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El cambio que España necesita

@S. McCoy - 10/11/2008

Comenzaba Paul Krugman su artículo de esta semana, recogido por la edición dominical de El País, de forma inusualmente agresiva: quien no haya sido capaz de emocionarse con el discurso de Obama, mejor que se lo mire, venía a decir de un modo más o menos literal. Quien no haya sido capaz de dejarse embaucar por la fuerza transformadora de sus palabras, no merece la pena llamarse ciudadano, era la conclusión que servidor, de forma acertada o no, entresacaba de las palabras del Premio Nobel de Economía. Pues bien, aunque soy de natural escéptico, obras son amores, he de reconocer que, de tener que encuadrarme en alguna de las categorías propuestas por el economista estadounidense, claramente me ubicaría en la primera. He leído varias veces el mensaje lanzado ante la multitud concentrada en Chicago, y en todas y cada una de ellas, me he sobrecogido. ¿Por qué? Porque, más allá del poder de la oratoria del ya presidente electo, y de mi natural sensiblero, en cada una de sus frases se encuentra el motor último que ha justificado los cambios sociales a lo largo de los siglos: el valor de la esperanza.

No la puede definir mejor la Real Academia de la Lengua cuando señala que es un estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. Es decir, es una forma de ver la vida en el que el dibujo de nuestros sueños comienza a tomar cuerpo. Se trata, no obstante, de una descripción incompleta. De hecho, quizá sea la fe católica la que pone la esperanza en su justa dimensión, al catalogarla como una de las tres virtudes teologales, junto con la fe y la caridad. La consecución de las metas, la materialización de los ideales, no es fruto del azar. Al contrario, requiere de un principio y de una acción, de una voluntad efectiva y de una ejecución manifiesta para lograr el fin deseado. Incluso al que le toca la lotería, ha necesitado previamente del convencimiento de que le podía tocar y ha tenido que sellar su boleto de alguna manera. El poder, por tanto, de la esperanza como fuerza transformadora de la sociedad parte de un anclaje a unos principios y de una consistencia de vida. Ese ha sido, y es, el secreto del Obama público que hemos conocido durante la campaña. El que ha cautivado al mundo entero con la fuerza de su palabra. Y también es el secreto de una sociedad, la estadounidense, que la ha acogido en su seno y está dispuesta aparentemente a ponerse en camino.

Decía Jordi Sevilla en su artículo semanal en El Mundo que nosotros, como nación, también podemos. Yes, we can. No puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, discrepo con él en que lo que necesita España sea un conjunto de recetas de mayor o menor calado económico o social como las desarrolladas en su pieza. No es eso lo que Obama proponía el mismo martes ante la multitud expectante. La esperanza no es fruto de la caridad, de la acción, que es sólo un medio para alcanzarla, sino de una decisión primigenia, de la creencia firme en que merece la pena andar ese camino, de los postulados de la fe. Incluso la propia Iglesia lo ha vivido en sus carnes: cuando la actividad eclesial se ha separado de su verdadera fuente, lo único a lo que ha conducido es al olvido de la vida eterna como destino último del hombre. El altruismo que no trasciende se agota en sí mismo. Pues bien, en el caso del candidato demócrata, llevaba mucho ganado de partida. Conceptos como unidad, patria o sentido de pertenencia son intrínsecos al ser norteamericano. A ninguno de sus ciudadanos les cabe duda alguna de que la unidad les hace fuertes, la nación está por encima de los individuos, su contribución individual es capaz de generar cambios a nivel planetario. Están orgullosos de su Historia y miran desafiantes al futuro. Yes, we can. Su corazón estaba preparado para acoger el mensaje.

Ninguno de estos factores han sido objeto de predicamento en nuestro país en los últimos años. Más bien al contrario. Frente a la unidad, el provincialismo de las nacionalidades; ante la fuerza expansiva de nuestro idioma, el apartheid lingüístico dentro de las propias fronteras; contra el orgullo de lo que hemos construido entre todos, fruto de una transición a la democracia ejemplar, la reapertura de las fosas de la Guerra Civil simplemente para recordarnos el día en que los españoles se mataban los unos a los otros. Y, pese a esta antología del disparate, ¿quieren que les diga una cosa? En efecto, podemos. ¿Cómo no vamos a poder? Hemos caído 50 veces y otras tantas como pueblo nos hemos levantado. Saldremos adelante. Y no por la vía del recetario, sino de la convicción. Se ha terminado el tiempo de los juegos florales en la política, como dentro de poco van a descubrir nuestros legisladores. No es momento del oportunismo o de la exclusión, sino del trabajo colectivo y de la integración. España necesita una nueva Generación Cuéntame, ese grupo demográfico que cuidó a sus padres a la vez que buscó lo mejor para sus hijos e hizo de la clase media el escalón más poblado de la pirámide social en nuestra nación. Frente a ella, llevamos mucho andado. Nos queda únicamente el convencimiento de que podemos y debemos salir adelante, recordar aquello que nos ha hecho fuertes a lo largo de la Historia y ponernos en camino. Cada uno tenemos nuestra parcela de responsabilidad para hacer del cambio una realidad. Usted la suya y yo la mía. Ya saben, la esperanza es lo último que se pierde. Pues eso. Buena semana a todos.
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España necesita una nueva Generación Cuéntame, ese grupo demográfico que cuidó a sus padres a la vez que buscó lo mejor para sus hijos e hizo de la clase media el escalón más poblado de la pirámide social en nuestra nación.

Reconozco que hay que tenerlos cuadrados para decir esto y quedarse tan pancho.

