur 40, posee una elevada concentración de Fenaminos y es altamente tóxico. De acuerdo con las normas del Ministerio de Agricultura el consumidor debe consignar en un libro de registro la utilización que le va a dar y no se puede aplicar a las cosechas sesenta días antes de su recolección. El Nemacur granulado o Nemacur 10 es bastante menos tóxico y no necesita, legalmente, un plazo de seguridad para ser administrado a las plantas. Los organismos internacionales encargados de la salud (Organización Mundial de la Salud, Organización de Alimentación y Agricultura, etc.), permiten en el caso del Nemacur un límite de residuos que oscila entre los 0,05 y 0,2 miligramos de plaguicida por kilo de vegetal, según el tipo de cultivo. El «codex» alimentario de la FAO, por su parte, establece que el IDA (Ingestión Diaria Admisible) de Fenamifos en el ser humano no debe superar el 0,0006 miligramos por día y kilo de peso de la persona que absorbe el tóxico. La Bayer se defiende. La aplicación correcta del Nemacur no tiene ningún riesgo para la salud, porque los residuos máximos, tanto del preparado como de sus metabolitos, están, después del plazo de espera, por debajo de la tolerancia aceptada por la OMS, informa la Bayer a CAMBIO16. Saliendo al paso de los informes de los doctores Muro y Frontela, la multinacional alemana asegura que en los estudios efectuados por el Instituto Nacional de Toxicología efectuados en mayo de 1981, cuando surgió el «síndrome tóxico», no aparecieron restos de organofosforados, compuesto que constituye el principio activo del Nemacur. Señalan también que han vendido su producto en grandes cantidades en el Estado español desde 1972 hasta la fecha sin que se hayan presentado envenenamientos debido a que su acción sobre las plantas es muy pequeña. Bayer España destaca el hecho de que, a pesar de haberse utilizado masivamente su nematicida en Canarias, Baleares, Alicante, Almería, Murcia y Valencia, en estas zonas no se han presentado casos de enfermedades con sintomatología parecida a la «neumonía atípica». «Por el contrario -dicen-, las regiones más afectadas por el "síndrome" han resultado ser aquellas en que la aplicación del Nemacur es mínima». En contra de las hipótesis de los doctores Frontela y Muro, la multinacional alemana pone de relieve que a pesar de ser el tomate y los pimientos productos de mucha exportación, en ningún país del mundo se ha detectado el «síndrome tóxico». El Nemacur se emplea en la actualidad en otros 19 países, desde Estados Unidos a Camerún, como nematicida. «En ninguno de ellos se han producido enfermedades similares a la «neumonía atípica» registrada en el Estado español en 1981», afirma la Bayer. |
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| Cambio 16. Número 801. 6 de abril de 1987. Yo investigué el síndrome tóxico. Durante más de tres años Rafael Cid investigó periodísticamente todo lo relacionado con el síndrome tóxico, también llamado del «aceite de colza», la epidemia surgida en 1981 en la localidad madrileña de Torrejón de Ardoz. En todo ese tiempo, el periodista tuvo acceso a información, recibió testimonios confidenciales y recopiló valiosa documentación sobre el desgraciado episodio que llevó la muerte y la desolación a millares de hogares españoles. Ante la apertura del juicio para buscar responsabilidades entre los presuntos causantes de la epidemia, el informador, que será citado como testigo en la vista, relata su experiencia sobre la intoxicación más grave de la historia de España. Rafael Cid. «El lugar más oscuro está siempre bajo la lámpara» (proverbio chino). En 1982, un año después de haber surgido la epidemia, yo era un convencido de la tesis del aceite como causante de la enfermedad del síndrome tóxico. Toda la información que manejaba en aquel entonces refrendaba mis íntimas sospechas en torno a una actuación de desaprensivos industriales del sector oleícola como desencadenante de la tragedia. Pero un día comenzaron mis dudas. Fue a raiz de un encuentro con el pediatra Juan Manuel Tabuenca, el médico que en sus investigaciones en el hospital del Niño Jesús, de Madrid, había aislado el aceite como factor de relación con la enfermedad. En una de las frecuentes visitas a su consulta para que atendiera a mis dos hijos de corta edad, salió a relucir el tema del síndrome. Yo estaba indignado por la actuación de un grupo de afectados partidarios de la tesis del doctor Muro -la causa del mal residía en unos tomates tratados con pesticidas- que, a la salida de un debate televisivo en La clave, intentaron agredirle. Para mi era un dato más de la existencia de una campaña de intoxicación a la opinión pública urdida por los aceiteros. Pero me chocó la reacción de mi amigo Juan Manuel Tabuenca. No era el dolor por la acción de unos desesperados lo que más le afectaba. Su tristeza, su abatimiento, procedía de la investigación en sí. «Y si el origen de la enfermedad no es el que pensamos -susurró-, si se trata de otra cosa que no quiero ni pensar...». Pocos meses después de la revelación de Tabuenca se produjo otro acontecimiento que volvió a despertar en mí sentimientos contradictorios. Fue un juicio claro de Enrique Bolaños, el jefe del laboratorio de Aduanas, el hombre que detectó las anilinas y anilidas en el aceite sospechoso. Bolaños era amigo personal de Tabuenca, y cuando éste empezó a detectar una asociación entre los enfermos y la ingestión de aceite en la dieta, penso que sólo un laboratorio acostumbrado a rastrear entre muestras para encontrar pequeñas adulteraciones podía bucear en el aceite con éxito. Lo que después se demostró acertado. Para llegar a Bolaños tuve que esgrimir mis mejores armas. Su distanciamiento de científico serio y el envaramiento de su cargo hacían difícil la empresa de hablar con él sobre el polémico asunto. Al fin aceptó recibirme en el verano de 1983. Conversamos off the record. Bolaños no quería que sus manifestaciones se publicaran. Tenía cierto desdén por la prensa y algo de precaución en comprometer su posición al frente del laboratorio de la Dirección General de Aduanas, uno de los centros más rancios de aquella etapa de primavera democrática. Descorro ahora parte del tupido velo en que he mantenido su testimonio en estos años. Creo que existen causas de mayor fuerza ética que lo justifican. «Mire usted -me comentó Bolaños tras hacerse traer un grueso volumen de su archivador-, si en estos momentos tuviera que emitir nuevamente el informe sobre el aceite sería muy distinto del que redacté. A la vista de la evolución de la enfermedad, hoy tengo la convicción de que, aunque tuviera anilinas y anilidas, el aceite no pudo producir la enfermedad. El cuadro clínico que presentan los afectados me inclina a pensar que el agente causante es un organofosforado». Salí bastante impresionado y confuso de