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Nunca he creído en el amero, y soy muy escéptico con el default gringo, no obstante parece que esos vaticinios de 'lunáticos' cada vez se vuelven más plausibles, recordad que también eran 'lunáticos' los pocos que avisaron del crack 2008.
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¿Y si Obama no llega a tiempo? - cotizalia.com

¿Y si Obama no llega a tiempo?

@S. McCoy - 06/01/2009

Llego al New York Times de la mano de Michael Lewis y David Einhorn que han publicado un muy interesante artículo, servido en dos entregas, acerca del final del orbe financiero en su concepción actual y las posibles bases sobre las que se tendría que asentar su futuro. Su pieza, que ha encontrado extraordinario predicamento al otro lado del Atlántico, propicia mi reencuentro con Paul Krugman al que le tenía perdida la pista prácticamente desde que la academia sueca le concediera el Nobel de Economía. Como resulta habitual, su opinión no deja ni mucho menos indiferente. No tanto por la novedad de su discurso, que es nula en la medida en que continúa rechazando las tesis monetaristas en un entorno de recesión como el actual y sigue abrazando como única tabla de salvación la keynesiana acción pública, cuanto por su percepción del riesgo de que los estímulos fiscales no lleguen a tiempo. Todo un jarro de agua fría para los muchos que habían iniciado el curso financiero con un In Obama we trust en la creencia de que las grandes magnitudes que se manejan, y que alcanzan ya los dos billones de dólares, tendrían inmediata aplicación una vez que el todavía candidato llegara al poder.

Básicamente Krugman lo que viene a poner sobre la mesa es una realidad de la política norteamericana que ya hemos recogido de forma colateral en este Valor Añadido en otras ocasiones y que debería convertirse en una de las reivindicaciones fundamentales de esa aletargada sociedad civil española a la que la crisis empieza a desperezar: la necesaria muerte del sistema de partidos y su imprescindible sustitución por un modelo de elección de personas que respondan ante sus electores de su mayor o menor diligencia en la defensa de sus intereses. Un proceso en el que vamos hacia atrás como los cangrejos, toda vez que el único ámbito en el que se ha explorado tal posibilidad, el Senado, ha perdido su justificación como Cámara de Representación Territorial española tal y como prueba la negociación bilateral sobre la financiación autonómica que el Presidente está llevando a cabo con cada uno de los presidentes regionales, pasándose el ámbito legislativo de discusión por donde yo les diga.

Pues bien, tras este breve paseo por los Cerros de Úbeda, volvamos a nuestro amigo Krugman. A juicio del autor, muchos de los congresistas republicanos pueden restringir la dimensión del Plan de Obama al tratar de encontrar justificación al mismo desde una óptica meramente mercantil, basada más en los principios de riesgo rendimiento que en los de urgente necesidad. Desde ese punto de vista, y ante la enorme batería de medidas que serían susceptibles de pasar por el tamiz parlamentario, nos podríamos encontrar con un retraso sustancial en tiempo y un recorte radical en forma que provocarían que los potenciales riesgos de materialización de un entorno más depresivo que recesivo se concretaran. Un componente éste que se encuentra fuera de la agenda intelectual de muchos analistas alrededor del globo pero que no deja de ser un factor de riesgo real. Y más en la medida en la que se multiplican las voces que recuerdan el impacto que, sobre el futuro, pueden tener determinadas soluciones expansivas que proponen hoy como remedo a lo que en su día hiciera Frankiln Delano Roosevelt.

No sólo existen dudas acerca de la idoneidad de las políticas expansivas cuando dos de los requisitos fundamentales para su éxito, temporalidad (la propia Yellen, de la FED, se pregunta si alguien ha previsto una salida a tanta vorágine prestamista estatal) y adecuación previa de la oferta productiva a niveles racionales, no son ni mucho menos evidentes, sino que adicionalmente se cuestiona incluso la supervivencia de la hegemonía económica estadounidense, bien desde la profecía nacionalista, como ocurre con los vaticinios de este profesor ruso que anticipa la desintegración del país en 2010 tal y como informa WSJ, bien desde el rigor academicista que se supone a uno de nuestros viejos amigos, Willem Buiter. El profesor, en su último post en FT que traigo de la mano interpretativa de Naked Capitalism, no duda en afirmar la “debilidad financiera, económica, moral y política” acumulada por Estados Unidos en los últimos ocho años, los de Bush, que en su opinión ha provocado un deterioro sustancial de su credibilidad exterior lo que conducirá, en un plazo entre dos y cinco años, a una venta masiva de activos denominados en dólares. Un mensaje que empieza a encontrar preocupante acomodo en uno de los principales tenedores de renta fija norteamericana: Japón. Mala señal tanto para el dólar como para los bonos soberanos. Pero no se vayan todavía que aún hay más: para Buiter, cuya reflexión es extensa y no tiene desperdicio, ésta es la mejor de las alternativas. La peor lleva el deshonroso apellido de impago de la deuda. Ups.