Justo esto es lo que menos necesita España.
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It was the year of fire... the year of destruction... the year we took back what was ours. It was the year of rebirth... the year of great sadness... the year of pain... and the year of joy. It was a new age. It was the end of history. It was the year everything changed.


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Reconozco que hay que tenerlos cuadrados para decir esto y quedarse tan pancho.

Justo esto es lo que menos necesita España.

Pero si que necesita trabajar en conjunto, claro que , en que dirección?
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receta para acertar cuando no sepas que hacercon tu dinero:haz lo contrario de lo que los bancos promuevan.


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España necesita una nueva Generación Cuéntame, ese grupo demográfico que cuidó a sus padres a la vez que buscó lo mejor para sus hijos e hizo de la clase media el escalón más poblado de la pirámide social en nuestra nación. Frente a ella, llevamos mucho andado. Nos queda únicamente el convencimiento de que podemos y debemos salir adelante, recordar aquello que nos ha hecho fuertes a lo largo de la Historia y ponernos en camino. Cada uno tenemos nuestra parcela de responsabilidad para hacer del cambio una realidad. Usted la suya y yo la mía. Ya saben, la esperanza es lo último que se pierde. Pues eso. Buena semana a todos.

Este McCoy.....


No sé qué es lo que se mete, pero, !Yo también quiero un poco!!

Última edición por Serpiente_Plyskeen; 10-nov-2008 a las 10:47


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Santander, ¿el valor de las ideas?

@S. McCoy - 11/11/2008

Nadie le puede negar a la entidad presidida por Emilio Botín su capacidad para llenar páginas de los diarios un día sí y otro también. Desde luego, para quien esto escribe es un chollo, no les voy a engañar. Así, desayuno el lunes con el diamante de la masiva ampliación de capital anunciada por el banco, a un descuento sustancial sobre el nivel actual de cotización y con un objetivo declarado tan poco appealing como reforzar-aunque-no-se-necesita los ratios de solvencia de la firma. Un movimiento que admite cuantas interpretaciones quieran ustedes darle. Desde la más maliciosa "teoría del cerdo al que le llega su San Martin", -festividad que se celebra, precisamente, tal día como hoy-, o dime de qué presumes y te diré de qué careces, hasta la más entusiástica "lo ha vuelto a hacer" que se centra en la capacidad del banquero de saga familiar para llevar la iniciativa y fijar las reglas del juego a sus rivales.

Sinceramente, creo que de todo un poco hay. En mi modesta opinión se trata de un movimiento preventivo, que trata de mejorar el acceso a la financiación ajena a la vez que, por una parte, busca proteger su capital ante un deterioro adicional de la masa de activos y, por otra, establece los niveles a los cuales este tipo de operaciones han de diseñarse en el futuro por sus competidores. Con una evidencia palmaria: sonora patada al Presidente Zapatero, ese con quien el otro presidente comparte desayunos en tirantes y escenas de sofá a la vista de todos, en el culo del Plan de Rescate de un gobierno que hasta el fin de semana filtraba a la prensa la asistencia en bloque de la banca. En fin.

Parto de que compro el argumento principal esgrimido por el Santander: la masiva intervención pública en sus principales competidores alrededor del globo, no sólo ha permitido a muchas entidades evitar el sufrir una muerte segura, consecuencia de su excesiva asunción de riesgos, sino que, incluso, les ha ayudado a salir reforzadas al contar con el aval estatal a la hora de acudir al mercado, fuera ya del coma en que se encontraban. De este modo, se ha establecido un plano asimétrico de competencia por los recursos, tanto propios como ajenos, en el que paradójicamente el escalón inferior lo ocupan aquellas firmas que han hecho bien sus deberes. La única manera de salvar esa distancia es establecer los mecanismos necesarios para que la comparativa pueda ser lo más homogénea posible lo que implica reforzar los niveles de solvencia.

Cuando no hay mercado ni para los activos bancarios, ni para las participaciones industriales a los precios que se reclaman, ni para las factorías de producción, esto sólo se puede lograr mediante retención de beneficios o acudiendo al dinero de inversores propios o ajenos, cosa que finalmente han hecho. De este modo se anticipa, además, al posible aumento de las necesidades de capital derivada de la reunión de un G-20 que promete traer consigo una nueva ola de intervencionismo. Las bondades de la operación como modo, a través de la estructura establecida, de hacer partícipes a los accionistas del recorrido de la acción están bien como mensaje publicitario pero creo que se alejan de su verdadera finalidad: garantizar su éxito y evitar niveles de aseguramiento extremos en manos de terceros tal y como ha ocurrido, sin ir más lejos, en el propio Reino Unido. Una opinión más, claro está.

Aunque el Santander ha resaltado por activa y por pasiva que esta transacción es completamente ajena a un aumento sustancial del riesgo de impago, o deterioro de valor, de los activos de su balance, resulta una obviedad que, pese a su elevada diversificación geográfica y de negocio, la entidad se enfrenta a unos riesgos potenciales elevados, resultado de su reciente ambición expansionista. No sólo ha reforzado su presencia en dos de los mercados cuya ralentización inmobiliaria está siendo más severa, como Reino Unido y los Estados Unidos, sino que ha asumido como apuesta estratégica la financiación al consumo en un momento en el que la incertidumbre económica afecta al empleo, a la renta disponible y a la capacidad de repago de muchos ciudadanos en casi todos los mercados. No sólo eso, Brasil está viviendo en sus carnes la masiva salida de capital foráneo y la caída en los mercados de materias primas y, aunque el Santander cubre normalmente el riesgo divisa, queda indudablemente un potencial riesgo operativo. Además, surgen dudas acerca de la viabilidad de algunas empresas para las que ha liderado ambiciosos programas de financiación, como Sacyr o la propia Acciona. Eso por no hablar de la cartera residencial que está acumulando en España, tacita a tacita, trimestre a trimestre. Es verdad, puede que se trate de un movimiento proactivo que persigue no encarecer sus costes en el entorno internacional, de acuerdo, pero tengan por seguro, que aquí no se da puntada sin hilo, que también responde al deseo de mirar al futuro con un poquito más de colchón por lo que pueda pasar.