la entrevista con Bolaños en su despacho oficial de la calle Guzmán el Bueno, de Madrid, frente a la sede de la Dirección General de la Guardia Civil. Si el médico que detectó el aceite y el químico que aisló los agentes mórbidos no las tenían todas consigo, ¿por qué el Gobierno no investigaba más que en una dirección?. A partir de ese momento, el gusanillo de la duda me acompañaba. La revista me autorizó a investigar a fondo el tema. Y como primera medida llamé por teléfono al heterodoxo doctor Antonio Muro, el hombre que discutía vehementemente la postura oficial, para concertar un encuentro. Tenia curiosidad por el personaje y, al mismo tiempo, albergaba serios prejuicios sobre su postura científica. No fue una visita positiva. Muro me recibió -durante toda un tarde del mes de septiembre del 1983- en su piso de la céntríca calle de Cea Bermúdez, a no demasiada distancia del laboratorio de Aduanas, entre libros de medicina, animales disecados y carpetas azules, que levantaban más de un metro sobre la mesa de su atestado despacho. Era el reducto típico del genio chiflado. Para más inri tenía hobbys extravagantes -no quiso que me despidiera sin contemplar su excelente colección de elefantes en miniatura, colocados en fila india de espaldas a la puerta, porque dicen que así traen suerte-. En bata, con zapatillas de paño y barba de erudito, Muro provocó en mí una reacción ambigua. De un lado, parecía evidente que era uno de los especialistas que más horas había dedicado al estudio de la epidemia y más concienzudamente había trazado su estudio epidemiológico. Pueblo por pueblo, casa por casa, familia por familia, el ex director del Hospital del Rey de Madrid y su equipo de colaboradores tenían acotado el perfil del desarrollo de la intoxicación. Era un estudio apabullante que llenaba anaqueles enteros de su biblioteca. Realizarlo le llevó un año y recorrer cerca de sesenta mil kilómetros en su propio coche. Por otro lado, la vehemente exposición del doctor Muro, su fanatismo, me echaba para atrás. Muro tenía descartado al aceite como causante y todo su interés se centraba casi exclusivamente en un producto químico, de la familia de los organofosforados, que -según él- se había metabolizado en la planta transmitiéndose posteriormente durante el consumo humano. Además, lo que me ponía definitivamente en guardia era su obstinación. En mi caso intentó comprometerme para que buscara unos albaranes que le faltaban sobre diversas partidas de tomates de la clase Lucy, en Roquetas del Mar, Almería. Así y todo, el argumento base del doctor disidente me parecía notable: todos los intentos de reproducir la enfermedad en laboratorio habían fracasado y las ratas a las que se había administrado el aceite confiscado engordaban plácidamente. Además, sostenía Muro, cuando, por el contrario, se inocula a las cobayas el organofosforado sospechoso mueren irremediablemente y las lesiones registradas en sus vísceras dan características similares a las encontradas en las de los muertos por el síndrome. Aunque reticente, tomé nota de lo fundamental del trabajo de campo realizado por Muro: un organofosforado como posible agente causante, cierta variedad de tomates baratos como vehículo; una lonja determinada de Almeria como base desde donde se comercializó el producto y año, mes y extensión de la cosecha que podía haber sido el soporte de la intoxicación. Aproveché la Semana Santa de 1984 para continuar mis indagaciones. Con mi mujer y mi hijo mayor bajé a Almería, y utilizando como cuartel general el hotel La Parra, pateé Alhondigas y visité expendedores de fitosanitarios e invernaderos que cuadraran con el retrato robot de Muro. Tengo que decir que, aunque no concedo ningún valor al asunto, localizé a un agricultor que se ajustaba casi a la perfección a lo que buscaba. Fecha de recolección del tomate, variedad, volumen de la cosecha... eran aparentemente los idóneos. Además, el dueño de la plantación me confesó intranquilo que había usado y abusado del pesticida para recuperar sus plantas invadidas de nematicidas. Una casualidad. En noviembre de ese año se produjo el caso Frontela, un investigador sevillano que desde posiciones diferentes y, en ocasiones, hasta discrepantes a las de Muro, había obtenido resultados que ponían seriamente en entredicho la relación causal del aceite de colza con el síndrome tóxico que había producido ya más de 500 muertos y cerca de 26.000 intoxicados. Luis Frontela Carreras, catedrático de medicina legal en la Universidad de Sevilla (Muro siempre decía que la investigación del síndrome necesitaba un auténtico sabueso, un científico que persiguiera el rastro como un policía o un forense), había realizado su trabajo sobre una paciente fallecida un mes antes de la aparición oficial de la enfermedad. Un caso, pues, que no figuraba en la contabilidad del Ministerio de Sanidad. Sin embargo, las investigaciones del científico realizadas sobre las vísceras de la afectada utilizando técnicas matemáticas y estadísticas y experimentos de laboratorio (a Muro siempre le achacaron su escasa formación científica) revelaban lesiones coincidentes con las de otras víctimas de la intoxicación. Resultó casi imposible que Frontela fuera más explícito sobre su descubrimiento de lo que contaba en su informe oficial. En su despacho de la calle General Perón, del centro de Sevilla, el catedrático de medicina legal se refugiaba en la parquedad de su comunicado. Desde luego no era el locuaz Muro. Frontela, un tímido incorregible, tenía verdadero pánico a que la divulgación de sus investigaciones desorbitara el caso. Finalmente admitió (a micrófono parado, como en tantas otras ocasiones) que todo parecía descartar al aceite, mientras que determinado fenamifo, comercializado con el nombre de Nemacur, podría producir lesiones microscópicas en las cobayas similares a las de los enfermos de la neumonía atípica. Luego, cuando sus declaraciones aparecieron publicadas, el bueno de Frontela recogió velas y... donde había dicho digo, dijo Diego. De todas formas nunca rompí el hilo directo con el forense. Al igual que Tabuenca he creido siempre que se trataba de un investigador honesto, competente y valioso, al que las circunstancias mundanas desbordaban. Esa imagen permaneció inalterable cuantas veces le visité en el Instituto Forense de Sevilla, entre cobayas y olor a formol. En el reportaje que apareció en esta revista rescatando para el debate la tesis alternativa sobre el síndrome tóxico hubo otras contribuciones que aún hoy considero valiosas. Me refiero especialmente a los trabajos del neurofisiólogo José María López Agreda relacionando con las anneas del sueño y los trastornos del síndrome tóxico. El doctor Agreda exploró en 250 enfermos del síndrome tóxico afectados de insomnio y el resultado le llevó a sospechar que se