Ya sé, el agorero de McCoy ha vuelto para amargarnos el día de Reyes en este comienzo de año. No sean malos porque no es verdad. Simplemente creo que, tal y como señala el artículo de Lewis y Einhorn citado al inicio de esta pieza, uno de los grandes problemas en la identificación de los síntomas y la determinación de las soluciones de la crisis actual ha sido la ausencia de perspectiva o visión circular para comprender la dimensión del problema, acostumbrados como estábamos al acortamiento de los ciclos, la eficacia monetaria y la consecuente acumulación de desequilibrios sobre los que el día a día de la bonanza económica pasaba por encima. No es momento de incurrir en los mismos errores. La acción ahora tiene consecuencias mañana. Importantes efectos diría yo. Pasar por encima de ellos como si no tuvieran relevancia es sentar las bases para un desastre aún mayor. Piensen, reflexionen y si obtienen una conclusión mejor, no dejen de compartirla con nosotros. La puerta queda abierta.
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Una nueva burbuja a punto de estallar - cotizalia.com

Una nueva burbuja a punto de estallar

@S. McCoy - 10/01/2009

Muchos inversores aún no se han dado cuenta, pero el 2009 viene marcado en el calendario financiero internacional como el Año del Bono. Por mucho que los estrategas se empeñen en seguir jugando a la lotería de los pronósticos, y traten de establecer con el mayor grado de exactitud posible los niveles a los que cerraran los distintos índices bursátiles mundiales en el ejercicio que ahora comienza, el campo de batalla en el que se va a decidir qué carteras resultan victoriosas al cabo de doce meses no va a ser el del mercado de acciones, sino el de la renta fija y, en especial, en el de la deuda soberana, donde puede haber notables sorpresas. Se inicia un curso financiero en el que la preservación del patrimonio, tras lo vivido en 2008, va a ser clave. Hay que evitar a toda costa contratiempos inesperados. Y el bono estatal puede convertirse, sin lugar a dudas, en la mayor fuente de ellos para todos aquellos que tienen que hacer ajuste a precios de mercado periódicos de sus posiciones. Tomen nota.

Y es que son cada día más las voces que advierten de la construcción de una burbuja en los instrumentos emitidos por los distintos gobiernos de los países desarrollados, con particular referencia al estadounidense. Sobrevaloración que sería consecuencia de las compras masivas de estos activos financieros en los últimos meses, adquisiciones que impulsan sus precios y minoran los retornos a obtener. No hay que olvidar que los bonos del tesoro norteamericanos lo han hecho, ni más ni menos, que un 53% mejor que las acciones en 2008. Casi nada. La extrema aversión al riesgo, con su consecuente huida hacia la calidad, y la amenaza deflacionaria que se cerniría sobre la economía mundial estarían detrás de esta fiebre por lo aparentemente seguro que amenaza ahora con mostrar su cara más oscura.

Tal y como recordáramos el pasado 13 de noviembre en este mismo Valor Añadido (“Obviedades McCoy, los Bonos del Tesoro son activos de riesgo”), “la deuda soberana con la mejor calificación crediticia es un activo teóricamente sin riesgo a vencimiento. Pero con una incertidumbre brutal de tipos de interés y, por ende, valoración, durante su vida. Y más cuando se acude a ella en periodos de cotizaciones aparentemente extremas (que no digo que no estén justificadas) como el actual”. Pues bien, este mensaje de cautela de hace un par de meses ha ido ganando cuerpo con el paso de los días.