Desde un punto de vista estrictamente financiero, la bondad de la operación radica en dos elementos fundamentales: la seguridad en que la entidad será capaz de mantener su beneficio y, por ende, en que podrá seguir dando un pay-out de alrededor del 50% del mismo. De ser así, el atractivo de la ampliación es innegable tanto por lo que respecta a la valoración fundamental de la misma cuanto por lo que hace referencia a la rentabilidad por dividendo ofrecida, que se sitúa por encima del 15% para los actuales socios y cercana al 9% para los nuevos partícipes en la sociedad. Es verdad que habrá una dilución del beneficio por acción pero sólo para aquellos que no acudan a la transacción. De ahí que este concepto ni se mencionara en la presentación, dada la seguridad de sus directivos de que la colocación va a ser pan comido. A partir de ahí, y teniendo en cuenta que el objetivo de Core Tier 1 está en el 7%, que la operación lo sitúa más cerca del 7,5%, y que la compra de los minoritarios de Banesto se podría hacer con apenas 650 millones de euros, lo mismo nos encontramos con que es momento de que la filial se integre en la matriz no ya tanto como moneda de cambio, idea del pasado, sino como manera de integrar sucursales y obtener, en un periodo de estabilización de los ingresos, mejoras en los costes que permitan mantener e incluso ampliar el ROE o retorno sobre la recién ampliada base de capital. ¿Qué tal les suena?
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@S. McCoy - 29/11/2008





La nacionalización total de la banca está encima de la mesa. No como una posibilidad remota para un supuesto excepcional. Sino como algo con visos de certeza en un futuro no muy lejano. El argumento ha dejado de ser la solvencia de las entidades y la necesidad de soportarlas a través de inyecciones de capital. O el deseo de transmitir a la opinión pública la seguridad de que el Estado garantiza por completo sus depósitos, a la vez que, por cierto, se asegura el control de los recursos financieros en un momento en el que estos escasean. Qué va. La razón última sería que, en un mercado como el del crédito, en el que hay prestamistas y prestatarios, los primeros no estarían cumpliendo su papel. Paradoja de un crecimiento sustancial de las cifras globales de suministro crediticio y una simultánea merma sustancial de la financiación a la economía real. Las instituciones supranacionales o locales de carácter oficial aportarían una liquidez que estaría siendo guardada celosamente en su balance por la banca privada, reacia a ponerla en circulación y cumplir con su papel de ligazón entre ahorradores e inversores. Cuando la esencia del negocio bancario, la que le da justificación, desaparece, el sector pierde su carácter diferencial y se iguala con otras industrias necesitadas de la mirada cariñosa de la administración. Su ayuda asumiría, para el común de la ciudadanía, un carácter arbitrario, con el consecuente coste que ningún político quiere asumir. Pero la necesidad de su existencia obligaría al Estado a suplir inevitablemente su actividad. En ese punto del debate es en el que hoy nos encontramos.


La discusión se ha abierto en varios frentes a lo largo de la semana que ahora concluye. Fue el miembro del Banco Central Europeo, Lorenzo Bini Smaghi, quien el martes, en una conferencia pronunciada en Madrid, vinculó el éxito de las distintas políticas expansivas acordadas por los gobiernos de la Eurozona a la realización simultánea de un programa de recapitalizaciones bancarias “abundante y generalizado”, tal y como recogió el WSJ. Por su parte Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, daba un paso más allá el mismo martes al señalar ante el Comité del Tesoro de la Cámara de los Comunes que “el principal reto al que se enfrenta la política económica británica es la normalización del crédito bancario” y que “no descarto una nacionalización completa del sector si fuera necesario”. Pero, junto a los reguladores, numerosos analistas han llegado a la misma conclusión. Destaca, por lo contradictorio, Willem Buiter en Financial Times ya que, tras señalar hace menos de diez días el peligro que para las finanzas de Reino Unido se derivaba de la intervención de Estado en el sector, tal y como recogimos en este mismo Valor Añadido, ahora se descuelga con la propuesta de hacer pública toda su banca. Sin embargo -y aquí es donde creo que se columpia por lo inviable de su propuesta, que persigue justificar una cosa y su contraria- manteniendo la responsabilidad limitada de las entidades (¿con un accionista con recursos teóricamente ilimitados? No me lo creo). Sólo así, concluye Buiter, se podrá evitar una nueva Gran Depresión.


Bien, más allá de los vaivenes intelectuales del bloguero, no lo tomen en sentido peyorativo, lo cierto es que el autor se está limitando a reflejar una situación que hoy, de facto, existe en las Islas. Lean si no el primer párrafo de la pieza de John Kay el miércoles en el propio FT. La intervención administrativa en las entidades de aquél país cuenta con pocas y sonadas excepciones, como Santander-Abbey y Barclays, ambas en el disparadero en las últimas semanas. Reconoce Kay el dudoso éxito de experiencias similares en el pasado y apunta a una cuestión que merece mayor detenimiento: la reciente y preocupante convergencia en el modo de actuación de gobernantes y banqueros en los años inmediatamente anteriores a la crisis que se iniciara, de un modo formal que no real, en agosto de 2007. No en vano, no es difícil encontrar características comunes en el comportamiento tanto de unos como de los otros. Destaquemos, entre otras, las siguientes:




1. No hay, salvo contadas excepciones, una estructura de propiedad concentrada dada la amplitud de la base electoral o accionarial.