trataba de un «síndrome tóxico epidémico, marcadamente neurotóxico, sintomatología que está perfectamente definida en la literatura científica como producida por los agentes químicos organofosforados». De menor relieve, aunque interesante para demostrar la relatividad de ciertas posiciones científicas supuestamente irrevocable, fue el testimonio del doctor Klaus Knapp. Fue el médico que relacionó la Talidomina como el medicamento responsable de graves mutilaciones en recién nacidos en la República Federal Alemana. El investigador me relató cómo él y su jefe, el doctor Lenz, lograron solucionar el misterio a palo seco frente a la cerrazón de cinco comisiones científicas oficiales. Un ejemplo de cómo, a veces, la comunidad cientifica se equivoca frente a humildes francotiradores. Otro dato de cierto interés, y que hasta la fecha había permanecido en el secreto del sumario, fue el testimonio de un alto ex responsable del seguimiento del síndrome tóxico, José Enrique Martínez de Genique, secretario de Estado para el Consumo en el gobierno de Calvo-Sotelo. Corría el rumor de que se había apartado del plan por discrepancias sobre la orientación de la investigación. Y era verdad. El propio De Genique lo confirmó en el curso de la cordial entrevista que mantuvimos en su bufete del paseo de la Castellana, de Madrid, en enero de 1985. «Llegó un momento en que estaba claro que siguiendo con el aceite no llegábamos a nada positivo -reveló-. Era insostenible. Las encuestas epidemiológicas no cumplían los requisitos científicos mínimos. Ni todos los afectados habían tomado aceite ni mucho menos todos los que habían ingerido aceite resultaron afectados». De Genique también rogó entonces que no hiciera uso público de sus palabras. World Health Organization (WHO).Pero quizá el punto álgido de toda la historia se produjo en la entrevista que mantuve con Gastón Vettorazzi, el máximo responsable del departamento de pesticidas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El shock Vettorazzi fue un episodio lamentable. Vettorazzi me recibió en su despacho oficial de la sede de la OMS en Ginebra, un gélido día de febrero de 1985 y con las calles prácticamente intransitables a causa de una fenomenal nevada. El alto funcionario de la OMS se mostró en todo momento gentil y dispuesto a abordar sin reservas el asunto. Cuando solicité permiso para grabar la entrevista y tomar algunas fotografías con mi autofocus, su significativo «¡por supuesto!» confirmó que me encontraba ante un inteligente conversador y un científico sin miedo. Y así ocurrió. Vettorazzi fue mucho más allá de lo que yo podía esperar. Me dijo que científicamente no existían precedentes de que las anilinas del aceite hubieran provocado una enfermedad como la del síndrome y descalificó como no riguroso y manipulador el informe de la oficina de la OMS de Copenhague titulado El síndrome del aceite tóxico («¿cómo se puede señalar al aceite -dijo indignado- cuando en la página diez se asegura que "la búsqueda de los agentes tóxicos en el aceite ha sido en gran parte vana"?»). «Nadie me quita a mí la idea de que la epidemia estuvo provocada por un agente neurotóxico», aseguró ese día al final del gratísimo encuentro Gastón Vettorazzi. Antes, con el magnetófono parado y el rotulador en la mano, el responsable de los pesticidas de la OMS ilustró al lego informador sobre el enorme riesgo que podían significar los fenamifos, la última generación de organofosforados sintetizada en los laboratorios. «Esto es un avispero», manifestó Vettorazzi haciendo notar el extraño comportamiento de ese compuesto químico que es tanto más letal cuanto menor sea la cantidad aplicada y más evolucionada la especie animal afectada. Semanas más tarde las cañas se tornaron lanzas. Al publicarse la entrevista con sus declaraciones a título personal, Vettorazzi se apresuró a desmentirlas mediante un agrio télex enviado desde la sede de la OMS. La cinta, con las declaraciones de Vettorazzi en perfecto castellano, será uno de los elementos que este periodista ponga a disposición del tribunal en el caso de que, como parece, sea llamado a declarar. El cambio copernicano de Gastón Vettorazzi fue un mazazo a las informaciones sobre la investigación alternativa del síndrome tóxico. De pronto, se hizo el silencio. Incluso el voluntarioso catedrático Luis Frontela Carreras aceptó sin rechistar que la Organización Mundial de la Salud cancelara su invitación oficial para exponer sus trabajos ante los expertos de Ginebra. Centro Superior de Investigación de la Defensa (CESID).También el Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), que había realizado su propia investigación con ayuda de expertos de diferentes ramas dio carpetazo al asunto. Hoy el resumen de ese informe de los servicios secretos militares duerme el sueño de los justos en los archivos de la nueva sede de los servicios en la carretera de La Coruña. En las conclusiones del CESID, apenas una docena de folios, se descarta prácticamente la intoxicación por el aceite y se sugieren otras causas, por ejemplo, que se hubiera tratado de un ensayo de guerra química. Mi relación con la investigación de la epidemia concluyó las Navidades de hace dos años. En diciembre de 1985, acompañado de dos enviados especiales de la cadena de la televisión alemana federal WDR, Imre Kerner y Dagny Radek, acudí por última vez a entrevistarme con el doctor Frontela en Sevilla. Motivo: el empecinado investigador aseguraba haber obtenido resultados. Primero, el análisis de plasma de los afectados señalaba inhibición de la colinesterasa (la investigación oficial descartó a los organofosforados al resultar negativas las pruebas de inhibición de la colinesterasa). Y lo más importante, Frontela nos aseguró que los trabajos realizados con el espectógrafo de masas utilizando plasma de afectados habían registrado la existencia de puntos de organofosforados. Su duda para no divulgar todavía el hallazgo radicaba en si se trataba de un resultado real o de un fenómeno de simpatía del aparato. Nunca lo supo. Frontela no recibió más plasma para repetir su experiencia. Protagonistas de la investigación. ![]() Antonio Muro Fernández Cavada. Antonio Muro. Investigador disidente de la tesis oficial, que asocia el síndrome tóxico con la ingestión de aceite desnaturalizado. Personaje excéntrico para unos y genial para otros. Los que le trataron reconocieron su enorme capacidad de trabajo y una apasionada entrega a los temas relacionados con la salud pública. Se esforzó por trazar el cuadro epidemiológico de la enfermedad, que él consideraba básico para llegar hasta los orígenes de la epidemia. Murió de cáncer de pulmón el 17 de abril de 1985. Era militante de Izquierda Socialista en la agrupación de Chamberí, su barrio. ![]() Gaston Vettorazzi. Gaston Vettorazzi. Responsable