Hay para todos los gustos. Desde el sensacionalismo de la última edición de Barron’s que, fiel al estilo que le caracteriza, ha lanzado un contundente Get out now! a sus lectores, advirtiendo de notables minusvalías en sus posiciones en caso de permanecer invertidos en renta fija soberana, hasta la elegancia con que John Hussman lo describe en su siempre instructiva carta semanal a sus clientes al concluir que “con la rentabilidad del 30 años por debajo del 2,5% y del 10 años cerca del 2%, es difícil de creer que los tenedores de los bonos no tengan en mente poder colocarlos a un tercero antes de que los precios caigan”. Bonito eufemismo para describir una burbuja que podría conducir a “pérdidas del 10% en el 10 años y por encima del 20% en el 30 años en un periodo muy corto de tiempo”. Minusvalías que podrían ser mucho mayores si se cumple una de las 10 predicciones establecidas por Byron Wien, antiguo estratega de Morgan Stanley, para 2009: a cierre del año, el Treasury rondará el 4%.

¿Es inevitable?

¿Cuál puede ser el catalizador para un movimiento de ese calibre? Los distintos analistas encuentran una profusión de razones tal que se hace prácticamente imposible no creer que se vaya a tratar de una profecía de inevitable cumplimiento. Yendo de lo genérico a lo específico, bastaría, en primer lugar, con que mejorara la propensión al riesgo de los inversores, lo que les llevaría a deshacer el camino andado y sustituir estos activos gubernamentales por otros menos seguros. Igualmente, si la economía norteamericana va recuperando tracción a lo largo del ejercicio, modificando las expectativas sobre inflación y tipos de interés, las ventas podrían llegar en masa al mercado de renta fija soberana. Como ocurriría si el ingente aumento de la masa monetaria en circulación cogiera velocidad de circulación.

Si, por el contrario, el entorno continuara siendo débil, sería el exceso de oferta de papel para financiar los planes públicos de actuación los que se llevarían por delante los precios y harían subir las rentabilidades. Eso por no hablar de la necesidad de retornos más atractivos para captar dinero en un entorno de competencia por los recursos escasos (miren, si no, el resultado de la subasta del miércoles en Alemania, desierta en una tercera parte ante el poco más del 3% de retorno ofertado, o la aparente reticencia de China a seguir financiando el déficit US, que recoge este revelador artículo del NYT de ayer mismo). Un tema, por cierto, extraordinariamente bien estudiado en este extenso análisis del Financial Times publicado esta semana. Por último, si el dólar empieza a ser castigado con dureza ante el riesgo de impago de Estados Unidos, la amenaza de pérdida de valor de lo invertido traería inevitablemente de la mano una fuerte liquidación de posiciones. Sería un salto del Return on Investment al Return of Investment al que hacíamos referencia en el primer párrafo.

No todos están de acuerdo.

Sin embargo, no todos los estrategas comparten esta visión. De hecho, la distinta opinión sobre esta cuestión ha provocado la primera discrepancia de opiniones en ocho años entre James Montier, estratega de Societe General muy seguido en el mundo anglosajón, y su alter ego en el banco Albert Edwards, cuyas tesis son compartidas, entre otros, por David Rosenberg de Merrill Lynch (¿o he de decir BoA?). De hecho el banco de inversión norteamericano está apreciando, entre sus clientes más acaudalados, una importante demanda de oro físico como cobertura. En cualquier caso, en el debate de los franceses, recogido por FT Alphaville, cada uno da sus argumentos. Mientras que Montier señala, parafraseando a ese Benjamin Graham que ha inspirado entre otros a Warren Buffet, que la deuda estatal estadounidense se podría mantener con carácter especulativo pero no es una inversión en términos de diferencial precio-valor, Edwards se centra, es poco consuelo, en el elemento deflacionario de la ecuación toda vez que espera muevas escenas de pánico financiero y económico en el primer semestre de este ejercicio. Se trata, por tanto, de un debate abierto en que la balanza parece, no obstante, inclinarse hacia las tesis de Montier.

Concluye el extenso artículo de Barron´s con una larga enumeración de activos alternativos de renta fija que ofrecerían a los precios actuales notables rentabilidades: estamos hablando de bonos corporativos, cuyos diferenciales determinarán en primera instancia la credibilidad o no de los movimientos al alza en el mercado de acciones, obligaciones convertibles, bonos municipales, acciones preferentes o los propios TIPS o activos soberanos cuyo principal se encuentra protegido ante el potencial repunte de la inflación y que descuentan inflación cero cada uno de los próximos diez años. Una lista que, por cierto, sospechosamente coincide con la recogida en el último artículo de Bill Gross colgado en la página web de PIMCO. Lleguen a los párrafos finales y verán. Pieza, por cierto, imprescindible, que no duda en afirmar cómo el exceso de oferta monetaria no dejaba de ser un esquema piramidal en toda regla -tesis defendida igualmente por Fernando Suárez en su Teatro del Dinero de ayer- que ha terminado por estallar. Cualquier cosa menos la deuda estatal. Porque, mi amor ya tu sabes, cuando algo ofrece poca rentabilidad y mucho riesgo es de todo de todo menos un activo seguro, por mucho que se venda como tal. Y es que el Año del Bono, soberano, amenaza disgustos. Cuidadín.
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Antiguo 12-ene-2009, 08:06
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McCoy es el nuevo jefe

