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  #1  
Antiguo 14-ago-2005, 10:05
Altair
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«Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
50»

Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»

Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.

Cristina Trujillo

Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
enferma de sida.
Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
historia reciente –más de dos millones de personas aniquiladas en el
régimen de los jemeres rojos– y por la ingratitud de un presente de
campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
manos del primero que les ofrece unas monedas.
Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
Una auténtica locura».
De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike –así
quiere que lo llamen– narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
tenemos capacidad ilimitada –justifica Figaredo–. Lo único que podemos
hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
peores condiciones».
Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
opción».
Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
edades son cada vez más tempranas –«hay niñas pequeñísimas», se
escandaliza Kike–. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
«Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
que les aportaba dinero».

La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
que decenas de Ong’s se instalen en Camboya con el único objetivo de
informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
«Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».


Responder Citando
  #2  
Antiguo 14-ago-2005, 11:50
Anopheles
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[email protected] (Altair) wrote

> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
> 50»
>
> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
>
> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
>
> Cristina Trujillo
>
> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
> enferma de sida.
> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
> historia reciente –más de dos millones de personas aniquiladas en el
> régimen de los jemeres rojos– y por la ingratitud de un presente de
> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
> manos del primero que les ofrece unas monedas.
> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
> Una auténtica locura».
> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike –así
> quiere que lo llamen– narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
> tenemos capacidad ilimitada –justifica Figaredo–. Lo único que podemos
> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
> peores condiciones».
> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
> opción».
> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
> edades son cada vez más tempranas –«hay niñas pequeñísimas», se
> escandaliza Kike–. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
> que les aportaba dinero».
>
> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
> que decenas de Ong’s se instalen en Camboya con el único objetivo de
> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».
>


Me pregunto que habrá pensado este obispo jesuita de haber visto a sus
colegas en España manifestándose en la calle contra las bodas de gays y
lesbianas abandonando momentáneamente sus lujosos palacios arzobispales.


Responder Citando
  #3  
Antiguo 14-ago-2005, 12:08
VROOOM VROOOM
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Me alegro de haberte desfiltrado.
Después de filtrar mentalmente tus insultos -espero que algún día te des
cuenta de que no te aportan nada bueno-, a veces aportas cosas interesantes.

Aunque seguro que no estaremos de acuerdo en las conclusiones que sacamos
de esta noticia - yo no creo que sea culpa de Zapatero ni que Bush deba
bombardear preventivamente a los mafiosos - ;-)
Pero, en serio, gracias por aportar datos para la reflexión.


"Altair" <[email protected]> escribió en el mensaje
news:[email protected] ritel.es...
> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
> 50»
>
> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
>
> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
>
> Cristina Trujillo
>
> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
> enferma de sida.
> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
> historia reciente -más de dos millones de personas aniquiladas en el
> régimen de los jemeres rojos- y por la ingratitud de un presente de
> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
> manos del primero que les ofrece unas monedas.
> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
> Una auténtica locura».
> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike -así
> quiere que lo llamen- narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
> tenemos capacidad ilimitada -justifica Figaredo-. Lo único que podemos
> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
> peores condiciones».
> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
> opción».
> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
> edades son cada vez más tempranas -«hay niñas pequeñísimas», se
> escandaliza Kike-. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
> que les aportaba dinero».
>
> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
> que decenas de Ong's se instalen en Camboya con el único objetivo de
> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».





Responder Citando
  #4  
Antiguo 14-ago-2005, 18:13
Soldado de Fortuna
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Mensajes: n/a

El otro día había una entrevista a Sanchez Dragó en El Mundo y el listo de
él lloraba amargamente porque ahora pase ésto cuando antes poco menos que
hacías un favor tirándote a las niñas que te ofrecían sus padres en señal de
hospitalidad a los visitantes. "Y encima salían enriquecidas con el
intercambio"....

Manda huevos.

Saludos.