de la División de Pesticidas de la Organización Mundial de la Salud, con sede en Ginebra. Una autoridad en la materia. Al principio sostuvo opiniones personales de crítica al informe sobre el síndrome tóxico elaborado por la oficina de Copenhague de la OMS. Para él, la epidemia representaba, además, una oportunidad única para investigar el origen y evolución de enfermedades aún no suficientemente conocidas. Cambió de actitud y revocó el ofrecimiento a Frontela para que asistiera a la reunión de expertos de Ginebra con el fin de mostrar sus trabajos. ![]() Luís Frontela Carreras. Luís Frontela. Catedrático de medicina legal de la Universidad de Sevilla. Impulsó los trabajos alternativos sobre el síndrome al investigar en el laboratorio con cobayas. Sus estudios provocaron reacciones crispadas entre la comunidad científica. Empeñó su fortuna en financiar las investigaciones con un estrecho equipo de colaboradores. Sus hallazgos sobre la inhibición de colinesterasa en los afectados contradicen la versión oficial. Está convencido de que los aceites de colza no pudieron desencadenar la epidemia. En la actualidad es el director del Programa de Policía Científica y Criminalista. ![]() Juan Manuel Tabuenca. Juan Manuel Tabuenca. Pediatra. El hombre que desde su cargo de director en funciones del Hospital del Niño Jesús, de Madrid, señaló una relación entre la enfermedad y la ingestión de alimentos cocinados con aceite. Su comunicación, el 9 de junio de 1981, al ministro de Sanidad, participando el resultado de sus investigaciones, fue decisiva para orientar los trabajos futuros sobre el síndrome. Posteriormente se mantuvo en un discreto segundo plano, enfocando su actividad profesional hacia el ejercicio libre de la medicina. Está considerado como un destacado especialista en medicina infantil. |
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| Integral. Número 107. Volumen 1. Noviembre del 1988. ![]() Beatriz Delgado, niña enferma de síndrome tóxico en proceso de rehabilitación. Foto: Miguel González. El llamado «juicio del siglo» contra 38 traficantes de aceites de consumo, acusados de producir con sus fraudes alimenticios la epidemia conocida como «síndrome tòxico», que ha causado centenares de víctimas y miles de enfermos crónicos en toda España, está listo para sentencia. Por las características del juicio -salpicado de incidentes- y la dinámica de las sesiones y declaraciones, es muy probable que el jurado acepte la hipótesis de que fue el aceite adulterado el que provocó la epidemia, condenando a los acusados con duras penas de prisión e indemnizaciones. En los días del inicio de la epidemia la prensa española prestó cierta atención a las llamadas «hipótesis alternativas», pero conforme pasaban los años y se desarrollaba el juicio se fue comportando como «la voz de su amo», suscribiendo -salvo excepciones- las tesis oficiales sobre el aceite de colza. En la actualidad existen dos libros críticos sobre el caso del supuesto aceite tóxico: Pacto de silencio, de Andreas Faber-Kaiser, y El montaje del síndrome tóxico, de Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, traducido del alemán. A partir de sus informaciones, del estudio de las actas del juicio y de algunas entrevistas con expertos extranjeros y nacionales, hemos preparado este artículo. La conclusión principal es evidente: el aceite no ha podido ser la causa de la epidemia. El juicio del Síndrome Tóxico llega a su fin. Aceite, la solución más ligera. Cronología de los hechos. 1 de mayo de 1981: El niño Jaime Vaquero, de 8 años, fallece en Torrejón de Ardoz mientras era trasladado en ambulancia hacia un centro hospitalario. A este caso se sucederán cientos y pronto miles en las siguientes semanas de mayo. Los afectados presentan gran dificultad al respirar, fiebre ligera, dolores musculares y neuralgias, cansancio general, vómitos y mareos, diarreas, exantemas y a menudo edema pulmonar. Se empieza a especular con que se trate de una epidemia producida por un germen extraño; se habla de «neumonía atípica» e incluso de «enfermedad del legionario». 6 de mayo de 1981: El Doctor Muro, subdirector del Hospital del Rey de Madrid, que ha formado un equipo para estudiar las causas de la epidemia, descarta que se trate de la «enfermedad del legionario». Muro es el primero en indicar que la enfermedad se genera a través de la vía digestiva y no de la respiratoria. Sus estudios epidemiológicos le conducen a los mercadillos periféricos de la capital, donde se venden productos sin marcas. 13 de mayo de 1981: El Dr. Muro convoca a altos cargos del Ministerio de Sanidad y los directores de otros centros en donde existen afectados. Afirma que la epidemia tiene relación directa con alguno de los ingredientes de la ensalada; también menciona que es probable que se trate de una intoxicación por plaguicidas organofosforados. Sobre un mapa de España predice con éxito los puntos en que aparecerán nuevas víctimas. 15 de mayo de 1981: El mismo día en que el Ministerio de Sanidad organiza una Comisión para coordinar las investigaciones entorno a la enfermedad, el Dr. Muro es destituido fulminantemente de la dirección en su hospital; la causa según la prensa es su agotamiento y tensión nerviosa. 16 de mayo de 1981: El entonces ministro de Sanidad, Sancho Rof, en una entrevista televisada menciona una frase histórica: «El bichito que produce el mal, es tan pequeño, que si se cae de esta mesa, se mata...». Finales de mayo de 1981: La epidemia se extiende, el pánico cunde cuando se sabe que han aparecido casos en Málaga, Sevilla, Córdoba y otros pueblos del sur de España. Entre las gentes corre el rumor de que se trata de un veneno; las fresas son rechazadas y se sacrifican animales. Las madres no mandan sus hijos al colegio. 10 de junio de 1981: Televisión Española informa por primera vez que la epidemia puede ser generada por la ingestión de aceite adulterado. El 21 de junio el Ministerio de Sanidad anuncia que el aceite de colza desnaturalizado para uso industrial es el causante de la enfermedad. 