Alberto Artero (S.McCoy), nuevo director de Cotizalia - elConfidencial.com

Alberto Artero, 37 años, licenciado en ICADE, ha sido nombrado director de la pagina financiera COTIZALIA, en la que desde hace dos años y medio escribe una columna diaria, titulada “VALOR AÑADIDO”, bajo el seudónimo de S.McCoy. Casado y padre de cuatro hijos, antes de incorporarse a EL CONFIDENCIAL trabajó durante una década en los mercados financieros, fundamentalmente en áreas de intermediación de renta variable y banca privada de grandes patrimonios, en entidades como BCH, Argentaria y Deutsche Bank.

Esta decisión de la compañía editora de EL CONFIDENCIAL responde al deseo de dar un nuevo impulso a la información financiera y de calidad, en un momento en que adquiere una relevancia especial a cuenta de la crisis económica en curso. En esta línea, tanto EL CONFIDENCIAL como COTIZALIA ampliarán la nómina de expertos dedicados al análisis, la información y la opinión de lo que ocurre en los mercados financieros, con la incorporación de nuevas firmas de prestigio.

Artero compatibilizará este cargo con las funciones de Director General de Titania Compañía Editorial que, además de COTIZALIA, publica VANITATIS Y EL CONFIDENCIAL, el diario digital más leído exclusivamente en Internet. La sociedad editora ha decidido también la incorporación a su departamento comercial de David Grijalba. Licenciado en Ciencias de la Información en la rama de Publicidad, ha realizado funciones comerciales en OndaCero, El País y en los últimos tiempos como Director Comercial de El Economista. Se suma ahora al equipo que dirige Manuel Tereixa.

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Yo, minoría absoluta.
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Por qué me encanta esta crisis
@S. McCoy - 13/01/2009



Hoy cambiamos de tercio y vamos a darle al tema un sesgo medianamente optimista, que ya va siendo hora. Premisa principal: esta crisis va a traer mucho más bueno que malo a nuestro país. No les quepa ni la menor duda. Tengo la más que firme convicción. Casi como el puedo prometer y prometo de Adolfo Suárez durante los primeros años de democracia. El argumentario que les propongo es, seguramente, discutible, matizable; hasta censurable. O no. Pero en cualquier caso, pretende simplemente establecer un punto de partida, una primera toma de conciencia de la tarea tan apasionante que tenemos por delante: recuperar el valor de la sociedad como motor de cambio… a mejor, cosa que no siempre ocurre. El resto del discurso, a favor o en contra de esta modesta tesis, lo construirán ustedes con sus aportaciones, as usual. No se corten: valor y al foro, que es todo suyo.

¿En qué me baso? Miren ustedes, creo sinceramente que se va desmontar en España la fantasía que atribuía al “tener” el liderazgo en la escala de valores colectiva. Una riqueza que se ha probado efímera, coyuntural, volátil. Íbamos a lo Di Caprio en la proa del Titanic pensando que el envoltorio garantizaba nuestra seguridad. Y el choque contra el iceberg de la crisis ha puesto de manifiesto que el casco estaba construido con tornillos de mala calidad, como ocurriera por otra parte en la realidad. Era todo una gran mentira. Y esa constatación de la verdadera situación, y de su impacto sobre nuestras vidas, esa muerte de lo circunstancial y el reencuentro con lo esencial, va a traer consigo muchas y muy buenas consecuencias.

¿Cuáles? En primer lugar, una fulgurante recuperación de la austeridad como modo de vida. Es un concepto mucho más amplio que el de frugalidad, contención impuesta o no a la hora de tomar decisiones de gasto y/o consumo. Una reducción semántica lícita, en cuanto refleja de modo inmediato el efecto de la incertidumbre o la carencia sobre el ciudadano, pero excesivamente restrictiva, a juicio de quien esto escribe. La austeridad no es únicamente privación, sino que va más allá. Es reconocer el valor de las cosas, apreciar el esfuerzo necesario para obtenerlas y tener la disponibilidad de ánimo de conservarlas. Es, en definitiva, adecuar las necesidades de cada uno a los parámetros de la normalidad. Vivir según las propias posibilidades. Poner cada cosa en su sitio. Se dice tradicionalmente que no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita. Permítanme que les diga una cosa: es una verdad como un templo. Y ojalá que, aunque pueda venir impuesta al principio, la austeridad llegue para quedarse. Ha llegado la hora de dejar de mirar al vecino y vivir la propia realidad.

