Un redactor pasa un día entre personas sin hogar en las calles de Madrid
Comprueba 'in situ' los efectos de la crisis en el último escalón de la economía
Veo EL MUNDO, de Veo Televisión, ofrece esta noche el reportaje en un programa especial
MADRID.-
No son héroes. La mayoría de la gente ni siquiera los trata como a seres humanos. Cuando caminan, cuando piden, cuando preguntan, nadie les mira. Como mucho se oye una velada disculpa tras un giro de cabeza. Es la realidad de la calle. Una realidad que, siempre desde el máximo respeto, pude vivir por unas horas.
Estamos en otoño y hace mucho frío. Los dedos de las manos están entumecidos y el vaho ya asoma como el humo de un cigarro. Son las 8 de la mañana y las calles de Madrid están llenas pero la sensación es de soledad. Caminas entre la gente con un par de cartones en la mano y la multitud se abre como si fueras un barco rompehielos. Sólo que el hielo que te rodea es más fuerte que el acero. Es indiferencia.
La primera prueba es en el Metro. Elijo la Línea 1, porque es la que me viene de camino al comedor social al que me dirijo. Entro en el vagón y está atestado, pero la gente, como en los pasillos y en la calle, se aparta. Miro a mí alrededor y veo a mis compañeros de viaje. Acaba de comenzar el día y todo el mundo parece cansado. Todos miran pero nadie ve nada. Entonces, entre asustado y avergonzado, grito.
“Buenos días señores, disculpen las molestias, pero la crisis me ha dejado sin trabajo y sin casa y les pido que me ayuden por favor”. Me quito una gorra rota que tenía y voy de cuerpo en cuerpo. Ignorancia. Más de 40 personas en el vagón y ni un ademán, ni una palabra. Cabizbajo y decepcionado abandono el lugar hasta que en la puerta me alcanza por la espalda una mano solidaria con 1’80 euros. Apenas me da tiempo a dar las gracias.
Son las 9:30, llego al Comedor 'Ave María' situado detrás de la Puerta del Sol y ya desde la distancia veo una cola de más de 50 metros. Al acercarme a la puerta veo que está dividida en dos. Según me dicen, una es para los que tienen tarjeta (un beneficio que se recoge a principios de mes y que sirve para entrar preferentemente), la otra para el que quiera. Todo el mundo es bienvenido aquí. No hay DNI. No hay preguntas.
La cola es heterodoxa. Hay viejos, jóvenes, mujeres e incluso niños, muchos de ellos inmigrantes. No se puede decir que todos estén en la misma situación. Al escuchar varios politonos de móviles de última generación te das cuenta que las razones por las que se viene aquí son muy diversas aunque todas igual de respetables.
Mi primera 'amiga' es una señora búlgara que no frecuenta estos sitios. Trabaja en la limpieza de casas y según dice “cuando estoy interna no tengo necesidad de venir por aquí”. Se extraña mucho de ver a un español aunque por lo que pude comprobar no soy el único. Otro de mis compañeros de cola también lo es, de Madrid concretamente. Y, aunque él dice tener vivienda, está en paro y necesita venir aquí. Según me cuenta “en estos últimos tiempos la cola en este comedor ha crecido mucho”.
Entonces conozco a una persona que merece una mención especial. Es de una organización, Fundación RETO. Habla un buen rato conmigo y me explica que se dedican a ayudar a gente con problemas de drogadicción, indigenci... Me dice que podría ir a una de sus clínicas en Cádiz para “empezar de nuevo y ver las cosas desde otra perspectiva”. Rehúso y mi predecesor en la cola también.
Es africano y le acompaña una maleta del siglo pasado. Lo primero que dice es: “No entiendo como Zapatero no me deja volver a África, yo he dicho que me quiero marchar y no me ayudan”. Él cree que lo que quieren es vernos en esas colas kilométricas y asegura que éstas son fruto del efecto llamada. “Con Aznar vivía mejor”, sentencia.
El comedor sirve desayunos desde las 9:15 a las 11:00 sin descanso. Apenas hay tiempo para limpiar las mesas, somos muchos los que estamos esperando, algunos aseguran, “desde las 8 de la mañana”. La cola va muy lenta, demasiado, me comenta mi amiga búlgara. Entonces, de la puerta del comedor emerge una mujer con dos bolsas de ropa y grita: “Calzoncillos, calcetines y camisas”. Aunque la cola se disolvió unos minutos, a la vuelta todo el mundo respetó un turno que se había ganado a pecho.
Se acercan las 11 de la mañana y aún no hemos entrado. La puerta del comedor se abre, quizás por última vez y, ahora sí, no hay privilegios que valgan. “Empuja” me grita la mujer búlgara. Conseguimos entrar. Mesas de comedor que me recuerdan a las del colegio se agrupan en lo que parece más un garaje. La gente se va sentando y haber necesitado ir al baño me cuesta mi sitio y casi el desayuno.
La voracidad de algunos comensales deja sitios libres y me permite disfrutar de un tazón de chocolate, un vaso de zumo, un cuarto de pan y dos magdalenas. Los voluntarios de la parroquia no paran. Una de ellas me dice que lo hace por Dios y añade: “Tengo artritis pero venir aquí hace que se me quiten todos los dolores”. La razón es lo de menos, el caso es que allí había 8 personas que trabajan para otras sin contraprestación económica.
Desayunado y con un tiempo más cálido me dirijo hacia la calle Preciados. Ronda comercial madrileña por excelencia. Con un cartón achacando mi mala suerte a la crisis solicito a más de 100 personas una ayuda económica. De nuevo, como en el metro, indiferencia. De nuevo, como en el metro, una mano anónima me alcanza por detrás una ayuda. Esta vez, 20 céntimos.
Sólo alguien se paró a hablarme y me dijo algo que me dejó marcado. “Lo siento pibe pero yo estoy igual que tú, me acabo de quedar sin trabajo y la casa es cuestión de tiempo”. Fue una chica argentina y quizás no haya mejor resumen a esta situación. La crisis nos tiene en la cuerda floja y caerse o no caerse es cuestión de suerte y del viento. Hay que agarrarse, que en esta época, sopla fuerte.