"Altair" <[email protected]> escribió en el mensaje
news:[email protected] ritel.es...
>
> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
> 50»
>
> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
>
> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
>
> Cristina Trujillo
>
> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
> enferma de sida.
> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
> historia reciente -más de dos millones de personas aniquiladas en el
> régimen de los jemeres rojos- y por la ingratitud de un presente de
> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
> manos del primero que les ofrece unas monedas.
> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
> Una auténtica locura».
> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike -así
> quiere que lo llamen- narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
> tenemos capacidad ilimitada -justifica Figaredo-. Lo único que podemos
> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
> peores condiciones».
> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
> opción».
> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
> edades son cada vez más tempranas -«hay niñas pequeñísimas», se
> escandaliza Kike-. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
> que les aportaba dinero».
>
> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
> que decenas de Ong's se instalen en Camboya con el único objetivo de
> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».
>






Responder Citando
  #5  
Antiguo 14-ago-2005, 18:35
Altair
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Mensajes: n/a
On Sun, 14 Aug 2005 09:50:46 GMT, Anopheles <[email protected]> wrote:

>[email protected] (Altair) wrote
>
>> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
>> 50»
>>
>> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
>> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
>> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
>>
>> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
>> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
>> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
>>
>> Cristina Trujillo
>>
>> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
>> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
>> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
>> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
>> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
>> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
>> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
>> enferma de sida.
>> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
>> historia reciente –más de dos millones de personas aniquiladas en el
>> régimen de los jemeres rojos– y por la ingratitud de un presente de
>> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
>> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
>> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
>> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
>> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
>> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
>> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
>> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
>> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
>> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
>> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
>> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
>> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
>> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
>> manos del primero que les ofrece unas monedas.
>> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
>> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
>> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
>> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
>> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
>> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
>> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
>> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
>> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
>> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
>> Una auténtica locura».
>> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike –así
>> quiere que lo llamen– narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
>> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
>> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
>> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
>> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
>> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
>> tenemos capacidad ilimitada –justifica Figaredo–. Lo único que podemos
>> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
>> peores condiciones».
>> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
>> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
>> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
>> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
>> opción».
>> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
>> edades son cada vez más tempranas –«hay niñas pequeñísimas», se
>> escandaliza Kike–. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
>> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
>> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
>> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
>> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
>> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
>> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
>> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
>> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
>> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
>> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
>> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
>> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
>> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
>> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
>> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
>> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
>> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
>> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
>> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
>> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
>> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
>> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
>> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
>> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
>> que les aportaba dinero».
>>
>> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
>> que decenas de Ong’s se instalen en Camboya con el único objetivo de
>> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
>> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
>> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
>> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
>> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
>> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
>> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
>> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
>> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
>> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
>> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
>> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
>> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
>> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».
>>

>
>Me pregunto que habrá pensado este obispo jesuita de haber visto a sus
>colegas en España manifestándose en la calle contra las bodas de gays y
>lesbianas abandonando momentáneamente sus lujosos palacios arzobispales.


Y yo me pregunto qué cojones tiene que ver el culo con las témporas.



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  #6  
Antiguo 14-ago-2005, 19:31
Warein
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O quizá sus jefes del vaticano...


"Altair" <[email protected]> escribió en el mensaje
news:[email protected] itel.es...
> On Sun, 14 Aug 2005 09:50:46 GMT, Anopheles <[email protected]> wrote:
>
> >[email protected] (Altair) wrote
> >
> >> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
> >> 50»
> >>
> >> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
> >> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
> >> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
> >>
> >> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
> >> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
> >> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
> >>
> >> Cristina Trujillo
> >>
> >> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
> >> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
> >> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
> >> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
> >> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
> >> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
> >> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
> >> enferma de sida.
> >> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
> >> historia reciente -más de dos millones de personas aniquiladas en el
> >> régimen de los jemeres rojos- y por la ingratitud de un presente de
> >> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
> >> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
> >> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
> >> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
> >> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
> >> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
> >> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
> >> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
> >> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
> >> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
> >> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
> >> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
> >> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
> >> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
> >> manos del primero que les ofrece unas monedas.
> >> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
> >> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
> >> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
> >> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
> >> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
> >> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
> >> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
> >> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
> >> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
> >> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
> >> Una auténtica locura».
> >> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike -así
> >> quiere que lo llamen- narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
> >> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
> >> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
> >> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
> >> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
> >> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
> >> tenemos capacidad ilimitada -justifica Figaredo-. Lo único que podemos
> >> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
> >> peores condiciones».
> >> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
> >> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
> >> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
> >> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
> >> opción».
> >> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
> >> edades son cada vez más tempranas -«hay niñas pequeñísimas», se
> >> escandaliza Kike-. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
> >> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
> >> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
> >> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
> >> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
> >> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
> >> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
> >> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
> >> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
> >> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
> >> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
> >> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
> >> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
> >> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
> >> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
> >> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
> >> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
> >> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
> >> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
> >> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
> >> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
> >> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
> >> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
> >> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
> >> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
> >> que les aportaba dinero».
> >>
> >> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
> >> que decenas de Ong's se instalen en Camboya con el único objetivo de
> >> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
> >> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
> >> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
> >> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
> >> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
> >> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
> >> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
> >> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
> >> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
> >> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
> >> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
> >> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
> >> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
> >> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».
> >>

