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SIN PERMISO - artículos en la WEB

Los mensajes tóxicos de Wall Street
Joseph Stiglitz · · · · ·

Toda crisis tiene un final, y aunque hoy por hoy las cosas pintan negras, también esta crisis económica pasará. Lo cierto, en todo caso, es que ninguna crisis, y mucho menos una tan grave como la actual, remite sin dejar un legado. Uno de los legados de esta crisis será una batalla de alcance global en torno a ideas. O mejor, en torno a qué tipo de sistema económico será capaz de traer el máximo beneficio para la mayor cantidad de gente. En ningún sitio esa batalla es más enconada que en el Tercer Mundo. Alrededor del 80 por ciento de la población mundial vive en Asia, América Latina y África. De entre ellos, unos 1.400 millones subsisten con menos de 1.25 dólares diarios. En los Estados Unidos, llamar a alguien socialista puede no ser más que una descalificación exagerada. En buena parte del mundo, sin embargo, la batalla entre capitalismo y socialismo –o al menos entre lo que muchos estadounidenses considerarían socialismo- sigue estando en el orden del día. Es posible que la crisis actual no depare ganadores. Pero sin duda ha producido perdedores, y entre éstos ocupan un lugar destacado los defensores del tipo de capitalismo practicado en los Estados Unidos. En el futuro, de hecho, viviremos las consecuencias de esta constatación.

La caída del Muro de Berlín, en 1989, marcó el fin del comunismo como una idea viable. Ciertamente, el comunismo arrastraba problemas manifiestos desde hace décadas. Pero tras 1989 se volvió muy difícil salir en su defensa de manera convincente. Durante un tiempo, pareció que la derrota del comunismo suponía la victoria segura del capitalismo, particularmente del capitalismo de tipo estadounidense. Francis Fukuyama llegó a proclamar “el fin de la historia”, definió al capitalismo de mercado democrático como el último escalón del desarrollo social y declaró que la humanidad toda avanzaría en esa dirección. En rigor, los historiadores señalarán los 20 años siguientes a 1989 como el breve período del triunfalismo estadounidense. El colapso de los grandes bancos y de las entidades financieras, el subsiguiente descontrol económico y los caóticos intentos de rescate han dado al traste con ese período. Y también con el debate acerca del “fundamentalismo de mercado”, con la idea de que los mercados, sin control ni restricción alguna, pueden por sí solos asegurar prosperidad económica y crecimiento. Hoy, sólo el autoengaño podría llevar a alguien a afirmar que los mercados pueden auto-regularse o que basta confiar en el auto-interés de los participantes en el mercado para garantizar que las cosas funcionen correctamente y de forma honesta.

El debate económico es especialmente intenso en el mundo en vías de desarrollo. Aunque aquí en occidente tendemos a olvidarlo, hace 190 años una tercera parte del producto bruto mundial se generaba en China. Luego, y de una manera un tanto repentina, la explotación colonial y los injustos acuerdos comerciales, combinados con una revolución tecnológica en Estados Unidos y Europa, condenaron al rezago a los países en desarrollo. A resultas de ello, hacia 1950 la economía china representaba menos del 5 por ciento del producto bruto mundial. A mediados del siglo XIX, en realidad, el Reino Unido y Francia tuvieron que emprender una guerra para abrir China al comercio global. Esta fue la “segunda guerra del opio”, llamada así porque los países occidentales tenían muy poco que vender a China a excepción de estas drogas, que pronto invadieron sus mercados y generaron una amplia adicción entre la población. Con esta guerra, occidente ensayaba una vía temprana de corrección de la balanza de pagos.

El colonialismo dejó una herencia compleja en el mundo en desarrollo. Entre la mayoría de la población, sin embargo, la visión dominante era que habían sido cruelmente explotados. Para muchos nuevos líderes, la teoría marxista ofrecía una interpretación sugerente de esta experiencia, puesto que sostenía que la explotación era en realidad el motor del sistema capitalista. Por eso, la independencia política que las colonias conquistaron tras la segunda guerra mundial no supuso el fin del colonialismo económico. En algunas regiones, como África, la explotación –la extracción de recursos naturales y la devastación del ambiente a cambio de migajas- era evidente. En otros sitios fue más sutil. En diferentes regiones del mundo, instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial pasaron a ser vistas como instrumentos de control pos-colonial. Estas instituciones propiciaron el fundamentalismo de mercado (o “neoliberalismo”, como fue a menudo llamado) una categoría idealizada por los estadounidenses como “mercados libres e irrestrictos”. Asimismo, presionaron a favor de la desregulación del sector financiero, de las privatizaciones y de la liberalización del comercio.