16 de junio de 1981: Primeros procesamientos por un delito de salud pública. Por esa fecha, el Dr. Muro, que proseguía independientemente con su equipo las investigaciones, descarta el aceite adulterado como causa de la epidemia y se convence que el nexo entre epidemia y ensalada reside en los tomates provenientes de los invernaderos de Almería. World Health Organization (WHO).A principios de junio: Llega a Madrid una Comisión del Center for Disease Control de Atlanta -famoso por haber descubierto la «enfermedad del legionario»-. Su estudio termina por sugerir que las causas de la epidemia residen en las anilinas y anilidas del aceite. A partir de aquí la Administración española enviará muestras del aceite supuestamente tóxico a diferentes laboratorios mundiales bajo la égida de la OMS. Marzo del 1983: Se celebra en Madrid, bajo el control de la OMS, una conferencia para revisar resultados. Ningún laboratorio extranjero ni nacional ha podido establecer un nexo causal directo con experimentación animal entre los aceites y los signos de la enfermedad. Se recomienda a la Administración española que lleve a término una revisión de todos sus estudios, lo cual se hace en Madrid, trayendo para ello científicos de Barcelona bajo la dirección de la Dra. Susana Sans. En esta comisión surgen pronto disidencias, en especial de los doctores Javier Martínez Ruíz y su esposa Maria Jesús Clavera Ortiz, que niegan la hipótesis de que el aceite sea capaz de generar la epidemia. Septiembre del 1983: El matrimonio disidente es despedido de la Comisión Investigadora. Desde entonces ambos doctores tienen que hacer frente a numerosas penalidades y dar clases particulares para subsistir. Noviembre del 1984: Luís Frontela, catedrático de medicina legal de la Universidad de Sevilla, hace pública una nota en la que disiente de la hipótesis oficial y afirma que la hipótesis del Dr. Muro sobre los organofosforados es la correcta. Según Frontela, en unos modestos experimentos con animales él ha reproducido la mayoría de los síntomas de la epidemia al alimentarlos con tomates contaminados con el plaguicida Nemacur. Diciembre del 1984: Aparece en la revista Cambio 16 un articulo titulado: «Un producto Bayer envenenó a España», en el que por primera vez se da a conocer al público que el síndrome tóxico fue causado por el plaguicida alemán «Nemacur». En un reportaje posterior, un alto cargo de la OMS, el Dr. Vettorazzi, afirma que el aceite no es el origen de la epidemia y que la tesis de los organosforados es más racional. Bayer.Principios del 1985: La empresa multinacional Bayer inicia un proceso jurídico contra Cambio 16 por difamación. A finales de este año se llega a un acuerdo extrajurídico; tras el pacto aparece un artículo en Cambio 16 rectificando las tesis sobre el Nemacur. Enero del 1985: La OMS encarga una revisión de todos los estudios epidemiológicos existentes sobre el aceite de colza al prestigioso epidemiólogo británico Sir Richard Doll. Su informe se emite en octubre del mismo año, y en él no se afirma categóricamente que el aceite sea la causa de la epidemia. 6-7 julio del 1987: Empieza el juicio contra los traficantes de aceite que ha producido hasta la fecha unas 740 víctimas mortales y 25.000 enfermos crónicos en toda España. El Dr. Doll declara por primera vez oralmente que existen suficientes pruebas epidemiológicas para considerar al aceite tóxico como responsable del síndrome. Finales de agosto del 198 El juicio está visto para sentencia. El fìscal exige penas globales de 60.000 años de prisión para algunos de los acusados.La hipótesis del accidente en la base de Torrejón de Ardoz. Esta hipótesis no es una mera especulación. Según un artículo publicado en El País, en 1979 el sargento Marcelo Pérez destinado en la base estadounidense murió repentinamente de una enfermedad que presentaba los mismos síntomas que los del síndrome tóxico. En aquellos años también murieron algunos soldados americanos. Dado que las primeras víctimas se produjeron en Torrejón, en los periódicos se especulaba con algún accidente con una arma química o biológica. En lo concerniente a las armas químicas, el ejército estadounidense estaba y está en posesión de gases como el Tabún o el Soman (algunas patentes pertenecen a la Bayer), que en cantidades ínfimas pueden intoxicar a miles de personas en pocas horas. Precisamente estos gases se elaboran a base de sustancias organofosforadas, y según la bibliografia científica1, los síntomas y efectos letales que producen se asemejan mucho a los del síndrome tóxico. Centro Superior de Investigación de la Defensa (CESID).Otro punto en favor de esta hipótesis es la existencia de un informe secreto elaborado por expertos militares del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), dirigidos por el general Alonso Manglano, y entregado en aquellas fechas a la Presidencia del Gobierno2, en el cual se descartaba la hipótesis del aceite y se afirmaba que habían muchas razones para creer que el origen de la epidemia era un ensayo de guerra química o un accidente. Sin embargo, una reflexión sobre esta hipótesis demuestra que es poco consistente. Esencialmente por tres razones: * Con seguridad, un accidente con una arma química o biológica hubiera causado un impacto en Torrejón de Ardoz y cercanías mucho más fuerte. * Aunque en principio los síntomas agudos de los enfermos del síndrome coinciden con los signos que experimenta la persona afectada por un gas químico de combate como el Soman, la correspondencia no es simétrica; por ejemplo, el contacto con dichos gases suele provocar ceguera en los primeros días, afección que no se presentó en los enfermos del síndrome tóxico. * Las instalaciones de Torrejón de Ardoz no están acondicionadas para tener este tipo de armas; falta por ejemplo la torre especial de vigilancia que existe en todos los centros donde se almacenan armas químicas o biológicas. Parece pues improbable que esta hipótesis sea cierta; aunque esto no significa que no haya podido ocurrir algún accidente con tales armas en la base o en otros lugares de España. Así lo demuestra el caso de la muerte del general José Cruz Requejo y el coronel Ramón Rodríguez. Ambos militares, junto a otros soldados afectados, habrían sido víctimas de una enfermedad muy parecida a la del síndrome tóxico durante unas maniobras en el campamento militar de San Gregorio (Zaragoza) dos años más tarde: en 19833. La hipótesis del aceite tóxico. Esta hipótesis, sostenida por primera vez por el Dr. Tabuenca, se basa en que en algunos aceites de colza desnaturalizados e ingeridos por las víctimas se ha encontrado cierta cantidad de anilinas y anilidas, sustancias en principio tóxicas para el organismo. Sin embargo, ningún laboratorio ha conseguido probar con experimentación animal la relación entre la toxicidad de anilinas y anilidas y los síntomas patológicos de los afectados por el síndrome. Es cierto que son tóxicas -especialmente las anilidas-, pero para causar la muerte a animales se precisan cantidades astronómicas de ellas en los aceites, muy superiores a las que se encontraron. Las pruebas realizadas sobre diez especies diferentes de animales siempre han dado resultados negativos. Parece pues que las anilinas y anilidas no pueden reproducir en pequeñas cantidades la virulencia ni los síntomas de la epidemia. Dado que la toxicología no puede fijar con exactitud la supuesta responsabilidad de las anilinas y anilidas en la epidemia, la hipótesis que achaca al aceite la responsabilidad del síndrome sólo puede basarse en los informes epidemiológicos. El informe Kilbourne