En segundo término, va a resurgir la figura de la autoridad. Mientras es el hombre el que gobierna su propio barco, sobran los consejos. Pero en medio de la tempestad, cuando la nave parece que zozobra, se pone de manifiesto la necesidad de una guía adecuada que ayude a capear la borrasca. No me estoy refiriendo a lo que a primera vista pueden entenderse por pre******ores. Políticos, medios de comunicación e incluso jueces han perdido, salvo contadas excepciones, su papel como tales a través del proceso de degeneración de intereses que ha contaminado su actividad en los últimos años. Estoy hablando, por el contrario, de esas figuras que tradicionalmente han contribuido a fijar la escala de valores de la sociedad. Padres y profesores, fundamentalmente. Volverá a estar de moda, como figura emergente en los próximos meses e incluso años, un monosílabo olvidado: no. El pilar de cualquier educación. Y se redescubrirá la libertad no como la posibilidad de elegir entre las múltiples alternativas que pueden determinar mi rumbo vital sino como la coherencia que se deriva de aquél que, sabiendo dónde quiere llegar, toma las decisiones correctas.

Por último, y estoy seguro que esto daría para una mayor profusión de ideas, la pérdida de la gravitación de la vida sobre la propia persona y la incapacidad de actuar sobre ella como el hombre quisiera, va a traer consigo una vuelta de la trascendencia. No entro en el discurso materialista de la mayor o la menor alienación que esto supone o puede dejar de suponer; ni tampoco en el concepto de autoengaño consolador que puede llevar implícita para algunos esta constatación. Lo que subrayo es que hay determinadas preguntas en el hombre que le persiguen desde que toma conciencia de su ser hasta que se muere, cuestiones que se ven periódicamente ahogadas por la apariencia de control sobre la propia vida, ilusión que ayuda a pasar por encima de ellas. Yendo al ejemplo católico, las iglesias están en muchas ocasiones llenas de la utopía de la juventud, dependiente, y de la necesidad de cubrir el riesgo de eternidad de los mayores, dependientes. Y es que la dependencia es, sin duda, una puerta abierta a la trascendencia. Y la apertura madura a la trascendencia, en cualquiera de sus manifestaciones espirituales, supone una gota de agua adicional en el rescate de muchos valores que se encontraban acumulando moho en el trastero de la sociedad o que, presentes en el día a día, habían perdido su acepción original, manoseadas por intereses espúreos.

Crisis como la que estamos viviendo, debido a las causas que las fundamentan y a los espejismos de autosuficiencia que generan, requieren de mecanismos correctores de calado que, desgraciadamente, se han de prolongar en el tiempo para que pongan de manifiesto sus efectos. Sin embargo, son absolutamente necesarios como modo incluso de evitar la destrucción de los pilares que sustentan la estructura de la sociedad. Una sociedad pendular, la que vivimos, para la que esto sí que va a suponer un auténtico cambio de paradigma en relación con el modo de entender la propia existencia y su relación con el medio estos últimos años. Un proceso necesario del que, esperemos, seamos capaces de extraer lo mejor de nosotros mismos en términos de contención, recuperación de la autoridad y rescate de los valores morales. Un trabajo individual o familiar con indudable repercusión colectiva. Eso o la desesperación, la xenofobia y la inseguridad. ¿Entienden ahora por qué me encanta esta crisis?



Fuente: http://www.cotizalia.com/cache/2009/...ta_crisis.html
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PPSOE la misma mierda son
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Felicidades por el hilo.

Al final este es el IR-, no¿?
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Every man should have a college education in order to show him how little the thing is really worth. The intellectual kings of the earth have seldom been college-bred. Hubbard

¿ No es cierto ángel de amor, que bajo la FED más la plata brilla y el oro resplandece como el sol ?
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Felicidades por el hilo.

Al final este es el IR-, no¿?

No se sabe, hay quien piensa que si (me incluyo) hay quien piensa que son estilos muy diferentes, cosa comprensible si quería mantener el anonimato.