El Banco Mundial y el FMI aseguraban que todo lo hacían por el bien de los países en desarrollo. Su actuación estaba respaldada por equipos de economistas partidarios del libre mercado, muchos de ellos provenientes de la catedral de la economía de libre mercado, la Universidad de Chicago. Al final, los programas de los ‘Chicago boys’ no trajeron los resultados prometidos. Los ingresos se estancaron. Allí donde hubo crecimiento, la riqueza fue a parar a los estratos más altos. Las crisis económicas en países concretos se volvieron cada vez más frecuentes. Sólo en los últimos 30 años, de hecho, se produjeron más de cien de considerable gravedad.

En este contexto, no sorprende que las poblaciones de los países en desarrollo creyeran cada vez menos en las motivaciones altruistas de Occidente. Sospechaban que la retórica de la economía libre de mercado –lo que pronto se conoció como “el Consenso de Washington”- era sólo la cobertura de los intereses comerciales de siempre. Estas sospechas se vieron reforzadas por la propia hipocresía de los países occidentales. Europa y Estados Unidos no abrieron sus propios mercados a la agricultura producida en el Tercer Mundo, que con frecuencia era todo lo que estos países podían ofrecer. Por el contrario, los forzaron a eliminar subsidios necesarios para la creación de nuevas industrias, a pesar de que ellos otorgaban subsidios a sus propios agricultores.

La ideología del libre mercado resultó ser una excusa para acometer nuevas formas de explotación. “Privatizar” quería decir que los extranjeros podían comprar minas y campos petrolíferos a bajo precio en los países en desarrollo. Suponía que podían extraer considerables beneficios de actividades monopólicas y semi-monopólicas como las telecomunicaciones. “Liberalizar”, por su parte, quería decir que podían obtener créditos con facilidad. Y si las cosas iban mal, el FMI forzaba la socialización de las pérdidas, con lo que el esfuerzo de pagar a los bancos recaía sobre la población en su conjunto. También comportaba que las empresas extranjeras pudieran arrasar con las industrias emergentes, bloqueando el despliegue del talento empresarial local. El capital fluía libremente, pero el trabajo no, salvo en el caso de los individuos mejor dotados, que podían encontrar un empleo en el mercado global.

Obviamente, éstos no son más que brochazos de un cuadro más complejo. En Asia, por ejemplo, siempre hubieron resistencias al Consenso de Washington e incluso restricciones a la libre circulación de capital. Los gigantes asiáticos –China e India- condujeron la economía a su manera y obtuvieron inéditos índices de crecimiento. Pero en general, y sobre todo en aquellos países en los que el Banco Mundial y el FMI controlaron las riendas, las cosas no fueron demasiado bien.

Para los críticos del capitalismo estadounidense en el Tercer Mundo, la manera en que los Estados Unidos han respondido a la crisis constituye la gota que colma el vaso. Durante la crisis del sudeste asiático, hace apenas una década, los Estados Unidos y el FMI exigieron que los países afectados redujeran el déficit a través de recortes en el gasto social. Poco importó que en países como Tailandia estas medidas contribuyeran a un resurgimiento de la epidemia del SIDA, o que en otros como Indonesia comportara el recorte de subsidios para la alimentación de los hambrientos. Estados Unidos y el FMI forzaron a estos países a aumentar los tipos de interés, en algunos casos en más de un 50 por ciento. Urgieron a Indonesia que fuera dura con los bancos y al gobierno que no acudiera en su rescate ¡Qué peligroso precedente! –dijeron- ¡qué tremenda intervención en el delicado mecanismo de relojería del libre mercado!

El contraste entre la reacción exhibida ante las crisis asiática y estadounidense es notorio y no ha pasado inadvertido. Para sacar a Estados Unidos del pozo, somos testigos de incrementos masivos del gasto y del déficit, así como de tasas de interés que prácticamente han sido reducidas a cero. Las ayudas a los bancos fluyen a diestra y siniestra. Algunos de los funcionarios de Washington que tuvieron que lidiar con la crisis asiática son ahora los encargados de dar respuestas a la crisis estadounidense ¿Por qué los Estados Unidos –se pregunta la gente del Tercer Mundo- prescriben una medicina diferente cuando se trata de sí mismos?