> >
> >Me pregunto que habrá pensado este obispo jesuita de haber visto a sus
> >colegas en España manifestándose en la calle contra las bodas de gays y
> >lesbianas abandonando momentáneamente sus lujosos palacios arzobispales.

>
> Y yo me pregunto qué cojones tiene que ver el culo con las témporas.
>





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  #7  
Antiguo 14-ago-2005, 20:47
El Moscardon
Guest
 
Mensajes: n/a

"Soldado de Fortuna" <[email protected]> escribió en el mensaje
news:[email protected] .ono.com...
>
> El otro día había una entrevista a Sanchez Dragó en El Mundo y el listo de
> él lloraba amargamente porque ahora pase ésto cuando antes poco menos que
> hacías un favor tirándote a las niñas que te ofrecían sus padres en señal
> de hospitalidad a los visitantes. "Y encima salían enriquecidas con el
> intercambio"....
>
> Manda huevos.


Eso son las consecuencias de los alucinógenos y del abuso del hachís.

--
Mosqui




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  #8  
Antiguo 15-ago-2005, 01:45
Anopheles
Guest
 
Mensajes: n/a
[email protected] (Altair) wrote

> On Sun, 14 Aug 2005 09:50:46 GMT, Anopheles <[email protected]> wrote:
>
>>[email protected] (Altair) wrote
>>
>>> «Acostarse con una niña en Camboya cuesta cinco dólares y liberarla,
>>> 50»
>>>
>>> Enrique Figaredo, jesuita español y obispo de Battambang, describe a
>>> LA RAZÓN el delirio de vivir allí: «La gente es muy pobre. No tiene
>>> dónde trabajar. La prostitución no es una opción, es la única»
>>>
>>> Los campos están sembrados de minas antipersona. Las calles de
>>> prostitutas. ¿Víctimas?Los niños, que acaban mutilados o cobrando
>>> menos de 20 dólares por servicio sexual. Camboya se desintegra.
>>>
>>> Cristina Trujillo
>>>
>>> Madrid- Si la Magdalena hubiera sido esbozada con rasgos asiáticos y
>>> en este siglo, viviría en Camboya. Habitaría en cualquier esquina del
>>> Bulevar Monivong y se movería, de forma escurridiza, entre los mejores
>>> hoteles de Phnom Penh, muy cerca de las embajadas de Francia y Reino
>>> Unido. Tendría entre 12 y 15 años y se ofrecería al viandante por un
>>> puñado de dólares, nunca más de 20, con los que podría comprar unos
>>> granos de arroz para mantener a su padre, mutilado, y a su madre,
>>> enferma de sida.
>>> Su rostro, el de una niña, estaría surcado por las cicatrices de la
>>> historia reciente –más de dos millones de personas aniquiladas en el
>>> régimen de los jemeres rojos– y por la ingratitud de un presente de
>>> campos minados y pandemias sin cura. A pesar de todo, la Magdalena
>>> jamás tendría una mueca de tristeza, quizá albergando la esperanza de
>>> poder salvarse de sí misma o de que alguien la ayudase a escapar.
>>> Esta Magdalena es, en esencia, Camboya. De sus poros emana el olor
>>> de la supervivencia; el dolor del que cada día se levanta y sabe que
>>> lo hace para pelear por no morir, para enfrentarse a un nuevo
>>> infierno. Pero un infierno dibujado en colores bellos, sencillos.
>>> Enrique Figaredo, un jesuita español que fue nombrado obispo de
>>> Battambang en 2000, llegó a Camboya en 1994. Se quedó prendado de la
>>> sencillez; se quedó horrorizado por la desgracia. Se quedó. Se quedó e
>>> instaló una casa en la que poder socorrer a los niños que van al campo
>>> a trabajar y vuelven sin extremidades porque una mina antipersona se
>>> las voló en mil pedazos. Y ya que estaba ayudando, se paró también a
>>> socorrer a algunas de las prostitutas parvularias que se ponen en
>>> manos del primero que les ofrece unas monedas.
>>> Su experiencia, lleva once años allí, le ha enseñado que nadie se
>>> habitúa al horror. Y menos cuando los que sufren el latigazo de
>>> atrocidad son los niños: «Llevo muchos años aquí y no me acostumbro.
>>> Es horrible. Cuando crees que ya lo has visto todo, que no puede haber
>>> nada peor, te encuentras con nuevos casos que superan los anteriores.
>>> Ves cómo los niños donan sus piernas artificiales. O cómo las
>>> adolescentes se despiden de sus padres y les dicen que van a trabajar
>>> a una fábrica y en realidad van a prostituirse. Los padres no
>>> preguntan, no quieren saber, porque, en la mayoría de las ocasiones,