Tambien hay quien dice que pueden ser varios los que utilicen el nick de PP. CC.
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La historia de un pueblo no es lo que ese pueblo ha vivido, sino lo qué ese pueblo recuerda y cómo lo recuerda.
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  #28 (permalink)  
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El artículo es tan recomendable que merecería hilo propio. Por otra parte, la demolción de Construcciones España S.A., será un proceso traumático. Me gustaría pensar como McCoy, y que la travesía por el desierto de la deflación nos hará recuperar valores que tiramos a la basura en estos últimos años (así nos va), una bofetada de dura realidad que nos bajará de las nubes y la prepotencia. Pero también está la posibilidad de sumergirnos en una depresión; pobeza, emigración (sí, con E,) desquebrajamiento de la democracia (en realidad plutocracia) ante una crisis política y social, fruto de una sociedad ignorante, irresponsable, pasota y adormecida, amén de una clase política corruptocrática, alérgica a la meritocracia, grosera, corrompida, sin valores ni ideología mas que el lucro personal. Violencia, delincuencia, resurgimiento de extremismos ya olvidados, choques interétnicos etc etc. Yo del españolito no espero mucho, de ahí mis preocupaciones y angustia.
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  #29 (permalink)  
Antiguo 17-feb-2009, 05:54
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Uy, uy, uy... los propios keynesianos tiran la toalla - cotizalia.com

Uy, uy, uy... los propios keynesianos tiran la toalla

@S. McCoy - 17/02/2009



Recordarán muchos de ustedes una pieza que está llamada a convertirse en un clásico de la literatura económica contemporánea. La recogió El País, traducida al castellano, en su edición dominical del pasado 19 de octubre. Su autor, el Nobel de Economía Paul Krugman. Su titular, ¿Quién era Milton Friedman? El artículo ensalzaba a Keynes como ese Lutero que había llegado a romper con la hegemonía hasta la Gran Depresión del libre mercado, a la vez que criticaba al padre de los monetaristas, Friedman, al que identificaba como el San Ignacio de Loyola que propugnaba la vuelta a la errada ortodoxia tradicional, doctrina que con el paso del tiempo volvería a imponerse. Siguiendo con el símil religioso, el colaborador de NYT concluía su extenso comentario afirmando que “cuando Friedman inició su trayectoria como intelectual público, había llegado la hora de llevar a cabo una contrarreforma contra el keynesianismo, y todo lo que eso conllevaba. Pero lo que el mundo necesita ahora, diría yo, es una contra-contrarreforma”. En definitiva, como neokeynesiano de pro, Krugman defendía, en un entorno como el actual, y ante la ineficacia de la política monetaria, la intervención estatal a gran escala en la economía.

El cadáver de Lehman Brothers aún reposaba caliente sobre la estupefacta conciencia de la mayoría de los analistas a nivel mundial. Lo que no podía ocurrir, mejor dicho: lo que no debía ocurrir, había sucedido. Fue entonces cuando el consenso del mercado tomó una doble decisión. Uno, olvidar el pasado. Nadie se paró a pensar hasta qué punto las decisiones políticas habían conducido a un descalabro como el que se acababa de materializar. El caso de la intervención encubierta, -seis meses antes, que se dice pronto-, de Bear Stearns a través de JP Morgan, se convertirá, con el paso del tiempo, en símbolo de las prisas por atajar cuestiones individuales antes que la problemática de fondo que afectaba a todo el sistema. Dos, poner el futuro en manos de esas mismas autoridades cuya escasa diligencia anterior clamaba al cielo: había quedado demostrado que la libertad de actuación de las fuerzas del mercado era perversa y se podía llevar por delante el conjunto de la economía financiera. Era momento de actuar desde la talaya pública. ¿Qué hubiera ocurrido si todos hubiéramos tenido un poquito más de perspectiva globalizada? Desgraciadamente, ya nunca lo sabremos.

El abrazo de las Tesis de Keynes propugnada por Krugman pareció entonces inevitable. Se requería del recurso al Estado para sacar las castañas del fuego, cadencia que erróneamente se estructuró en dos estadios: primero, las finanzas; después la economía. Pocos recordaron en aquel momento la evidente interrelación entre ambas. Sólo cuando la brutal caída de la producción y la destrucción masiva de empleo han irrumpido con una fuerza inusitada, muchos han recordado que la convergencia de la realidad financiera a la causa que la justifica, que es la actividad productiva, lleva irremediablemente aparejada, como así ha sido, una ralentización salvaje de la segunda en ausencia de la primera. Las desesperadas llamadas al crédito de instituciones de todo pelaje no hacen sino reafirmar tal opinión. Siguen en Babia. El caso es que Keynes entraba por nuestra puerta y se convertía en un compañero necesario para el duro viaje que nos tocaba acometer. No importaban los déficits fiscales: el fin justificaba los medios. Como el teatrero Obama se ha encargado de representar, siguiendo el legado catastrofista (¿o habría que decir realista?) de Bush: o esto o el desastre.