2. Ambos gestionan principalmente recursos de terceros, ciudadanía o ahorradores.

3. Su rendición de cuentas es a corto plazo, anual o en virtud de cada elección, respectivamente, y a ella está vinculada su remuneración en términos de poder económico o político.

4. Precisamente por ello ambos son late cyclicals de forma tal que donde hay un duro a ganar o un voto a rascar, ahí están poniendo pasta, sólo diferenciándose, teóricamente, en el mayor o menor altruismo de su actuación.

5. Ambos se necesitan, lo que hace que se apalanquen en el otro para alcanzar sus respectivos objetivos. Las medidas contra ciclo sólo pueden venir impuestas por un tercero teóricamente independiente a ambos, si es que llegan.

6. Recopilación de lo anterior: se asume tanto riesgo como los supervisores o controladores dejan en la certeza de que si las cosas salen bien hay recompensa sustancial pero si salen mal serán otros los que asuman las consecuencias.





Desde ese punto de vista cabría argumentar que, en definitiva, la entrada en escena del Estado supondría, en el peor de los casos, una continuidad respecto a las políticas desarrolladas por muchas entidades con anterioridad con la ventaja de la salvaguarda pública y la defensa del interés colectivo en forma de cauces de financiación. Me río yo de los peces de colores. Creer a estas alturas de la vida en el altruismo político cuando hay dinero de por medio es un ejercicio de ingenuidad infantil y más en un momento recesivo de la economía como el actual. ¿Es necesaria la nacionalización de la banca? No, mientras existan otras alternativas que impidan elevar el riesgo privado a público y nos limitemos a la cuestión que hoy aquí se aborda: la banca no presta. ¿Cuáles? Un sistema de avales públicos a la operaciones de financiación presentadas por las entidades privadas que cumplan con unas determinadas condiciones de solvencia del prestatario, capacidad de repago y garantías aportadas, por un importe inferior a la totalidad de la cuantía solicitada para que la banca asuma un riesgo no cubierto y ajuste sus predicciones, en plazo limitado y renovable en función de la evolución de las circunstancias de la economía y a un tipo preferente que el banco puede repercutir sobre el cliente toda vez que la garantía pública reduciría los diferenciales. El efecto sobre el mercado resultaría similar pero la acción administrativa sería menos costosa para el contribuyente, supondría un menor riesgo futuro, mantendría la competencia privada, incentivaría la búsqueda de la rentabilidad y evitaría la arbitrariedad. Siempre será mejor, digo yo, que matar moscas a cañonazos. Su turno.

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Fecha de Ingreso: Apr 2007. Baneado por Facundo
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Más pobres, treinta años después

El Insostenible modelo de crecimiento económico español.



Yo sobreviví al "Efecto Tequila" México 1994:


http://www.youtube.com/watch?v=wUyiKx35H-g


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@S. McCoy - 06/12/2008

La locura se ha instalado definitivamente entre la clase política y los principales responsables de los bancos centrales alrededor del mundo. La adopción de políticas fiscales y monetarias extraordinariamente expansivas persigue demostrar a la ciudadanía que son capaces de hacer en tres meses todo lo que fueron incapaz de prever en los ocho años anteriores. Menuda desfachatez. Son como el gestor poco diligente que autoriza la construcción de viviendas en el curso de un río bajo el argumento de que no se ha desbordado en 50 años. Y lo que era una barriada marginal se convierte, con el paso del tiempo, en un núcleo importante de población. Nunca pasa nada, hasta que pasa. Y cuando la riada finalmente llega y destruye sueños, cercena ilusiones y trunca vidas, sólo entonces, se establece un Plan Urgente de Actuación para evitar que tales calamidades se repitan en el futuro a través de medidas mediáticamente exageradas y económicamente ineficientes, con el consecuente coste para una ciudadanía que, ante la gravedad de lo YA ocurrido, asiente compungida al expolio de la riqueza colectiva o a la hipoteca de su futuro. Se trata de restablecer la confianza, por encima de todo. Como en el caso actual. El olvido de que siempre la prevención es mejor y más barata que la curación precipitada tiene estas servidumbres. Qué se le va a hacer.

Nuestra particular corriente violenta de agua tiene el verde color de la abundante liquidez monetaria sobre la que se habían construido sueños crediticios de cambio de paradigma y extinción de ciclos. Una expansión sin precedentes de la oferta monetaria que igualó a todos los activos, reales y financieros, por el arriesgado exceso de apalancamiento y que ha conducido, finalmente, a que sea imposible hacer distinción real entre unos y otros, toda vez que el factor deuda les hace bajar de la mano a las tinieblas de la espiral destructiva de sus respectivos precios. ¿Dónde estaba el endeudamiento en las sofisticadas planillas del asset allocation de las principales gestoras? La fuerza destructora del líquido elemento ha pillado por sorpresa a aquellos que salían todos los días al balcón a regar los geranios de su rentabilidad, florecidos sobre endebles raíces. Y ha dejado boquiabiertos a los que atribuyéndose el mérito político y supervisor de la ficción que, sobre la economía, tal ilusión monetaria provocaba, no estaban preparados para enfrentarse a una bofetada de realidad como la que se ha producido en los últimos 16 meses.

La política fiscal ha de ser selectiva.