>>> el dinero que entra en sus casas lo traen los niños. Es un delirio.
>>> Una auténtica locura».
>>> De repente, se hace un silencio. Al cabo de segundos, Kike –así
>>> quiere que lo llamen– narra: «Ahora mismo han llegado a la casa de
>>> acogida dos niñas. La más pequeña Tang, de 9 años, se ha quedado sin
>>> pierna hace unos días. Su poder de recuperación ha hecho que nos dé
>>> lecciones. Hoy mismo, Tang me ha dicho: «A mí ya me has ayudado mucho.
>>> Ahora ayuda a otros». Es impresionante». Tang es uno de los treinta
>>> niños acogidos en esta casa del servicio camboyano del refugiado. «No
>>> tenemos capacidad ilimitada –justifica Figaredo–. Lo único que podemos
>>> hacer es curarlos y, una vez curados, recoger a otros que estén en
>>> peores condiciones».
>>> Lo de las prostitutas es diferente. Una vez que son captadas por
>>> una mafia, es complicado sacarlas. «La gente aquí es muy pobre.
>>> Además, no se puede trabajar en nada. La tierra está sembrada de
>>> artefactos explosivos. La prostitución no es una opción. Es la única
>>> opción».
>>> Miles de niñas, niños y mujeres se ven abocados a la calle. Las
>>> edades son cada vez más tempranas –«hay niñas pequeñísimas», se
>>> escandaliza Kike–. En Camboya, todo se vende. Hasta la gente. A veces,
>>> el «trueque persona por dinero» lo hace la propia familia para poder
>>> garantizarse el sustento durante un tiempo. «Ves a las criaturitas
>>> ofreciendo sus servicios por 5 dólares a los autóctonos y por 20 a los
>>> extranjeros. Vamos, que por cuatro pesetas puedes tener a una niña
>>> para lo que quieras. Esto está haciendo que se incremente el turismo
>>> sexual porque aquí las niñas son bellísimas y hay desalmados que son
>>> capaces de viajar kilómetros para tenerlas y poseerlas», cuenta Kike.
>>> En Camboya la prostitución no se esconde en la trastienda. Está en
>>> el escaparate. Los padres, lejos de intentar evitar que sus hijos
>>> acaben en ella, no dicen nada. Se callan. Kike no se calla. Habla: «De
>>> lo único que entienden aquí los padres y las madres es de que no
>>> tienen dinero y de que de alguna manera hay que conseguirlo. El límite
>>> entre lo que está bien y lo que está mal es difuso, casi no existe.
>>> Entonces prefieren ni ver ni oír en lo que trabajan sus hijos».
>>> «Algunas niñas, hartas de ser vejadas, sí piden ayuda. Algunas madres
>>> que no pueden consentirlo también solicitan información e intentan
>>> arrancar de las garras de los traficantes de personas a sus hijas.
>>> Pero no es lo habitual», se queja. «Hace unos años, yo mismo rescaté a
>>> dos adolescentes de la prostitución. Ellas habían viajado hasta
>>> Tailandia para ejercerla y para poder mantener a su madre y a sus seis
>>> hermanos pequeños. Cuando conseguí sacarlas, cuando las traje de
>>> regreso a Camboya, ocurrió lo peor: su madre murió de tuberculosis, su
>>> padre, un alcohólico, no se hacía cargo de ninguno de sus hijos. Y
>>> ellas, se cuestionaron si habían hecho bien dejando la única actividad
>>> que les aportaba dinero».
>>>
>>> La historia de la niña esclava. La dejadez y la desidia han conseguido
>>> que decenas de Ong’s se instalen en Camboya con el único objetivo de
>>> informar a las familias de que existen otras alternativas, de que no
>>> sólo la prostitución da dinero. Una de las que más logros ha obtenido
>>> en este terreno es Afesip, capitaneada por Somaly Man, una niña
>>> esclava que logró recomponerse y que obtuvo, no hace mucho, el premio
>>> Príncipe de Asturias por su labor. «Cuando encuentro a niñas
>>> desvalidas ejerciendo la prostitución, las mando allí», dice Enrique.
>>> «Somaly es la persona que más puede ayudarlas porque ella sabe por lo
>>> que están pasando y por lo que tendrán que pasar».
>>> Lograr que una niña abandone los prostíbulos es difícil. Las mafias
>>> son poderosas. «Para salvar a los menores, sólo hay dos opciones:
>>> raptarlos en un descuido de los cabecillas y llevarlos a una provincia
>>> alejada del lugar en el que ejercían o pagar por ellos, dar dinero por
>>> su liberación», dice Enrique. ¿Pagar? «Sí. Por 50 dólares puedes
>>> salvar a una persona. Aquí todo tiene un precio; todo se vende».
>>>