Claro que había un pero que los apóstoles del keynesianismo no tomaban en consideración. La experiencia ha demostrado que las propuestas del británico requieren para su final feliz de la convergencia de dos factores: por una parte, la temporalidad. La intervención del Estado en un sistema capitalista ha de ser excepcional y limitada en el tiempo. El comienzo de este impagable análisis de Willem Buiter, de principios de año, es muy revelador sobre la cuestión. Según las estimaciones de los analistas, los sucesivos planes de incentivo económico en Estados Unidos van a suponer un agujero presupuestario equivalente al 13,5% de su PIB. El margen de maniobra que tal importe permite, ante posibles errores en el tiro de la acción pública, es muy limitado: se requiere de iniciativas que generen actividad futura y no que consoliden el gasto presente para que tales desequilibrios puedan corregirse el día de mañana. Pero es que, además, los costes de financiación que la masiva emisión de deuda soberana lleva aparejados pueden alcanzar, según Moody´s, un 10% de los ingresos fiscales de aquél país. A más, a más que dirían los catalanes. Cuidado.

Junto a esta primera consideración, que no es baladí, se encuentra la segunda y más importante. El keynesianismo sirve de estímulo a la demanda para un entorno de oferta adecuada. Es lo que permite incentivar la creación de empleo y reactivar el consumo. Sin embargo, lo que ha ocurrido en los últimos años en el propio Estados Unidos, en un proceso similar al de España, es una inflación salvaje en el precio de los activos que ha conducido a un consumo desaforado que se ha financiado desde el interior y el exterior. La consecuencia ha sido un exceso de capacidad, inmobiliaria y productiva, que ahora tiene que purgar sus excesos y que se encuentra como contrapartida con unos compradores ahogados por las deudas. Mientras que el valor ilusorio de sus bienes se ha colapsado, la realidad de las obligaciones de los consumidores respecto a terceros sigue plenamente vigente. Necesitan ahorrar, repagar deudas y vender activos.

La crisis simultánea de oferta y demanda es un escenario ignoto que ha provocado que los propios keynesianos arrojen la toalla. El propio Krugman habla en su post de ayer de una década pérdida. Y no se refiere precisamente a la pasada. Todos sabemos que, más allá de disquisiciones intelectuales, lo que convierte una recesión en depresión es la permanencia de aquella en el tiempo. Tal y como recuerda el Nobel, no es posible la convivencia entre un masivo endeudamiento privado, como el actual, y un ingente apalancamiento público como el que se nos viene encima. En ese entorno, el estímulo no funciona por ninguno de los elementos de la ecuación. De ahí que esté tan de moda el desapalancamiento. Algo que, desde el principio, era tan evidente ha tardado ni más ni menos que cerca de dos años en constatarse fehacientemente. Sólo para concluir que, a lo peor, con tanto plan público nos estamos precipitando. Japón parece a la vuelta de la esquina. Dios nos coja confesados.
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La Depresión que niega Fidelity - cotizalia.com



La Depresión que niega Fidelity





@S. McCoy - 24/06/2009







Ayer me dedicó una buena parte de su atareada mañana uno de los brokers con mejor predicamento dentro del mercado financiero español. Especializado en acciones norteamericanas, ha sido recientemente promocionado a puestos de mayor responsabilidad en la casa donde trabaja. Aunque el encuentro era completamente off-the-record creo no vulnerar ningún tipo de norma no escrita si hago referencia al optimismo que me transmitió sobre la previsible evolución del mercado bursátil en los próximos doce meses, apuesta que, personalmente, no comparto. Una conversación llena de matices y tremendamente enriquecedora… espero que para ambas partes.

Su visión positiva giraba alrededor de tres ejes: uno, recuperación del sector bancario, cuya debacle restó 100 puntos a un S&P 500 que debería encontrar su nuevo suelo, por tanto, un 15% por encima del anterior de 666; dos, la existencia de historias individuales que, por su relevancia, pueden tirar del mercado, como sería el caso de Telefónica en su vertiente tanto operativa como financiera; tres, un renovado interés por el mercado de acciones dada la ausencia de alternativas para el dinero ante la falta de rentabilidad de los productos retail y el infra posicionamiento en este activo de gran parte de los inversores institucionales.