Resulta, cuando menos, digna de estudio la uniformidad de las medidas de tipo fiscal adoptadas por naciones de muy distinto perfil en cuanto a la calidad de sus cuentas públicas y a su dependencia de la financiación exterior. No hay distingos cuando de hablar de miles de millones se trata. Permítanme que enarque las cejas. Estamos en un entorno de escasez. La liquidez se ha convertido, para sus tenedores, en un preciado tesoro que les servirá para encarar el incierto futuro con mejores garantías. La financiación a terceros brilla, por tanto, por su ausencia. En un entorno en competencia como el descrito, la captación de los recursos necesarios para llevar a cabo los ingentes programas de actuación pública comprometidos, provocará un encarecimiento de los diferenciales a ofrecer en la deuda soberana, especialmente en países extraordinariamente dependientes de los recursos foráneos como España, realidad que ya reflejan los seguros de cobertura del riesgo país. Se emiten más bonos a un coste mayor para los respectivos Tesoros. Se incrementan por tanto los costes financieros de la Administración, partida adicional a añadir al apartado de pagos. A la vez que se reducen los ingresos impositivos por la coyuntura económica. Lo que incide aún más en el déficit público. Y, ¿entonces?

El gran problema de las actuaciones financieras de la Administración es que se agotan en sí mismas; no generan un retorno directo que permita amortizar su coste. Son un gasto hoy ligado a un potencial ingreso indirecto futuro vía cánones o impuestos. Cuando se incurre en déficit, este viene para quedarse una temporada. Me estoy refiriendo a la inversión directa, no al mecanismo de avales, a mi juicio, mucho más acertado. El Estado, en sus distintas vertientes, debe tender a instaurar reformas estructurales que faciliten una mejora de la productividad y la competitividad o a establecer proyectos plurianuales que permitan capear el ciclo de la mejor manera posible hasta que el sector privado tome el relevo y permita ir reequilibrando el balance presupuestario. Es fundamental ser selectivo porque, al contrario de lo que ocurría cuando cada estado manejaba su propia moneda, y cabían devaluaciones competitivas de la misma, la oferta monetaria no es ilimitada y está condicionada al apetito de demanda de los potenciales adquirentes de deuda. Precisamente por eso han sido tal disparate ideas de bombero como las de los 400 euros y son igualmente rechazables aquellas medidas que persiguen perpetuar las causas que han conducido a la situación actual: hiperconsumo y exceso de endeudamiento.

Si la actividad particular no toma el relevo, la recesión se convierte en depresión y entonces, Houston, tenemos un problema serio de verdad. Porque lo malo de las deudas es que hay que pagarlas y los déficits no dejan de ser consumos que superan las ventas en una hipotética tienda nacional, esto es: financiación de terceros. En ese caso, la situación requiere soluciones dramáticas: una contracción salvaje de la economía del bienestar, incapaz de cumplir con las obligaciones que tiene comprometidas, o una subida masiva de impuestos. Y aún así. Cada vez más se impone la corriente de pensamiento de que lo que sacó a Estados Unidos de la terrible década de los 30 fue el aumento de demanda global que provocó la Segunda Guerra Mundial. Un argumento que podría ser válido en tiempo de paz si se concretan las necesidades de lo que muchos identifican hoy con la llamada burbuja verde o inversión-por-la-supervivencia-del planeta. En cualquier caso, estamos en un punto crítico. Un exceso de acción pública, en competencia con el sector privado de la economía, puede provocar la paradoja de que gran parte del ahorro se destine, mediante la compra de bonos, a la financiación del Tesoro a la vez que la desigual competencia por la financiación acaba provocando lo contrario de lo que se pretende: una merma de la acción de los ciudadanos y empresas sobre la economía. El llamado efecto crowding out. Un difícil equilibrio que ningún gobernante debería perder de vista mirando, si la miopía aún no ha hecho estragos, al medio plazo.

La política monetaria ha de evitar la hiperinflación y la trampa de liquidez.

Respecto a la actuación de los bancos centrales se trata, como ya hemos señalado al inicio de esta pieza, de una mera inyección de confianza. Los gobernadores conocen de sobra que el mecanismo de transmisión de la política monetaria está roto, en el sentido que el menor precio del dinero no implica su mayor rotación, esto es: no se traduce en nuevo crédito. Es el back to the basics de la crisis actual: mientras la caída de los precios, fundamentalmente inmobiliarios, no se estabilice, ni concluya el masivo proceso de ajuste de la economía financiera a la real que actualmente se está llevando a cabo -cuya virulencia, si acelera el proceso, bienvenida sea-, los bancos no van a soltar un duro. Está en juego su propia supervivencia. De ahí que haya sido tan grave el error de actuar sobre las entidades bancarias y no a través de ellas, diferencia sustancial que les hubiera permitido mantener su actividad mientras se ordenaba un proceso simultáneo y global de liquidación conjunta de posiciones con contrapartida. Reducción simplista, por supuesto, pero intuitiva. Con 200.000 empleos al mes destruidos en España y 500.000 en los Estados Unidos, las mejoras de renta disponible que traen consigo las bajadas de tipos de los últimos meses se van a destinar a repago de deuda y aumento de la tasa de ahorro. Su vecino no va a hacer nada distinto a lo que haga usted. El ajuste de los estándares de consumo a la realidad económica de las familias es un proceso extraordinariamente doloroso pero inevitable para la solución de la crisis actual. Y cuanto antes se produzca, mejor para todos.