En los países en desarrollo, son muchos los que aún padecen los efectos del sermoneo recibido en los últimos años: adoptad instituciones como las de los Estados Unidos; seguid nuestras políticas; comprometeos con la desregulación; abrid vuestros mercados a los bancos norteamericanos si queréis aprender “buenas” prácticas bancarias; y vended (no por casualidad) vuestras empresas y bancos a los Estados Unidos, especialmente si es a precio de ganga durante las épocas de crisis. Sí, reconocía Washington, puede ser doloroso, pero al final estaréis mejor. Los Estados Unidos enviaron a sus Secretarios del Tesoro (de ambos partidos) alrededor del mundo a predicar la buena nueva. A ojos de muchos, la puerta giratoria que permite a los líderes financieros norteamericanos pasar cómodamente de Wall Street a Washington y otra vez a Wall Street, les otorgaba todavía más credibilidad: parecían combinar a la perfección el poder del dinero y el poder de la política. Los líderes financieros norteamericanos tenían razón en pensar que lo que era bueno para los Estados Unidos o el mundo era bueno para los mercados financieros. Pero lo contrario no era cierto: no todo lo que era bueno para Wall Street era bueno para los Estados Unidos y el mundo.

No es un simple gesto de Schadenfreude, de alegría por la desgracia ajena, lo que motiva el severo juicio que los países en vías desarrollo realizan del fracaso económico de Estados Unidos. También está en juego la necesidad de discernir cuál es el sistema económico que mejor puede funcionar en el futuro. Indudablemente, estos países tienen todo el interés del mundo en que ver una pronta recuperación de los Estados Unidos. Saben que por sí solos no podrían afrontar lo que los Estados Unidos han hecho para intentar revivir su economía. Saben que ni siquiera el elevado nivel de gasto realizado está funcionando demasiado rápido. Saben que a resultas del colapso económico norteamericano, 200 millones de personas más han caído en la pobreza en el curso de los últimos años. Pero están convencidos, cada vez más, de que cualquier ideal económico propugnado por los Estados Unidos es un ideal del que seguramente habría que huir.

¿Por qué debería preocuparnos la desilusión del mundo con el modelo estadounidense de capitalismo? La ideología que promovimos todos estos años ha dejado de funcionar, pero tal vez esté bien que no pueda repararse ¿Podríamos acaso sobrevivir –incluso tan bien como hasta ahora- si nadie se adhiere al modo de vida norteamericano?

Seguramente, nuestra influencia disminuirá, ya que es poco probable que se nos considere un modelo a seguir. En cualquier caso, es lo que ya estaba ocurriendo de hecho. Los Estados Unidos solían desempeñar un papel crucial en el capital global, ya que otros pensaban que teníamos un especial talento para lidiar con el riesgo y para asignar recursos financieros. Hoy nadie piensa algo así, y Asia – de donde proceden buena parte de los ahorros del mundo - ya está desarrollando sus propios centros financieros. Hemos dejado de ser la fuente central del capital. Los tres bancos más importantes del mundo son ahora chinos. El principal banco norteamericano ha caído al quinto puesto.

El dólar ha sido durante mucho tiempo la moneda de reserva. Los países tenían al dólar como referencia para determinar la confianza en sus propias monedas y gobiernos. Sin embargo, progresivamente se ha ido imponiendo en los bancos centrales de diferentes partes del mundo la idea de que el dólar puede no ser un referente de valor. Su valor, de hecho, ha oscilado y ha ido cayendo. El enorme incremento de la deuda norteamericana durante la presente crisis, combinado con los préstamos indiscriminados de la Reserva Federal, han disparado las especulaciones en torno al futuro del dólar. Los chinos han sugerido de manera abierta la posibilidad de inventar algún tipo nuevo de moneda para reemplazarlo.

Mientras tanto, el coste de lidiar con la crisis está desbordando nuestras necesidades. Nunca hemos sido generosos en nuestra ayuda a los países pobres. Pero las cosas están empeorando. En los últimos años, la las inversiones chinas en África han sido superiores a las del Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo juntos, muy lejos de las realizadas por Estados Unidos. Para afrontar la crisis, los países africanos corren a Beijing en busca de ayuda, no a Washington.

Mi preocupación aquí, en todo caso, tiene que ver con el ámbito de las ideas. Me preocupa que, a medida que se vean con mayor nitidez las fallas del sistema económico y social norteamericano, las personas de los países en desarrollo vayan a extraer conclusiones erróneas. Sólo unos pocos países -y acaso los propios Estados Unidos- aprenderán correctamente la lección. Se darán cuenta de que para salir adelante es necesario un régimen en el que el reparto de papeles entre mercado y gobierno sea equilibrado y en el que haya un estado fuerte capaz de administrar formas efectivas de regulación. Se darán cuenta de que el poder de los intereses privados debe limitarse.