no afirma tajantemente que sea el aceite la causa de la epidemia, es el informe de Sir Richard Doll, auspiciado por la OMS, el único que llega a confirmar dicha hipótesis partiendo de todos los datos obtenidos por la Administración durante todos estos años. La evaluación critica de esta hipótesis puede realizarse a partir de los argumentos de los Doctores Martínez y Clavera, que nunca fueron rebatidos coherentemente en el juicio: * No existe una relación clara entre la comercialización del aceite sospechoso y la aparición de la epidemia. El inicio de la enfermedad se adelantó a la comercialización del aceite sospechoso; además, la desaparición de la afectación no se corresponde tampoco con las fechas de retirada del aceite fraudulento. En contra de lo que afirma la Administración, los casos de síndrome no empezaron a descender en España a partir del 10 de junio -fecha del anuncio de la toxicidad del aceite-, sino a partir de finales de mayo. * E1 49,6% de todos los afectados fueron el único caso en sus respectivas familias, aunque todos sus familiares habían consumido el mismo aceite. * La oleoteca que se formó con los aceites devueltos, y cuyas existencias sirvieron de base para realizar el estudio del Dr. Doll es todo menos una muestra representativa y fiable de los aceites sospechosos. Parece que en ella se dio preferencia a los aceites más contaminados con anilinas y anilidas. * En los criterios de recogida de datos por la Administración española han existido numerosas irregularidades realizadas adrede para reforzar la hipótesis del aceite. Muchos afectados de las zonas Sur y Este de la Península no fueron incluidos definitivamente en los censos; además, a todo aquel que insistía que estaba enfermo del síndrome pero no por el aceite también se le excluía de los catálogos. Recordemos, por otra parte, que pertenecer a las listas oficiales de afectados da derecho al enfermo a recibir prestaciones y ayudas especiales. * En Cataluña, el aceite supuestamente tóxico fue ampliamente difundido y sin embargo no se dio ni un solo caso de síndrome tóxico. En el juicio se intentó restar importancia a este hecho, arguyendo que en Cataluña el proceso de refinado se realizó mejor que en otros lugares. Pero este argumento no puede aclarar por qué partidas refinadas en Cataluña, e inocuas en principio, se volvieron tóxicas y produjeron el síndrome cuando se vendieron en Castilla. * Durante el juicio, los expertos oficiales trataron de ignorar la paradoja de la diversa afectación en el seno de una familia. Afirmaban que si algunos miembros de la familia no fueron afectados «se debía a diferencias genéticas y de sistema inmunitario». Sin embargo, en una intoxicación de origen químico las diferencias genéticas tienen mucha menos importancia. * En la Universidad de Somosaguas de Madrid, donde se consumió durante semanas el aceite supuestamente tóxico, ningún alumno enfermó, excepto el portero. El aceite supuestamente tóxico también se empleó en las cocinas del hospital más grande de España: el «Primero de Octubre» de Madrid, pero ningún miembro del personal sanitario ni los enfermos del centro sufrieron el síndrome. * Existe un principio fundamental en epidemiología según el cual una sustancia sólo se empezará a aceptar como responsable de un trastorno cuando los que hayan desarrollado la enfermedad se hallen en relación con ella. En el caso del síndrome, existen muchos casos de afectados por la enfermedad que nunca tomaron aceite. Sólo por este hecho podría descartarse la hipótesis del aceite. En el juicio, el Dr. Doll, una vez confrontado con uno o dos casos recogidos en las estadísticas que afirmaban no haber consumido para nada aceite, se obstinó en afirmar que se trataba de fallos de memoria de los pacientes. La hipótesis de los plaguicidas organofosforados. Los Doctores Muro y Frontela sostienen que el síndrome fue causado por plaguicidas o sustancias tóxicas organofosforadas, presentes en partidas de tomates procedentes de un único origen, que se distribuyeron por vías de comercialización como mercadillos y venta ambulante. Los estudios del Dr. Muro4 indican que se trata de un plaguicida sistémico, es decir del tipo que es absorbido por la planta y se distribuye por todo su interior, incluidos tallos y frutos, envenenando al parásito que los muerde. Por ello no sirve de nada lavar las hortalizas para evitar ingerirlo. Su nombre es fenamifós, un nematicida organofosforado que la industria Bayer incluye en su producto comercial «Nemacur», prohibido en numerosos países y no permitido en su país de fabricación (Alemania Federal), cuyo uso se multiplicó en España por aquellas fechas. Una vez absorbido por las plantas, los residuos o metabolitos de dicho plaguicida adquieren una toxicidad 49 veces mayor que en su estado primitivo. Según los datos del Dr. Muro, los tomates venenosos provenían de los cultivos intensivos de Almería y eran de la marca Lucy, de baja calidad, lo que explica sus canales de distribución; incluso se sabe que procedían de la localidad de Roquetas de Mar y que habían sido vendidos en las lonjas llamadas Agrupamar; incluso se tienen datos de los nombres de once agricultores que por aquellas fechas usaron Nemacur, y en vez de esperar los tres meses de «plazo de seguridad» antes de recolectar el fruto, como se indica en el envase, lo hicieron al cabo de una o dos semanas -una práctica bastante común en los cultivos extratempranos de Almería-. Bastan mil metros cuadrados con 75 tomateras de cultivo temprano (en las fechas de la epidemia sólo se producían tomates en cuatro provincias españolas) para producir mil kilos con los que intoxicar a una población similar a la afectada por el síndrome tóxico. El mismo Dr. Muro, aparte de estudios epidemiológicos, realizó estudios toxicológicos de incógnito, que dieron resultados positivos en cuanto a la reproducción de los síntomas del síndrome en experimentación animal. Los primeros experimentos sobre animales del Dr. Frontela también permitieron reconstruir patrones de afectación muy similares a los que provocaba el síndrome tóxico en pacientes, en especial el impacto neurotóxico. Escasos meses antes de iniciarse el juicio, la Administración se avino por única vez a que el Dr. Frontela realizase con ciertos medios económicos una investigación toxicológica más completa con monos. No obstante, parece que la intención de la Administración al encargar el estudio a Frontela, en vista de su mismo boicot en la concesión de créditos para este experimento y las diversas triquiñuelas legales empleadas para retrasarlo, era descalificarlo durante el juicio. La empresa Bayer, en diversas notas de prensa, indicó la imposibilidad de que los organofosforados fueran responsables del síndrome tóxico, ya que en los estudios patológicos realizados por los médicos españoles