Es imprescindible tener esta perspectiva crítica acerca del impacto que el abaratamiento radical del precio del dinero, combinado con el aumento de la oferta monetaria que provoca la emisión masiva de deuda pública, traen consigo para evitar tres de los grandes riesgos que de la acción conjunta de ambas se deriva. Uno, el incurrir en la pérdida de confianza de los ciudadanos en el valor de su efectivo, valor que es meramente fiduciario, es decir: de confianza al no estar respaldado por contrapartida física alguna como ocurría con el patrón oro. La sobreoferta de cualquier bien tiende a minorar su precio hasta un nuevo punto de equilibrio. Algunos autores (Fernando Suárez y su Teatro del Dinero de los viernes, entre otros) empiezan a cuestionarse el por qué no puede ocurrir lo mismo con el dinero: unidad de cuenta, depósito de valor y medio de cambio. Dos, y ligado con lo anterior, la puesta en circulación de ingentes cantidades de liquidez podría traer consigo un proceso hiperinflacionario que, por una parte, actuaría de forma confiscatoria sobre una ciudadanía que aún no habría despertado del sueño de la crisis y, por otra, ahondaría, indirectamente, en la quiebra de los parámetros actuales del sistema monetario. Por último, cabría que ocurriera justamente lo contrario, situación propia de lo que hemos descrito en el párrafo anterior: que nos enfrentáramos a lo que los autores han bautizado como la trampa de la liquidez; una abundancia de dinero que no incentiva el consumo ni fomenta la inversión productiva. Situación similar a la que lleva inmersa Japón en los últimos casi veinte años.

Conclusión

No estoy diciendo que no se actúe, Dios me libre. Simplemente creo que lo sensato es poner un poco de cordura en medio de la locura que parece haber envuelto a las instituciones políticas y monetarias a lo largo de las últimas semanas. No sólo en España, donde salimos a plan definitivo por semana, sino en los mismos Estados Unidos de Norteamérica, país en el que ya no se sabe para qué sirve ese TARP de 700.000 millones de dólares que tanto costó aprobar en las Cámaras. La resolución de esa crisis exige, por supuesto, medidas de corte dinerario y fiscal. Estoy de acuerdo dado que mi nivel de idiocia se mantiene estable en el tiempo. Pero su enorme dimensión y las importantes consecuencias que las acciones presentes pueden tener sobre el futuro de nuestra sociedad, tal y como hoy la tenemos concebida, advierten de los riesgos aparejados a cualquier tentación de precipitación, gloria mediática u oportunismo político. Errores de bulto, como los que se vienen cometiendo, cuestionan la necesidad de organismos ajenos al mercado para fijar el precio básico de un bien, como el dinero, que en él se negocia. Y más cuando sus equivocaciones del pasado son las que han conducido a los desequilibrios del presente. Está a la vuelta de la esquina la pregunta: ¿para qué sirve un Banco Central? Seguro. Y sólo cabrá una respuesta: para supervisar y poco más. Pero es que la discusión va más allá: ¿existe Europa fuera de la unidad que da el euro? La crisis de la Unión está viéndose ocultada por la inmediatez de los acontecimientos. Pero la cuestión aflorará, como quien dice, pasado mañana. Y todo lo que une, separa. Cuidado con los nacionalismos.
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HIPOTECAS BARATAS - OCASO INMOBILIARIO 2008 - EXPLOSIÓN DE LA MOROSIDAD 2009


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Adios a los petrodólares: ¿vuelve el petróleo, pierde el dólar?

@S. McCoy - 10/12/2008

Reconozco que me equivoqué a la hora de predecir el curso que iba a tomar a lo largo de este ejercicio el precio del crudo. Y de qué manera. Aunque contemplaba un escenario de debilitamiento de la economía mundial como consecuencia de la crisis financiera, nunca imaginé que su impacto sobre el coste del petróleo fuera a ser tan dramático. Más bien creía, y sigo creyendo, que, en la medida en que no haya fuentes de energía alternativas, carencia más necesidad equivalen, por definición, a niveles elevados en las transacciones de la materia prima de que se trate. Es más, el cambio sustancial que se ha producido en mi modo de pensar de entonces a ahora es que, si hace unos meses intuía que habíamos visto el máximo de las reservas de oro negro a nivel global (peak oil) pero no habíamos alcanzado los máximos de consumo (peak power), sigo sin tener dudas de lo primero pero la situación actual hace que me cuestione severamente lo segundo, al menos en el corto y medio plazo.

Dado que no creo que vaya a haber una contracción brutal de la demanda de petróleo, y más con programas fiscales expansivos de la dimensión que ahora hay sobre la mesa, considero tan irracional el barril a 140 como a 40. Y si me preguntan qué es lo que debería pasar a un año vista, mi opinión sería sinceramente más alcista que bajista. Probablemente porque, como ya se sabe, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y porque, además, y yendo a razones serias, existen a mi juicio dos justificaciones adicionales que lo refrendan: una, basta ver el número de posiciones vendidas que hay sobre el crudo, gracias a informes como los de Merril Lynch que afirman que los 25 dólares serán el suelo de este mini ciclo, para darse cuenta de que esos terribles especuladores que escandalizaron al mundo con sus compras financieras masivas han tardado dos telediarios en situarse en el campo contrario, sin convocatoria política ni repercusión mediática de por medio, magnificando la caída. Cualquier noticia seria por el lado de la oferta puede revertir violentamente el movimiento; dos, porque lo que está en juego es la supervivencia financiera de numerosos países productores que, a los precios actuales, incurren en severos déficits fiscales dada la contracción que se ha producido en sus ingresos y los programas expansivos de gasto que tienen comprometidos.