Otros países, empero, sacarán conclusiones más confusas y profundamente trágicas. Tras el fracaso de sus sistemas de posguerra, la mayoría de países ex comunistas retornaron al capitalismo de mercado y encumbraron a Milton Friedman en lugar de a Karl Marx como nuevo dios. Con la nueva religión, sin embargo, no les ha ido bien. Muchos países pueden pensar, en consecuencia, que no sólo el capitalismo ilimitado, de tipo estadounidense, ha fracasado, sino que es el propio concepto de economía de mercado el que ha fallado y ha quedado inutilizado para cualquier circunstancia. El viejo comunismo no regresará, pero sí diversas formas excesivas de intervenir en el mercado. Y fracasarán. Los pobres sufren con el fundamentalismo de mercado, que genera un efecto derrame, pero de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo. Pero los pobres seguirán sufriendo con este tipo de regímenes, puesto que no generarán crecimiento. Sin crecimiento no puede haber reducción sostenible de la pobreza. No ha habido nunca una economía exitosa que no haya descansado fuertemente en los mercados. La pobreza estimula la desafección. Los inevitables fracasos conducirán a mayor pobreza aún y serán difíciles de gestionar, sobre todo por parte de gobiernos llegados al poder con el propósito de combatir el capitalismo de tipo norteamericano. Las consecuencias para la estabilidad global y para la propia seguridad de los Estados Unidos son evidentes.

Hasta ahora, solía existir una sensación de valores compartidos entre los Estados Unidos y las élites educadas en Estados Unidos alrededor del mundo. La crisis económica ha erosionado la credibilidad de dichas élites. Hemos suministrado a los críticos con la disoluta forma de capitalismo practicada en Estados Unidos, poderosa munición para contraatacar con la prédica de una más amplia filosofía anti-mercado. Y seguimos proporcionándoles más y más munición. Mientras en la reciente cumbre del G-20 nos comprometíamos a no impulsar el proteccionismo, colocábamos una previsión de “compre norteamericano” en nuestro propio paquete de estímulos. Luego, para ablandar la oposición de nuestros aliados europeos, modificábamos dicha norma, de todo punto discriminatoria en relación con los países pobres. La globalización nos ha hecho más interdependientes; lo que ocurre en una parte del mundo afecta a la otra, un hecho probado por el contagio a otros de nuestras dificultades económicas. Para resolver problemas globales, es menester que exista un sentido de cooperación y confianza, así como un cierto sentido de valores compartidos. Esta confianza nunca fue sólida, y no ha hecho sino debilitarse en los últimos tiempos.

La fe en la democracia es otra de las víctimas. En el mundo en desarrollo, la gente mira hacia Washington y ve al sistema de gobierno que permitió a Wall Street prescribir una serie de reglas que pusieron en riesgo la economía global y que, cuando toca asumir las consecuencias, vuelve a recurrir a Wall Street para gestionar la recuperación. Ve permanentes redistribuciones de riqueza hacia la cúspide de la pirámide, claramente a expensas de los ciudadanos comunes y corrientes. Ve, en suma, un problema básico de falta de controles en el sistema democrático estadounidense. Y después que se ha visto todo esto, sólo es necesario dar un pequeño paso para concluir que hay algo que funciona inevitablemente mal con la propia democracia.

Eventualmente, la economía estadounidense se recuperará y, hasta cierto punto, nuestro prestigio en el extranjero. Durante mucho tiempo, los Estados Unidos fueron el país más admirado del mundo, y todavía es el más rico. Guste o no, nuestras acciones están sujetas a permanente examen. Nuestros éxitos son emulados. Pero nuestras fracasos son criticados con escarnio. Todo esto me devuelve a Francis Fukuyama. Fukuyama estaba equivocado al pensar que las fuerzas de la democracia liberal y de la economía de mercado triunfarían de modo inevitable y que no habría vuelta atrás. Pero no estaba equivocado al creer que la democracia y las fuerzas de mercado son esenciales para tener un mundo justo y próspero. La crisis económica, en buena medida desencadenada por el comportamiento de los Estados Unidos, ha hecho más daño a estos valores fundamentales que cualquier régimen totalitario en los tiempos recientes. Tal vez sea verdad que el mundo se encamina al fin de la historia, pero de lo que se trata, ahora, es de navegar contra el viento y de ser capaces de definir el curso de las cosas.

Última edición por mcd; 14-jun-2009 a las 23:31
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NO está mal el artículo de Stiglitz, va en su línea. Sin embargo, me suena a neokeynesiano (para variar en este hombre), y me hubiera gustado que explicase en que consisten esas tentaciones peligrosas de los países en desarrollo de optar por sistemas sin "economía de mercado". En el resto del artículo, sobre todo en lo referente a la batalla ideológica "post URSS" y "final de la historia", perfectamente de acuerdo. Lo que no dice es que un fantasma vuelve a recorrer no ya Europa, sino el mundo al Sur de la misma. Gracias por la aportación.