no aparecía la inhibición de la enzima colinesterasa, que es el signo más característico de intoxicación por este tipo de plaguicidas. Esta afirmación de la empresa alemana es irrelevante para descalificar la responsabilidad de sus productos, pues por un lado la determinación de la colinesterasa ha de hacerse en las primeras 48 horas de la enfermedad, antes de que desaparezca esta sustancia del organismo. Pero además, en el Hospital Fundación Jiménez Díaz de Madrid, el Dr. Enrique de la Morena, jefe del Departamento de Bioquímica Experimental, determinó la colinesterasa en algunos enfermos con los síntomas del síndrome, dentro de esas 48 horas. Los resultados confirman la inhibición de esa enzima del sistema nervioso5. Dicho médico indica que entregó estos importantes estudios a la Comisión del Síndrome Tóxico. Casualmente, dichos documentos han «desaparecido» del archivo de 1a Comisión, y De la Morena afirma que nunca hizo copias. La dimensión política del síndrome tóxico. Para emitir un juicio sobre las dos hipótesis principales, es imprescindible tener en cuenta la dimensión política y social del síndrome tóxico. Para empezar destaca el fenómeno de la disidencia de diversos científicos, como Muro, Frontela, Javier Martínez y María Jesús Clavera, cosa que no ocurre todos los días en una investigación. El carácter de desafío a la posición oficial, la suspensión de empleo y la penuria económica de algunos de estos investigadores, inclinan a creer en su honestidad y a considerar mínimamente sus argumentos. En segundo lugar, la Administración ha coartado la libertad esencial para toda investigación científica, tomando partido y desarrollando un fuerte intervencionismo. Despide nada menos que al único médico -el Dr. Muro- que había descubierto que no se trataba de una neumonía atípica sino de una intoxicación por vía digestiva, con lo que éste se vio obligado a financiar personalmente todos sus estudios; por otro lado se encarga un estudio toxicológico a Frontela, pero se le niegan los créditos para la alimentación de sus animales6, hasta que éstos mueren por inanición; se realizan grandes presiones para seleccionar determinados grupos de afectados, se presiona a los medios de comunicación para que presten poca atención a determinados aspectos de las tesis de los disidentes, y así sucesivamente. Por otro lado, se gastan increíbles sumas de dinero en tratar de probar en todo el mundo que el aceite ha sido la causa (25.000 millones de ptas.) y nunca se presta atención ni se financia un solo estudio de las hipótesis alternativas. Uno de los argumentos más usados en el juicio por epidemiólogos extranjeros ha sido la falta de publicaciones internacionales recogiendo las hipótesis alternativas; pero precisamente esto era imposible pedírselo a un grupo de científicos que trabajan con fondos propios y se encuentran con todas las puertas cerradas. Existen además sucesos extraños y no explicados, de los que se desprende que a altos niveles se ha tratado de bloquear el avance de la hipótesis de los plaguicidas. Uno es la oferta económica que se le hizo al Dr. Muro en los primeros meses de investigación para que dejase el asunto en manos de desconocidos intermediarios; otro la desaparición de un saco de muestras del despacho del mismo médico en el Hospital del Rey, a cargo de funcionarios de Sanidad; a esto hay que añadir los destrozos causados por misteriosas personas durante la noche en los laboratorios del Dr. Frontela, o el asalto a los archivos de la Asociación de Afectados por el Síndrome Tóxico de Madrid (FUENTOX), cuyos miembros, a diferencia de la Asociación Oficial de Afectados, apoyan la tesis de los organofosforados como causa del síndrome. Sumemos a esto la oferta de traslado a Estados Unidos de los periodistas que hicieron el artículo en Cambio 16 implicando a la Bayer, la destitución del director de Cambio 16 por aquellas fechas, y la suspensión repentina de un programa de televisión sobre el síndrome y el despido fulminante de los reporteros que lo elaboraron. Finalmente, la prensa española que ha seguido el juicio se ha limitado a reflejar la dinámica de la sala sin efectuar ninguna exposición crítica de las tesis alternativas que se iban proponiendo. Una lectura atenta de las actas del juicio convence a cualquiera que los periódicos sólo publicaban o destacaban los aspectos acordes con la hipótesis oficial. ¿Cuáles pueden ser las razones que llevaron a la Administración española, tanto de UCD como socialista -el PSOE había prometido desde 1a oposición aclarar la confusión del síndrome tóxico- a apoyar a toda costa la hipótesis del aceite?. Las razones pueden ser las siguientes: * Caso de que se hubiese probado que la intoxicación tenía su origen en los plaguicidas organofosforados, el Gobierno hubiera tenido que exigir astronómicas indemnizaciones a las multinacionales del sector agroquímico, empresas que precisamente por aquellos tiempos, ante la inminente entrada de España en la CEE, estaban invirtiendo dinero en nuestro estado... * El ciudadano español se habría dado cuenta, de una vez por todas, de la peligrosidad e irracionalidad del sistema de agricultura intensiva actual, lo que hubiera significado un ataque a uno de los pilares más básicos de los Estados modernos: el complejo químico-farmacéutico, y a los Ministerios oficiales que permiten una aplicación masiva de tales sustancias en los circuitos de consumo. * Finalmente, la confìrmación de los organofosforados como causantes habría supuesto un duro golpe para la exportación de frutas y hortalizas a otros países europeos. Las ventas y exportaciones habrían descendido significativamente hasta que el Gobierno español no hubiese dado garantías del control de los plaguicidas, algo realmente difícil de lograr. Es decir, existieron poderosas razones de Estado, de índole económica y social, para que la Administración decidiese no dar su brazo a torcer y señalarse que el aceite había sido la causa de la epidemia, bloqueando con todas sus fuerzas cualquier intento de desarrollar otras hipótesis. En este caso hubo probablemente una alianza entre la OMS (dependiente de sus presupuestos de los Estados miembros), la Bayer y ciertos sectores de la Administración. En cambio, hallando cabezas de turco en los traficantes del aceite, la Administración española giraba completamente el curso de los acontecimientos. Las responsabilidades de la epidemia no recaían sobre el sistema económico y agrícola de la sociedad, sino en personas que no acataron las leyes del Estado. La epidemia no era así resultado del sistema, sino de la acción de personas que no cumplieron las órdenes de dicho sistema. La hipótesis más verosímil. El Dr. Muro, que se hallaba en el vértice de la epidemia y que realizó multitud de charlas y encuestas con los afectados, descartó la posibilidad