En este sentido les traigo hoy a colación la pieza que, uno de los blogueros más relevantes de los Estados Unidos, Brad Setser, ha publicado sobre el particular. Bajo el encabezamiento que da título a este mismo artículo, el autor recoge los niveles de equilibrio presupuestario de la mayoría de las naciones exportadoras de crudo y la conclusión a la que llega es la expuesta a final del párrafo anterior: o hay un repunte sustancial a corto plazo de los precios de esta materia prima, en cuantía suficiente para compensar la única vía a través de la cual se puede lograr a día de hoy, esto es: recortes de producción, o estos países, como ya se ha ido conociendo, lo van a pasar mal pero que muy mal. Se trata de una información muy relevante que debería servirnos de punto de partida a la hora de analizar los verdaderos motivos que se encuentran detrás de las intenciones que públicamente manifiestan los productores de petróleo a la hora de justificar su actuación.

Así, Arabia Saudí, que es la única con verdadera abundancia de oferta, requiere de precios alrededor de los 60 dólares por barril, un nivel similar al del resto de los países del Golfo, para no incurrir en déficit fiscal. Es decir, niveles un 50% por encima de los actuales. Y pese a que la amenaza de un desequilibrio superior al 20% de su PIB se encuentra a la vuelta de la esquina, sería aún así de las naciones más saneadas. Mientras que Argelia y Libia se encontrarían en 56 y 47 dólares respectivamente, Rusia, que acaba de ver cómo le rebajan el rating soberano, encontraría su break-even alrededor de los 70 dólares. Casi nada. Echen cuentas de su vulnerabilidad financiera y encontrarán parcial justificación a su beligerancia exterior. De ahí su búsqueda desesperada por comprar reservas “baratas” fuera de sus fronteras. ¿Les suena? Termina Setser señalando que, a estos precios, sólo Noruega disfrutaría de superávit presupuestario.

La conclusión a la que llega el autor es evidente: olvídense de los petrodólares por una temporada. No hay dinero para veleidades fuera de las propias fronteras cuando la situación interna resulta tan complicada. Y menos, como anunciara la propia China la semana pasada, para el sector bancario que tantos disgustos ya ha causado. ¿Y qué pasa con el dólar y las ingentes necesidades de financiación de la economía norteamericana? A corto plazo, no habría cambios toda vez que la teórica menor demanda de bonos se vería compensada por la también menor factura importadora de los Estados Unidos como consecuencia del más reducido coste de la energía. De hecho, la subasta de letras mensuales de ayer al CERO por ciento (0%) contó con una notable participación de los bancos centrales extranjeros, tal y como se recoge en esta información de Bloomberg. Sin embargo, si la realidad interna de estas naciones continúa con su deterioro la venta forzada de posiciones en moneda extranjera podría conducir a fuertes oscilaciones en el mercado de divisas. Para muchos analistas el dólar ya ha tocado techo. Bueno, si sumamos a todo lo dicho hoy, la voluntad encubierta de China de depreciar su moneda para mantener su ventaja exportadora, lo que empeora automáticamente la de Estados Unidos, quizá la única manera que tiene la primera potencia del mundo de corregir sus desequilibrios, toda vez que los tipos de interés permanecen a niveles irrisorios, sea vía billete verde. Suena razonable. Ustedes mismos.

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Dado lo interesante del artículo, me tomo la libertad de reflorarlo.
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¡Ay, el amero!


¿Sólo los locos dicen la verdad? Una nueva divisa gobernará el mundo

@S. McCoy - 11/12/2008

Vivimos tiempos convulsos, no cabe duda. Momentos de incertidumbre provocados, paradójicamente, por la toma de conciencia colectiva de que se está escribiendo un capítulo de la Historia del que nadie quería ser protagonista. Baja revuelto el río de la información, lleno de sedimentos de malas noticias y ramas de incertidumbre. Cunde la desorientación ante la pérdida de referencias. Ausencia de confianza, pánico. Campo de cultivo idóneo para los mensajes apocalípticos. Mi correo electrónico da buena fe de ello, termómetro de las preocupaciones de todos ustedes. En octubre la mayoría de sus cuestiones iban encaminadas a conocer la seguridad jurídica de la que disfrutaban sus ahorros, una inquietud temporalmente zanjada con el aumento de la garantía estatal sobre el dinero depositado en las entidades financieras. Menos mal. No pocos sesudos profesionales pidieron consejo a este advenedizo de las finanzas sobre si era mejor el efectivo debajo del colchón o en la caja fuerte. Cualquier sitio mejor que en el banco. Hasta ese nivel de paroxismo habíamos llegado. No salía de mi asombro, la verdad. Quedé preocupadamente sorprendido de la capacidad que tiene el ser humano de empatizar en lo irracional y entendí, reflexión aparte, el poder de manipulación que muchos ejercen sobre amplias bolsas de población. Es lo que en mi pueblo se llama ganancia de pescadores.

En estos primeros días de diciembre estoy reviviendo parte de ese momento “alucinación” que padecí hace apenas un par de meses. Y, como entonces, me invade una extraña sensación de estupefacción. Qué se le va a hacer; está visto que el sentido común es cada vez más el menos común de los sentidos. Sobre una nueva reflexión legítima, la posibilidad de que el valor fiduciario del dinero caiga como consecuencia de la terrible expansión de la oferta monetaria, el abrazo al pirado de turno, palabra de dios. Cada vez que entra en mi mail el video de Hal Turner hablando sobre el amero, con toda su parafernalia de teorías conspiratorias, depósitos secretos en China y el refugio de los francos franceses, se me abren las carnes. Pero ¿alguien se ha parado en mirar en la Wikipedia la legitimidad de este tipo para pronunciar un discurso como ése? ¿Nadie se da cuenta de la chapucería de su video, ahogado parcialmente en su final por el ruido de camiones? ¿Cómo se puede dar tal predicamento a un chiflado que sólo busca hablar de su libro? ¿Tan difícil resulta ver que una moneda como la descrita no resuelve el problema de confianza al carecer de respaldo metálico? Es momento de que todos nos paremos a pensar un poquito en qué mensajes estamos comprando y a quién, no vaya a ser que acabemos tarumbas antes de tiempo. El amero, en efecto, es un proyecto de unión monetaria en el seno del Nafta. Pero de ahí a construir una película como la que se monta Turner media un abismo. Y eso que, en el fondo, este tipo puede tener un punto de verdad en lo que dice. Veamos por qué.