P.D.: Qué gran rvista Sin Permiso. Está llena de inteligencia.
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¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia y la justicia del pueblo, barbarie o rebelión?.
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“La disciplina sin generosidad es una ilusión farisaica, y la generosidad sin disciplina, una ilusión filistea.” Entrevista
Antoni Domènech · · · · ·

14/06/09


La periodista colombiana Myriam Bautista entrevistó a Antoni Domènech para el diario bogotano El Tiempo.

Un grupo de intelectuales creó una revista digital y en papel, con un consejo editorial conformado por líderes de la izquierda de los años setenta de tres continentes.

La imagen podría ser de un cuento de Julio Cortázar: un grupo de hombres y mujeres de dos generaciones, con mucho en común, pero tal vez lo más importante, derrotados políticamente, se reúnen para crear una revista, con tres núcleos de redacción en Barcelona, Buenos Aires y México, y patas en distintas ciudades, tantas como amigos de viejas luchas, desperdigados por el mundo.

Estas personas, casi todas académicas, llevaron a sus discípulos, quienes los convencieron de que la revista en papel, con tiraje de cuatro mil números, tan voluminosa como un libro, era importante, pero mucho más lo era construir su sitio en Internet para llegar de inmediato a un público más amplio. Hubo consenso. Viejos, más jóvenes y jóvenes, sin cobrar un solo peso, pusieron manos a la obra. Han pasado tres años y Sin Permiso es ya una referencia de obligatoria lectura, cada ocho días, para 21 mil personas de los cinco continentes, suscritas gratuitamente a su edición electrónica, en la que se publican 15 artículos. Cada día acceden a su página unos 25 mil lectores. Colombia ocupa la novena posición en entradas.

María Julia Bertomeu y Carlos Abel Suárez, desde Buenos Aires, Adolfo Gilly, desde México y Daniel Raventós, desde Barcelona, son algunos de los miembros del Consejo Editorial. En la redacción, entre muchos, se destaca la colaboración de la histórica y mítica militante del Partido Comunista italiano Rossana Rossanda, ex directora del diario Il Manifesto y una de las mujeres que hicieron parte de la resistencia partisana en la II Guerra Mundial. Rossanda, desde Milán, a sus 85 años y recién casada, escribe permanentemente sobre la actualidad de su país y del mundo.

El editor general, Antoni Domènech, desde muy joven militó en la resistencia clandestina antifranquista desde las filas del Partido Comunista, estudió filosofía y derecho en la Universidad de Barcelona. Desde 1994, es catedrático de Filosofía en la Facultad de Ciencias Económicas de esa universidad.

Domènech estuvo en Bogotá, como expositor principal en un seminario sobre el filósofo político norteamericano John Rawls y para presentar la revista, en el claustro de San Agustín, a conocedores y profanos que no le perdieron palabra a su sesuda y emotiva exposición.

La presentación de Sin Permiso, en donde se sustenta su nombre, termina con una cita de Marx. ¿Por qué la eligió?

Porque en esa cita se declara que, en todas las épocas, quien no tiene medios propios de vida, tiene que pedir permiso a otros para vivir, y por eso no es libre. Libertad es no tener que pedir permiso a otro para sobrevivir: es una vieja idea que viene del mediterráneo antiguo, de los atenienses. Es muy notable que en la Crítica del Programa de Gotha, de donde está tomada la cita, Marx se sirviera explícitamente de esa vieja idea para ilustrar lo que eran la democracia revolucionaria (la I República francesa de 1793) y el socialismo industrial modernos: programas políticos de universalización de la libertad republicana. Que nadie tenga necesidad de tener que pedir permiso a otro para sobrevivir, que nadie sea esclavo de otro (de Aristóteles tomó Marx la idea de que el trabajo asalariado era "esclavitud a tiempo parcial"), esa es la idea. Y convertir esa cita de Marx en el título de la revista entraña aún otra cosa: equivale a una declaración de principios radicalmente laicos: nosotros no somos marxistas sectarios, religiosos. Sectario es quien cree en un mito fundador, según el cual el origen de su tradición moral o política empieza de cero, sin antecedentes, como novedad absolutamente radical. Así son todas las religiones, sin excepción. Pero la democracia republicana y el socialismo modernos se ubican en una larga tradición milenaria de lucha por la libertad republicana y por su universalización, una tradición, o un conjunto de tradiciones de combate político que hincan sus más viejas raíces conocidas en las luchas populares de las viejas sociedades agrarias del mediterráneo antiguo, y acaso, más profundamente aún, en un anhelo humano universalmente reconocible.

Sin Permiso no recibe avisos publicitarios, ni recibe subvenciones. ¿Cómo funciona?