Pues bien, no he podido evitar pensar en la larga conversación mantenida al leer el artículo que, en la edición digital de Financial Times, publicaba igualmente ayer el responsable de Asignación de Activos o Asset Allocation de Fidelity, gestora que no ha podido escapar de esa transición del estrellato al estrépito que ha afectado a algunos ilustres miembros del a industria en los últimos dos años, consecuencia tanto de las salida de efectivo de sus fondos como del mal comportamiento de los mercados financieros. En su pieza, Trevor Greetham se apunta a la tesis de “lo peor ha pasado” e identifica la subida en la rentabilidad de los bonos, el incremento en el precio de las materias primas y la expansión de los múltiplos de bolsa con un proceso de vuelta a la normalidad (en este último caso porque el consenso descuenta un escenario de resultados demasiado pesimista, a su juicio). Ese wall of worry que configuran estos tres elementos será felizmente escalado por los principales selectivos bursátiles, concluye.

La semana pasada, y más concreto el martes, servidor asumía la apuesta contraria, aun a riesgo de equivocarse. Señalaba entonces que era un ejercicio de riesgo confiar en que la misma economía financiera sobredimensionada que ha sido la causante, en gran medida, de la crisis que padecemos, fuera la que anticipara la recuperación de la actividad real. Afirmación discutible, sin duda. Aún así, sigo en mis trece y creo que hay una enorme confusión entre los deseos de la contaminada clase inversora, que ve en juego sus propios puestos de trabajo y su riqueza y necesita desesperadamente que la confianza retorne cuanto antes, y la realidad que viven diariamente ciudadanos, banca y empresas. A día de hoy prefiero pecar en mis interpretaciones por defecto que por exceso. Creo que algunos no se han dado todavía cuenta de qué es lo que está pasando, la verdad, ni de las dificultades que lleva aparejada la vuelta a la senda del crecimiento que no va a ser, en ningún caso, cuestión de un par de añitos o tres desde el inicio de la recesión.


No entran en tal categoría Barry Eichgreen y Kevin O’Rourke que han procedido, en la siempre interesante Vox, a actualizar su comparativa entre la situación actual y la vivida por la economía mundial durante la Gran Depresión. El post no tiene desperdicio, fue récord del site en su día, y está revisado a junio. Su conclusión no puede ser menos interpretativa: el parecido entre la evolución de la crisis en el momento presente –producción industrial, comercio mundial y bolsas, donde ha habido una divergencia reciente- y lo que ocurriera hace ahora 80 años es sorprendente y, por tanto, no sería erróneo concluir que estamos ya en depresión. Un mensaje que los autores atemperan posteriormente al reconocer que la respuesta tanto monetaria como fiscal por parte de las principales autoridades ha sido mucho más rápida que entonces, lo que acrecienta las posibilidades de contención de la crisis primero y de la potencial recuperación posterior. En cualquier caso, los gráficos que incorporan son extraordinariamente reveladores del exceso de capacidad que hay en el sistema, algo que no se corrige de la noche a la mañana y que requiere de aumento de la demanda pero también de racionalización de la oferta.

Nos movemos entre polos extremos, aunque alguno podrá alegar que los más optimistas ya han rechazado, como no podía ser de otra manera, cualquier inmediata evolución en V de la trayectoria macro. Estamos, por tanto, hablando de besar el cielo o tocar el suelo. Sin embargo, se trata a mi juicio de un debate baldío. En mi modesta opinión, anticipar a día de hoy por fundamentales la evolución de prácticamente cualquier activo financiero es casi una quimera (crecimiento o depresión, deflación o hiperinflación, dólar a paridad o a dos contra el euro…, ¿qué inputs incorporar?). Sí que no es difícil concluir, de un modo siquiera intuitivo, que en el hipotético caso de que lo peor haya ya pasado, para vislumbrar lo mejor queda un doloroso camino por delante que se materializará en hitos advertidos hasta la saciedad, relativos al sistema bancario o a economías completas, que no terminan de concretarse. Entre tanto, jueguen los rangos (880-950 del S&P 500), sean prudentes y cuando encuentren brotes verdes en sus bolsillos, apúntense al carro ganador. Mientras tanto, que inviertan otros…

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