La política monetaria norteamericana ha entrado en lo que se llama quantitative easing. Para entender este concepto les recomiendo este corto y clarificador post de Willem Buiter en su Maverecon de Financial Times. En esencia, para el autor consistiría en un aumento del balance de la Reserva Federal generado por un incremento de la base monetaria en circulación. Sería un fenómeno complementario al qualitative easing que ya se está llevando a cabo y que supondría para Buiter un cambio en el perfil de los activos que figuran en el balance del banco central sin que implique, de partida, un crecimiento del mismo. Tal distinción no resulta tan evidente para el Wall Street Journal, que equipara a ambos en su pieza ¿Qué debe de hacer la FED?, publicada ayer. Pero más allá de las disquisiciones teóricas, el “abuso” que se ha venido realizando de ambas formas de expansión monetaria habría dejado a la FED exhausta de recursos en un momento en el que, además, el déficit comercial de los Estados Unidos sigue a niveles cercanos a los máximos y, con él, su dependencia de la financiación exterior. La situación habría llegado a un punto en el que la Reserva Federal se estaría incluso planteando incluso emitir su propia deuda y competir con el Tesoro por los recursos escasos del mercado. Un mercado, por cierto, que ya valora el riesgo de impago soberano del país en 67 puntos básicos contra los 49 de Alemania o los 59 de Francia, por abajo, y los 115 de Reino Unido o los 189 de Italia por arriba. España está en 115 tras subir un 58% en un mes.

Y llegamos de este modo al quid de la cuestión. Empieza a surgir entre los analistas independientes de los Estados Unidos la idea de si la intención de la Reserva Federal con esta propuesta no es sino preparar el terreno para el nacimiento de un nuevo dólar, siendo su definitiva independencia en la creación de dinero lo que facilitaría la transición. Cogido con pinzas probablemente. Pero fíjense: tal y como señala Buiter al inicio de su breve comentario, el tipo de cambio puede jugar un papel esencial como herramienta de la política monetaria cuando no queda más remedio. Y una devaluación competitiva del dólar permitiría a aquella nación, más allá del shock psicológico mundial que esto provocaría, matar tres pájaros de un tiro: reducir el valor de su deuda, romper paridades artificialmente establecidas que distorsionan el comercio mundial y mejorar su posición competitiva minorando su déficit. ¿Una revolución impensable? Bueno, tómenlo como quieran. Estos van a velar, primero y principalmente, por lo suyo. Y luego por lo de los demás. Mejor tomar el toro por los cuernos antes de que no se pueda parar una embestida que parece inevitable. Cuestión de confianza.

De este modo, y como por arte de birlibirloque, llegaríamos de nuevo al famoso amero del fundamentalista Turner. La excusa de la adecuación del billete verde a una nueva divisa de carácter transfronterizo podría servir para la realizar el movimiento que hemos comentado de forma indirecta, mediante el establecimiento de un tipo de conversión artificialmente depreciado. Cualquiera deja pasar una oportunidad como ésa, ¿no creen? Gallo de otro cantar es que interese a día de hoy esa Unión Norteamericana que el carácter estadounidense haría inviable, a mi entender, en circunstancias normales. Pero recuerden cómo empezábamos nuestro recorrido dialéctico de hoy: vivimos tiempos convulsos. Y es que al final va a ser cierto eso de que sólo los locos y los borrachos dicen la verdad. O no. Debate apasionante que dejo en sus manos.

Recomendación gastronómica de los jueves. Había que ir aunque sólo fuera para contrastar la opinión vertida por El Mundo y El País en sus ediciones del pasado viernes. Pedro Espina, que fuera sushiman de Suntory y socio tanto de Tsunami como de Hanami, ha vuelto con Soy en la calle Viriato, 58. Comida de martes después de puente sin problemas para reservar pese a las alharacas colectivas y la escasez de aforo potencial. No es de extrañar, el sitio pasa completamente desapercibido. Ni una señal exterior de su existencia. Hará falta una segunda visita pero la primera deja indiferente, bien es verdad que el partenaire era poco dado a la comida japonesa. Los clásicos, como siempre, sin sorpresa alguna que llame la atención. Ni la tempura, ni el teppanyaki de pollo (no había solomillo) o el yakisoba, tallarines que llegan fríos a la mesa. Tampoco los rolls hacen suspirar. Sencillos como el bankin o el crunchy que, sin embargo, recuerdan demasiado a otras épocas. De hecho la presentación de los platos, que llegan desordenados a la mesa, es exactamente la misma que en sus restaurantes anteriores. Ni un guiño al cambio. Curioso. Mi sensación personal es de apertura precipitada, algo peligroso en los tiempos que corren. Dicho esto: volveré. De la mano de Espina descubrí la comida japonesa en su día. Y si alguien merece para mi mucho más de una oportunidad es, sin duda, él.

Mucho ojito a la posibilidad de que la FED emita su propia deuda.

Última edición por charliness; 11-dic-2008 a las 12:41


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