En eso estamos, voluntariamente, en la tradición publicística del movimiento obrero internacional: antes de la II Guerra Mundial, ningún periódico socialista (en el amplio sentido del término, que abarca desde el laborismo británico y las socialdemocracias continentales europeas hasta el anarcosindicalismo, pasando por los distintos comunismos) admitía publicidad comercial, ni recibía subvenciones, públicas o privadas. Hacer buena propaganda política, fundada en análisis intelectualmente honrados de lo que hay y encaminada a persuadir de un cambio radical con buenos argumentos pública y racionalmente debatibles, es incompatible con depender de publicidad mercenaria –"mercenario" tiene la misma raíz etimológica que "mercado" y "meretriz"—; es incompatible con tener que pedir permiso a empresas privadas o a gobiernos para existir. Sin Permiso se hace gratis et amore, con la disciplina y con la generosidad de los viejos combatientes socialistas: de nuestros mayores anarcosindicalistas aprendimos que la disciplina sin generosidad es una ilusión farisaica; y de nuestros mayores marxistas, que la generosidad sin disciplina es una ilusión filistea.

Además de autores socialistas, ¿qué otros autores se publican en Sin Permiso?

Publicamos a veces a liberales de izquierda inteligentes. Los premios Nóbel Krugman y Stiglitz, por ejemplo. Los enfants terribles del establishment son interesantes, también porque conocen por dentro las entrañas del sistema. Michael Hudson, por ejemplo, al que traducimos y publicamos siempre con gusto por la soberbia calidad analítica de sus escritos, y que es algo más que un liberal de izquierda (un republicano casi socialista), estuvo 30 años trabajando en Wall Street, antes de romper con el sistema.

En el acto de presentación de Sin Permiso ayer se dijo que en la revista vienen publicándose desde al menos 2006 artículos premonitorios de la actual crisis económica y financiera mundial. ¿Cómo fue?

Es verdad. Y ahí hay que decir que los economistas que anticiparon la que se nos venía encima no fueron académicos del establishment, ni siquiera liberales de izquierda críticos con el sistema (como los mencionados Krugman y Stiglitz), sino gentes que, o habían roto radicalmente con él en los 90 –como el también mencionado Michael Hudson— o economistas de formación marxista analíticamente sólida, como mi amigo berlinés Michael Krätke (miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso), actualmente en la Universidad de Lancaster en el Reino Unido, y que además de ser uno de los editores de la nueva edición crítica internacional de las obras completas de Marx y Engels, es un reconocido especialista en mercados financieros. O el historiador de la Universidad de California-Los Ángeles Robert Brenner, también miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. También hemos publicado piezas analíticamente interesantes, y premonitorias, del economista socialista filipino Walden Bello, un "premio Nobel alternativo".

¿Cómo ven en Sin Permiso la situación actual?

El momento actual es muy grave y complicado. Los tres componentes de la llamada "globalización" puesta por obra desde mediados de los 70 (primero, remundialización del capitalismo; segundo, neoliberalismo entendido como saqueo privatizador del patrimonio público, incluido el patrimonio natural; y tercero, financiarización de la economía) han fracasado, revelándose como ilusorias todas las apariencias de prosperidad grotescamente celebradas en las últimas décadas por los intelectuales y los periodistas del sistema. Pero a eso hay que sumar, al menos, la crisis energética –el agotamiento de los combustibles fósiles que han estado en la base de la economía mundial en las últimas centurias—, así como la crisis ecológica dimanante de la destrucción de vínculos ecosistémicos globales, cuya manifestación más visible es el catastrófico cambio climático en marcha. Las tres crisis –económica, energética, ecológica— estaban ya en el horizonte en los años 70: esta Guerra de los Treinta Años en que triunfaron las fuerzas de la reacción, del oscurantismo y de la irresponsabilidad sobre las fuerzas democráticas y populares a escala planetaria, ha significado también perder 30 años en la resolución de problemas gravísimos y urgentes que estaban claramente planteados ya en los 70. Y lo que tenemos ahora son, por un lado, fuerzas muy menguadas, las de la izquierda, que sufrió una derrota espantosa luego del 68, y, por el otro, unas elites que, puestas ante la evidencia del fracaso clamoroso de todas sus políticas en las tres últimas décadas, están como desnortadas, desconcertadas ante la magnitud de unos problemas que, víctimas de sus propias mentiras e ideologemas, ni siquiera parecen capaces de comprender, y no digamos de enfrentar.


Cuéntenos de su último libro

Es un investigación académica –tardé 10 años en completar la investigación que me permitió escribirlo— sobre El eclipse de la fraternidad. De los tres valores emblemáticos de la democracia republicana moderna –libertad, igualdad, fraternidad--, el de la fraternidad no sólo resulta hoy el más enigmático, sino que es el menos estudiado. Lo que me propuse fue estudiar su significado, como metáfora y como programa político, para el ala plebeya de la Revolución francesa, así como su problemático legado para el socialismo industrial obrero de los siglos XIX y XX. De aquí el subtítulo: "Una revisión republicana de la tradición socialista", que, como observó en su día uno de los críticos más inteligentes de mi obra, también habría podido ser al revés. "Una revisión socialista de la tradición republicana".