>>
>>Me pregunto que habrá pensado este obispo jesuita de haber visto a sus
>>colegas en España manifestándose en la calle contra las bodas de gays y
>>lesbianas abandonando momentáneamente sus lujosos palacios arzobispales.

>
> Y yo me pregunto qué cojones tiene que ver el culo con las témporas.
>
>


Pues eso: nada, y ahí es donde yo pretendía centrar mi opinión, así que de
una forma un tanto brusca pero quizás has dado en el clavo.
Una situación social miserable fruto de esas injusticias globales que tanta
mofa suscitan a algunos cuando relevantes políticos de nuestra opulenta
sociedad occidental se atreven a denunciar y ante ello tenemos el ejemplo
de un religioso jesuita que siguiendo al pie de la letra lo que se supone
que es el objeto de su profesión se dedica a tratar de paliarla en la
medida de sus posibilidades. Que contraste con otros obispos que engordan
sus estómagos a costa de las arcas del estado (es decir de nuestros
impuestos), cobijados en ostentosos palacios y con coche oficial que se
permiten el lujo de dar lecciones de moral a personas que no tienen la más
mínima vinculación con sus creencias.


Responder Citando
  #9  
Antiguo 15-ago-2005, 06:12
Eduardo Bronstein
Guest
 
Mensajes: n/a

"Anopheles" <[email protected]> escribió en el mensaje newsns96B312414BC19kjmnkjlk0 [email protected]

|Que contraste con otros obispos que engordan
| sus estómagos a costa de las arcas del estado (es decir de nuestros
| impuestos), cobijados en ostentosos palacios y con coche oficial que se
| permiten el lujo de dar lecciones de moral a personas que no tienen la más
| mínima vinculación con sus creencias.
|

Estos últimos abundan. No tengas dudas.
Para muestra, un botón:
Vive en un palacete modernista, con chofer, secretaria, personal de servicio y un audi 6. No es el director ejecutivo de una multinacional, sino el cardenal emérito de Barcelona, Ricard María Carles.
Si estás interesado, puedes ampliar información en:
http://www.atrio.org/d041214CARLES.htm
Saludos



Responder Citando
  #10  
Antiguo 15-ago-2005, 11:14
Romboide
Guest
 
Mensajes: n/a

"Eduardo Bronstein" <[email protected]> escribió en el mensaje
news:[email protected] l.net...

"Anopheles" <[email protected]> escribió en el mensaje
newsns96B312414BC19kjmnkjlk0 [email protected]

|Que contraste con otros obispos que engordan
| sus estómagos a costa de las arcas del estado (es decir de nuestros
| impuestos), cobijados en ostentosos palacios y con coche oficial que se
| permiten el lujo de dar lecciones de moral a personas que no tienen la más
| mínima vinculación con sus creencias.
|

Estos últimos abundan. No tengas dudas.
Para muestra, un botón:
Vive en un palacete modernista, con chofer, secretaria, personal de servicio
y un audi 6. No es el director ejecutivo de una multinacional, sino el
cardenal emérito de Barcelona, Ricard María Carles.
Si estás interesado, puedes ampliar información en:
http://www.atrio.org/d041214CARLES.htm
Saludos


Pero este es bueno. Cualquier critica contra él puede ser considerada un
ataque contra Cataluña.




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