del aceite como causante en las primeras semanas de su investigación. Lo más grave que puede aducirse contra la hipótesis oficial es que -a la vista del trasfondo político del caso- se decidió que el aceite debía ser la causa de la epidemia, y a partir de ahí la Administración fue dirigiendo y seleccionando el curso de la investigación en una sola dirección. Con la tesis de los organofosforados puede explicarse que miembros de una misma familia enfermasen y otros no, según sus gustos culinarios; también la brusca desaparición de la enfermedad, así como -teniendo en cuenta la toxicidad de los plaguicidas- la virulencia de la epidemia. Con los argumentos de Muro y Frontela encajan casi todas las piezas del complicado rompecabezas, incluso se explica la sospecha de los militares españoles de que el síndrome fuese provocado por un arma química, ya que, como hemos visto, los organofosforados también son la materia base de ciertas armas. Recordemos, por otra parte, que en el lecho de muerte del Dr. Muro se hallaba un alto cargo militar del CESID. Es cierto que desde un criterio científico riguroso la hipótesis de Muro y Frontela no puede confirmarse definitivamente como la causa de la epidemia -para que esto fuera así se deberían completar los estudios toxicológicos y recopilar todo el material epidemiológico-. Pero como ya hemos visto, la culpa no es de los mencionados investigadores: el que las llamadas «hipótesis alternativas» nunca hayan sido rigurosamente comprobadas se debe esencialmente a que la Administración despidió a la mayoría de quienes las investigaban. El hecho de que la mayoría de los científicos españoles hayan dado el visto bueno a la tesis del aceite tóxico sólo prueba que tienen en gran apego a su nómina y nada más. En cuanto a los científicos extranjeros que desde la distancia ven más verosímil la tesis del aceite tóxico como causante de la epidemia, hay que indicar que en cuanto no tienen relación directa con la OMS esto suele cambiar. Recientemente el famoso catedrático Ottmar Wassermann, director del Instituto Toxicológico de la ciudad alemana de Kiel, declaraba su escepticismo en torno a la responsabilidad del aceite y su preferencia total por la hipótesis de los organofosforados. Por todo ello, independientemente del veredicto que se emita en el juicio, está claro que el aceite adulterado no fue la causa de la epidemia. |
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| Reflexiones finales. Desde un criterio ecológico, este caso ha demostrado en primer lugar el peligro que existe en el panorama alimentario español. Ha salido a la luz el fraude cotidiano de los alimentos, ya que, como afirman los aceiteros, las mezclas de aceites se vienen haciendo desde tiempos inmemoriales en nuestro estado. Recordemos por otra parte que es la misma Administración la que permite, a través de la estrategia de los «límites tolerables», que en los aceites de consumo puedan existir determinadas cantidades de sustancias tóxicas sin que nadie se rasgue las vestiduras. En el juicio, y ante la estupefacción de una parte de los asistentes, un experto gubernamental en análisis de consumo declaró que es corriente que en el mercado existan aceites de consumo con el 3% de anilinas (en los aceites supuestamente tóxicos el máximo era del 2,5%); lo que brinda una razón más para descartar la hipótesis del aceite. En segundo lugar, si, como todo parece indicar, la hipótesis del Nemacur es cierta, se evidencia el peligroso camino que ha emprendido la agricultura estatal. En los últimos años, debido a la persistencia en el medio ambiente de los plaguicidas organoclorados (caso del DDT), la agricultura intensiva está potenciando el uso de los organofosforados, que desaparecen mucho más rápido de la vegetación y las tierras. Pero, ¿qué pasa con sus residuos?. Como muestra el caso que nos ocupa, hemos caído de la sartén a las brasas. La química del fósforo, de origen claramente militar, trasvasa la enorme toxicidad y virulencia de las armas quimicas fosforadas al campo de la agricultura. ¿Cómo no advierte la sociedad la irracionalidad de este paso?. En agricultura existen métodos ecológicos de cultivo que no necesitan para nada el empleo de plaguicidas sintéticos y persistentes para obtener buenas cosechas. Pensemos que el drama de Roquetas de Mar puede repetirse en cualquier momento, en cualquier invernadero de nuestro país, ya que, por ejemplo, el Nemacur se continúa empleando en hortalizas diversas, incluido el tomate, y en fórmulas con el 10 y el 40% de fenamifós, esté último bajo 1a categoría C-C-C, típico de productos de elevada toxicidad, que han de emplearse con muchas precauciones (las hortalizas de fruto no podrán recogerse hasta tres meses después del tratamiento). También está autorizado oficialmente para patatas (solo para obtener simiente, no para consumo) con un plazo de seguridad de seis meses. La pregunta es: ¿nos podemos fiar de los agricultores?. El juicio se nos ha presentado, además, como una tragedia en la más pura tradición calderoniana; en él no ha faltado ningún elemento del «alma nacional»: muertos, pícaros, traidores, disidentes, perseguidos, y arrogantes; pero quizá el momento cumbre del juicio fue aquel en que uno de los aceiteros acusados se ofreció delante del juez a beberse un vaso del aceite supuestamente tóxico para demostrar que el aceite no producía el síndrome (cosa que sí hicieron varios afectados durante una semana, y en ninguno de ellos puede apreciarse actualmente un empeoramiento). El juez, por supuesto, denegó la petición... Alguien en la sala dijo entonces que el juicio podría resolverse si se pedía también al director de la Bayer en España que ingiriese una ensalada de tomates cultivados con Nemacur. Acaso la estrategia de Salomón habría resuelto la causa sin necesidad de tan largas sesiones... Notas: 1Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, El montaje del síndrome tóxico, Editorial Obelisco, Barcelona 1988, página 84. 2Rafael Cid, El montaje del síndrome tóxico, Editorial Obelisco, Barcelona 1988, página 8. 3Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, El montaje del síndrome tóxico, página 78, Editorial Obelisco. 4Dr. Antonio Muro y Fernández-Cavada, La intoxicación epidémica de la primavera y verano de 1981 en España, Madrid, 1982. 5Andreas Faber-Kaiser, Pacto de silencio, Compañía General de las Artes, Barcelona 1988, página 271. 6Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht, El montaje del síndrome tóxico, página 154, Editorial Obelisco. |
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Yo vengo a decir que no me puedo fiar de un libro cuyo autor, al hablar de algo tan grave como la enfermedad que padecía: No me diras que estos tambien eran conspiranicos frikis? |
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