Antoni Domènech es el Editor general de SINPERMISO.
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¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia y la justicia del pueblo, barbarie o rebelión?.
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«Al final de la crisis un 30% de los españoles vivirá en la pobreza». Entrevista
Daniel Raventós · · · · ·

14/06/09


El periodista C. Jiménez entrevistó a Daniel Raventós para el diario asturiano La Nueva España.

Daniel Raventós, doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona y uno de los principales promotores de la Red de Renta Básica participó ayer en una charla coloquio organizada por la red social «A pie de barrio» en la que se abordó la propuesta de un ingreso pagado por el Estado a cada ciudadano en el marco de la actual crisis económica. La Red de Renta Básica, que es una sección del Basic Income Earth Network (BIEN), y cuyo origen se encuentra en Cataluña, propugna una renta básica universal tanto para ricos como para pobres.

-¿En qué estado se encuentra el proyecto de la Red de Renta Básica en España?

-Lo que planteamos son unas ideas básicas en torno a la necesidad de una renta básica de ciudadanía incondicional y universal. Hasta el momento se ha conseguido crear una subcomisión en el Parlamento español para analizar la propuesta y que ésta sea más conocida entre la población. Que se haya dado este paso tiene una importancia indiscutible.

-¿Es más oportuna esta iniciativa para tiempos de crisis como la que ahora vivimos?

-El estado actual de crisis no es impedimento para desarrollar la renta básica. Algunos de sus aspectos fundamentales como es el apoyo para todas las personas que no reciben subsidio de desempleo cobran más sentido, si cabe, en este momento. Cualquiera que sea medianamente optimista es consciente que en el año 2010 seguiremos generando desempleados en el mercado laboral. Además, con la crisis económica habrá un mayor número de personas en el umbral de la pobreza. Al final del actual bache económico nos situaremos en torno al 25 o el 30% de ciudadanos en situación de pobreza en España. Es una cantidad importante para un país que se hace llamar rico.

-¿Y cómo se pueden atajar los problemas de tipo social que acompañan a ese desigual reparto de la riqueza?

-Hay quien dice que la renta básica podría jugar un papel de caja de resistencia en caso de huelga obrera, con mayor motivo en épocas en que la situación económica no acompaña.

-¿Es posible dar un salario para todos?

-En Cataluña se hizo un estudio en el año 2003 sobre más de 100.000 declaraciones del IRPF. Con una reforma de este impuesto y reorganizando todos los subsidios monetarios se podía llegar a una renta de 5.414 euros para todos los ciudadanos de Cataluña en edad de trabajar y también para los mayores de 18 años sin empleo. Aunque en esta iniciativa no todos ganan. Los que pierden más son los ricos que entonces tendrían que pagar más impuestos.

-¿Cuál es la opinión de los grupos políticos respecto a esta propuesta?

-Izquierda Unida y Esquerra republicana (ERC) (las dos formaciones que plantearon el proyecto de una prestación económica universal e incondicionada para todos los ciudadanos en el Parlamento) son los dos grupos que lo apoyan. Cuanto más a la derecha nos vamos, más en contra se encuentran los grupos políticos del proyecto de la renta básica.

-¿Cómo encaja un proyecto de estas características en un mundo cada vez más globalizado?

-Cuando la pobreza y el número de personas en situación de desempleo va en aumento es más necesaria que nunca la renta básica. Es una situación que estamos viviendo a día de hoy. Lo que planteamos desde la Red de Renta Básica no es más que introducir una nueva redistribución de la renta contraria a la que se venía realizando hasta ahora, basada principalmente en volcar los ingresos de los pobres hacia los ricos. El nuestro es un modelo totalmente diferente a lo que se venía haciendo en los últimos 30 años.

Daniel Raventós es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO y presidente de la Red Renta Básica. Su último libro es Las condiciones materiales de la libertad (Ed. El Viejo Topo, 2007).

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La Nueva España, 12 junio 2009
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Una de las pocas revistas que merece ser leida es esta.
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-Reforma laboral,20 puntos explicados por magistrado:http://www.burbuja.info/inmobiliaria...t-s-ctnya.html
-En 1997 ya aviso Hazel Henderson de actual depresion :http://www.burbuja.info/inmobiliaria...-mercados.html
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Un autor "clásico". Este seguramente le interese al forero "47", ya que corrige de manera justificada uno de sus argumentos favoritos.

