Burbuja.info - Foro de economía > > > De los acentos y otras hierbas.
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Antiguo 01-ago-2005, 23:23
Altair
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Mensajes: n/a

Este es el último artículo de Pérez-Reverte. Viene muy al hilo de lo
que comentábamos hace unos días sobre los acentos autóctonos. También
de otras cosas relacionada. Es su opinión... y también la mía.




‘Homesplante la hueva emporá’


Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se
hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía
responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el
farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era:
“¿Homesplante la hueva emporá?”, formulada con cerradísimo acento
andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto,
llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido
preguntar era “¿Cómo te planteas la nueva temporada?" Y oigan. Nada
tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni
contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra
ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las
tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy
con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero
no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de
la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del
homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico
o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto.

Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos
tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento.
Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a
otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos.
Y los jefes de los catetos –y las catetas– que andan sueltos por ahí,
preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los
premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos
pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad
al medio que les paga el jornal.

Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas
tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud
democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas
en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben
no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público
controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo
menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista
totalitario y carca asoma la oreja.

Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos
recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista
iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde
más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje
infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste
contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal
en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien
que, aparte una presumible formación ética y una cultura –pero de eso
no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España–,
necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la
que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres
compañeros –o cómplices, o lo que sean– de negocio. Y lo terrible es
que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y
político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública
española.

Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de
servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más
elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia,
la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso
escolar, mobbing por acoso laboral, género por sexo, fue disparado por
le dispararon o fue tiroteado, severas heridas por graves heridas,
apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender,
desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva,
cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri,
cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y
se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían
cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte.

Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de
periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua,
venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios
informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la
vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que
nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie
se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de
oficio o que cierren la boca.



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  #2  
Antiguo 01-ago-2005, 23:34
jupla
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Mensajes: n/a
¿Ves, Altair? Aquí también estoy de acuerdo contigo.

Es bastante triste que, habiendo miles de licenciados en periodismo buscando
una oportunidad, haya catetos jodiendo el prestigio de la profesión.

Es algo que pasa en todas las profesiones: unas veces por enchufe, otras por
suerte, otras por acomodamiento.... en todos los gremios hay gente que
desluce al resto.

No me parece que sea un artículo sobre acentos, es más bien un artículo
sobre cómo alguien es tan sumamente vago como para no molestarse en hacerse
entender. Es patético, pero hay gente así. También, al hilo de lo que
hablábamos hace unos días, hay gente tan sumamente vaga como para no
molestarse en intentar entender al otro. También es patético y también hay
gente así. Pero el culpable no es el acento, es la persona.



"Altair" <aqueno@me.ves> escribió en el mensaje
news:42ee9212.3620296@news.mad ritel.es...
>
> Este es el último artículo de Pérez-Reverte. Viene muy al hilo de lo
> que comentábamos hace unos días sobre los acentos autóctonos. También
> de otras cosas relacionada. Es su opinión... y también la mía.
>
>
>
>
> 'Homesplante la hueva emporá'
>
>
> Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se
> hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía
> responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el
> farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era:
> "¿Homesplante la hueva emporá?", formulada con cerradísimo acento
> andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto,
> llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido
> preguntar era "¿Cómo te planteas la nueva temporada?" Y oigan. Nada
> tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni
> contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra
> ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las
> tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy
> con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero
> no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de
> la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del
> homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico
> o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto.
>
> Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos
> tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento.
> Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a
> otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos.
> Y los jefes de los catetos -y las catetas- que andan sueltos por ahí,
> preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los
> premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos
> pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad
> al medio que les paga el jornal.
>
> Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas
> tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud
> democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas
> en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben
> no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público
> controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo
> menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista
> totalitario y carca asoma la oreja.
>
> Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos
> recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista
> iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde
> más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje
> infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste
> contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal
> en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien
> que, aparte una presumible formación ética y una cultura -pero de eso
> no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España-,
> necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la
> que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres
> compañeros -o cómplices, o lo que sean- de negocio. Y lo terrible es
> que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y
> político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública
> española.
>
> Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de
> servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más
> elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia,
> la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso
> escolar, mobbing por acoso laboral, género por sexo, fue disparado por
> le dispararon o fue tiroteado, severas heridas por graves heridas,
> apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender,
> desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva,
> cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri,
> cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y
> se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían
> cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte.
>
> Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de
> periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua,
> venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios
> informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la
> vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que
> nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie
> se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de
> oficio o que cierren la boca.
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