Por qué los salarios son bajos
Vicenç Navarro · · · · ·

13/01/08

En la evolución de los salarios en España dos hechos llaman la atención. Uno, documentado por el último informe de la OECD Employment Outlook 2007, es que los salarios han bajado en España. El otro, también documentado por tal informe, es que los salarios españoles están entre los más bajos en la Unión Europea de los Quince (UE-15), el grupo de países más cercanos al nivel de desarrollo económico español. Aunque esto último ha sido una constante, el descenso del salario promedio es más reciente y ha ocurrido primordialmente a partir de los años noventa. Este descenso se ha atribuido por varios autores a la globalización, indicándose que los trabajadores españoles están compitiendo con los trabajadores del Este de Europa, así como con los trabajadores de los países subdesarrollados (que tienen salarios mucho más bajos), forzándoles a disminuir sus demandas de incrementos salariales, temerosos de que ello genere una respuesta empresarial que incluya el irse a otro país. La prensa está llena de referencias a empresas que amenazan desplazarse o que lo han hecho en busca de salarios más bajos. Que ocurre es indiscutible y toma lugar preferentemente en los sectores industriales de la producción.

La desregulación del mercado de trabajo y la inmigración masiva explican la curva salarial

Ahora bien, en esta argumentación se ignoran hechos importantes. Uno de ellos es que la gran mayoría de puestos de trabajo no son exportables, es decir, no se pueden producir en otros países. En EE UU, por ejemplo, se ha calculado que el número de trabajos exportables en los próximos 20 años varía de un 16% a un 29%, lo cual quiere decir que del 84% al 71% no son exportables. El segundo hecho es que los salarios han descendido tanto en los puestos de trabajo exportables como en los no exportables, siendo en éstos últimos donde se encuentran la mayoría de salarios más bajos. Los 15 puestos de trabajo con salarios menores que incluyen el 15% de todos los puestos de trabajo de EE UU (y un 12% en España) son trabajadores de restaurantes y personal de cocina, personal de limpieza, personal de lo que en España se llaman guarderías y servicios domiciliarios, vigilantes de edificios y aparcamientos, y trabajadores de servicios domésticos. Ninguno de estos puestos es exportable a otros países.

Las causas de que éstos y otros salarios no exportables sean bajos se deben, en parte, a las políticas públicas (tales como la desregulación de los mercados de trabajo) que se han ido aplicando y que han debilitado enormemente al mundo del trabajo y a los sindicatos. Mercados de trabajo altamente regulados como los escandinavos (que son, por cierto, los países más globalizados de la UE-15) tienen salarios mucho más altos (para los mismos puestos de trabajo) que en España. El trabajador de lo que en Finlandia o Suecia se llaman escuelas de infancia (escuelas públicas para niños de cero a dos años) son profesionales diplomados con estudios universitarios, mientras que en España los trabajadores de lo que se llaman guarderías (señalando la función de mero aparcamiento de los infantes) son personas con muy escasa o nula formación. En realidad, en España se exige mayor conocimiento y formación a los guardadores de animales en los parques zoológicos que a los guardadores de niños y cuidadores de ancianos.

Otra causa de los bajos salarios es la inmigración masiva que el país ha ido experimentando en los últimos años y que ha causado una disminución de los salarios de los sectores donde tal inmigración se concentra. Esta situación se hubiera incluso acentuado más si se hubiera aceptado por parte del Parlamento Europeo la famosa directiva Bolkestein, apoyada por autores liberales como Anthony Giddens, también llamada del país de origen, en la propuesta de movilidad de los servicios de la UE-15. Según tal propuesta vetada por el Parlamento Europeo, una empresa constructora polaca, por ejemplo, que trabajara en España pagaría a sus trabajadores salarios polacos (que son la mitad de los salarios españoles). Y es ahí donde radica otra de las causas de los bajos salarios: la importación de trabajadores que por su condición de inmigrantes tienen que aceptar salarios más bajos. Por ello, en países donde los sindicatos son fuertes (como en los países nórdicos), se apoya al inmigrante (dándole los mismos derechos que a los trabajadores nativos) pero no a la inmigración, mientras que en aquellos países donde el mundo empresarial es fuerte, como en el sur de Europa, se apoya a la inmigración pero no al inmigrante.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra.

El País (Cataluña), 2 enero 2008

Se critica mucho a Navarro,pero es de los pocos que se atrevio a decir verdades como puños sobre la inmigracion y el daño que hace a la clase baja ( y los que se creen de clase media ) y una pequeña parte de la clase media ( medicos y poco mas actualmente ).
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-Reforma laboral,20 puntos explicados por magistrado:http://www.burbuja.info/inmobiliaria...t-s-ctnya.html
-En 1997 ya aviso Hazel Henderson de actual depresion :http://www.burbuja.info/inmobiliaria...-mercados.html
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